Jueves, 13 Julio 2017 03:51

Los raya calles y la interpelación al otro [que no eres tú, que lees esto]

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¿Qué significado tienen los taggs (rayas) que amanecieron recientemente, en las columnas del teatro Degollado y otros monumentos? Este no es un asunto menor o que deba dejarse de lado, bajo el argumento de que están chavos. Al contrario. El hecho es importante. Muy importante. Pero la verdadera pregunta sería: ¿Para quién? Mucho se ha dicho de ello, pero la mayoría de las opiniones informadas no abordan de manera completa el asunto, sino que parten del adultocentrismo, lo que se espera de los jóvenes y su relación con el mundo (esa construcción social, con sus valores particulares). Es desde ahí que parten para emitir su opinión. Por ello, antes de entrar de lleno al tema, hay varias aristas a considerar, pues desde ellas se ha estado explicando el acontecimiento.

Para contextualizar la línea de este trabajo, es necesario señalar que el graffiti, en su acepción más pura: pintar sobre una pared con aerosol,[1] es uno de los cuatro elementos que componen el movimiento cultural denominado como hip-hop: Breakdancing (B-boy), Master of Ceremonies (MC), Disc Jockey (DJ) y, por supuesto, el graffiti, tema que nos ocupa aquí. Éste tiene muchas ramificaciones: taggs (rayas), throw-ups, bombs, trains y pieces entre otros muchos. Sin embargo, aquí sólo me remito a dos: los taggs (rayas, firmas, nombres) y los pieces (lo que hoy conocemos como “arte urbano”), por la ilegalidad del primero y la perenne institucionalidad del segundo. Estas son las dos vertientes que están en juego en este asunto. Ambas muestran cuestiones mucho más intrincadas, que se aglutinan alrededor de procesos identitarios, de formas de presentarse al otro, en busca de su reconocimiento. Pero, ojo: no es cualquier otro. Es un otro, con características y cualidades específicas. Una vez dicho esto, es menester recurrir someramente a la historia del graffiti en Guadalajara, Jalisco, mencionando tres hitos que se relacionan con este asunto: el primero, que se divide en dos, sucedió alrededor de 1999, y tiene una importancia poco común. Oran, un graffitero,[2] probablemente acompañado de Gelos, pintó la catedral de Guadalajara, con la leyenda: “mientras ustedes oran, yo rayo”.[3] Gelos, por su parte rayó, con una fresa,[4] las pantallas de los televisores que se encontraban al interior de una tienda Elektra,[5] de la colonia el Fresno. Esto es trascendente, ya que muestra un posicionamiento específico y una crítica social intencionada. Estos dos graffiteros, así como sus crews,[6] tenían una postura en contra del sistema y el gobierno. Estos entran en lo dicho por Armando Bogar Escobar:[7] estos jóvenes son disidentes y buscan darle notoriedad a problemáticas sociales, a su descontento y oposición. Sin embargo, no todos los graffiteros se decantan por esa línea. Estos crews,[8] con ideas claras, anti sistema, eran los menos (ERG: Estudiantes Retan al Gobierno, por ejemplo). La gran mayoría de los ideales o filosofía, por llamarles de alguna forma, iba en torno a ser reconocidos por el otro graffitero, por su homólogo, mediante la destrucción, como lo hacían los BS (Battle Squad) o los TKB (The King Bombers). En ningún momento su intención era ser legitimados por el gobierno o los “adultos”, sino que se buscaba ser famoso entre los pares. La lógica en la que se movían no giraba en torno a ser reconocidos por el sistema, sino que la impronta era otra: entre más conocido, mejor. Pero esto no se lograba porque sí. Había ciertas condiciones para que ello sucediera. Por ejemplo, y aquí entra en juego otro evento importante para el graffiti en Guadalajara: en enero del 2002, integrantes de los crews C3K, OX y SF[9] rayaron la glorieta de la Minerva.[10] En esa ocasión también aprehendieron a una persona (Frase), quien no fue responsable por el hecho, pero tuvo la mala fortuna de estar pintando muy cerca del lugar. Esto no tuvo nada que ver con un reclamo hacia las autoridades, ni la necesidad de sentirse incluidos. Se debió exclusivamente a que había un “concurso” para ver quién era el más bizarro y lograba pinar en algún lugar inusual. El riesgo y las posibilidades de ser atrapado aumentaban el valor de la pinta. Si bien Frase hizo un mural en 3ra dimensión, muy cerca del parque los Colomos, quien pintó la glorieta de la Minerva se llevó las palmas, debido a que la difusión que se le dio al hecho, para ese entonces, fue inédita. Incluso apareció en los periódicos. Por ende, el premio, que creo era un cartón de cerveza, se lo llevó ese individuo. Como vemos, no hay un clamor por reconocimiento del gobierno. No hay una búsqueda desesperada de salir de una sociedad oscura, sino que hay una necesidad de reconocimiento, pero no de las instituciones, el gobierno o los académicos, sino por los pares, por sus iguales.

