Jueves, 08 Diciembre 2016 17:34

Alí Chumacero, más allá de la palabra

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Alí Chumacero, más allá de la palabra El poeta Alí Chumacero es recordado como figura de la literatura del siglo XX mexicano/Foto: Twitter

La vida de Alí Chumacero transcurrió sin excepcionales sobresaltos dignos del ámbito artístico, sin la extravagancia propia de aquellos que quieren ser recordados más por su esencia como persona que por su trabajo, sin las largas borracheras de horas y palabras sobre cuerpos desnudos en algún sitio ubicado en los bajos barrios de la gran urbe; no, Chumacero sobresale con una pequeña obra, escrita mayormente en su juventud, donde podemos encontrar títulos como: Imágenes desterradas, palabras en reposo y páramo de sueños. Es en esta pequeña obra donde Alí daría a sus lectores todo aquello que tendría que decir y donde establecería su poética, así como un estilo cercano al canto litúrgico.

En Alí podemos observar tres etapas de creación, en la primera encontramos poemas en los que se describe los amores de juventud del poeta. Podemos observar una segunda etapa -de la cual nos ocuparemos en este texto- donde el poeta establece la manera en que su arte debe ser concebido; es la etapa del misterio. En la tercera etapa creadora de este autor podemos encontrar una estética refinada, que va más allá de la construcción metodológica de un poema, dándonos grandes catedrales góticas de la palabra. Se podría decir que siendo pequeña la obra de Alí es, en realidad, muy extensa. Son tantos sus cambios en la forma de concebir la poesía que es bueno detenernos en cada uno de ellos para así poder encontrar las diferencias existentes, pero en este caso sería más apropiado detenernos en el segundo apartado, que vendría a ser su arte poética de juventud, donde Alí elabora una forma distinta de concebir a la palabra escrita.

En su poesía podemos observar grandes silencios, silencios en los que espera que el lector no intervenga, sino que respete. Estos silencios son dados por Alí de manera que su poesía adquiere el carácter de aquel que asiste a un velorio, por decirlo de alguna manera. Podemos leer a este poeta como aquel que observa a la procesión de deudos entrando por la puerta principal, en silencio, con la cabeza gacha, elaborando en una pequeña libreta misteriosas palabras que niegan la entrada al hombre común; en sus textos el poeta establece una imposibilidad. Sólo él puede entrar y apropiarse de todo, pero la única manera de apropiación del misterio, que se nos propone, no es a través de la palabra, sino sólo mediante el respeto de este silencio que Alí nos dicta.

Podemos observar, aparte de sus referencias comunes a la tradición bíblica, que existe una ruptura dada entre la divinidad y la mujer, donde la última surge más en un aspecto de profanación, ya que es ésta la que se adentra al espacio divino y lo quebranta. Para Alí el cuerpo es una estancia de eterna muerte, que podemos observar en responso del peregrino, que se libera un poco, solamente, mediante el goce erótico, un goce sin mácula, sin profanación del otro, donde Alí se establece como espectador, mas no como actante, del erotismo del cuerpo de la mujer. Esto lo podemos afirmar ya que Alí es el gran maestro de la ausencia, comúnmente se encuentra ausente de sí mismo en sus textos, por eso nos dice “para siempre hoy perdido Ulises de mi cuerpo”, y es así como Alí obtiene este goce estético, pareciendo compartir más de la divinidad que de la profanación, pero viendo en esta última la única posibilidad de vida.

Carballo nos dice que sus poemas son “imperturbables viajes hacia la nada, emprendidos a partir del amor y del deseo”, lo cual podemos observar a lo largo de su poesía, de su forma de narrar, de sus estructuras, de esta manera de darnos un verdadero canto que parece digno de una catedral. Asistimos, pues, a la misa donde Alí es el sacerdote que dirige las voces del coro, un coro que va dirigido a la muerte y al cuerpo amado.

Alí Chumacero ha dicho que la labor del poeta es “distinguir entre las imágenes que los sentidos captan y el misterioso resplandor que de ellas se desprende”. Es en esta frase donde el propio autor interna su poesía, en un misticismo de la palabra en el que sólo se nos muestra, no la imagen, sino la esencia misma de las letras. Pero de decir no se hace la poesía, y esto Alí lo sabe muy bien, ya que es conciente que sólo en el hacer poético es en donde encontrará, ampliada, su verdadera esencia del arte.

Remitirnos directamente a la poesía de Alí Chumacero es la única posibilidad fiable que tenemos, en ella encontraremos ese carácter de misterio del que Alí habla, y podremos observar como su poesía se sitúa en un plano distinto a la de sus contemporáneos.

