Actualmente, buena parte de la Televisión abierta producida en México es terriblemente sosa, sin argumentos y ordinaria. Desde Laura de América, Cada Quien su Santo, La Rosa de Guadalupe, Sabadazo o (casi) cualquier otro programa de Televisa o TV Azteca no son más que reiteraciones de viejas y anquilosadas formulas, que buscan divertir o entretener con shows que no dan pie a la reflexión, que ni siquiera intentan edificar al ser humano. Simplemente se trata de presentar sandeces, burlas malintencionadas e incluso la más pura intolerancia. La mayoría de los contenidos parecen escritos por personas fuera de la realidad. Lo terrible es que desde ese lugar se sigue intentando esgrimir la identidad. Parece que aún se busca generar condiciones para la manipulación, que tendrán éxito, como antaño. No es gratuito que Andrea Legarreta y Raúl Araiza, en un programa de revista llamado “Hoy” hayan tenido la bonita ocurrencia de asegurar que el precio del dólar no afecta a la economía familiar mexicana (habría que ver a qué familias se refiere). E incluso afirmaron que no era culpa del Gobierno actual, sino de China y otros países, nunca de Peña Nieto. Esto es particularmente significativo, por la posible lectura que nos presenta. Pensemos lo siguiente: ¿Qué tan mal debe estar la situación en México para que, desde la Televisión, se nos diga que la economía no está mal o, al menos, que si lo está, no es culpa del Gobierno? ¿Por qué específicamente en un programa como “Hoy” y personas como Andrea Legarreta y Raúl Araiza?

Para responder a estas cuestiones se vuelve necesario partir de ciertos prejuicios. El primero y más importante: ¿Quiénes son los que ven Televisión abierta? Personas que no pueden accesar a al servicio que ofrecen las compañías de cable. Y, al menos en México, es una mayoría. Y no nos quedemos ahí. Vayamos un poco más allá, con estos prejuicios: ¿Qué escolaridad deben tener? A lo sumo, preparatoria. Y seguramente serán unos pocos. Probablemente el grueso se haya quedado en primaria o menos. Y si llevamos el argumento hasta las últimas consecuencias, imaginemos de la capacidad crítica de los (hipotéticos) sujetos de quienes hablo aquí, que seguramente es nula. Mantengamos estas cuestiones en mente.

Por lo pronto pasemos al título de este ensayo, que tiene que ver con el consumo. Pero un consumo especial y particular: el hacerlo sin cuestionar. En buena medida, partiendo de los prejuicios anteriores, los espectadores de la mayoría de los programas de revista son individuos que no se preguntan por la veracidad de lo que se dice en el aparato que tienen al frente. Y no sólo eso, sino que pueden ser fácilmente manipulables. Cuasi imbéciles, en palabras de la mencionada señora. Y no nos quedemos ahí. También son flojos y sin iniciativa. Que son pobres porque no le chingan como Raúl Araiza (no se ofenda, si usted trabaja doce horas y apenas puede pagar la renta. Debe chingarle más). Esto nos habla de la visión que tienen de sus espectadores. No es nada nuevo que personas con ciertos privilegios asuman que las condiciones son las mismas para todos. Y que si nos encontramos en ciertas precariedades económicas, es culpa nuestra, por no querer trabajar más duro. O simplemente porque no queremos hacer el (imposible) sacrificio de ahorrar. Insisto en que esto no es nada novedoso. Indignante sí, pero no novedoso. Lo dicho por este (sin tilde) sujeto nos sirve de contexto. Dejemoslo de lado y enfoquémonos en lo verdaderamente perverso: ¿Quién diseña esos discursos y por qué? En cierto momento, la Televisión funcionaba como generador de identidad. Desde ahí uno podía encontrar ciertos paradigmas culturales, lo cuales se reproducían en la vida diaria. Éramos testigos de la creación de ciertos marcos que permeaban la constitución misma de los sujetos. No por nada vemos en la película de David Fincher (2007), El Asesino de Zodiaco, al inspector William Arstrong diciendo: Es muy real. ¿Cómo lo sé? Porque lo vi en la televisión. En buena medida estas palabras representan la noción de que la televisión moldeaba una parte del pensamiento, sancionando positivamente ciertas ideologías y satanizando otras tantas. Es así que el consumo de los discursos que se nos presentaban ahí, devenían en la construcción del deber ser. No por nada el sueño americano sigue vigente y muchos de nosotros quisiéramos cristalizarlo.