Mientras que el tercer momento, por la indignación que suscitó, lo vemos en la pinta que Near hizo en el MURA.[11] Este hecho muestra que no hay una búsqueda radical por afectar el patrimonio, sino que simplemente, lo que los graffiteros ven son bardas sin contenido.[12] No se piensa en afectar directamente al ciudadano común y corriente o el patrimonio cultural. Esto no implica irracionalidad, sino que la escala de valores es distinta. Se pone por encima la búsqueda de reconocimiento, por los otros. No son un blanco particular, sino que simplemente se cruzaron en el camino del graffitero.[13] Y esto nos remite a lo sucedido en el teatro Degollado. Difiero con Escobar Hernández, pues afirmar que hay una insatisfacción vital del entorno que le toca vivir a estas generaciones es bastante peligroso, porque debajo de ello es posible que subyazca un ideal de control, que privilegia los ideales modernos, en donde lo racional y la búsqueda del éxito, que puede ser entendido como tener una casa y un trabajo estable. Su postura gira en torno a un ideal que todos deberíamos seguir, pero que ha dejado de funcionar, pues el buen vivir, para las condiciones estructurales de la generación desde la que él habla, son diferentes a las actuales. Es entonces que sentenciar que lo hecho por Saúl y Josué fue un grito de auxilio, le resta importancia a lo que hicieron, pues se asume que buscan inclusión en la sociedad, que necesitan ser aceptados, que todo lo que los jóvenes hacen es en contra, por o para los adultos. Es entonces que la permisividad del arte urbano es una respuesta a ello.[14] Sin embargo, dista mucho de ser una generalidad. Si bien hay jóvenes integrados que sí buscan eso, otros tantos, a los que me refiero aquí, no. Es claro que buscan la aceptación y reconocimiento, pero no de los adultos o el sistema, sino de otros graffiteros, esos que les dan legitimidad a las acciones llevadas a cabo por otro individuo, similar a ellos, con ideas y posiciones similares. Esos son los que importan, no el gobierno, las instituciones o los programas. Esos no significan mucho, a menos que ello implique latas de pintura gratis. Lo terrible es que buena parte de los programas y políticas se reduce a ello: regalar botes, dar talleres de graffiti y proporcionar espacios. Y ya. Eso es todo. Se asume que es lo único que buscan, porque los jóvenes no saben lo que quieren.[15]

