Domingo, 13 Septiembre 2015 00:00

Ayotzinapa, un año después

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Ayotzinapa, un año después DSC01731 via photopin (license)

Estamos a un año de la desaparición forzada de los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Tras ese intenso semestre del 2014, saturado de declaraciones públicas de funcionarios y actores políticos, manifestaciones multitudinarias, activismo en redes sociales y “carpetazo” oficial al asunto, en la primera mitad de este año el tema de Ayotzinapa ha perdido poco a poco protagonismo. Pero el reciente informe del Grupo Interdisciplinario de Estudios Independientes, que cuestiona la mal llamada “verdad histórica” del gobierno federal, ha vuelto a encender la llama. Es de esperarse que, en ocasión del primer aniversario de la desaparición de los 43, el activismo en redes sociales y las calles se reactive nuevamente.

Pero también es ocasión de hacer un balance de lo que ha ocurrido en los últimos 365 días. Mi intención no es sólo efectuar un recuento de hechos, sino lanzar algunas interpretaciones acerca del impacto político del suceso. No está de más decir que las posturas que sostengo están abiertas a debate, siempre y cuando sea una discusión racional.

Comencemos con el asunto principal: el esclarecimiento de los hechos. Con la detención de José Luis Abarca y su esposa, además de los presuntos autores materiales del supuesto asesinato masivo de los estudiantes, la renuncia de Ángel Aguirre, entonces gobernador de Guerrero, y el informe presentado el 7 de noviembre de 2014 por el titular de la PGR, José Murillo Karam, oficialmente se da carpetazo al tema de Ayotzinapa. Sin embargo, las inconsistencias del informe motivaron que tanto los padres de familia de los normalistas como a ciertos sectores de la prensa y  del activismo social a que lo rechazaran rotundamente, exigiendo un investigación a fondo. Por otra parte, el manejo del tema desde la figura del ejecutivo federal fue lamentable no sólo por la poca disposición al diálogo con la parte afectada, sino por no haber sido capaces de dimensionar la magnitud de la crisis política. La ausencia de respuestas claras y veraces mermó la ya de por sí desprestigiada imagen de Enrique Peña Nieto, quien por las mismas fechas enfrentaba, junto con su esposa Angélica Rivera, otro asunto turbio: la “Casa Blanca” de Las Lomas.  

Desde luego, para el manejo de la crisis, el gobierno recurrió a las tradicionales tácticas de poder, siendo el brazo mediático la más importante. Ante la incapacidad de dar explicaciones satisfactorias, el gobierno tuvo que recurrir a Televisa y la prensa alineada que, como siempre, serían los encargados del trabajo sucio; de hacer “verosímil” la versión oficial. Si esto no resultaba suficiente, el ejército de bots se encargaría de librar las batallas en el campo cibernáutico. El asunto dejó de ser policiaco para tornarse político –lo que, sin duda, plantea el problema de cuál es el límite entre lo “policíaco” y  lo “político”; cuestión que dejaremos por ahora-. En gran medida, la labor del aparato mediático oficialista es presentar el tema de Ayotzinapa como una cuestión policíaca, mientras que los activistas y la prensa no oficial insisten en señalar su carácter político.

Ahora bien, ¿han podido los últimos ejercer medidas de presión que obliguen a las autoridades a realmente investigar a profundidad los acontecimientos? ¿Qué efecto han tenido las movilizaciones? Esto nos lleva a otra de las consecuencias importantes: el impacto de Ayotzinapa en la vida política nacional. Lo que inició como un reclamo de justicia ante un evento particular, pronto se convirtió en un movimiento nacional, que incluso trascendió las fronteras. ¿Por qué un reclamo particular pudo adquirir una dimensión mayor? La gran cantidad de asesinatos y desaparecidos registrados desde que Felipe Calderón dio inició a su fallida guerra contra el crimen organizado –mantenida casi sin cambios por el actual gobierno federal-, ha generado incertidumbre, desasosiego e indignación en muchos sectores de la sociedad mexicana; muchos de ellos, sectores tradicionalmente apolíticos y apáticos. El drama de la violencia en México ha generado temor pero también disposición a participar activamente en asuntos públicos en grupos, motivados en gran medida por su cercanía con víctimas de la violencia. Ayotzinapa, en este sentido, pudo funcionar como una “condensación metafórica”, término propuesto por el filósofo esloveno Slavoj Žižek: el reclamo de justicia por los 43 se convirtió en el reclamo de justicia para cualquier desaparecido, cualquier asesinado, cualquier víctima de la guerra contra el crimen. Así lo explica el filósofo: “He aquí la verdadera política: ese momento en el que una reivindicación específica no es simplemente un elemento en la negociación de intereses sino que apunta a algo más y empieza a funcionar como condensación metafórica de la completa reestructuración de todo el espacio social”.