En este momento adquiere significado el haber nombrado los prejuicios de más arriba. Podemos ver que la institución que emite esos mensajes ve al público como estúpidos, que no tienen ni recursos ni capacidad crítica. Que con sólo unos cuantos programas idiotas, que les permitan salir de su realidad, serán felices y aceptarán de buena gana eso que se les dice que deben ser. Sin embargo, no es así. La estructura se equivoca. Y lo paga con creces. No es menor que Angélica Rivera intentó vender la casa blanca, que se busque pena de cárcel a quien insulte a algún funcionario público o que Peña Nieto aclare el calceta gate. Ese lugar responde, de manera nada dócil, a la idea que la institución tiene de los (supuestos) espectadores, a quienes van dirigidos esos discursos. Uno de los recursos que se utilizan son las Plataformas Virtuales de Socialización, las mal llamadas Redes Sociales. El uso de memes, parodias o hasta noticias de broma, como las del Deforma inciden en las decisiones de estos individuos. Unos se disculpan, otros desaparecen y unos tantos intentan agredir, como Duarte. Sin embargo las cosas no quedan ahí. Se vuelven virales y dificilmente se detendran. Lo importante es no perder de vista que quienes llevamos a cabo dichas acciones somos los actores, no las tecnologías.

Retoando esto del lugar desde donde se emiten los discursos institucionalizados y quién los diseña, a riesgo de sonar paranoico, se puede observar que la intención de quien-quiera-que-haya-sido quien le pidió/pagó a Legarreta y Araiza que minimizaran el efecto pernicioso del aumento del dólar, está intentando manejar los datos a su beneficio, que está apelando a ese lugar que tenía la televisión. En última instancia, desde los prejuicios más arriba enunciados se esgrime el discurso de Andrea Legarreta. Ella, como asegura, simplemente estaba cumpliendo órdenes (con la carga histórica que esa frase tiene). Partiendo de este supuesto, estamos dándole el beneficio de la duda, refiriéndome a que en verdad, en su vida fuera del estudio, ella sepa que el aumento del dólar incide en la economía de las familias mexicanas. Lo que hay detrás de ese teleprompter son los intereses específicos, de gente que considera a los espectadores como personas sin criterio o capacidad de decisión, autómatas que sólo responden a lo que se les dice en los programas televisivos. Esto muestra que los encargados de comunicación de quien-sea-que-haya-sido no son más que dinosaurios que intentan perpetuar su control. Lo terrible, pero a la vez interesante, es la poca visión que tienen hacia lugares como la Internet, que en ocasiones sirve como piedra en el zapato de ciertos regímenes (hay quien insiste en que hasta es un contrapoder. Yo difiero en ello), ya que siguen estacionados en las formas anquilosadas de control y la deseada sumisión del individuo. Ahí se encuentra lo más gracioso, que siguen apelando a las formulas que funcionaron hace años. No se dan cuenta que la televisión ya no produce contenido y que el uso intensivo de la Internet y las Plataformas Virtuales de Socialización puede incidir de manera significativa en las decisiones de alguien, como que Andrea Legarreta acepte que debe ser más cuidadosa con sus comentarios (Milenio, 2016). Pero esa es la parte más graciosa, ya que seguramente, los interesados, sí lo tienen en mente, por eso han intentado a toda costa regularlo. Entonces, cabría preguntar: ¿A quién va dirigido su mensaje? Difícilmente sería a esas personas que de verdad creen que el aumento en el precio del dólar no les afecta, siempre y cuando no compren cosas en el extranjero. Hacer eso, sería inocuo. Pero, si no es a ellas, ¿Entonces a quién? ¿O simplemente esos comunicadores hacen como que no saben? Imagino que a estas alturas ya suponen que nosotros, los ilustrados (léase con mucho sarcasmo), no vemos televisión ni consumimos lo que Televisa y TV Azteca ofrecen. Nosotros afirmamos encontrar nuestras noticias o diversión en otros nichos. Sin embargo, bajo esta premisa de poder, no vemos mucha de la riqueza que se encuentra en los espacios de la cotidianeidad. Es por ello que no debemos desdeñar lo que sucede en la televisión abierta, ya que podríamos encontrar cuestiones muy interesantes que, negando esos nichos, nos sería imposible ver.

