Martes, 28 Noviembre 2017 05:32

Reflexiones sobre la nueva obra de Luis Vicente de Aguinaga

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Cada casualidad se convierte en un vínculo

Sobre Qué fue de mí de Luis Vicente de Aguinaga

 

 

La memoria, convertida en experiencia,

puede llegar a ser, también, confesión.

(Ismael Lares sobre la obra de L. V. de A.)

El poeta, aún sin quererlo, sin creérselo o sin saberlo busca ser un dios, ese dios que crea las cosas, que con las palabras les da el origen que por sí mismas no tienen o, al menos, busca recrearlas, darles una nueva forma, una nueva manera de ser, una nueva manera de ser sentidas y, si acaso, entendidas. El poeta espera o busca aquello que no existe para nadie, ni para él; cuando llega, corre y lo abraza con el verso justo, con la palabra envolvente que, como soplo o agua, le dé vida.

En su poema “Demasiadas cosas” Juan Antonio González Iglesias dice:

El asceta [yo digo el poeta] es consciente de demasiadas cosas.

Un exceso de amor lo amarra al mundo.

Cada casualidad se convierte en un vínculo.

 Siente cada palabra, cada letra.

(Eros es más, 2007)

Luis Vicente de Aguinaga (1971) ha publicado a finales de este noviembre su último poemario, Qué fue de mí (Mantis Editores), en el que una voz muy íntima camina por los pasajes de lo cotidiano con esa voz del poeta-dios que le da origen y vida a los pasos diarios y las cosas simples, esas que parecen sin importancia o que tienen tanta, que difícilmente son nombradas.

El libro está formado, como otros de sus poemarios, por cinco partes, en este caso de nueve poemas cada una, cuarenta y cinco poemas con los que, como señala Jorge Ortega en la contraportada del libro, “puede verse delineado […] cualquier ser humano agraciado por los dones de su propia cotidianidad.” Cuarenta y cinco poemas, como el número de años de los que el poeta apenas se ha despedido.

En la primera parte, Escenas infantiles, se teje un conjunto de poemas en los que subyace el amor paternal que ve en los hijos, cual santón que contempla a dios, la más portentosa de las presencias, portentosa como de dioses, frágil como de creaturas, pero siempre gigante. Y ahí aparecen de improviso un cielo, un insecto insignificante y un enclenque arrayan que enmarcan la vida cotidiana del padre que vive y ama; allí mismo, la voz del poeta revela la maravilla de encontrar aquel lienzo en blanco, “sin mitologías”, esa pureza del objeto poético que puede crearse desde cero.

Llevo tiempo esperando

que un agua sin oleaje

ni peces ni mitologías

brote, de golpe, ante mis ojos

y acaso ésta es la hora, y acaso ésta es el agua.

Vienen luego de esas escenas infantiles, los nueve poemas de Interés acumulado, la segunda de las cinco partes, en la que nos encontramos con la voz del hombre que ha tenido años para ver el mundo, del poeta que ha meditado sobre las ideas, sobre esas cosas frágiles que nos sostienen y sobre las palabras mismas; pero también que medita sobre la memoria que el cuerpo guarda. Nuevamente habla del tiempo que se acumula con sus huellas, como las palabras o las deudas de la vida con los vivos. Es la vida cotidiana y sus actos más simples que nadan así, simples y portentosos, en todo lo tremendo del tiempo.

El sol poniente, rojo como un hígado,

incendia el mar durante un largo instante

que registra una hilera de fotógrafos.

Los niños menosprecian el portento

mientras, penando en círculos, el paria universal

vende alhajas de plástico, pan dulce, camisetas.

Nótese la metáfora que de golpe nos obliga a repensar la imagen cotidiana.

En la tercera parte, Canciones del esposo, con elocuente título, el tiempo tiene total protagonismo, el tiempo que pasa indefectiblemente, pero un tiempo relativizado por el ritmo de la voz amorosa, relativizado por el paso de las décadas sobre el amante y sobre los recuerdos; recuerdos que quedan en fotografías, en ritmos que se repiten cada cierto tiempo muy preciso, en memorias de otros lugares o de imágenes de siluetas llenas de vida. Es inevitable recordar esa manera de amar muy petrarquista, a esa amada romántica, también, en la que la voz poética pone toda su mirada, toda su energía, toda su memoria y su esperanza.

