Martes, 02 Diciembre 2014 00:00

Chespirito, entre la acusación social y la admiración

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La muerte de Roberto Gómez Bolaños desató una batalla de memes entre usuarios de redes sociales La muerte de Roberto Gómez Bolaños desató una batalla de memes entre usuarios de redes sociales Sara Pérez

Nadie sabe, salvo los suicidas, cuándo va a morir. Y cuando  alguna personalidad destacada fallece naturalmente, en medio de una crítica situación política y social, es mera coincidencia. Tal es el caso de Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”, cuya muerte ha generado múltiples reacciones, tanto en Internet como en espacios públicos y privados, en las que se han reflejado las actitudes y las posiciones que son resultado de nuestro contexto actual. Resulta interesante ver cómo estas reacciones difieren cuando se trata de conciudadanos o extranjeros. En las redes sociales, se evidencia una polarización entre los usuarios mexicanos: unos lamentan la muerte del cómico, otros lanzan toda clase de críticas e insultos. Pero en usuarios de otros países hispanoparlantes, prevalecen por lo general las alabanzas y expresiones de duelo. Esto podría deberse, amén de la particular crisis sociopolítica que se vive en México, a la recepción de Chespirito en las distintas regiones: aquí es un referente, para bien o para mal, de la historia de la televisión; en Centro y Sudamérica, casi una deidad del humorismo.

Quiero dedicar particularmente la atención a ciertos comentarios críticos de usuarios e intelectuales, que van desde acusarlo de tarar o enajenar al pueblo mexicano hasta menospreciar sus aportaciones humorísticas. En algunos casos, estas cuestiones se entremezclan, estableciendo injustificados vínculos entre su creatividad artística, los contenidos ideológicos de sus programas, su rol en Televisa en tanto figura importante de la empresa y hasta su vida personal. De esta manera, se producen, en algunos comentarios, toda una lluvia de non sequitur y pendientes resbaladizas.

La intención de este breve escrito es analizar si algunas de estas críticas se sostienen. Aclaro que algunos puntos de lo que plantearé son opiniones personales y sugiero que sean tomadas como tales. Desde luego, planteo también una serie de interrogantes que, aunque se suscitan a partir de un acontecimiento particular, atañen a problemas teóricos más generales.

En primera instancia, creo que es importante establecer las respectivas distinciones entre su obra y su vida personal, aclarando que no es de mi interés dedicarme a esta última. Y también es preciso distinguir, en lo que respecta a su obra, tres aspectos: 1) la forma de sus programas, películas y demás producciones que realizó; 2) el contenido de estas producciones; y 3) su efecto en el auditorio.

En cuanto a la forma de sus producciones, sus detractores afirman que su humorismo es simplista, mediocre y repetitivo. En esto último concedo razón, pues el guionista, director y actor se dedicó a reciclar ad nauseam frases, sketches y rutinas de sus antiguos programas –aunque, de vez en cuando, introducía alguna novedad dentro de lo rutinario, lo que le daba cierto factor de sorpresa a algunos de sus episodios-. Pero lo segundo depende de la perspectiva de cada televidente. En Chespirito se criticará la simplicidad, pero ésta se valoriza de  modo diferente tratándose de Charles Chaplin, el Gordo y el Flaco, Harold Lloyd o Jerry Lewis –comediantes del slapstick, que fueron parte de sus influencias-. Incluso cómicos internacionales actuales como Roberto Benigni o “Mr. Bean” utilizan los mismos recursos y no son objeto de críticas similares. Así, para el caso de algunos cómicos, la simplicidad es “minimalismo”, pero para el caso de Chespirito, es mediocridad. No hay congruencia en estas valoraciones. Pero no es del todo cierta la acusación de simplicidad, pues Chespirito integró diversos recursos humorísticos: el  propio slapstick, los juegos de lenguaje y la comedia situacional. Uno agradecería que en las producciones cómicas actuales se supiesen complementar estos recursos.

