Sábado, 29 Noviembre 2014 00:00

El eterno retorno de la esperanza infértil

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El eterno retorno de la esperanza infértil Ilustración: Pawel Kuczynski

“Tan ocioso me es seguir a otros como guiarles yo.

¿Obedecer? ¡No! ¡Y gobernar, más que no!”

F. Nietzsche

 

H. L. Mencken, uno de los librepensadores más agudos de los Estados Unidos del siglo XX, señaló alguna vez que si bien, al caer la cabeza de un rey, la tiranía se transforma en libertad, es cuestión de tiempo para que la cara de la libertad se endurezca y vuelva el mismo viejo rostro de la tiranía. Y luego vuelve a caer otra cabeza y así ad infinitum. Detrás de todo este juego, afirma, yace la ilusión básica de que el hombre puede ser gobernado y ser libre a la vez. Creo que esta reflexión le viene como anillo al dedo a los manifestantes que exigen apasionadamente la renuncia del presidente Peña Nieto y la celebración de una nueva elección, sin detenerse a meditar en el hipnotizante y terrífico uróboros político en el que estamos sumergidos y que consiste en nuestra ineludible dependencia de líderes que, periodo tras periodo, prometen liberarnos -ahora sí- de las fauces de la corrupción, la inseguridad y la pobreza en las que nos encontramos atrapados. ¿Se habrá preguntado el manifestante qué tanto vale adelantar el proceso electoral si al fin y al cabo seguiremos dependiendo de una mano administrativa que rija nuestro destino?

La renuncia del presidente se antoja lejana, pero no es imposible. No obstante, de lograrse, no supondría ni un paso minúsculo hacia la libertad. Sencillamente no es un golpe estratégico, ni se está alterando el sistema de regulaciones e intervenciones del Estado en la vida de los ciudadanos. Todo lo contrario, lo que se está pidiendo es una mayor y mejor intervención del Estado: “¡Queremos a alguien que sí nos proteja eficazmente!” “¡Queremos a alguien que ordene a la nación!” Las recientes manifestaciones no revelan a un pueblo que quiera ser artífice de su propio destino. Revelan a un rebaño molesto con su pastor. Quieren a uno mejor, uno auténtico y legítimo. En condiciones “normales”, la renovación de ese pastor, ese vil mortal que se convierte de pronto en depositario del sueño popular, es sexenal. Sin embargo, la exigencia actual es que no termine su mandato: “no ha sabido gobernar por el bien de los ciudadanos”, se ha dicho. Pero así removamos presidentes al primer error, la dependencia de una figura presidencial que refresque nuestro optimismo cada determinado tiempo es absoluta. Es, en efecto, un círculo vicioso que políticos y ciudadanos legitiman con igual ahínco, porque los bandos ideológicos podrán destrozarse, pero la democracia se ha vuelto incuestionable. Y es que el ideal democrático mantiene funcionando la máquina que, cada proceso electoral, deposita en los corazones rotos el combustible que reaviva la esperanza de un mejor mañana. Cada seis años esperamos la segunda venida de Cristo encarnado en ese líder político que habrá de traer regocijo y paz al pueblo. No hay patraña mejor maquillada. Aún el que espera “al candidato menos peor” mantiene una esperanza en las virtudes ocultas de su hombre favorito. No hay desapego, siempre hay alguien bueno por venir.

El arquetipo del héroe ha nutrido la cultura de la humanidad desde épocas remotas, ya sea en los antiguos mitos, en la literatura o en el cine –desde Heracles hasta Luke Skywalker–, pero es urgente desterrarlo de la política si queremos comenzar a escribir una historia sin líderes mesiánicos, una en la que el destino de los hombres no esté en manos de un puñado de gobernantes. #FueElEstado fue uno de los tweets que más se viralizaron a raíz de las manifestaciones en solidaridad con los desaparecidos en Iguala. Si en verdad fue el Estado, ¿seguiremos confiando en él como modelo para la resolución de nuestros problemas? ¿Continuaremos encomendándonos a un sistema de líderes y burócratas que se enriquecen a costa de los impuestos o comenzaremos a plantearnos la mejor manera de ir reduciendo el tamaño del Leviatán y resolviendo de manera privada nuestras dificultades? #FueElEstado, se vocifera, pero pocos se atreven a decir que #ElProblemaEsElEstado; nadie es tan radical como para gritar #DeshagámonosDelEstado. No. Todos anhelan instituciones fuertes y políticos que cumplan. Todos reclaman: “¡cuídame y dame!”. Al gobierno hay que exigirle, sí, pero hay que exigirle que no se meta en nuestros asuntos, que nos deje en paz. El mejor gobierno es el que menos interfiere en la vida de sus ciudadanos. Así, al gobierno hay que exigirle que desaparezca paulatinamente de nuestras vidas. Pero pocos poseen esta radicalidad. No veo a los simpatizantes de los normalistas pidiendo esto. No veo a la izquierda pidiendo esto. De izquierda o de derecha, todos creen en gobernar y ser gobernados, en dirigir y ser dirigidos, en pastorear y ser pastoreados. Todos esperan al que sí sepa cómo hacerlo.