Emmanuel Carballo nos dice, en un breve ensayo sobre Chumacero, que el arte poético de Alí se encuentra dentro de su poema A una flor inmersa, diciéndolo de paso como aquel que sabe algo y prefiere no compartirlo. Es, aquí, efectivamente, donde encontramos este quehacer poético de Alí. Tenemos un poema sobre la rosa, símbolo primero de eternidad tan usado por los poetas antiguos. Lo curioso en este poema es que se nos da una rosa en constante vértigo, una rosa que no es eterna. En el primer verso “cae la rosa, cae” y el segundo “atravesando el agua” se nos presenta la primera ruptura. Alí no se refiere a una rosa que, en tierra, se encuentra posada estáticamente para que aquel que observa pudiese apreciarla; en cambio nos da una rosa en la cual podemos observar volatilidad, movimiento, es una rosa en el proceso de la caída, que bien podría representar la vida misma del hombre, pero es en esta ruptura donde Alí establece el primer cambio, transmutación del ser, a través del agua. La rosa, que cae, cae y cae, atraviesa un agua de pureza, cristalina que “la vuelven a su aroma” donde al fin “revienta en flor”. El poeta establece, aquí, la belleza de la cosa a través de una transmutación en la vida misma; es decir, Alí elabora su estética a través de la caída, en la cual el hombre, la cosa, el ser (llámesele como quiera) desarrolla su propia vida, en un ingrávido vaivén donde luce todo el esplendor de la cosa. Pero no es esta la imagen que Alí busca, imagen meramente arquetípica que podemos encontrar en la poética de Borges; Alí no busca el nombre de la cosa, no desea poseer únicamente las palabras, que en este caso quedan dadas por el agua cuando la rosa deja ir su primer aliento aromático, sino ir un poco más allá, hasta donde esta cosa revele su misterio mismo.

En el segundo apartado -es mejor llamarlo apartado ya que en la segunda estrofa se establece a la par el segundo y tercer apartado- de este poema podemos encontrar a un poeta inconforme, que no obstante haya presenciado el momento en que la rosa se abre en todo su esplendor, en el momento en el que se le concibe como tal, busca algo más dentro de ese objeto de eternidad y nos dice “cae más aún, cae / más allá de su savia / sobre la losa del sepulcro”. Alí observa a la rosa internarse en un mundo de sombras, un mundo de muerte, donde el concepto de belleza y eternidad queda roto, donde el arquetipo sigue vigente pero desesperanzado. En este sentido Alí se opone a lo que nos dice Eco en sus Apostillas al Nombre de la Rosa, cuando escribe, su ya famosa frase, “de la rosa sólo nos queda el nombre”, ya que para Alí, en este momento en que se suspende la cosa misma ante la muerte, este objeto no genera nada más que sombras.

¿Entonces, en qué se enfoca este poeta propiamente? Como ya habíamos mencionado, Alí busca el resplandor místico de las cosas, dado en la palabra, digamos que tiene que pasar por el arquetipo, dado en el primer apartado, pasar por la muerte, donde la rosa pierde su símbolo de eternidad y adquiere el recuerdo de su nombre y llegar hasta el punto del misterio. En el tercer apartado, de la caída, nos dice que la rosa cae, pero sobre un lugar específico, un lugar que es el punto de contacto de todos los seres humanos, la rosa de Alí “cae sobre mi mano”, pero ya no es una cosa, físicamente, sino que se nos habla de una rosa que es “como un pálido recuerdo”, una rosa que posee una suavidad de “sábana mortuoria”. Es aquí, en este punto donde ocurre el misterio de la muerte en la vida, donde Alí puede encontrar la auténtica belleza en la cosa, pero no dada por sí misma, sino otorgada a través del otro, en el recuerdo, otorgada a través de un tacto metafísico, donde la rosa muestra su verdadera belleza, como en un último deshojarse en la mano del poeta. Sólo a través de esta huella, de este “pie que no se posa” Alí puede dar alcance, en la muerte del objeto y en el sentir onírico del mismo, no a través del nombrar a aquello que es lo inasible, las alas del ángel que se escapan al voltear la cabeza, Alí puede obtener el verdadero sentir místico de la cosa, el misterioso resplandor, del cual nos habla, en este breve instante donde la verticalidad de la caída, de la eternidad de la cosa, se detiene y “se apaga en el silencio”.

Esta última palabra con la que Alí cierra el poema es interesante, ya que en ella se observa este fin último del misterio, donde después de haber obtenido, como espectador paciente, este momento de eternidad, logrado en la perdida de eternidad del objeto, no queda nada, ni siquiera la palabra, es aquí donde la tesis resulta contraria a lo que proponía Platón en el Cratílo y a lo que decía Eco de la rosa, ya que después de este breve lapso para Alí no queda ni siquiera la palabra de la cosa sino sólo el silencio, el callar sepultado de una eternidad.

 

Bibliografía

-       CHUMACERO, Alí. Poeta de amorosa raíz. Ediciones del ermitaño. MINIMALIA. México, 1999.

-       ESCALANTE, Evodio y Campos, Marco Antonio (Compiladores). Antología. Alí Chumacero Retrato crítico. Universidad Nacional Autónoma de México. Colección de poemas y ensayos. México, 1995.

-       ECO, Umberto. Apostillas al nombre de la rosa. Editorial Lumen. Madrid, 1992.

-       BORGES, Jorge Luís. En el otro, el mismo. Alianza editorial. Madrid, 1995.

-       PLATÓN. Diálogos. Editorial Porrua, S. A. México, 1991.

Modificado por última vez en Jueves, 08 Diciembre 2016 17:45
Omar Sánchez (Roberto Visantz)

Tepic, Nayarit (1985). Es licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG. Es maestro en Estudios Filosóficos por la misma casa de estudios. Tiene publicados dos libros, Las humedades, (Editorial Limbo) y Las mil muertes absurdas o como escribir una novela (CECAN). Ha sido periodista para medios universitarios y editor de información.