Para finalizar esto, y con el respeto que me merece señora Legarreta, usted dice estar preocupada por lo que pudiera pasarle a su familia, le invito a que se pregunte, sin considerarme uno de los tres idiotas con los que no debe colgarse, según dice Raúl Araiza, ¿Por qué yo, Paris González Aguirre me sentí ofendido con sus comentarios? Yo no le amenazo de muerte. Yo no me burlo (mucho) de su inocencia. Yo no ataco su persona. Yo no la tildo de imbécil. Yo no asumo que sea una idiota. Aclarado esto, me gustaría preguntarle a usted, desde su lugar de madre amorosa: ¿Cómo puede dormir por las noches, besar a sus hijos, decirles que los ama, sabiendo que su misión en la vida es engañar a las personas, de manera cínica y directa? ¿No le parece que quienes nos irritamos por su comentario, desde el teleprompter, también estamos preocupados por lo que le pasará a nuestras familias? ¿Piensa que no deberíamos estar consternados por la incertidumbre que genera la crisis que se avecina? ¿De verdad cree que la molestia es porque piensa diferente o debido a que es mujer? Píenselo, por favor. Se lo agradecería. 

Publicado en Crítica
Viernes, 01 Mayo 2015 00:00

La nueva niñera

“La televisión se ha convertido en un poder político colosal,

potencialmente se podría decir,

el más importante de todos,

como si fuese Dios mismo quien hablara.”

Karl Popper.

Es poco común pero complaciente ver que un filósofo y un pontífice hagan parte en una misma obra, y más complaciente si dicha obra es sintética, relevante y buena. Este caso es el del texto; “La televisión es mala maestra” en el que Karl R. Popper, Karol Wojtyla, además de Jhon Condry y Charles S. Clark abordan el tan discutido tema de la televisión. Y el abordaje no sólo tiene un valor anecdótico, en el sentido de que un distinguidísimo filósofo como Karl Popper y uno de los religiosos más importantes de todos los tiempos como lo es Wojtyla, abonen a la reflexión sobre un tema urgente y del que tanta paja se ha dicho, sino que además los cuatro textos -más el estudio preliminar- dan cuenta de puntos de vista con fundamentos interesantes y valiosos.

Por ejemplo, no es casualidad que alguien como Popper haya dedicado sus últimos esfuerzos físicos e intelectuales a este tema, porque incluso la elaboración de su discurso tuvo que ser audio grabado debido a las graves condiciones de su salud. Tampoco es casualidad que Juan Pablo II hiciera este discurso ante la Sala de prensa de la Santa Sede. Lo anterior da cuenta de que las reflexiones de ambos no eran temas adyacentes a su pensamiento troncal, ¿quién ocuparía sus últimos esfuerzos en algo que considera un hobbie? O ¿quién haría afirmaciones por sacar plática cuando sabe que lo que dice es escuchado y evaluado por tres cuartos del mundo? Lo anterior hace que me atreva a apuntar que el tema de la televisión, su contenido, su influencia en los modelos de vida y la legislación precaria al respecto, son cosas que no deberían quedar como temáticas para debates escolares, y que ocuparse de estas cuestiones no es, como bien lo señala Popper, algo que solo deban hacer los que producen televisión.