El problema de fondo es una cierta disonancia cognitiva que consiste en presentar juicios de valor como afirmaciones de hecho. “Mozart es mejor que Beethoven” o “Me gusta el hard rock” son ejemplos de enunciados valorativos que expresan gustos personales, y como tales, no poseen valores de verdad y son meramente expresivos –aun cuando sean compartidos por dos o más sujetos, cada juicio es una expresión de la sensibilidad de cada sujeto-. En cambio, “El agua hierve a 100 grados Celsius a nivel de mar” o “La fuerza ejercida entre dos cuerpos de masas M1y M2 separados una distancia r es proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia” son enunciados fácticos o proposiciones, poseedoras de valores de verdad que pueden ser corroboradas objetivamente. El problema consiste, entonces, en tomar un enunciado valorativo como si fuese una proposición, que dicho en otros términos, es pretender dar un valor objetivo a un mero gusto personal. De este modo, si las producciones de Chespirito son buenas o malas, esto depende de las preferencias subjetivas de cada espectador.

Respecto al contenido de su humorismo, se han enfatizado sus aspectos negativos, calificándolo de discriminatorio y violento. Esto está abierto a la controversia, pues nos lleva a ciertos problemas éticos relativos al humorismo, por ejemplo, si la burla de las características de las personas es necesariamente discriminatoria o qué grado de violencia es admisible en los programas televisivos, pensando sobretodo en el público infantil. Aunque podría decirse en su descargo que, aunque el escarnio entre los personajes era muy común y extendido en sus programas –podría decirse que Chespirito prácticamente llevó la “carrilla” mexicana a la pantalla chica-, también se hacía burla de las actitudes discriminatorias –muestra de ello, la caricaturización de la prepotencia y los aires de falsa haute société de Doña Florinda-. Sin embargo, la parte menos defendible es el bullying. En lo que toca a la violencia, no pasa de los límites del slapstick y no es ni remotamente equiparable a la que se ve en las emisiones televisivas actuales.

Algunos de sus defensores han declarado, por el contrario, que El Chavo incorpora elementos de crítica social e incluso de destacar la lucha de clases. Esta opinión también me parece exagerada, pues aunque se muestre la crudeza de la pobreza, realmente no hay crítica de fondo a las condiciones sociales imperantes. Tal vez el mérito haya sido mostrar los efectos de la pobreza en la infancia de un modo humorístico; si esto es una justificación ideológica de la situación social del Tercer Mundo o si es una reivindicación de la lucha social, lo dejo para la discusión. Muchos dirán que la carencia de crítica social profunda en los programas de Chespirito lo convierte en intelectual orgánico. Pero estas inferencias son falaces, pues la falta de crítica social contundente no implica a fortiori considerarlo como ideólogo del régimen. Si Chespirito lo fue en su vida personal es otro asunto –es demás sabido que apoyó causas conservadoras e incluso hizo proselitismo a favor del PAN-; en todo caso, habría que demostrar que de sus producciones se pueden inferir esos contenidos ideológicos. Mas, como ya hemos visto, se pueden hacer lecturas en un sentido u otro (conservadores y marxistas pueden “hacer suyo” a el Chavo, según la interpretación que realicen).

En lo que respecta a los efectos en el auditorio, la opinión generalizada de los detractores es que Chespirito es responsable de “lavar el cerebro” a miles de generaciones. Es usual en el discurso de izquierda hablar reiteradamente de que los medios masivos manipulan a las masas. La gran pregunta es, de ser cierto esto, ¿cómo funciona? ¿Cuáles son los mecanismos o procesos mediante los cuales se reprograma el cerebro de las personas? Lamentablemente, la tesis de la manipulación, tal como se maneja en los discursos políticos, se da por sentada, sin estar sustentada con datos o bases teóricas de disciplinas como la psicología social y las neurociencias.

Y lo que estas disciplinas nos muestran es que los sujetos no son receptores pasivos de información externa –supuesto usual de la tesis de la manipulación mediática-. Los sujetos no reciben pasivamente datos externos: los procesan, juzgan y valorizan según sus marcos o esquemas cognitivos. Hay que considerar, además, la heterogeneidad del auditorio (género, edades, clases sociales, etnias, etc.) lo que sugiere una multiplicidad de esquemas. Por lo tanto, la receptividad es diversa porque en principio los sujetos son heterogéneos, y esto hace improbable que una fuente de información –en este caso, un programa de televisión- produzca los mismos efectos en todas las personas.