Ese “algo más” de las movilizaciones por Ayotzinapa apuntaba hacia el titular del Ejecutivo Federal, Enrique Peña Nieto. Bajo el hashtag #FueElEstado, los activistas, ligando la desaparición de los normalistas con el affaire de la Casa Blanca, exigían la renuncia del presidente –lo que en términos constitucionales obligaba a nuevos comicios presidenciales para el 2015-. En los últimos meses del año pasado, las movilizaciones se intensificaron, mas la lucha no tuvo el resultado esperado.

¿Por qué el reclamo no tuvo efecto? Creo que hay dos posibles causas: 1) La prensa alineada, por medio de sus intelectuales orgánicos, se encargó de particularizar el reclamo de Ayotzinapa (y de tratarlo, como señalé líneas atrás, como un tema meramente policíaco) presentándolo como un asunto local. Baste recordar la columna de Ciro Gómez Leyva “Presidente, usted no mató a los jóvenes de Ayotzinapa” (Milenio, 04/11/2014), en el que, aparte de exonerar a Peña Nieto y su gabinete de cualquier responsabilidad, critica al propio gobierno de no manejar adecuadamente su propio deslinde. 2) Aún cuando la vigencia del reclamo sigue siendo justa, ni los activistas ni los intelectuales ligados al movimiento realmente justificaron la “condensación metafórica”. Esta fácilmente podía refutarse –como de hecho lo hicieron los columnistas à la Gómez Leyva- mostrándola como una falacia de composición: la parte no representa el todo. Pero si los que proponían la salida de EPN de la presidencia hubiesen demostrado que los acontecimientos de Iguala no eran un hecho aislado, sino que es un problema que afecta todo el país, con datos precisos y evidencias, su reclamo habría tenido muy buenos argumentos, ya fuera para replicar a los columnistas alineados, ya fuera para legitimar el movimiento. El llevar la crisis hasta Los Pinos exigía una argumentación meticulosa. En realidad, la exigencia de saber acerca del paradero de los estudiantes pasó de un dos por tres a la exigencia de renuncia del presidente, sin justificarla debidamente.

Desde luego, si la retórica apologética del Estado de los medios masivos no resultaba suficiente, estaban disponibles los granaderos y alborotadores para reprimir y desprestigiar las manifestaciones públicas. Así, Peña Nieto y su camarilla pudieron salir avante, no así el deterioro de su imagen pública.

 

Ante el fracaso de las movilizaciones por lograr sus objetivos -siendo la renuncia del presidente el que se había puesto en primer término- podría haberse esperado un repliegue de las fuerzas para analizar lo ocurrido, replantear la estrategia y dar continuidad a las exigencias por otros medios. Las elecciones intermedias representaban una buena oportunidad para reconducir el movimiento. Si bien la vía electoral no es garantía de éxito para los reclamos y, además, se vuelve susceptible de ser asimilada por la propaganda electoral, podría haberse empleado como una estrategia que presionara a los partidos a retomar los temas principales que motivaron el movimiento. Después de todo, la sensibilidad generada por la desaparición de los normalistas y la mala imagen de la “pareja presidencial” representaba un factor de peso electoral que podía capitalizarse.