Hay tópicos interesantes en este texto, tantos como para aventar al cielo. Por ejemplo, cuando Popper muestra lo irrisorio de las defensas de los que hacen televisión al ser cuestionados por la calidad del contenido; cuando aducen que el mal contenido vende y que: “ Debemos ofrecer a la gente lo quiere", porque esto es ir junto a las razones de la democracia. Tales respuestas recibió Popper en Alemania con ocasión de una conferencia sobre el tema. Popper prácticamente despedazó a este representante de televisora –culto como toda la gente que hace televisión- , en menos de lo que canta un gallo, demostrando primeramente que ninguna estadística ayuda a saber lo que la gente quiere, sino que a lo sumo la estadística muestra lo que la gente elige de lo que se le ofrece, así si sólo le ofrecen mole y tamales para comer, no tiene la opción de comer ensalada, y de este modo, decir que el comensal prefiere el mole a la ensalada es tan verdad como decir que las cosas suben para abajo. En segundo lugar Popper demostró que ofrecer contenidos cada vez peores no tiene nada que ver con la democracia, ni con ningún sistema político conocido en la Vía Láctea.

El asunto no se queda aquí, pero por lo pronto baste citar a Wojtyla: “Un sector tan decisivo de la sociedad en realidad no debe quedar abandonado a los caprichos del mercado…”

Anteriormente hemos dicho que el poder de influencia de la televisión es algo que merece ser vigilado. Primeramente porque sin lugar a dudas esta influencia no es en general benéfica. Si bien, como ya señala John Condry, existen algunas iniciativas, por ejemplo para anuncios cuyo fin es fomentar que no se usen drogas, estos anuncios solo son el equivalente al 14,8% de las 36 horas de programación televisiva, mientras que esparcidas entre los programas, las series, las películas y las telenovelas los mensajes pro-droga que se contienen en estos de manera sugerida son el equivalente al 81.2% de las 36 horas de programación. Así que el asunto de que existan patrocinios para mensajes de salud no contrarresta la cantidad de sugerencias implícitas sobre hábitos negativos y sería como poner como rivales al Atlético San Pancho y al Real Madrid y decir que eso es un partido de futbol.

Por otro lado Condry encontró que tanto la publicidad como el grueso de la programación promueven valores egoístas u orientados a una visión personalista, mientras que los valores altruistas ocupan un pequeño porcentaje; porque estos últimos al final de cuentas no dan para vender un producto. En resumen, y sin ahondar en detalles, es notorio que la televisión emite dobles mensajes, privilegiando los estereotipos del éxito relacionados con actitudes consumistas.

Ahora, por otro lado, si hemos titulado a este la nueva niñera ha sido en referencia al comentario de Wojtyla cuando este afirma que: “Los padres que se sirven habitualmente y por largo tiempo de la televisión como de una especie de niñera electrónica abdican de su papel de principales educadores de sus propios hijos.” Y en este sentido los dejan expuestos a versiones estereotipadas, distorsionadas y manipuladas de la realidad, que como dijimos en la primera parte de esta columna, no son excusables porque la función de la televisión –al menos para quienes la producen- sea el entretenimiento sin más. La responsabilidad de la televisión como formadora de criterios de vida es ineludible y la formación de alguien adulto o infante no debe basarse en 4 o más horas como espectador de la televisión, a menos que la finalidad sea la de olvidar cómo se atan las agujetas del calzado. La televisión no solo ofrece “entretenimiento”, y este es un putno de vista ingenuo porque además la televisión es “donde se forjan comportamientos y donde de hecho se va delineando una nueva cultura”, sigue diciendo Wojtyla.

El asunto no es satanizar a priori, la cuestión es que algunas de las consecuencias colaterales de ver televisión en exceso son cosa probada., Por ejemplo gastar tiempo que podría ser mejor aprovechado, razón por la que Condry llama ladrona de tiempo. Otras consecuencias no menos importantes que menciona Condry son la baja en las calificaciones escolares, las actitudes violentas y los trastornos físicos, por ejemplo la obesidad cada vez más creciente debido a la vida sedentaria. La culpable de todas estas cosas no es solo la televisión, pero revisando el texto en cuestión “La televisión es mala maestra”; esta sí es la variante que más alimenta un estilo de vida que no encaja con la realidad. Llevar a la vida cotidiana los valores mostrados en la televisión es una tarea que exige un gusto auténtico por perjudicarse.

