Cada casualidad se convierte en un vínculo

Sobre Qué fue de mí de Luis Vicente de Aguinaga

 

 

La memoria, convertida en experiencia,

puede llegar a ser, también, confesión.

(Ismael Lares sobre la obra de L. V. de A.)

El poeta, aún sin quererlo, sin creérselo o sin saberlo busca ser un dios, ese dios que crea las cosas, que con las palabras les da el origen que por sí mismas no tienen o, al menos, busca recrearlas, darles una nueva forma, una nueva manera de ser, una nueva manera de ser sentidas y, si acaso, entendidas. El poeta espera o busca aquello que no existe para nadie, ni para él; cuando llega, corre y lo abraza con el verso justo, con la palabra envolvente que, como soplo o agua, le dé vida.

En su poema “Demasiadas cosas” Juan Antonio González Iglesias dice:

El asceta [yo digo el poeta] es consciente de demasiadas cosas.

Un exceso de amor lo amarra al mundo.

Cada casualidad se convierte en un vínculo.

 Siente cada palabra, cada letra.

(Eros es más, 2007)

Luis Vicente de Aguinaga (1971) ha publicado a finales de este noviembre su último poemario, Qué fue de mí (Mantis Editores), en el que una voz muy íntima camina por los pasajes de lo cotidiano con esa voz del poeta-dios que le da origen y vida a los pasos diarios y las cosas simples, esas que parecen sin importancia o que tienen tanta, que difícilmente son nombradas.

El libro está formado, como otros de sus poemarios, por cinco partes, en este caso de nueve poemas cada una, cuarenta y cinco poemas con los que, como señala Jorge Ortega en la contraportada del libro, “puede verse delineado […] cualquier ser humano agraciado por los dones de su propia cotidianidad.” Cuarenta y cinco poemas, como el número de años de los que el poeta apenas se ha despedido.

En la primera parte, Escenas infantiles, se teje un conjunto de poemas en los que subyace el amor paternal que ve en los hijos, cual santón que contempla a dios, la más portentosa de las presencias, portentosa como de dioses, frágil como de creaturas, pero siempre gigante. Y ahí aparecen de improviso un cielo, un insecto insignificante y un enclenque arrayan que enmarcan la vida cotidiana del padre que vive y ama; allí mismo, la voz del poeta revela la maravilla de encontrar aquel lienzo en blanco, “sin mitologías”, esa pureza del objeto poético que puede crearse desde cero.

Llevo tiempo esperando

que un agua sin oleaje

ni peces ni mitologías

brote, de golpe, ante mis ojos

y acaso ésta es la hora, y acaso ésta es el agua.

Vienen luego de esas escenas infantiles, los nueve poemas de Interés acumulado, la segunda de las cinco partes, en la que nos encontramos con la voz del hombre que ha tenido años para ver el mundo, del poeta que ha meditado sobre las ideas, sobre esas cosas frágiles que nos sostienen y sobre las palabras mismas; pero también que medita sobre la memoria que el cuerpo guarda. Nuevamente habla del tiempo que se acumula con sus huellas, como las palabras o las deudas de la vida con los vivos. Es la vida cotidiana y sus actos más simples que nadan así, simples y portentosos, en todo lo tremendo del tiempo.

El sol poniente, rojo como un hígado,

incendia el mar durante un largo instante

que registra una hilera de fotógrafos.

Los niños menosprecian el portento

mientras, penando en círculos, el paria universal

vende alhajas de plástico, pan dulce, camisetas.

Nótese la metáfora que de golpe nos obliga a repensar la imagen cotidiana.

En la tercera parte, Canciones del esposo, con elocuente título, el tiempo tiene total protagonismo, el tiempo que pasa indefectiblemente, pero un tiempo relativizado por el ritmo de la voz amorosa, relativizado por el paso de las décadas sobre el amante y sobre los recuerdos; recuerdos que quedan en fotografías, en ritmos que se repiten cada cierto tiempo muy preciso, en memorias de otros lugares o de imágenes de siluetas llenas de vida. Es inevitable recordar esa manera de amar muy petrarquista, a esa amada romántica, también, en la que la voz poética pone toda su mirada, toda su energía, toda su memoria y su esperanza.

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En el poema “Frente a la luz”, toda memoria y todo recuerdo quedan en el olvido o intentan olvidarse o no importa que ahí estén; en “Di quién soy”, el llamado a la esposa revela una necesidad hiperbólica del amado de ser nombrado por ella, de encontrar su forma en las palabras, hoy; al final, en “El sueño”, por la vía de los oxímoros, el amor se presenta inabarcable, presente siempre. Así, esta tercera parte revela del amor su anclaje en el pasado, su existencia sólo presente y su ansia permanente de futuro. El tiempo nuevamente.

La cuarta parte se llama Estancias, como aquellas formas estróficas primero provenzales y luego auriseculares españolas que usaría lo mismo Petrarca que Garcilaso de la Vega. Los poemas de esta parte, sí con versos de once y siete sílabas, como dicta la poética de aquellos siglos y de estos, juega con la libertad de escribir hoy, cambia de temas, juega con las formas y tiene como protagonista al tiempo, nuevamente.

El tiempo que se lleva consigo las certezas de que las cosas sean lo que creemos o sean simples ilusiones del pasado como las estrellas. Tiempo lleno de estaciones o de pájaros idos en diciembre o de vivencias cotidianas, como las de Pieter de Hooch, pintor que protagoniza el tercer poema de esta parte. El tiempo, lleno de huellas de lo cotidiano, de la incertidumbre de los espejismos es llevado de la metáfora de las estrellas, de la realidad de su reflejo de hace siglos, al tiempo que se nos adelanta en un lugar que no es el nuestro, pero al que podemos acceder, no sin el riesgo de la locura, pues cómo entender que mientras aquí aún es de noche hay lugares “donde ya es la mañana de mañana”, como en Adelaida, Australia.

Aquí un elevador irrumpe, como antes el cielo, un insecto o un arrayán, mediante un juego verbal que dibuja una sonrisa debajo de los ojos de quien lee, para acabar con un secreto, por obvio, inesperado:

No esperes. No sepas. La realidad

es todo el mundo hablando al mismo tiempo.

En Los capítulos para una biografía sigue ahí la voz de un hombre que ha vivido, que ha escuchado notas musicales, visto lápices y países extranjeros; de un hombre que ha leído en los libros, en el cielo y en los años la historia de los hombres: la que vale, la que se ha contado o inventado, de la que hay rumores y la que de nada ha valido o la que nadie ha contado, pero que decirla es necesario, aunque por sí misma no signifique nada.

Estoy a la espera de señales

claras, explícitas, rotundas

en el tiempo, en el agua, en una nube

o en los asientos del café:

señales que desmientan

que, hasta la fecha, nada

quiere decir ni ha dicho nunca nada.

En este poemario íntimo, de lo cotidiano y de lo personal, la familia: los hijos, la amada, y los padres forman parte sustancial del padre, del que ama y del hijo, esos que es la voz poética; aparece el hombre que camina por las calles, que es vecino, que trabaja, que olvida un medio limón en la cocina y al final del día puede que nunca haya sido nadie. El ritmo cotidiano de la vida la desnuda en su futilidad.

Has cantado, oh musa, la vida del hombre que ha vivido el tiempo suficiente para amar y ser amado, para ver con ojo atento los rincones más obvios de una casa y del tiempo, ¡cualidad de pocos!, para reconocer en el nombre fortuito el escenario justo, para contemplar el cielo como manto y el espejo como sabio indiscreto, para ver el rostro bueno del mal tiempo.