Pero Ayotzinapa no se reflejó en las elecciones. Por el contrario, no sólo el presidente pudo salvar el cuello tras la crisis del 2014, sino que el PRI y sus partidos allegados lograron mantener la mayoría en la Cámara de Diputados. ¿Cuál fue el motivo de este aparente nulo impacto de la crisis? Principalmente, que gran parte de los activistas e intelectuales del movimiento asumieron una postura antielectoral. Para algunos, el #TodosSomosAyotzinapa se tornó en #Noalaselecciones: ya fuera por la desconfianza hacia los partidos políticos (incluso hacia los opositores), ya fuera por la desconfianza hacia el INE y el proceso electoral mismo, el activismo en pro del voto nulo y el abstencionismo fue un factor de peso para que el partido en el poder pudiese mantener sus posiciones políticas. Y habiéndolas conservado, se ve realmente difícil que los temas pendientes en torno a los 43 y otros eventos similares puedan esclarecerse; peor aún, los ansiados cambios políticos y sociales se ven aún más distantes.

El caso Ayotzinapa de alguna forma ejemplifica el dilema que representa el ser partidario de izquierda en estos días: por un lado, está la izquierda parlamentaria, que se debate entre la transformación del sistema político y económico por vía institucional (con tintes mesiánicos, como ocurre con Morena) y el pragmatismo de la izquierda “moderna”, capaz incluso de negociar con los partidos otrora rivales ideológicos (cuyo claro ejemplo es el PRD). Por otro lado, está la izquierda radical que se aferra a las tradicionales medidas de presión como las marchas y plantones, que pueden resultar efectivas sólo si logran aglutinar a sectores muy amplios de la población, como recientemente se vio en Guatemala. Pero la izquierda radical mexicana parece incapaz de conseguir un apoyo de este tipo. Aunque asuman el papel de portavoces de las clases sociales más desfavorecidas, ni sus estrategias de lucha ni sus discursos logran un acercamiento con éstas. El léxico de la retórica radical, que apela a “resistencia”, la “decolonización” y otros términos vagos y abstractos, no genera el menor efecto en los barrios bajos y las zonas marginadas, lugares donde los radicales no suelen llevar a cabo sus manifestaciones. La izquierda radical presenta la paradoja de asumirse como defensores de las masas, sin contar con el apoyo de ellas.

A lo anterior hay que sumar que la izquierda radical suele caracterizarse por el dogmatismo ideológico y la intolerancia hacia la crítica, que se refleja en sus discursos y en sus prácticas –el falso dilema es casi su sello distintivo: “quien no está con nosotros, está en nuestra contra”-. Así, los impulsores del movimiento por los 43 optaron por los recursos de la izquierda radical descartando cualquier recurso institucional para conseguir sus objetivos, cosa que no lograron. Por el contrario, el movimiento siguió el curso de cualquier movimiento de izquierda radical en México (el GGH de la UNAM, el movimiento de Atenco, la sección 22 de la CNTE, etc.): aislamiento político, lejanía con las masas y nula efectividad de las acciones.

En conclusión, Ayotzinapa pudo convertirse en un movimiento histórico que trajera cambios reales y efectivos en la política mexicana. Sin embargo, la incapacidad de sus promotores por analizar los fallos y replantear las estrategias marcó su destino. Con ello, no quiero decir que el asunto esté finiquitado. Por el contrario, Ayotzinapa sigue siendo un tema pendiente, y la exigencia por saber qué ocurrió verdaderamente con los estudiantes desaparecidos no debe, de ninguna forma, de extinguirse. 

Modificado por última vez en Miércoles, 30 Diciembre 2015 06:25
Luis Enrique Ortiz

(Oaxaca de Juárez, Oax./ 1979) es licenciado en filosofía y maestro en lingüística aplicada. Actualmente es profesor de tiempo completo asistente C del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara, con reconocimiento de Perfil PROMEP, y miembro del Cuerpo Académico de Retórica, Lógica y Teoría de la Argumentación. Sus líneas de investigación son epistemología, filosofía del lenguaje, argumentación y lingüística.