Publicado en Análisis social

Nadie sabe, salvo los suicidas, cuándo va a morir. Y cuando  alguna personalidad destacada fallece naturalmente, en medio de una crítica situación política y social, es mera coincidencia. Tal es el caso de Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”, cuya muerte ha generado múltiples reacciones, tanto en Internet como en espacios públicos y privados, en las que se han reflejado las actitudes y las posiciones que son resultado de nuestro contexto actual. Resulta interesante ver cómo estas reacciones difieren cuando se trata de conciudadanos o extranjeros. En las redes sociales, se evidencia una polarización entre los usuarios mexicanos: unos lamentan la muerte del cómico, otros lanzan toda clase de críticas e insultos. Pero en usuarios de otros países hispanoparlantes, prevalecen por lo general las alabanzas y expresiones de duelo. Esto podría deberse, amén de la particular crisis sociopolítica que se vive en México, a la recepción de Chespirito en las distintas regiones: aquí es un referente, para bien o para mal, de la historia de la televisión; en Centro y Sudamérica, casi una deidad del humorismo.

Quiero dedicar particularmente la atención a ciertos comentarios críticos de usuarios e intelectuales, que van desde acusarlo de tarar o enajenar al pueblo mexicano hasta menospreciar sus aportaciones humorísticas. En algunos casos, estas cuestiones se entremezclan, estableciendo injustificados vínculos entre su creatividad artística, los contenidos ideológicos de sus programas, su rol en Televisa en tanto figura importante de la empresa y hasta su vida personal. De esta manera, se producen, en algunos comentarios, toda una lluvia de non sequitur y pendientes resbaladizas.

La intención de este breve escrito es analizar si algunas de estas críticas se sostienen. Aclaro que algunos puntos de lo que plantearé son opiniones personales y sugiero que sean tomadas como tales. Desde luego, planteo también una serie de interrogantes que, aunque se suscitan a partir de un acontecimiento particular, atañen a problemas teóricos más generales.

En primera instancia, creo que es importante establecer las respectivas distinciones entre su obra y su vida personal, aclarando que no es de mi interés dedicarme a esta última. Y también es preciso distinguir, en lo que respecta a su obra, tres aspectos: 1) la forma de sus programas, películas y demás producciones que realizó; 2) el contenido de estas producciones; y 3) su efecto en el auditorio.

En cuanto a la forma de sus producciones, sus detractores afirman que su humorismo es simplista, mediocre y repetitivo. En esto último concedo razón, pues el guionista, director y actor se dedicó a reciclar ad nauseam frases, sketches y rutinas de sus antiguos programas –aunque, de vez en cuando, introducía alguna novedad dentro de lo rutinario, lo que le daba cierto factor de sorpresa a algunos de sus episodios-. Pero lo segundo depende de la perspectiva de cada televidente. En Chespirito se criticará la simplicidad, pero ésta se valoriza de  modo diferente tratándose de Charles Chaplin, el Gordo y el Flaco, Harold Lloyd o Jerry Lewis –comediantes del slapstick, que fueron parte de sus influencias-. Incluso cómicos internacionales actuales como Roberto Benigni o “Mr. Bean” utilizan los mismos recursos y no son objeto de críticas similares. Así, para el caso de algunos cómicos, la simplicidad es “minimalismo”, pero para el caso de Chespirito, es mediocridad. No hay congruencia en estas valoraciones. Pero no es del todo cierta la acusación de simplicidad, pues Chespirito integró diversos recursos humorísticos: el  propio slapstick, los juegos de lenguaje y la comedia situacional. Uno agradecería que en las producciones cómicas actuales se supiesen complementar estos recursos.