Un libro de contemplaciones que toman forma verbal con las imágenes y las metáforas de un poeta de hoy, eso quizá sea decir nada, pero es lo más que puedo decir. Su grandeza está en que las cosas simples son el tema de profundidades íntimas que se    des-velan.

Tiempo y vida cotidiana son los ejes que sostienen el libro, los lugares que se amontonan en el tiempo o el tiempo que se arrincona en los lugares. Ubi sunt y Tempus fugit.

PD. Los títulos de los poemas merecerían una meditación aparte.

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Lunes, 27 Noviembre 2017 18:22

Valió madre (poema)

Valió madre cuando al “negrito” le llamaron “Nito”,

cuando surgió el ceviche de soya

cuando al perro le llamaron hijo,

cuando al hijo lo criaron con instructivos,

cuando aprendimos a comer basura

arroz de plástico y queso análogo,

valió madre cuando la educación se convirtió administración,

cuando la cocacola llegó a la mesa para unir familias,

valió madre cuando a la preferencia le llamaron “género”

(llegará el instante en que alguien se quiera casar con un enchufe eléctrico),

valió madre cuando se suplió un sangriento bistec por una planta texturizada,

valió madre cuando las feministas se sintieron lingüistas,

valió madre cuando los sin amor vieron tiernos los arañazos de un gato,

valió madre cuando los paranóicos, los frustrados y faltos de atención usaron la palabra empoderar y convirtieron los “buenos días” en agresión,

valió madre cuando alguien creyó que darle un click al mouse era encender una revolución,

valió madre cuando la solidaridad se justificó en una foto,

valió madre cuando todos se sintieron periodistas,

valió madre cuando la ciencia se volvió mofa,

valió madre cuando el pendejo creyó que opinar era argumentar

y llevarle la contraria era una afrenta a su libertad de expresión,

valió madre cuando el hijo se sintió incuestionable al ver que con sus derechos podría doblegar a sus mayores,

valió madre cuando todos agacharon la cabeza víctimas de su “buenaondismo” para no estar fuera de la línea y no hacer enloquecer a la turba,

prefirieron dejarse meter una barra de amoniaco congelado en el rabo

valió madre, todo valió tan madre

como el día en que se prohibió fumar en las cantinas…

Valió madre…

* El presente texto fue leído por el escritor Cocó en el marco de la 31 Feria Internacional del Libro en Guadalajara (FIL), esto durante la presentación del libro "Hombres maltratados", escrito por Gabriela Torres Cuerva.

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Entonces Dios, en su eterna soledad, cansado de tanta oscuridad, aburrimiento y ausencia unidimensional, creó el Big Bang con un solo suspiro de sus pulmones de abismo. Pensó: “todo el universo, las estrellas, las supernovas, los mares, los anillos de Saturno, las galaxias, la antimateria, quedarán disminuidos e insignificantes porque le daré el soplo divino a los Poetas, cualquier cosa que no venga de ellos será vano y repulsivo”.

El poeta, o el artista en general, tiene como principal característica ver el mundo de una manera distinta, de forma introspectiva, crítica; debe fijarse en detalles que se escapan a la mirada de los otros y, por consecuencia, hacerlo desde el supuesto humanismo-sensible que le da su facultad artística.

Desde su perspectiva promueve la individualidad, sin embargo, de su ojo totalitario no escapa la igualdad de razas, la libertad de expresión, la búsqueda del respeto hacia los seres vivos; es enemigo del clasismo, el racismo y del egocentrismo, además, muestra, por medio de la expresión, la inconformidad hacia las violaciones e injusticas contra los derechos humanos.

A lo largo de la historia, el creador ha sido un catalizador de cambios, un gran inconforme de lo que no está bien en la sociedad; porque los libros de historia mienten, el arte no (o al menos así lo hemos llegado a creer). Éste usa artificios para contar la verdad que el poder y el gobierno no quieren que se sepa: García Lorca fue fusilado por el régimen durante la guerra civil española; el Marqués de Sade, con sus obras, señalaba las atrocidades que cometía el clero y el reinado en una época victoriana de asquerosa doble moral; Juan Rulfo, y sus pinturas literarias, mostraba la vida del campo y sus fantasmas perdidos en la desolada estepa del olvido; Agustín Yáñez, con sus relatos de vida, denunciaba las distinciones entre las clases sociales de la antigua Guadalajara; Buñuel constantemente criticaba los más oscuros crímenes de la humanidad, películas como El Perro Andaluz, Los Olvidados, Viridiana, El ángel exterminador, son ejemplos de ello.

En los poetas no hay excepción, siempre hay escritores que denuncian o recalcan los atropellos a los derechos humanos, la corrupción y ultra impunidad de los altos niveles de los mandos en todos los ámbitos sociales, también los hay conservadores, puristas y románticos de temas que no se comprometen con nada escabroso o polémico. El inframundo de los poetas es un gueto con reglas, dinámicas sociales, jerarquías y códigos implícitos que tienen que ser respetados cual dictadura. En las ciudades existen autores vivos, activos, de carne y hueso, de diversas ideologías y niveles en la pirámide. Pensar que el gremio literato es de las pocas cofradías exentas de prácticas corruptas, egocentristas, clasistas, nepotistas, influyentes, coludidas con el gobierno y el modo sobornado de nuestro país, es una ingenuidad.

Esta taberna poética se encuentra repleta de eventos, reuniones, becas gubernamentales y premios. Sin afán de decir que todos los personajes son iguales, la dinámica encaja en un show de circo y con un desfile de ficheras histriónicas que luchan por sobresalir por su narcicismo y pose. Un laberinto de petulantes semidioses donde caminas de la salida hacia el centro de la trampa para encontrar al Minotauro “Vaca Sagrada”, que dicta lo que se debe y lo que no se debe escribir.

También algunos supuestos “poetas de izquierda”, esos que están en contra de la corrupción y el gobierno, hacen concursos de poesía donde ganan amigos íntimos de los jueces y uno que otro prestador de favores sexuales. Entre reunión y reunión, evento y evento; los entes de las letras emergen llenos de helio, mirando debajo del hombro a los simples peones que alaban su maestría y, con servilismo, admiran el genio divino que emerge de la pluma de oro puro del POETA. Algunos tratan de seducir a otros con sus palabras para terminar pidiéndote dinero o venderte cualquier porquería de basurero al puro estilo de timador, asaltante de esquina oscura. Uno que otro revolucionario antigobierno ostenta su mayor acto en contra del sistema opresor fumando cinco capítulos de mariguana al día y empolvándose la nariz con cocaína, pasando antes por liarse a golpes contra sus propios amigos revolucionarios, tratando de sabotear las lecturas ajenas y decir: “no hay poetas, el único soy yo”, escupiendo alcohol y orina sin control.

Asimismo, existen varios grupos específicos que también se dedican a la poesía, solo que viven en una guerra civil encarnizada entre la gente de letras, rencillas personales. Cuestiones de ego y diferencia de ideologías son las que separan a los letrosos. La dialéctica de Hegel la han asesinado alevosamente, para ellos solo existe su tesis y su tesis, la antítesis es completamente descalificada e ignorada sin llegar a la posibilidad de una síntesis, constantemente tratan de descalificar a otros escritores, se burlan de su obra, porque claro, intentan atrapar a jóvenes aspirantes a vates, intentan formar un séquito de borregos literarios que obedecen para escribir al gusto de su grupo privilegiado.