Por ello concuerdo con Marcial, cuando afirma que lo que los jóvenes graffiteros buscaban no era sino tomar fotos y presumirlas, lo que significa que simplemente buscaban vivir el momento. Si bien lo que dice es acertado, habría que matizar un poco sobre lo que se puede o no rayar. Es difícil que haya un acuerdo generalizado para no dañar patrimonio cultural, ya que ello implicaría que hay una racionalidad al interior del movimiento, que hay consenso sobre lo que se puede y lo que no. Esto anularía buena parte del graffiti ilegal, pues lo que se busca es poner la firma en lugares peligrosos, como lo hizo Joe, al pintar justo frente a la curva de Zapopan. Eso daba un sentido de valor y pertenencia. Interpelaba a esos jóvenes. Les dotaba de algo más allá de lo que el gobierno y las instituciones ofertaban para ellos. En última instancia, lo que eso pretendía era incluir a los jóvenes, en las lógicas anquilosadas que el sistema ofrecía. Era necesario doblegarse y aceptar las directrices de los programas referentes al graffiti. Pero hacer esto iba en detrimento de tu cualidad de graffitero. Tus pares dejaban de serlo. Ocupabas un escaño menor. Y es ahí, que radica la importancia de las rayas, o el graffiti hecho de manera ilegal, pues otorga identidad. Incluso más que la institucional, pues muchos de los que hacen graffiti, diluyen su identidad con su firma. Algunos son más conocidos por su apodo[16] (Defo, Silver, Skese, Draf, Tunel, Tempe, Lomit, Foks, Biorek) que por sus nombres de pila. A ese nivel identitario se mueve el graffiti, pues otorga un reconocimiento mucho mayor que el que puedes esperar de lo institucional.

En última instancia habría que ver qué tanto funcionan esas lógicas en este momento. Quizá ser un graffitero reconocido institucionalmente tenga mucho más valor que rayar las columnas del Degollado. Ser un artista urbano puede ser más redituable. Incluso puede que eso sea mucho más fácil. Pero, qué sé yo, ¿Verdad?


[1]Lo que está en el extremo de eso que se conoce como arte urbano.

[2]Usaré este término por consideración al ciudadano común y corriente, sin embargo, estoy consciente que sería mejor usar el concepto de tagger, pues se acerca más a la significación que esto tiene, mientras que graffitero es un reduccionismo de lo que implica tomar una lata de aerosol y salir a pintar las calles.

[3]Respecto a esto no se tiene certeza del hecho en sí, ya que algunos afirman que fue una de las bancas, pero también se dice que fue el templo del Sagrado Corazón, por la glorieta Colón. Lo que sí es certero es que pintó esa leyenda en alguno de esos lugares.

[4]Dremel diamantado, que se usa para marcar vidrios

[5]Aquí también hay discrepancias. Algunos afirman que fue en Fábricas de Francia.

[6]El crew representa un conjunto de individuos que se identifican entre sí, pues pertenecen a un grupo particular, lo que les identifica y les sustancia: “yo soy TZ. Yo soy OX. Yo soy ETC.” Estos crews se conforman con ciertos lazos filiales que permiten reconocer al otro y reconocerse a sí mismos.

[7] http://www.cucsh.udg.mx/noticia/acto-protagonico consultado el día 29 de junio de 2017

[8]VEC (Verdadero Estilo Callejero) y TBK (Trick Bone Kills)

[9] https://norte-monterrey.vlex.com.mx/vid/tipificaran-jalisco-graffiti-delito-78284654 si bien esta no es la nota que habla del hecho en sí, la menciona. Es la única que pude localizar que haga referencia a la pintada de ese entonces. Consultada el 29 de junio de 2017

[12]Aunque, en este caso en particular, si pensamos en contenido, lo hecho por Near no justifica que haya pintado encima del mural, pues sólo se puede hacer esto con algo mejor. Esta es una regla no escrita meramente pragmática, que existe para evitar problemas con los otros, no porque haya una racionalidad oculta detrás del movimiento.

[13]Esto no niega la existencia de “misiones” planeadas y completamente organizadas.

[14]Esa es una de las razones por las cuales el arte urbano carece de legitimidad al interior del movimiento

[15]Esto no lo digo yo, sino que es el ideal que subyace a buena parte de la visión del gobierno, sobre lo jóvenes, según muestran muchos estudios sobre juventud.

[16]La diferencia (que en realidad poco importa) con un Cholo es que no hay un territorio que defender. Por el contrario: entre más lejos se vean los graffitis, mucho mejor. A esto hay que sumarle que el estilo de la firma debía ser novedoso y estético.

Modificado por última vez en Viernes, 14 Julio 2017 04:47
Paris González Aguirre

Aficionado a la Filosofía, diseñador gráfico, Star Wars fan y gestor del Desarrollo alternativo.