El problema de fondo es una cierta disonancia cognitiva que consiste en presentar juicios de valor como afirmaciones de hecho. “Mozart es mejor que Beethoven” o “Me gusta el hard rock” son ejemplos de enunciados valorativos que expresan gustos personales, y como tales, no poseen valores de verdad y son meramente expresivos –aun cuando sean compartidos por dos o más sujetos, cada juicio es una expresión de la sensibilidad de cada sujeto-. En cambio, “El agua hierve a 100 grados Celsius a nivel de mar” o “La fuerza ejercida entre dos cuerpos de masas M1y M2 separados una distancia r es proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia” son enunciados fácticos o proposiciones, poseedoras de valores de verdad que pueden ser corroboradas objetivamente. El problema consiste, entonces, en tomar un enunciado valorativo como si fuese una proposición, que dicho en otros términos, es pretender dar un valor objetivo a un mero gusto personal. De este modo, si las producciones de Chespirito son buenas o malas, esto depende de las preferencias subjetivas de cada espectador.

Respecto al contenido de su humorismo, se han enfatizado sus aspectos negativos, calificándolo de discriminatorio y violento. Esto está abierto a la controversia, pues nos lleva a ciertos problemas éticos relativos al humorismo, por ejemplo, si la burla de las características de las personas es necesariamente discriminatoria o qué grado de violencia es admisible en los programas televisivos, pensando sobretodo en el público infantil. Aunque podría decirse en su descargo que, aunque el escarnio entre los personajes era muy común y extendido en sus programas –podría decirse que Chespirito prácticamente llevó la “carrilla” mexicana a la pantalla chica-, también se hacía burla de las actitudes discriminatorias –muestra de ello, la caricaturización de la prepotencia y los aires de falsa haute société de Doña Florinda-. Sin embargo, la parte menos defendible es el bullying. En lo que toca a la violencia, no pasa de los límites del slapstick y no es ni remotamente equiparable a la que se ve en las emisiones televisivas actuales.

Algunos de sus defensores han declarado, por el contrario, que El Chavo incorpora elementos de crítica social e incluso de destacar la lucha de clases. Esta opinión también me parece exagerada, pues aunque se muestre la crudeza de la pobreza, realmente no hay crítica de fondo a las condiciones sociales imperantes. Tal vez el mérito haya sido mostrar los efectos de la pobreza en la infancia de un modo humorístico; si esto es una justificación ideológica de la situación social del Tercer Mundo o si es una reivindicación de la lucha social, lo dejo para la discusión. Muchos dirán que la carencia de crítica social profunda en los programas de Chespirito lo convierte en intelectual orgánico. Pero estas inferencias son falaces, pues la falta de crítica social contundente no implica a fortiori considerarlo como ideólogo del régimen. Si Chespirito lo fue en su vida personal es otro asunto –es demás sabido que apoyó causas conservadoras e incluso hizo proselitismo a favor del PAN-; en todo caso, habría que demostrar que de sus producciones se pueden inferir esos contenidos ideológicos. Mas, como ya hemos visto, se pueden hacer lecturas en un sentido u otro (conservadores y marxistas pueden “hacer suyo” a el Chavo, según la interpretación que realicen).

En lo que respecta a los efectos en el auditorio, la opinión generalizada de los detractores es que Chespirito es responsable de “lavar el cerebro” a miles de generaciones. Es usual en el discurso de izquierda hablar reiteradamente de que los medios masivos manipulan a las masas. La gran pregunta es, de ser cierto esto, ¿cómo funciona? ¿Cuáles son los mecanismos o procesos mediante los cuales se reprograma el cerebro de las personas? Lamentablemente, la tesis de la manipulación, tal como se maneja en los discursos políticos, se da por sentada, sin estar sustentada con datos o bases teóricas de disciplinas como la psicología social y las neurociencias.