Hay una pelea encarnada de verduleras entre los poetas puristas contra los poetas revolucionarios: los becados defienden su hueso porque reciben dinero del gobierno y descalifican la poesía que habla en contra del régimen ya que no les conviene lo que en ella se dice, están dentro de ese sistema corrupto del país, tienen un buen padrino que los apoya y da el dedazo para ganar el premio o la beca deseada.

Ahora bien, puntualizando en becas locales y nacionales, premios y concursos, como pasa en todos los ámbitos corruptos del país; ganan las influencias y amistades que se tiene con los jueces, y sí; algunos se pagan con moneda sexual, además que tienen una línea muy definida de contenido: no críticas al gobierno, a la iglesia, a la sociedad. Estos premios están controlados por la gente de poder político, con puestos públicos y claro está que defienden su chuleta. Tenemos como ejemplo un becado del FONCA que ganó el apoyo con un deplorable proyecto de poemas con emoticones de las redes sociales.  

Uno de los  fenómenos más peculiares ocurre  en la FIL Guadalajara (Feria Internacional del Libro), donde los escritores casi desconocidos y gente acreditada de la prensa local, desfilan por los pasillos mostrando sus gafetes como tiaras de divinas princesitas de cuento de hadas, gatas escandalosas arañándose la cara para ver cuál de todas es la más diva y ataviada y brillante y petulante. Una epidemia de presunción en las redes sociales inunda en esa fecha, el que vaya a dicho evento y sobre todo con credencial, significa que está en la aristocracia literaria nacional, los demás son plebeyos de ese submundo, de ese Edén de soberbia.

El circo no termina. En muchas ocasiones un escritor de renombre da talleres de creatividad para “pulir” el estilo y tener el derecho publicar, dando como resultado una manada de corderos que elevan al poeta en un estado divino, de “Vaca Sagrada”: salen en sus antologías y/o en los libros que éste publica, con un estilo casi igual, casi idéntico, casi copia al carbón, consecuencia de este “tallerear” a gusto del maestro. Esto genera más división y los alumnos utilizan en su currículo: “asistió al taller de X vaca sagrada”.

Los grandes poetas tienen un séquito de mascotas amaestradas que intentan escribir igual que su “Becerro de Oro”; al cromar los testículos de éste, tienen como beneficio: premios, recomendaciones, invitaciones, pertenecer a la crema y nata de la sociedad literaria. Sumémosle que son fieles como un sabueso a su dueño, aquel que ose criticar a su amo será atacado, aunque exista argumento para hacerlo, lo defenderá con sus colmillos como perrito chihuahua feroz, se arrastrará por complacerlo hasta recibir su buena dotación de croquetas y uno que otro paseo por el parque. Entre ellos se acicalan, se echan porras y pelean contra los otros grupos contrarios, su palabra es única al mismo estilo que las religiones, la suya es la única verdad.

El ser humano es ególatra por naturaleza, los poetas, en su mayoría, han creído que su genio es un don superior a la prole no letrada, mirando hacia abajo, subidos en un trono de oropel tan frágil como la vida misma, la gloria mundana y el sinsentido del hombre. Un poeta no es un ser superior a un panadero, fontanero, ingeniero, médico o barrendero. Porque el hombre es una especie parasitaria. La Tierra, en sentido utilitario para conservación de la vida del planeta, la existencia de un insecto tiene más valor que el de miles de seres humanos: “Si desaparecieran todos los insectos de la tierra, en menos de 50 años desaparecería toda la vida. Si todos los seres humanos desaparecieran de la tierra, en menos de 50 años todas las formas de vida florecerían”, Jonas Edward Salk -investigador médico y virólogo-.

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Jueves, 08 Diciembre 2016 17:34

Alí Chumacero, más allá de la palabra

La vida de Alí Chumacero transcurrió sin excepcionales sobresaltos dignos del ámbito artístico, sin la extravagancia propia de aquellos que quieren ser recordados más por su esencia como persona que por su trabajo, sin las largas borracheras de horas y palabras sobre cuerpos desnudos en algún sitio ubicado en los bajos barrios de la gran urbe; no, Chumacero sobresale con una pequeña obra, escrita mayormente en su juventud, donde podemos encontrar títulos como: Imágenes desterradas, palabras en reposo y páramo de sueños. Es en esta pequeña obra donde Alí daría a sus lectores todo aquello que tendría que decir y donde establecería su poética, así como un estilo cercano al canto litúrgico.

En Alí podemos observar tres etapas de creación, en la primera encontramos poemas en los que se describe los amores de juventud del poeta. Podemos observar una segunda etapa -de la cual nos ocuparemos en este texto- donde el poeta establece la manera en que su arte debe ser concebido; es la etapa del misterio. En la tercera etapa creadora de este autor podemos encontrar una estética refinada, que va más allá de la construcción metodológica de un poema, dándonos grandes catedrales góticas de la palabra. Se podría decir que siendo pequeña la obra de Alí es, en realidad, muy extensa. Son tantos sus cambios en la forma de concebir la poesía que es bueno detenernos en cada uno de ellos para así poder encontrar las diferencias existentes, pero en este caso sería más apropiado detenernos en el segundo apartado, que vendría a ser su arte poética de juventud, donde Alí elabora una forma distinta de concebir a la palabra escrita.

En su poesía podemos observar grandes silencios, silencios en los que espera que el lector no intervenga, sino que respete. Estos silencios son dados por Alí de manera que su poesía adquiere el carácter de aquel que asiste a un velorio, por decirlo de alguna manera. Podemos leer a este poeta como aquel que observa a la procesión de deudos entrando por la puerta principal, en silencio, con la cabeza gacha, elaborando en una pequeña libreta misteriosas palabras que niegan la entrada al hombre común; en sus textos el poeta establece una imposibilidad. Sólo él puede entrar y apropiarse de todo, pero la única manera de apropiación del misterio, que se nos propone, no es a través de la palabra, sino sólo mediante el respeto de este silencio que Alí nos dicta.

Podemos observar, aparte de sus referencias comunes a la tradición bíblica, que existe una ruptura dada entre la divinidad y la mujer, donde la última surge más en un aspecto de profanación, ya que es ésta la que se adentra al espacio divino y lo quebranta. Para Alí el cuerpo es una estancia de eterna muerte, que podemos observar en responso del peregrino, que se libera un poco, solamente, mediante el goce erótico, un goce sin mácula, sin profanación del otro, donde Alí se establece como espectador, mas no como actante, del erotismo del cuerpo de la mujer. Esto lo podemos afirmar ya que Alí es el gran maestro de la ausencia, comúnmente se encuentra ausente de sí mismo en sus textos, por eso nos dice “para siempre hoy perdido Ulises de mi cuerpo”, y es así como Alí obtiene este goce estético, pareciendo compartir más de la divinidad que de la profanación, pero viendo en esta última la única posibilidad de vida.

Carballo nos dice que sus poemas son “imperturbables viajes hacia la nada, emprendidos a partir del amor y del deseo”, lo cual podemos observar a lo largo de su poesía, de su forma de narrar, de sus estructuras, de esta manera de darnos un verdadero canto que parece digno de una catedral. Asistimos, pues, a la misa donde Alí es el sacerdote que dirige las voces del coro, un coro que va dirigido a la muerte y al cuerpo amado.

