Miércoles, 21 Junio 2017 20:03

El envejecimiento temprano de una "nueva" generación

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El envejecimiento de una generación podría entenderse fácilmente como la necesidad de ésta a dejar huella en la juventud del momento, imponiendo ciertos gustos y lineamientos morales que considera adecuados, en tanto un consumo cultural permitido, dirigiendo a aquellos que no tienen conciencia, a los ojos de los veteranos del mundo, de qué es lo que quieren.

Qué, cómo y cuándo deben consumir determinados productos parece lo apremiante. La modificación de los mismos y la censura son necesarias en este punto con el fin de preservar la integridad de aquellos nuevos integrantes de la especie.

El olvido es la antesala. Para una generación que creció con el Rastamandita (“baila rica nena, sabrosito, baila rica nena, más pegadito”), el Puto (“el que no brinque, el que no salte”) y la Ingrata (“por eso ahora, tendré que obsequiarte un par de balazos, pa´ que te duela”), que repentinamente se dio cuenta, a sus 30 años de edad, que todo lo que consumía en su juventud era maligno para el mundo y violentaba al otro de forma indescriptible, resulta verdaderamente ridículo que empuñe el sagrado cetro de la corrección política y la moralidad suprema.

La imposición y el olvido parecen aquí lo único que cuenta. No importa qué fue aquello que consumimos en nuestra juventud, los CDs pintados con plumón, los libros prestados que jamás regresaron, no es necesario reconocernos en el otro y en sus necesidades sexuales, sociales o económicas, no; nos colocamos en el pedestal del santurrón con mirada altiva y bajamos benignos los ojos al mundo a nuestros pies: ellos necesitan un mesías.

En una más de sus malogradas columnas de chochez, Enrique Krauze asegura: “La Generación de los Millennials no podrá permanecer on hold. La adolescencia no puede prolongarse indefinidamente. Los más jóvenes tienen 20 años, los mayores 35” (http://www.enriquekrauze.com.mx/joomla/index.php/opinion/97-art-critica-social/976-el-misterio-de-los-millennials.html). Señalamiento que si bien no se ejerce sobre sí mismo, una generación por demás anquilosada en sus letras, sirve de recordatorio para darnos cuenta que el tiempo avanza y nosotros, los ya no tan jóvenes, con él.

¿Nuestro afán en pos de lo políticamente correcto y el lenguaje incluyente es síntoma de envejecimiento generacional? Después de tener “mi funny pinga for your little chichachicha” indignarnos por la discriminación que ejercen los otros con su lenguaje parece una falta de coherencia.

"Éramos bien jóvenes cuando se compuso y no estábamos sensibilizados con esa problemática como ahora todos sí lo estamos. Creo que es un momento de repensar si la vamos a seguir tocando o si le cambiamos la letra" (http://www.milenio.com/hey/musica/cafe_tacvba-ingrata-homenaje-soda_stereo-argentina-milenio-noticias_0_907709426.html), dijo Rubén Albarrán, integrante de Café Tacuva, a manera de disculpa por haber creado una de las canciones que modificaron la conducta, de por sí violenta, del mexicano, dando pie al mayor número, si se me permite el sarcasmo, de feminicidios en el país: La Ingrata.

La autocensura es el siguiente paso. Olvidando la libertad ganada en la juventud para decir todo aquello que cruzara por nuestra cabeza (“te persiguen si sos puto, / te persiguen si sos pobre (…) / Y váyanse a toda la concha de su madre”), una libertad por demás atesorada con la cual, a punta de palabras, se pretendía cambiar el mundo y los discursos impuestos por generaciones pasadas, traspasando el inquebrantable y frío muro de silencio, procedemos a construir uno nuevo, uno que cuide la castidad de los recién nacidos jóvenes. El desprecio viene inscrito con fuego en la misma acción, como si creyéramos que, por su edad, los nuevos ciudadanos no tuviesen voluntad, como si sus mentes fueran la tabula rasa de Locke esperando las inscripciones con cincel de los productos culturales generados por la generación dominante. ¡Cuánta vanidad!

Pensar que si se consume determinado producto cultural, violento, hará que una persona tome las armas y salga a matar a los otros, es algo que ya fue ridiculizado por Marilyn Manson en la entrevista que le hace Michael Moore para el documental Bowling for columbine, al ironizar que él tenía la culpa de todas las masacres juveniles en Estados Unidos.  

Ahora nuestra generación se alza, con su carga de olvido, buscando un mundo mejor para los que vienen, un mundo que censure el idioma por ser violento, un mundo que reprima las expresiones coloquiales, un mundo que le diga a los creadores de arte qué es adecuado y qué no, un mundo incluyente, que muestre todas las variantes sexuales habidas y por haber en una narrativa, aunque esta trate sobre marsopas, que muestre al hombre-macho-patriarcal con su carga de violencia en situaciones no imaginadas, sino, consensuadas por la audiencia. En resumen, la construcción de una nueva moralidad esgrimida con denuedo religioso.

Y de repente, olvidando y autocensurando el “cada vez que te miro se me para” aprendido en la juventud, dejando atrás “su culo brilla más y más me atrae con su dulzura”, con Jennifer López retumbando en la memoria negada mientras pone “su culo junto las cerezas”, martillando un “puto, puto, puto” constante que no para como “cada vez que te miro se me para, mi corazón” va “dejando otro perrito que le mete a este sistema el dedito en el culito”, dejando que siga sangrando y retorciéndose el ”gran culo de este mundo”: un gran culo que repite como letanía aquellas palabras, modificadas y pimpeadas, de sus padres, un culo que se arruga, que palidece.

Nuestra generación, Millennial por llamarle de alguna manera, está envejeciendo, y con ella sus gustos y pecados del pasado son lavados en las aguas presurosas del olvido, para dar paso a un anquilosamiento temprano que busca imponer preceptos morales en boga, lo cual nos parece correcto, pero quizá sean estos mismos preceptos los que nos garanticen la disrupción con la generación venidera, el conflicto necesario.

Omar Sánchez (Roberto Visantz)

Tepic, Nayarit (1985). Es licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG. Es maestro en Estudios Filosóficos por la misma casa de estudios. Tiene publicados dos libros, Las humedades, (Editorial Limbo) y Las mil muertes absurdas o como escribir una novela (CECAN). Ha sido periodista para medios universitarios y editor de información.