Ahora bien, dos hipótesis tentativas respecto de la manipulación podrían ser las siguientes: o bien  la información se acomoda a esos esquemas o la información los  modifica. Lo primero indicaría la presencia de esquemas en los sujetos previos al bombardeo informativo, lo cual sugiere que la causa de la enajenación no es la información mediática misma, sino otros factores. Lo segundo apuntaría a una reprogramación de los esquemas de los sujetos, siendo la causa de la enajenación el output. El problema es explicar cómo se dan estos procesos. Otro punto importante sería identificar qué aspectos o características de la información –en este caso, de las series televisivas, películas, etc.- funcionan como elementos manipuladores. Mientras no se explique lo anterior, sólo se puede especular.

Cabe aclarar que no cuestiono el rol de los medios en la defensa o mantenimiento de ciertos regímenes políticos. El control de la información o la presentación de verdades a medias son prácticas recurrentes, que responden a la complicidad entre empresarios de esta industria y los gobiernos. La cuestión que planteo es más bien respecto de los mecanismos de la información mediática, sea mediante contenidos explícitos o implícitos, que dan como resultado el control efectivo de la audiencia. Esclarecer estas cuestiones es de vital importancia para la crítica social y el análisis de medios.

No obstante, en el caso concreto que estamos abordando, dar por sentada la tesis de la manipulación mediática y acusar a ciertas figuras, como Gómez Bolaños, de ser su copartícipe no está del todo justificado. Los críticos tendrán que explicarnos con precisión cómo sus programas han enajenado a las personas.  Por otro lado, si los individuos en México u otras partes del continente no reaccionan ante las circunstancias políticas y sociales,  la causa no es necesariamente un programa televisivo, ya que podría tratarse de múltiples causas. Así pues, antes  de hablar del “daño” que el cómico ha provocado al pueblo mexicano o latinoamericano en general, conviene primero estudiar minuciosamente estas cuestiones.

De este modo, las críticas lanzadas contra Chespirito como parte de esta moda viral que se ha dado en columnas periodísticas, redes sociales y foros de Internet no se sostienen o requieren argumentos sólidos y precisiones. La confusión entre enunciados valorativos y fácticos provoca que muchos críticos presenten sus preferencias personales como objetivas. Los contenidos ideológicos de sus producciones ameritan un estudio más profundo, que en algunos casos, irremediablemente aparecen dilemas éticos, relativos a la burla y la violencia como recursos humorísticos. Y en lo que respecta a la manipulación o enajenación, también  es necesaria una fundamentación teórica más firme.

Para concluir, ¿qué podría decir acerca de sus aportaciones? A mi juicio, creó un humorismo efectivo, con chispas de originalidad, pero sin ser genial. Supo parodiar muchos aspectos de la vida social (El Chavo) o de la ciencia ficción (El Chapulín Colorado), sin que haya realizado críticas profundas –lo cual no demerita su trabajo-. Pero esto no es más que una opinión personal. Ciertamente, es cuestionable su participación en el emporio televisivo que gracias a él se convirtió en tal, sobretodo porque sus programas abrieron los mercados internacionales. Aquí concuerdo con los señalamientos críticos, pero estoy en desacuerdo juzgar a partir de lo anterior la calidad de sus programas.

En pocas palabras, su legado estará abierto a la controversia. Lo conveniente es sopesar pros y contras, antes de emitir juicios precipitados. Como dice el viejo y conocido refrán: “Ni tanto que queme al santo, que ciento volando”. Perdón, es: “Más vale santo en mano, que se quemen los pájaros…” No, quise decir “si no se alumbran los pájaros, es porque el santo se los llevó…” Bueno, la idea es ésa.

 

Modificado por última vez en Martes, 01 Noviembre 2016 06:01
Luis Enrique Ortiz

(Oaxaca de Juárez, Oax./ 1979) es licenciado en filosofía y maestro en lingüística aplicada. Actualmente es profesor de tiempo completo asistente C del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara, con reconocimiento de Perfil PROMEP, y miembro del Cuerpo Académico de Retórica, Lógica y Teoría de la Argumentación. Sus líneas de investigación son epistemología, filosofía del lenguaje, argumentación y lingüística.