Alí Chumacero ha dicho que la labor del poeta es “distinguir entre las imágenes que los sentidos captan y el misterioso resplandor que de ellas se desprende”. Es en esta frase donde el propio autor interna su poesía, en un misticismo de la palabra en el que sólo se nos muestra, no la imagen, sino la esencia misma de las letras. Pero de decir no se hace la poesía, y esto Alí lo sabe muy bien, ya que es conciente que sólo en el hacer poético es en donde encontrará, ampliada, su verdadera esencia del arte.

Remitirnos directamente a la poesía de Alí Chumacero es la única posibilidad fiable que tenemos, en ella encontraremos ese carácter de misterio del que Alí habla, y podremos observar como su poesía se sitúa en un plano distinto a la de sus contemporáneos.

Emmanuel Carballo nos dice, en un breve ensayo sobre Chumacero, que el arte poético de Alí se encuentra dentro de su poema A una flor inmersa, diciéndolo de paso como aquel que sabe algo y prefiere no compartirlo. Es, aquí, efectivamente, donde encontramos este quehacer poético de Alí. Tenemos un poema sobre la rosa, símbolo primero de eternidad tan usado por los poetas antiguos. Lo curioso en este poema es que se nos da una rosa en constante vértigo, una rosa que no es eterna. En el primer verso “cae la rosa, cae” y el segundo “atravesando el agua” se nos presenta la primera ruptura. Alí no se refiere a una rosa que, en tierra, se encuentra posada estáticamente para que aquel que observa pudiese apreciarla; en cambio nos da una rosa en la cual podemos observar volatilidad, movimiento, es una rosa en el proceso de la caída, que bien podría representar la vida misma del hombre, pero es en esta ruptura donde Alí establece el primer cambio, transmutación del ser, a través del agua. La rosa, que cae, cae y cae, atraviesa un agua de pureza, cristalina que “la vuelven a su aroma” donde al fin “revienta en flor”. El poeta establece, aquí, la belleza de la cosa a través de una transmutación en la vida misma; es decir, Alí elabora su estética a través de la caída, en la cual el hombre, la cosa, el ser (llámesele como quiera) desarrolla su propia vida, en un ingrávido vaivén donde luce todo el esplendor de la cosa. Pero no es esta la imagen que Alí busca, imagen meramente arquetípica que podemos encontrar en la poética de Borges; Alí no busca el nombre de la cosa, no desea poseer únicamente las palabras, que en este caso quedan dadas por el agua cuando la rosa deja ir su primer aliento aromático, sino ir un poco más allá, hasta donde esta cosa revele su misterio mismo.

En el segundo apartado -es mejor llamarlo apartado ya que en la segunda estrofa se establece a la par el segundo y tercer apartado- de este poema podemos encontrar a un poeta inconforme, que no obstante haya presenciado el momento en que la rosa se abre en todo su esplendor, en el momento en el que se le concibe como tal, busca algo más dentro de ese objeto de eternidad y nos dice “cae más aún, cae / más allá de su savia / sobre la losa del sepulcro”. Alí observa a la rosa internarse en un mundo de sombras, un mundo de muerte, donde el concepto de belleza y eternidad queda roto, donde el arquetipo sigue vigente pero desesperanzado. En este sentido Alí se opone a lo que nos dice Eco en sus Apostillas al Nombre de la Rosa, cuando escribe, su ya famosa frase, “de la rosa sólo nos queda el nombre”, ya que para Alí, en este momento en que se suspende la cosa misma ante la muerte, este objeto no genera nada más que sombras.

¿Entonces, en qué se enfoca este poeta propiamente? Como ya habíamos mencionado, Alí busca el resplandor místico de las cosas, dado en la palabra, digamos que tiene que pasar por el arquetipo, dado en el primer apartado, pasar por la muerte, donde la rosa pierde su símbolo de eternidad y adquiere el recuerdo de su nombre y llegar hasta el punto del misterio. En el tercer apartado, de la caída, nos dice que la rosa cae, pero sobre un lugar específico, un lugar que es el punto de contacto de todos los seres humanos, la rosa de Alí “cae sobre mi mano”, pero ya no es una cosa, físicamente, sino que se nos habla de una rosa que es “como un pálido recuerdo”, una rosa que posee una suavidad de “sábana mortuoria”. Es aquí, en este punto donde ocurre el misterio de la muerte en la vida, donde Alí puede encontrar la auténtica belleza en la cosa, pero no dada por sí misma, sino otorgada a través del otro, en el recuerdo, otorgada a través de un tacto metafísico, donde la rosa muestra su verdadera belleza, como en un último deshojarse en la mano del poeta. Sólo a través de esta huella, de este “pie que no se posa” Alí puede dar alcance, en la muerte del objeto y en el sentir onírico del mismo, no a través del nombrar a aquello que es lo inasible, las alas del ángel que se escapan al voltear la cabeza, Alí puede obtener el verdadero sentir místico de la cosa, el misterioso resplandor, del cual nos habla, en este breve instante donde la verticalidad de la caída, de la eternidad de la cosa, se detiene y “se apaga en el silencio”.

Esta última palabra con la que Alí cierra el poema es interesante, ya que en ella se observa este fin último del misterio, donde después de haber obtenido, como espectador paciente, este momento de eternidad, logrado en la perdida de eternidad del objeto, no queda nada, ni siquiera la palabra, es aquí donde la tesis resulta contraria a lo que proponía Platón en el Cratílo y a lo que decía Eco de la rosa, ya que después de este breve lapso para Alí no queda ni siquiera la palabra de la cosa sino sólo el silencio, el callar sepultado de una eternidad.

 

Bibliografía

-       CHUMACERO, Alí. Poeta de amorosa raíz. Ediciones del ermitaño. MINIMALIA. México, 1999.

-       ESCALANTE, Evodio y Campos, Marco Antonio (Compiladores). Antología. Alí Chumacero Retrato crítico. Universidad Nacional Autónoma de México. Colección de poemas y ensayos. México, 1995.

-       ECO, Umberto. Apostillas al nombre de la rosa. Editorial Lumen. Madrid, 1992.

-       BORGES, Jorge Luís. En el otro, el mismo. Alianza editorial. Madrid, 1995.

-       PLATÓN. Diálogos. Editorial Porrua, S. A. México, 1991.

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Es entre los mismos escritores que la fauna literaria da siempre de qué hablar. Lamentablemente fuera de la manada de gatos que se dedican a escribir (o presumen hacerlo) son poquísimos los que se enteran de los ires y venires de la vida literaria.  La selva de los tarzanes intelectuales se balancea entre desgreñadas y mordidas por temas tan diversos como antologías que no incluyeron a perenganito o premios que volvió a ganar merenganito. Sin olvidar que fulanito volvió a escribir una crítica contra chabacanito donde hace gala de un furioso racismo vestido como feminismo progresista. Pareciera que Dios les dio las palabras a los poetas para que las usaran en decir estupideces.

La cadena alimenticia del tejado de los Cuatro Gatos está encumbrada por los novelistas más o menos conocidos. Aquellos que creen que ya la hicieron porque en la tevé y en los diarios les piden la opinión, los mismos que incluso se venden en Sanborns o en los centros comerciales (siempre con descuento porque si no eres Yordi Rosado no eres nadie), y que por tanto ya están en las grandes ligas. Habría que decir que tener éxito en lo literario siempre será parecido a simplemente no tener éxito. La cantidad de lectores a nivel país no puede considerarse un mercado, a lo mucho: un tianguis. Luego de estos especímenes vienen los narradores que tienen un par de premios nacionales, han publicado algunos volúmenes de cuentos y sus coetáneos no les voltean la cara cuando se los encuentran en algún café o cantina. Estos esperan, con suerte y dos o tres contactos, llegar al lugar de los primeros.

