Jueves, 15 Junio 2017 17:04

La anulación del otro: Millenial, la generación con “clase”

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El otro no existe. No, a menos que podamos modificarlo a nuestro antojo y hacer que se parezca a nosotros, educarlo por una causa; sólo en ese momento el otro, el desconocido, adquiere existencia, adquiere un nombre.

El otro es una suerte de animal salvaje que vaga por las llanuras de las avenidas pavimentadas y las accidentadas callejuelas adoquinadas, se esconde bajo la sombra de los árboles raquíticos de los camellones, como si ocultara el pecado entre sus ropas pasadas de moda; anda sobre sus pies, lanzando piropos por entre los dientes a cuantas personas ve pasar: un violento que busca pasar desapercibido a ojos de “la buena sociedad”.

-          ¡Debemos educarlo! – gritan en la esquina del listado eterno de comentarios en Facebook- No, debemos aniquilarlo, desaparecerlo- responden los extremistas, acompañando el mensaje con algunas reacciones representativas del enojo, del desprecio, del odio.

El otro, el innombrable, el macho, el asesino, el violento, el salvaje, el maltratador, fumador, contaminante, antiorgánico, no lee los mensajes bajo el video que lo muestra a él siguiendo lascivamente con la mirada el contoneo de las nalgas de una mujer en el Centro de la ciudad, un chiflido, unas palabras: su violencia es evidente, sus mecanismos de seducción no concuerdan con los ritos sociales aceptados por aquella que camina tranquilamente, “hacia la justicia, hacia la libertad”, ni por aquellos que miran con arrogancia detrás del monitor.

Despojado de su nombre pero a la vez nombrado de mil maneras, el otro desaparece en un mar de odio y desconocimiento. Se vuelve un personaje, un avatar de sí mismo; el otro, a ojos de la mayoría apabullante en redes sociales, se vuelve aquel que dedica su vida sólo a mirar: no tiene trabajo, no tiene familia, no tiene relaciones sociales, es más, no come, no respira… es pedestre, ese es su pecado.

Pero no el único. Quizá su mayor pecado sea haber nacido pobre. La falta de capital económico lo orilla a no sentir como propios los ritos establecidos por aquellos que se han ganado la vida trabajando “honradamente”, que tienen consciencia de clase, un sistema de valores internalizados de los cuales no participa.

Los mercadólogos, en un afán de nombrar grupalmente a sujetos de acuerdo a sus hábitos de consumo, definieron a la Generación X como “la generación perdida”. Su falta de conciencia de clase hacía que la generación no participara del boom de consumo de la década de 1980 -que, por cierto, más tarde se les olvidaría-, arrobados por la música, la ropa barata-rota y el alcohol callejero, compartían espacios públicos sin importar el poder adquisitivo del otro, sin establecer ritualidades distintas para cada una de las clases sociales.

Se entiende la preocupación del sector productivo y su posterior aprendizaje. Si algo les dejó ese fracaso generacional fue la necesidad de establecer una segmentación, un punto que hiciera que unos se sintieran mejor que otros a partir de los objetos que pudieran consumir. Pese a la ausencia de conciencia de clase podían dividir a la Generación X en tres sectores: aquellos que tenían capital económico, aquellos que tenían poco capital económico y aquellos que no lo tenían.

Sabemos bien que la Generación X, los Millenial y Zillenial, no son otra cosa que afanes reduccionistas para encasillar a un grupo de consumidores potenciales. ¿El problema? Funciona bastante bien a la hora de hablar de ellos en lo general -sobre todo si nos referimos a la clase media- aunque no podemos saber si fueron los mercadólogos quienes estudiaron los comportamientos generacionales o, antes bien, son ellos quienes crearon dichas generaciones y sus respectivos nichos de consumo.

Para un mercadólogo un cholo seguirá siendo cholo pese al paso del tiempo. Su bajo poder adquisitivo lo define, la ritualidad de sus acciones será aprendida a través de una mercadotecnia dirigida para su clase. Sus hábitos de consumo serán delimitados por aquello que la necesidad determine, pero no sólo eso: su comportamiento social, sus relaciones personales, su manera de amar, de seducir, también serán parte de una ritualidad aprendida de forma generacional.

El pobre, el despojo social, no entrará en las definiciones de los mercadólogos. Atado por la necesidad escapará de las condiciones de consumo establecidas para formar parte de una nomenclatura generacional. Su consumo cultural se restringirá a aquello que llegue a aprender en las calles o, muchas veces, entre las clases bajas, en la cual puede moverse sin ninguna dificultad, pero no participando de ella.

El consumo mayoritario estará enfocado en otro lado. La separación será evidente. La brecha entre las clases sociales ya no sólo será económica, sino que, ahora, será cultural; la imposibilidad de entender al otro, al cholo, al pobre, al que no tiene poder adquisitivo, sólo será posible a partir de la conciencia de clase. La clase media se alzará como poseedora de una verdad ideológica y mirará con desdén a todos aquellos que no participen de la misma.

Será la clase media educada, “la buena sociedad”, la que establezca las normativas morales de las cuales todos -sin contar con la participación de los dueños de los grandes capitales- tendrán que participar, so pena de ser excluido, de ser señalado como “el otro”.

La clase media, los Millenials -un sector ya definido enteramente por sus hábitos de consumo-, establecerá las nuevas ritualidades de las cuales sólo ellos podrán participar. Las formas de seducción que se seguirán ejerciendo en los estratos bajos de la sociedad pasarán a ser una violentación ante su presencia; el salvajismo con el que el otro-pobre coquetea con la otra-pobre no cabe en los paradigmas morales de las nuevas prerrogativas protegidas con ahínco religioso por los nuevos privilegiados sociales.

El espacio público se convertirá, entonces, en espacio de disputa – o en disputa-. El otro, el pobre, el sin nombre, el de ritualidades violentas para la seducción, mirará a una Mariana, una Sofía, una Sandra, a las cuales jamás podrá acceder debido a su condición, a la forma “violenta” en la que se han sedimentado ciertos aspectos de su cultura, de su comportamiento. En cambio, los poseedores de la verdad, “las buenas conciencias”, clamarán detrás de sus monitores, mientras observan a ese “pervertido” seguir con la mirada a la guapa joven de tez clara y lentes oscuros, por la reeducación de los sin nombre, el adoctrinamiento para que -no participando del espacio público- aprendan a negar su “animalidad”, su salvajismo de callejón oscuro, y participen, de una vez por todas, del consumo responsable, aunque para ello el dinero nunca será suficiente.

El otro vuelve a la sombra. Se acurruca en el camellón mientras, a sabiendas de su pecado, mira a la gente pasar a su alrededor.

Omar Sánchez (Roberto Visantz)

Tepic, Nayarit (1985). Es licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG. Es maestro en Estudios Filosóficos por la misma casa de estudios. Tiene publicados dos libros, Las humedades, (Editorial Limbo) y Las mil muertes absurdas o como escribir una novela (CECAN). Ha sido periodista para medios universitarios y editor de información.