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En el poema “Frente a la luz”, toda memoria y todo recuerdo quedan en el olvido o intentan olvidarse o no importa que ahí estén; en “Di quién soy”, el llamado a la esposa revela una necesidad hiperbólica del amado de ser nombrado por ella, de encontrar su forma en las palabras, hoy; al final, en “El sueño”, por la vía de los oxímoros, el amor se presenta inabarcable, presente siempre. Así, esta tercera parte revela del amor su anclaje en el pasado, su existencia sólo presente y su ansia permanente de futuro. El tiempo nuevamente.

La cuarta parte se llama Estancias, como aquellas formas estróficas primero provenzales y luego auriseculares españolas que usaría lo mismo Petrarca que Garcilaso de la Vega. Los poemas de esta parte, sí con versos de once y siete sílabas, como dicta la poética de aquellos siglos y de estos, juega con la libertad de escribir hoy, cambia de temas, juega con las formas y tiene como protagonista al tiempo, nuevamente.

El tiempo que se lleva consigo las certezas de que las cosas sean lo que creemos o sean simples ilusiones del pasado como las estrellas. Tiempo lleno de estaciones o de pájaros idos en diciembre o de vivencias cotidianas, como las de Pieter de Hooch, pintor que protagoniza el tercer poema de esta parte. El tiempo, lleno de huellas de lo cotidiano, de la incertidumbre de los espejismos es llevado de la metáfora de las estrellas, de la realidad de su reflejo de hace siglos, al tiempo que se nos adelanta en un lugar que no es el nuestro, pero al que podemos acceder, no sin el riesgo de la locura, pues cómo entender que mientras aquí aún es de noche hay lugares “donde ya es la mañana de mañana”, como en Adelaida, Australia.

Aquí un elevador irrumpe, como antes el cielo, un insecto o un arrayán, mediante un juego verbal que dibuja una sonrisa debajo de los ojos de quien lee, para acabar con un secreto, por obvio, inesperado:

No esperes. No sepas. La realidad

es todo el mundo hablando al mismo tiempo.

En Los capítulos para una biografía sigue ahí la voz de un hombre que ha vivido, que ha escuchado notas musicales, visto lápices y países extranjeros; de un hombre que ha leído en los libros, en el cielo y en los años la historia de los hombres: la que vale, la que se ha contado o inventado, de la que hay rumores y la que de nada ha valido o la que nadie ha contado, pero que decirla es necesario, aunque por sí misma no signifique nada.

Estoy a la espera de señales

claras, explícitas, rotundas

en el tiempo, en el agua, en una nube

o en los asientos del café:

señales que desmientan

que, hasta la fecha, nada

quiere decir ni ha dicho nunca nada.

En este poemario íntimo, de lo cotidiano y de lo personal, la familia: los hijos, la amada, y los padres forman parte sustancial del padre, del que ama y del hijo, esos que es la voz poética; aparece el hombre que camina por las calles, que es vecino, que trabaja, que olvida un medio limón en la cocina y al final del día puede que nunca haya sido nadie. El ritmo cotidiano de la vida la desnuda en su futilidad.

Has cantado, oh musa, la vida del hombre que ha vivido el tiempo suficiente para amar y ser amado, para ver con ojo atento los rincones más obvios de una casa y del tiempo, ¡cualidad de pocos!, para reconocer en el nombre fortuito el escenario justo, para contemplar el cielo como manto y el espejo como sabio indiscreto, para ver el rostro bueno del mal tiempo.

Un libro de contemplaciones que toman forma verbal con las imágenes y las metáforas de un poeta de hoy, eso quizá sea decir nada, pero es lo más que puedo decir. Su grandeza está en que las cosas simples son el tema de profundidades íntimas que se    des-velan.

Tiempo y vida cotidiana son los ejes que sostienen el libro, los lugares que se amontonan en el tiempo o el tiempo que se arrincona en los lugares. Ubi sunt y Tempus fugit.

PD. Los títulos de los poemas merecerían una meditación aparte.

Enrique Casillas

Profesor de Literatura y de redacción desde la perspectiva sociocultural, porque todas las palabras están condicionadas por lo social y éstas modelan a la sociedad. Me encanta pensar la escritura académica y la educación, a eso me dedico.