En tercer lugar están los poetas multipremiados. Éstos tienen un aura de respetabilidad que les da el hecho de escribir tan pocas palabras a cambio de cantidades estratosféricas de dinero (lo de estratosférico es un decir, claro). Cualquier premio de poesía puede considerarse el apoyo gubernamental para una minoría en situación vulnerable. Al poeta, al menos en nuestro país, se le respeta como se respeta a un discapacitado o a un anciano desahuciado. La diferencia es que los poetas no lo saben y caminan por el zoológico literario moviendo las plumas de la cola con más orgullo que un pavorreal en celo. Obviamente ellos no esperan cosechar costales de dinero, se conforman, sí, con la trascendencia.

Por último, y perdonaran mi burda forma de estratificar a mis colegas, están los gatos que se suben al tejado sin haber sido invitados. Realmente es poco necesario y práctico hacer una distinción entre los escritores inéditos, los poetas con un par de libros publicados, los cuentistas que se reúnen y hacen encuentros culturales, los que han escrito un libro y lo traen engargolado bajo la axila, o los que esperan la fama en la barra de una cantina. Da igual: a ellos nadie los pela. Están en el tejado de los Cuatro Gatos como el eslabón más bajo de la cadena alimenticia. Ellos son los que consumen los libros de los anteriores. Ellos son los que van a los talleres, compran las novelas de los autores jóvenes que están dando de qué hablar; los que creen en la literatura como un medio y como un fin; son ellos, los gatos callejeros que sueñan con ser gatos editados o al menos conocidos en su azotea, los que hacen posible la utopía que llamamos mercado literario o mundo de las letras.

Con lo anterior no quiero decir que los primeros sean más escritores que los últimos. Eso es algo que no podemos saber con seguridad. La calidad literaria está deslindada del reconocimiento público; lamentablemente el título de “escritor” siempre ha estado avalado más por los aplausos y la lambisconería que por una auténtica labor creativa.

Esta nota surge de una tertulia a la que llegué por solidaridad con un amigo. En ella había varios felinos callejeros, algunos habían escrito dos o tres textos en su vida, otros estaban ahí porque “les gustaba leer pero no se sentían capaces de escribir una línea”. Una de ellos habló sobre los poetas, había hecho una reflexión en casa a partir de un texto de Octavio Paz y pensaba que el poeta, “para devenir” poeta, necesitaba de una conexión casi divina con el lenguaje; esta conexión trascendental entre el hombre y la palabra era lo que convertía a un ser humano común y corriente en un Poeta. Mientras escuchaba atento a la muchacha, pensaba en algo: Yo conozco a bastantes poetas, y algunos realmente son buenos; de verdad, se los digo: son buenos. Pero no tienen nada de mágico y algunos ni siquiera utilizarían palabras como “devenir” o “conexión trascendental” en su vocabulario.

La contradicción entre el arquetipo del poeta y el poeta real además de risa, da de que hablar. He leído libros de hombres de ciencia, como mediocremente los llamamos, y libros de hombres de letras. Los primeros, debo decirlo, casi siempre tienen una conexión más espiritual con el mundo que los segundos. El poeta, y voy a ceñirme para no caer en exageraciones, al menos el mexicano y el actual, es casi siempre un gato mundano; busca el reconocimiento entre pares y algo de dinero, y la trascendencia que alardea se limita a dejar un montón de libros publicados con su nombre en la portada. La literatura siempre superará a su autor porque un libro no puede ser mezquino o hipócrita (al menos por sí mismo), mientras que el autor casi siempre lo es.

Pensaba, mientras me encontraba en esa tertulia, en lo que pensaría esa joven que hablaba con tanta pasión de los poetas si conociera a alguno. Como sucede con las mascotas, probablemente terminaría echándolo a la calle una vez que lo conociera mejor. Cuando se diera cuenta que los poetas, para “devenir” poetas, también deben sudar, comer y cagar. Tal vez la palabra no lo sea todo y debamos empezar a guardar silencio.

Hasta ahora no conozco un poeta que no se vea mejor callado. 

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Cuando publicó Las flores del mal, el poeta francés Charles Baudelaire se enfrentó a la descalificación moral de su obra, a una multa y a la censura de algunos de sus poemas. Eso no le impidió publicarlos nuevamente y pasar a la historia de la literatura como una figura de trascendencia por su propuesta temática y estética, y por su visión de la vida, el arte y la poesía. El poeta manifestaba su oposición a la sociedad burguesa viviendo sin restricciones morales una vida de excesos y, a pesar de su satisfacción hedonista y la búsqueda vital de la experiencia de lo sublime, evidenciando el spleen, el tedio o el descontento que le producía el mundo del que se marginaba y en el que encontraba una dualidad entre materia y espíritu, belleza y fealdad, intuición y racionalidad. Es decir, en la obra de Baudelaire encontramos un cuestionamiento a su época. Su obra es producto de su tiempo pero él se convierte en un observador crítico y en un experimentador voraz que debe luchar contra el vacío y la abulia que le genera esa dinámica.
Charles Bukowski, años después y en el contexto estadounidense, fue un escritor prolífico de una literatura soez, descarnada y transgresora. Su obra genera reacciones contradictorias en lectores y críticos, pero algo sobresale entre sus líneas: una voz y una moralidad propias, una luz crítica, irónica y humana, casi dolorosa, que no tiene empacho en mostrar la realidad más cruda de la vida cotidiana, la mirada oscura, lo que muchos verían pero no se atreverían a señalar, sin concesiones y sin adornos lingüísticos. ¿De qué se nutre la poesía de Bukowski? De sus vivencias, pero sublimadas; de la necesidad de llenar sus vacíos con significantes creativos. No se trata de una literatura confesional aunque de pronto lo parezca. No es un hombre tirando su basura a sus incautos lectores. No intenta imponernos ni su moralidad, ni su visión de la vida. Es un hombre que se arroja hacia un abismo oscuro y, mientras cae, describe la vivencia con la única certeza de que no hay modo de volver a la superficie, o quizás no le interese.
El Marqués de Sade, George Bataille, el grupo de la Generación Beat… otros nombres y movimientos forman parte de la literatura de la transgresión. Pero, ¿en qué consiste esta transgresión? Se trata de una postura crítica, una escritura de búsqueda, un intento por cuestionar y trastocar un orden, un modelo ideal, un deber ser. En la violencia, en los excesos, en el impulso hacia la muerte se encuentra la contraparte: el impulso vital, el caos que motiva el cambio o la muerte ineludible. No se trata de textos vacíos. La lectura superficial conduce a la náusea; una lectura más profunda revela un armazón de ideas, trastorna al lector, lo obliga a pensar.
Baudelaire inspiró a Verlaine para crear el concepto de “poeta maldito” y, desde entonces, se ha tendido a colgar el epíteto a muchos de estos poetas transgresores. Sin embargo, los conceptos, cuando son usados con ligereza, tarde o temprano se desgastan y se vuelven vacíos. Ahora encontramos poetas malditos por dondequiera. Su vida disipada es un disfraz o, cuando mucho, un pretexto para escribir. A diferencia de los poetas transgresores, su provocación parte de la confesión, de un regodeo narcisista, del cuestionamiento a lo externo desde sí mismos, desde su propia realidad inconforme. No viven un nuevo orden moral, no hay búsqueda de una estética, no crean nuevos lenguajes ni figuras; son autocomplacientes y les falta autocrítica. Su actividad poética no es más que un performance, una búsqueda de fama, un intento por volverse burócratas de la escritura, pero denunciando siempre la incomprensión de las instituciones para adoptarlos. Esos poetas ejercen la escritura perversa, la que no tiene referentes externos, la que solo ve al lector como un espejo y no como contraparte creadora. Estos poetas perversos arrojan su basura emocional y vivencial, pretendiendo que tienen una moralidad más auténtica y un intelecto más brillante. No admiten, por tanto, la crítica. Si un lector se atreve, es un imbécil, un ignorante.
Retomando lo dicho más arriba, toda escritura es producto de su tiempo. ¿Qué proyecta la escritura de nuestros días?, ¿qué ideas, qué realidades subyacen a esta escritura perversa? ¿Cómo reconocemos en la actualidad los auténticos textos malditos? ¿Qué leemos, qué interpretaciones hacemos y qué nos cuestionamos los lectores? ¿Nos dejamos seducir por una escritura vacía o somos lectores exigentes? No hay escritores sin lectores. Los lectores también debemos ser más malditos y menos perversos.
Publicado en Crítica

