Sábado, 30 Septiembre 2017 22:48

Postal: Referéndum catalán

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Presenciar un proceso de independencia en esta segunda década del siglo XXI ya no suena descabellado. Los efervescentes nacionalismos por aquí y por allá recuerdan sentimientos más bien gestados en la aurora del siglo pasado. No soy nacionalista. Tiendo a estar más bien de acuerdo con lo que recientemente Martín Caparrós ha dicho sobre el tema: "La patria es una idea paranoica –funciona en referencia a una amenaza externa– y la paranoia siempre vende bien. Es fácil entusiasmarse con la patria. Es fácil imaginarnos distintos de los otros; es fácil imaginarnos mejores que los otros. Es fácil suponer que todos los males vienen de los que están más lejos, los que no son nuestros parientes, nuestros vecinos, los nuestros. Es más cómodo, más tranquilizador: evita ciertos roces y evita, sobre todo, el esfuerzo de pensar". Caparrós lo dice en referencia al proceso independista de Cataluña.

La primera vez que escuché catalán fuera del salón de clases fue en una sala de espera. Mientras leía, un niño se sentó a mi lado; inmediatamente después se puso frente a mí una señora, su madre, que me dijo en perfecto catalañol: “perdona ¿te molestaría moverte un lugar para que pueda sentarme amb el meu fill?”.

Un ser como yo que, en cuanto a creencias como Pessoa, dejo abierta la posibilidad de la existencia de dios, pero descreo total y terminantemente de la Humanidad –así con mayúscula- y en consecuencia carezco de interés por los temas de política, por motivos personales he tomado gran interés en el proceso catalán. No podría, ni quiero, ofrecer un dictamen que sería más bien competencia de avezados sociólogos o politólogos, lo que aquí ofrezco es la más subjetiva postal de un país que está, o no, llegando a encontrarse con su forma administrativa ideal y largo tiempo anhelada: la de un estado.

Nacionalista o no, se acepta casi por descontado que a cada país, entendido éste como una extensión geopolítica con una lengua cohesionada e instituciones propias, le corresponde también un estado. Luego de llevar esta sentencia hasta sus últimas consecuencias, la cuestión parece más difícil de lo que se advierte en un principio; difícil, no sólo para estados como España que se reconoce a sí misma plurinacional. Pensemos en México ¿cuántos países-estado tendríamos que contar tan sólo en el sur? ¿Cuántas lenguas y cosmovisiones aglutinadas solamente en las entidades federativas de Oaxaca y Chiapas? O en Papúa Nueva Guinea en cuyos 462,840 km2 de extensión se hablan más de 700 lenguas actualmente.

Muy descreído de la humanidad y todo, han sido días de atestiguar la fuerza y la solidaridad de la que son capaces las sociedades organizadas. Pocas palabras podrían alcanzar la elocuencia del mar de fotografías y videos que han logrado enmudecer hasta a los más expertos opinólogos sobre el terrible segundo temblor del 19 de septiembre. Con la misma fuerza que la tierra puede moverse, la gente lo hace: para rescatar sobrevivientes de los escombros, organizar las campañas de acopio y distribución para ayudar a las zonas afectadas. También para ir a votar.

Hace años ya que las nuevas generaciones catalanas nacidas libres del estigma del franquismo dejaron de tener miedo, no así de tener rencor. Es verdad que las sociedades al verse amenazadas se repliegan sobre sí mismas y logran asombrar con su capacidad de respuesta. Ante la latente amenaza por parte del Gobierno de España de prohibir el voto a cualquier coste, asombra el ingenio y la determinación con la que los catalanes dan pacífica respuesta: anteponiendo claveles en los coches de los mossos d’esquadra –hecho con el que seguramente quieren rememorar la Revolução dos Cravos-, o trayendo del campo cientos de tractores a las avingudas, passeigs y carrers para impedir el paso a los vehículos de las fuerzas de policía. O quizá la más ingeniosa de todas: montando mega pijamadas en las escuelas de niños que están destinadas a ser centros de votación el próximo domingo 1 de octubre, con todo y que la orden judicial es que dichos centros sean cerrados para impedir el voto. Pienso que la última escena que el Gobierno Español quisiera regalar a los medios internacionales es la de unos policías enfrentando en las escuelas niños modorros en mameluco.

Amén las encuestas de la intensión de voto y los resultados previstos de la consulta, las multitudinarias manifestaciones que han tenido lugar durante el sábado 30 de septiembre, tanto en plazas públicas de Barcelona como de Madrid y con ambos bandos presentes, a favor y en contra del referéndum, me hacen pensar en ese grueso de la sociedad catalana que o está feliz o no se decide entre ser española o ser catalana, como la petición de la señora en el aeropuerto. Lo que es de preocupar, es que el nacionalismo catalán ha reforzado y hecho visible el nacionalismo español que no teme ocultar su rostro fascista; igual de preocupante que la entrada de Alternativa por Alemania al parlamento alemán.

Como he insistido, quizá más de lo necesario, no soy nacionalista y descreo de la democracia “este culto a la Humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me pareció siempre una revivificación de los cultos antiguos, donde los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabeza de animales” (Pessoa, 2013 pág. 15). Con todo, me han conmovido profundamente estos versos de Els segadors, himno nacional catalán inspirado en un romance popular del siglo XVII:

(Com fem caure espigues d'or,

quan convé seguem cadenes.)

Como hacemos caer la espiga de oro

cuando conviene segamos cadenas.