Sí, el problema es el Estado. Pero no se trata de eliminarlo de la noche a la mañana. Es utópico y, de ser posible, requeriría de una revolución armada (con sus respectivos caudillos) que correría el riesgo de imponer un nuevo orden y, por ende, un nuevo Estado. Y caeríamos en el ciclo descrito por Mencken. Es, para bien o para mal, la maldición de las revoluciones. Además, si bien no vivimos en el jardín del Edén, tampoco estamos totalmente sumidos en el infierno de la esclavitud como para no tener otra vía que arriesgar nuestras vidas en una revuelta violenta. Se trata, antes bien, de ir debilitando paulatinamente al Estado e ir aumentando la libertad de los ciudadanos y el margen de la vida privada. Para ello, la exigencia al gobierno debe ser menos “dame” y más “déjame en paz”. Ejemplos:

1. Exigir la desregulación de todas las drogas: “déjame vender y consumir en paz las sustancias que se me vengan en gana”. El retiro de la intervención estatal en este rubro le quitaría el oligopolio de la venta de drogas a los cárteles de la delincuencia organizada. No es la panacea para el crimen, pero está lejos del autoritarismo de la sangrienta guerra contra el narcotráfico que tantas víctimas inocentes ha dejado.

2. Exigir la desregulación de la compra, venta y portación de armas: “déjame protegerme y hacerme responsable de mi seguridad”. Hay quienes piensan que, con esta medida, los delincuentes se armarían fácilmente. Pero, asumámoslo, los delincuentes ya están armados. Son los ciudadanos pacíficos los que están indefensos ante la delincuencia.

3. Exigir la desregulación de la creación de grupos de autodefensa, asociaciones, cooperativas y agencias de seguridad privada: “déjame protegerme y hacerme responsable de mi seguridad”. Ante la ineficacia del Estado para procurar seguridad pública, los ciudadanos deberían tener el derecho a armarse y organizarse para defenderse por sí mismos, tal como ya ocurrió en algunos pueblos hartos de la delincuencia. Mientras no hubiere tribunales privados, dichas organizaciones se atendrían a la ley y a los juzgados estatales, pero el ideal máximo es que la procuración de justicia esté en manos de la gente y no de funcionarios estatales.

4. Exigir la desregulación de la creación de escuelas y planes de estudio: “déjame elegir con quién y cómo educarme”. Por otro lado, comenzar a convertir la educación autodidáctica en un paradigma sería un golpe certero a la caduca educación estatal y a su presunta gratuidad.

5. Exigir la desregulación de la creación y certificación de centros médicos: “déjame procurarme salud a mí mismo y elegir, bajo mi propia responsabilidad, en dónde atenderme”. En los EU de principios del siglo XX el Estado no brindaba seguro social y aún así los ciudadanos gozaban de servicios médicos de bajas cuotas gracias a las sociedades mutuales, las logias fraternales y, en el caso de los más desfavorecidos, las asociaciones caritativas. No hay razón para creer que la sociedad actual no puede organizarse y crear maneras innovadoras de brindarse salud sin la intervención del Estado.

6. Exigir la eliminación de todas las regulaciones para abrir un negocio y para comerciar: no es otra cosa que el “laissez faire, laissez passer” de la auténtica tradición liberal. Y la aspiración es total: desde la libertad de abrir casinos en cualquier parte hasta el cese de la persecución a comerciantes callejeros. Esto supone también el fin de los privilegios a las grandes empresas amigas del gobierno (crony capitalism) para dar paso a una auténtica liberación de mercado con competencia real.

Hay quienes piensan que sin Estado y sin líderes políticos no hay libertad. Pero, lejos de ser su garante, el marco estatal es un obstáculo para las libertades. Allí donde hay una regulación específica, por más sensata que parezca, hay un atentado a una libertad específica. Nadie debería prohibirme hacer cualquier cosa que no quebrante el derecho a la vida y a la propiedad de los demás, pero el Estado lo hace. Históricamente lo ha hecho, prohibiendo incluso la libertad de expresión, de credo o de orientación sexual. Lo sigue haciendo, con las regulaciones ya descritas y con otras no enumeradas. Los ejemplos anteriormente citados son sólo algunas formas de ir resquebrajando el poder estatal y dárselo a los individuos para que se organicen voluntariamente de la manera en que crean pertinente y así comiencen a resolver sus problemas, dependiendo cada vez menos de pastores gubernamentales que vivan a expensas del dinero público. 

Modificado por última vez en Sábado, 29 Noviembre 2014 09:01
Yul Mortino

Es licenciado en Estudios Políticos y tiene el grado de maestro en Estudios Filosóficos por la Universidad de Guadalajara.