La palabra tiene significado. El poder del lenguaje se hace presente en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. No hay palabras gratuitas, decía una maestra en la facultad de letras de la UdeG. Nos rodeamos de discursos y los repetimos, creamos contenidos y los difundimos. El lenguaje moldea nuestra realidad o refleja nuestras pasiones del alma, el lenguaje nos brinda libertad o lucha por ella, pero ¿hasta qué punto es correcto utilizarlo?

La historia de la literatura ha presentado casos de escritores famosos que han sido acusados de filias sexuales que siguen preocupando a la sociedad. Alicia quedó desnuda ante la imaginación de Lewis Carroll en un intrincado juego de ajedrez literario, que de haber sido contemporáneo de Degas hubiera terminado inmortalizado en su denuncia pictórica.

La literatura funciona como espejo del que la escribe, difícilmente puede escapar de sus deseos cuando intenta plasmar en papel las ideas que pululan en su mente, entonces, ésta misma, puede servirnos para reconocer en las palabras del otro un deseo malsano hacia aquello que es prohibido, hacia el tabú.

De los distintos tipos de escritores es el poeta quien siempre ha encontrado una predisposición casi natural hacia la transgresión, es el poeta el que ha llevado la llama prometéica a los ojos del hombre, le ha brindado libertad a través de cánticos no perecederos y lo ha aliviado de la agonía de los enrejados del alma. Sin embargo, existen temas que no son fáciles de trabajar, temas que son considerados enfermos incluso en voz de aquellos que buscan revolucionar los discursos: la pederastia.

Recientemente el poeta Luis Eduardo García sufrió de las amenazas más bajas a las que puede exponerse un ser humano, la amenaza de ver violentada la integridad de su familia (hijos) por parte de un hombre que presume sus filias sexuales descaradamente, el también poeta Hugo Lázaro Aguilar.

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Una breve discusión en Facebook, como se muestra en la imagen, sirvió la polémica a los miles de usuarios que se apuraron a denostar los comentarios del potosino Lázaro Aguilar. Que si bien pudo haberse tratado de una broma entre enemigos, también podría ser preocupante la velocidad con la que el hombre encontró sus referencias para el insulto.

En un país acostumbrado a las peleas verbales, a las mentadas de madre, al escarnio social y a los escándalos de la vida privada, resulta difícil digerir que una persona encuentre como referente inmediato para el insulto el tema de la pedofilia, tema que ha desatado escándalos mediáticos tan fuertes como lo fue la protección que brindaron los Legionarios de Cristo para encubrir la pederastia de uno de sus sacerdotes.

Sensibles ante este uso del lenguaje en ocasiones buscamos justificarlo a partir de la llamada “licencia poética”, una forma de ir más allá del uso cotidiano para buscar la provocación del otro, del lector, pero ¿hasta que punto es permitido esto? ¿Hasta que punto no se trata de un reflejo de los deseos ocultos de una persona?

Hugo Lázaro Aguilar buscó defenderse de las acusaciones de pedofilia de los usuarios de la red social a través de argumentar que se trataba de una provocación profesional de su parte, una manera de aventar un “cubetazo” contra alguien que buscaba humillarlo y salir, así, bien parado de la situación.

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El problema sobrevino cuando el asunto no se quedó ahí, sino que los dichos del poeta fueron secundados por el encargado de publicaciones de la Secretaría de Cultura de SLP, Octavio César Mendoza, a quien más tarde le valdría el haber sido separado de su cargo por defender la “impulsividad” del escritor aconsejándole, incluso, que en lugar de meterse con menores de edad era más conveniente alburear a la “hermana, para evitar malentendidos”.

Este suceso llevó a los usuarios de Facebook a escrutar con lupa los poemas de Hugo Lázaro Aguilar, con el fin de encontrar alguna referencia que pudiera demostrar su inclinación hacia la pedofilia; la búsqueda no fue infructuosa.

Los referentes culturales nos hacen desenvolvernos en un ambiente más o menos común a todos, un ambiente de aquello que conocemos y en el que nos podemos encontrar a nosotros mismos como un reflejo en el lago. Nos entendemos en tanto los significados nos son propios, en tanto decodificamos versos, oraciones, párrafos, con el conocimiento de nuestro contexto social; pero ahí aparece la poesía.

Las licencias poéticas permiten la creación de nuevos significados, a partir de la construcción de imágenes novedosas que despierten en el lector nuevos referentes, sin embargo es muy probable que los límites de lo “legal-mentalizado” sean traspasados con ellas, además de que al ser creaciones de un autor en específico nos llevarían a conocer un poco más su manera de pensar.

Entonces, cuando alguien escribe un poema donde el principal referente es la violación de menores, como lo hace Lázaro Aguilar en “Poemas para novias enfermas”, ¿qué deberíamos pensar? ¿se trata acaso de una licencia poética o de un reflejo del inconsciente del escritor?

Transcribo a continuación el texto, con algunas correcciones de acentuación y ortografía de mi parte, además de un remarcado oportuno con negritas:

Poemas para novias enfermas

Por Hugo Lázaro Aguilar

Las rotundas mamadas de un poeta joven

ganan premios becas y dulces bajo las colchas

un ave anuda su garganta en mi pelo

semen en las sábanas sucias de la infancia

ruidos alrededor de un sinsentido

la poesía es una puta que todos cogen sin pagarle

drógala y sin rogarle te dará una mamada

en español en inglés en alemán en huichol

la poesía es una niña sin pechos

la más puta  poesía vive en el norte sin cobrar

la puta de babilonia es una cantina a donde va Carlos Rentería

la poesía es un puta animé

gargantas profundas de una niña en bricolaje

torné a venir a YouTube  antes de venirme en tus sábanas sucias

el porvenir de la poesía está en el sur

en el aire enrarecido de tu carne azul

la poesía es una puta sin cobrar sin azur sin Darío

inspirado por la muerte escribo : vivo en un basurero

mi cama es una palabra griega de añejos versos y calcitas

mi odio se acrecienta cuando palpo moscas en mi pierna

mi salud es un cerveza rubia de once años

mi corazón estalla de poesía por las niñas desnudas

mi corazón estalla en la noche de los versos atorados

en el marfil de su cuerpo sin pechos

amo las niñas blancas de Rusia

amo el resplandor una prieta que vende carnitas los domingos

la poesía es una niña violada por su tío

mi poema es una mancha en la sábanas sucias

mi odio es un cigarro Marlboro que se acaba

tendré un libro nuevo con el premio

tendré una niña puta en mi cama

el edredón de la mañana hace frío hace calor dentro de mi Pene

dos caídas de alternas avenidas suben a tu cuello

caigo sobre ti jugando a morderte

me vengo en tu pecho plano

la poesía es una niña en patines violada a los siete años

la poesía es una niña violada por su tío a los siete años

asesinan cuernos y elefantes que hablan en marfil como Rubén

sudan los sobacos los miembros de poemas ganadores

revientan presas y cartones de cerveza

ríen los trovadores

triviales quejas alrededor de tu pecho liso y blanco

te metí el poema entre las piernas

te metí el dedo negro de mi alma entre las nalgas

aguardiente de poetas, enfriando la noche de estrellas

aguardiente de caña, calentando el perfume de tu boca sin dientes

violar es mi derecho

es mi alto instinto de papel

la poesía es una niña violada por su tío

maldad del horizonte sin medida

quiero una virgen sucia en mi cama limpia.

En el poema el autor hace una comparación ociosa entre la violación de una menor de edad con el trabajo poético; hace referencia directa a un abuso sexual infantil por parte de un “tío”, dejando claro que se trata de una persona de 11 años. Las veces que en el poema se repite la palabra niña no es gratuita, es claro que quiere centrar la atención del lector en la imagen de un “pecho liso” y unas nalgas que han sido traspasadas por el “glorioso” dedo del poeta, una imagen por demás morbosa y llena de odio, dado por las palabras hoscas que acompañan el texto “asesinan”, “cuernos”, “sucia”, “muerte”, “mancha”, entre otras. Dejo al lector a cargo de su interpretación y su decodificación con el fin de no contaminar su juicio con mis palabras.

La construcción del poema puede alarmarnos, haciendo evidente la razón por la cual un ente sensible como Luis Eduardo García reconoció el peligro en las palabras de Lázaro Aguilar, prefiriendo acudir a las autoridades para que establezcan una averiguación al respecto.

La polémica sigue. Las palabras tienen un significado, no son usadas nunca de manera gratuita, y es en ellas donde en ocasiones vemos reflejados los instintos y deseos del ser humano, en su forma más sórdida.

Publicado en Análisis social
Martes, 23 Diciembre 2014 00:00

La poetización de la disfunción eréctil

Hace algún tiempo, mientras leía los Amores de Ovidio, descubrí una curiosidad que me pareció muy significativa —e incluso sintomática— sobre nuestro común acercamiento a los “clásicos”.

Ya sabe usted: Ovidio, ese poeta romano tan conocido por haber escrito hace dos mil años un poema donde aconsejaba paso a paso cómo enamorar a la mujer deseada: dónde buscarla, qué decirle, qué callar e incluso cómo aprovechar los convivios para halagarla tomando el vino como tinta perecedera y trazando piropos en la mesa con el dedo.

“Aquí puedes decir con lenguaje encubierto muchas cosas

para que las sienta a ella misma dirigidas,

y sutilmente escribir piropos con el vino

para que en la mesa la mujer se sepa tuya,

y verla a los ojos con ojos que confiesen tu fuego:

a menudo un rostro callado tiene voz y palabra”

Ovidio, Ars Amatoria, I, 569-575.

El punto es que Ovidio también escribió un libro con una buena cantidad de poemas cortos en torno al tema del amor: amor en un sentido más carnal de lo que quizá podríamos pensar hoy, amor en cuanto impulso casi enfermizo y enloquecedor que hace que el amante esté imposibilitado para pensar en otra cosa que no sea la persona deseada, que provoca que se pase horas y horas rogándole, clamando por su favor y lanzando imprecaciones contra las puertas que se mantienen cerradas ante él. Sí, hay poemas que son literalmente eso: maldiciones contra las puertas de la casa de la amada.

El libro al que me refiero se titula Amores y colocó a Ovidio en un lugar privilegiado en la historia de la literatura: esa visión del amor es la que se prolongará durante los siglos hasta llegar a Petrarca; y de él, a prácticamente toda la literatura occidental. Ahí tenemos, por ejemplo, al hijo legítimo de Hernán Cortés, Martín, en una balbuciente Nueva España aún con olor a sangre y peste, que decide hacer su incursión en el docto mundo literario. ¿Y de qué escribe? Del amor furibundo de un pastorcillo:

“De amor y de fortuna despreciado,

de accidentes mortales combatido,

de congoja y dolor tan apurado,

que el seso le fallece, y el sentido,

iba un pobre pastor desventurado

buscando de una sierra lo escondido;

tanto el tormento ya le desmayaba

que entre un peñasco y otro se arrojaba”

Octavas de don Martín Cortés, en Flores de Baria Poesía, siglo XVI.

Pues bien, la curiosidad de la que hablo ocurrió al estar leyendo los Amores en la edición de una de las colecciones bilingües de clásicos grecolatinos más respetadas académicamente, la Loeb Classical Library de Harvard. La obra de Ovidio está dividida en tres apartados —llamados libros— y tiene un total de 49 poemas o elegías. La edición que estaba leyendo es de 1914, con un tal Grant Showerman como traductor al inglés. El caso es que llegué al poema 6 del libro III y me di cuenta de que el que seguía justo después era el 8. Al principio pensé que era un error y que los editores se habían equivocado en la numeración, pero lo investigué un poco y corroboré que no era el caso: el poema 8 era efectivamente el 8 en cualquiera de las ediciones, así como todos los subsecuentes. De modo que en esta edición en particular se había omitido, sencillamente y sin ningún aviso al lector, el poema 7.  ¿Por qué?

Eso fue lo que descubrí al terminar de leer el libro III. Al final de esa edición aparece el último poema, el 15, con su respectiva traducción, y justo después vemos aparecer el poema antes omitido, el número 7, pero sin versión en inglés. Ahí está el texto, sólo en latín, para que lo descifre el que lo pueda descifrar. Por supuesto que no se podría dar un mejor incentivo para ver qué decía el poema, y sobre todo, para entender por qué el traductor, sin sentir siquiera necesario dar explicación alguna, había decidido no verterlo al inglés. Empecé a leerlo y fue ahí cuando comprendí: el poema era un vivo retrato sobre la frustración de un amante al padecer disfunción eréctil cuando por fin logra estrechar a la amada. En un momento preciso, después de describir su miembro como “moribundo, más lánguido que una rosa tomada ayer”, le habla directamente, lo llama “la peor parte de mí” y lo culpa finalmente de sus desgracias. Será, me imagino, uno de los casos contados —en la literatura antigua— de un vocativo refiriéndose al propio pene, y es justamente una invectiva: pars pessima nostri.

Les dejo mi propia versión al español, más para divulgación que para clasicistas:

“¡Pero qué bella y qué bien formada ella!

¡Cuántas veces la buscó mi deseo!

Pero no pude, lánguido, poseerla;

sólo yací en el perezoso lecho,

ahí, como una calumnia pesada.

Ni pude, deseoso yo y ella también,

gozar de esa parte agradable de mi ingle cansada.