Y lo que estas disciplinas nos muestran es que los sujetos no son receptores pasivos de información externa –supuesto usual de la tesis de la manipulación mediática-. Los sujetos no reciben pasivamente datos externos: los procesan, juzgan y valorizan según sus marcos o esquemas cognitivos. Hay que considerar, además, la heterogeneidad del auditorio (género, edades, clases sociales, etnias, etc.) lo que sugiere una multiplicidad de esquemas. Por lo tanto, la receptividad es diversa porque en principio los sujetos son heterogéneos, y esto hace improbable que una fuente de información –en este caso, un programa de televisión- produzca los mismos efectos en todas las personas.

Ahora bien, dos hipótesis tentativas respecto de la manipulación podrían ser las siguientes: o bien  la información se acomoda a esos esquemas o la información los  modifica. Lo primero indicaría la presencia de esquemas en los sujetos previos al bombardeo informativo, lo cual sugiere que la causa de la enajenación no es la información mediática misma, sino otros factores. Lo segundo apuntaría a una reprogramación de los esquemas de los sujetos, siendo la causa de la enajenación el output. El problema es explicar cómo se dan estos procesos. Otro punto importante sería identificar qué aspectos o características de la información –en este caso, de las series televisivas, películas, etc.- funcionan como elementos manipuladores. Mientras no se explique lo anterior, sólo se puede especular.

Cabe aclarar que no cuestiono el rol de los medios en la defensa o mantenimiento de ciertos regímenes políticos. El control de la información o la presentación de verdades a medias son prácticas recurrentes, que responden a la complicidad entre empresarios de esta industria y los gobiernos. La cuestión que planteo es más bien respecto de los mecanismos de la información mediática, sea mediante contenidos explícitos o implícitos, que dan como resultado el control efectivo de la audiencia. Esclarecer estas cuestiones es de vital importancia para la crítica social y el análisis de medios.

No obstante, en el caso concreto que estamos abordando, dar por sentada la tesis de la manipulación mediática y acusar a ciertas figuras, como Gómez Bolaños, de ser su copartícipe no está del todo justificado. Los críticos tendrán que explicarnos con precisión cómo sus programas han enajenado a las personas.  Por otro lado, si los individuos en México u otras partes del continente no reaccionan ante las circunstancias políticas y sociales,  la causa no es necesariamente un programa televisivo, ya que podría tratarse de múltiples causas. Así pues, antes  de hablar del “daño” que el cómico ha provocado al pueblo mexicano o latinoamericano en general, conviene primero estudiar minuciosamente estas cuestiones.

De este modo, las críticas lanzadas contra Chespirito como parte de esta moda viral que se ha dado en columnas periodísticas, redes sociales y foros de Internet no se sostienen o requieren argumentos sólidos y precisiones. La confusión entre enunciados valorativos y fácticos provoca que muchos críticos presenten sus preferencias personales como objetivas. Los contenidos ideológicos de sus producciones ameritan un estudio más profundo, que en algunos casos, irremediablemente aparecen dilemas éticos, relativos a la burla y la violencia como recursos humorísticos. Y en lo que respecta a la manipulación o enajenación, también  es necesaria una fundamentación teórica más firme.

Para concluir, ¿qué podría decir acerca de sus aportaciones? A mi juicio, creó un humorismo efectivo, con chispas de originalidad, pero sin ser genial. Supo parodiar muchos aspectos de la vida social (El Chavo) o de la ciencia ficción (El Chapulín Colorado), sin que haya realizado críticas profundas –lo cual no demerita su trabajo-. Pero esto no es más que una opinión personal. Ciertamente, es cuestionable su participación en el emporio televisivo que gracias a él se convirtió en tal, sobretodo porque sus programas abrieron los mercados internacionales. Aquí concuerdo con los señalamientos críticos, pero estoy en desacuerdo juzgar a partir de lo anterior la calidad de sus programas.

En pocas palabras, su legado estará abierto a la controversia. Lo conveniente es sopesar pros y contras, antes de emitir juicios precipitados. Como dice el viejo y conocido refrán: “Ni tanto que queme al santo, que ciento volando”. Perdón, es: “Más vale santo en mano, que se quemen los pájaros…” No, quise decir “si no se alumbran los pájaros, es porque el santo se los llevó…” Bueno, la idea es ésa.

 

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