Puso ella sus brazos de marfil en mi cuello,

brazos más blancos que la misma nieve,

y con tal ardor dio besos y besos

donde lenguas batallaban;

su muslo candente a mi muslo acercó;

me hizo mil halagos y me dijo su señor

y hasta esas palabras que a todos excitan.

Pero mi miembro, tocado por fría cicuta,

deshizo flojo mi intento.

Ahí quedé echado, tronco inerte, mera apariencia,

peso inútil, sin saber si era yo cuerpo o sombra.

¿Cuál habrá de ser mi vejez, si acaso soy viejo,

cuando el vigor falta a sus propias reglas?

Ah, ¡vergüenza de los años! Siendo hombre y joven,

ni hombre ni joven me experimentó ella.

Se levantó como casta sacerdotisa

que va hacia los sagrados fuegos,

como hermana respetable con su querido hermano.

Y hace poco cumplí mi oficio al hilo,

dos veces con la rubia Clide,

tres veces con la blanca Pito,

tres veces con Libas.

Ah, y Corina...

que en una breve noche

me hizo sostener nueve embates. 

¿Languidece maldito mi cuerpo

con algún veneno exótico?

¿Algún conjuro o yerba me daña?

¿Grabó una bruja mi nombre en cera ensangrentada?

¿Su aguja sutil en mi hígado insertó?

Encantado, el trigo se hace hierba estéril;

las aguas de la fuente retroceden hechizadas;

las bellotas caen embrujadas de los robles;

las uvas, de las vides;

los frutos vuelan y nadie los mueve.

¿Por qué no puede haber encantamientos

que entorpezcan mis fuerzas?

Tal vez por eso ya no siente este cuerpo.

¡Y encima la vergüenza del hecho!

Lo empeoró todo:

Fue la segunda causa del penoso efecto.

¡Y qué chica ante mí, que sólo vi y toqué!

Pero era como si la tocara su misma ropa…

Al tocarla, se haría joven cualquier viejo;

el más arrugado se encendería con ella.

Mujer así me había caído y yo ni hombre fui.

¿Qué súplicas haré? ¿Qué promesas?

Hasta los dioses se arrepintieron

de ofrecerme ese don que usé tan mal.

Quería que accediera; accedió.

Buscaba yo esa boca; la besé.

Quería tenerla cerca; la tuve.

¿Para qué tal fortuna?

¿De qué sirve un reino sin reinar?

¿De qué, si sólo he sido un rico avaro sin riquezas?

Así muere de sed Tántalo en medio del agua

y tiene a la mano los frutos que nunca tocará.

¿Quién amanece tan puro en el lecho de una chica así,

como si en seguida fuera con los sacrosantos dioses?

Pero no, no acarició como sabía;

no me dio sus mejores besos;

no me buscó con todo su ahínco.

Ella conmovería con caricias a pesadas encinas,

al duro diamante, a las sordas piedras.

Tenía con qué conmover a todo ser vivo, a todo hombre.

Pero yo no era ser vivo, ni hombre.

¿De qué serviría que la mejor voz cantara para oídos sordos?

¿De qué sirve la mejor pintura a un mísero ciego?

¡Y qué placeres no había yo forjado en mi callada mente!

¡Qué posturas no había imaginado y dispuesto!

¿Y mi miembro? Echado vergonzosamente,

moribundo, más lánguido que una rosa de ayer.

Y míralo ahora: tan vigoroso y tan fuerte.

Tan inoportuno.

Ahora busca trabajo, ahora busca su milicia.

¿Por qué no cuelgas mejor ahora, pudoroso, peor parte de mí?

Así me han cautivado antes tus promesas.

Engañas a tu dueño. Apresado por ti, desarmado,

he sufrido tan casto daños funestos.

Y mi muchacha, incluso, no se negó

a estimularlo con su suave mano,

pero cuando vio que no había artificios para reponerlo

y que quedaba ahí, olvidado de sí mismo, dijo:

'¿Por qué juegas? ¿Quién te exigía, enfermo,

poner tu pene en mi cama si no querías?

O una bruja te hechiza con sus hilos de lana

o vienes cansado de otro amor'.

Saltó al instante, vestida con su túnica ligera

y con pies descalzos corrió lejos.

Ay, y para que no supieran sus criadas que salía intacta,

con un baño silenció el agravio.”

Ovidio, Amores, III, 7.

Debo decir que, si a mí me hubieran introducido a la literatura antigua con este tipo de textos, me habría interesado mucho más de lo que me ocurrió al inicio. Me habría parecido menos ajeno y acartonado aquel mundo. Recuerdo ahora las pocas clases que tuve en la Licenciatura en Letras Hispánicas donde vimos directamente a Ovidio y sólo recuerdo letargo y aburrimiento generalizados. La verdad es que sólo me vienen a la mente textos indigestos por la profusión de notas al pie; ya sabemos, esas explicaciones que sólo los clasicistas hacen por afán de exhaustividad académica y que convierten al texto en un amasijo ilegible de referencias que se deben aclarar fuera del texto como tal, o en casos más extremos, en una traducción tan peculiar, que para entender el español es casi preciso saber latín.

Y ése es justamente el punto: que la academia, a la vez que nos ha hecho posible la lectura e interpretación de los autores antiguos, nos ha levantado comúnmente una especie de barrera para degustar esa misma literatura. El caso de la edición de la Loeb de los Amores de Ovidio es ejemplar al respecto: se renuncia de la manera más deliberada a divulgar un poema porque traspasó ciertos límites fijados actualmente. Por supuesto, es una edición de hace un siglo, pero lo cierto es que ese mismo criterio se mantiene —aunque de maneras más sutiles, y por tanto más peligrosas— en traducciones que aún son de uso cotidiano cuando alguien se quiere acercar a los clásicos. Podríamos efectivamente elaborar una historia del pudor con base sólo en las traducciones que se han hecho de Aristófanes: consúltense las distintas maneras en que se han atenuado pasajes donde el gran comediógrafo griego decía algo tan explícito como “pene” —o mejor, con matices más altisonantes como “verga”. ¿Cuáles habrán sido las variantes de traducción de aquel “pedicabo ego vos et irrumabo” de Catulo, que literalmente es “les daré por el culo y me la chuparán”?

Dios Mercurio

En fin, el poema de Ovidio es sólo una muestra de lo que aún pueden decirnos autores de hace dos mil años. El poema nos habla tan directamente como los dibujos de seres membrudos como Príapo en los muros de Pompeya. Quien haya entrado a un baño público sabe a lo que me refiero. Por cierto, ¿sabía usted que en latín hay una palabra específica —sopio, sopionis— para referirse a esos dibujos de hombres caricaturizados con el pene anormalmente grande? Si uno se pone a investigar un poco más, rápidamente se topará con lo que parecería cierta obsesión romana por lo fálico.

De cualquier modo, ese ir y venir contradictorio por parte de la voz frustrada del poema es producto de una evidente cualidad de Ovidio como retratista psicológico: voz que, en medio de su desconcierto, cambia de opinión y vacila; voz que culpa a tantos porque en el fondo sabe que la culpa es sólo de uno. ¿No es, precisamente por esa magnificación psicológica de una tragedia común y trivial, capaz de generar empatía con cualquiera? Pero quizá no es tan trivial: ésos son los momentos en que, por así decirlo, la existencia entera, lo que da sentido a un instante particular, parece pender de un hecho sencillo y banal como la erección. Tragedias antiguas y modernas.

Y pensar que poemas como éstos se conservaron gracias a la docta y diligente labor de copistas monacales medievales…

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