Cada casualidad se convierte en un vínculo

Sobre Qué fue de mí de Luis Vicente de Aguinaga

 

 

La memoria, convertida en experiencia,

puede llegar a ser, también, confesión.

(Ismael Lares sobre la obra de L. V. de A.)

El poeta, aún sin quererlo, sin creérselo o sin saberlo busca ser un dios, ese dios que crea las cosas, que con las palabras les da el origen que por sí mismas no tienen o, al menos, busca recrearlas, darles una nueva forma, una nueva manera de ser, una nueva manera de ser sentidas y, si acaso, entendidas. El poeta espera o busca aquello que no existe para nadie, ni para él; cuando llega, corre y lo abraza con el verso justo, con la palabra envolvente que, como soplo o agua, le dé vida.

En su poema “Demasiadas cosas” Juan Antonio González Iglesias dice:

El asceta [yo digo el poeta] es consciente de demasiadas cosas.

Un exceso de amor lo amarra al mundo.

Cada casualidad se convierte en un vínculo.

 Siente cada palabra, cada letra.

(Eros es más, 2007)

Luis Vicente de Aguinaga (1971) ha publicado a finales de este noviembre su último poemario, Qué fue de mí (Mantis Editores), en el que una voz muy íntima camina por los pasajes de lo cotidiano con esa voz del poeta-dios que le da origen y vida a los pasos diarios y las cosas simples, esas que parecen sin importancia o que tienen tanta, que difícilmente son nombradas.

El libro está formado, como otros de sus poemarios, por cinco partes, en este caso de nueve poemas cada una, cuarenta y cinco poemas con los que, como señala Jorge Ortega en la contraportada del libro, “puede verse delineado […] cualquier ser humano agraciado por los dones de su propia cotidianidad.” Cuarenta y cinco poemas, como el número de años de los que el poeta apenas se ha despedido.

En la primera parte, Escenas infantiles, se teje un conjunto de poemas en los que subyace el amor paternal que ve en los hijos, cual santón que contempla a dios, la más portentosa de las presencias, portentosa como de dioses, frágil como de creaturas, pero siempre gigante. Y ahí aparecen de improviso un cielo, un insecto insignificante y un enclenque arrayan que enmarcan la vida cotidiana del padre que vive y ama; allí mismo, la voz del poeta revela la maravilla de encontrar aquel lienzo en blanco, “sin mitologías”, esa pureza del objeto poético que puede crearse desde cero.

Llevo tiempo esperando

que un agua sin oleaje

ni peces ni mitologías

brote, de golpe, ante mis ojos

y acaso ésta es la hora, y acaso ésta es el agua.

Vienen luego de esas escenas infantiles, los nueve poemas de Interés acumulado, la segunda de las cinco partes, en la que nos encontramos con la voz del hombre que ha tenido años para ver el mundo, del poeta que ha meditado sobre las ideas, sobre esas cosas frágiles que nos sostienen y sobre las palabras mismas; pero también que medita sobre la memoria que el cuerpo guarda. Nuevamente habla del tiempo que se acumula con sus huellas, como las palabras o las deudas de la vida con los vivos. Es la vida cotidiana y sus actos más simples que nadan así, simples y portentosos, en todo lo tremendo del tiempo.

El sol poniente, rojo como un hígado,

incendia el mar durante un largo instante

que registra una hilera de fotógrafos.

Los niños menosprecian el portento

mientras, penando en círculos, el paria universal

vende alhajas de plástico, pan dulce, camisetas.

Nótese la metáfora que de golpe nos obliga a repensar la imagen cotidiana.

En la tercera parte, Canciones del esposo, con elocuente título, el tiempo tiene total protagonismo, el tiempo que pasa indefectiblemente, pero un tiempo relativizado por el ritmo de la voz amorosa, relativizado por el paso de las décadas sobre el amante y sobre los recuerdos; recuerdos que quedan en fotografías, en ritmos que se repiten cada cierto tiempo muy preciso, en memorias de otros lugares o de imágenes de siluetas llenas de vida. Es inevitable recordar esa manera de amar muy petrarquista, a esa amada romántica, también, en la que la voz poética pone toda su mirada, toda su energía, toda su memoria y su esperanza.

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En el poema “Frente a la luz”, toda memoria y todo recuerdo quedan en el olvido o intentan olvidarse o no importa que ahí estén; en “Di quién soy”, el llamado a la esposa revela una necesidad hiperbólica del amado de ser nombrado por ella, de encontrar su forma en las palabras, hoy; al final, en “El sueño”, por la vía de los oxímoros, el amor se presenta inabarcable, presente siempre. Así, esta tercera parte revela del amor su anclaje en el pasado, su existencia sólo presente y su ansia permanente de futuro. El tiempo nuevamente.

La cuarta parte se llama Estancias, como aquellas formas estróficas primero provenzales y luego auriseculares españolas que usaría lo mismo Petrarca que Garcilaso de la Vega. Los poemas de esta parte, sí con versos de once y siete sílabas, como dicta la poética de aquellos siglos y de estos, juega con la libertad de escribir hoy, cambia de temas, juega con las formas y tiene como protagonista al tiempo, nuevamente.

El tiempo que se lleva consigo las certezas de que las cosas sean lo que creemos o sean simples ilusiones del pasado como las estrellas. Tiempo lleno de estaciones o de pájaros idos en diciembre o de vivencias cotidianas, como las de Pieter de Hooch, pintor que protagoniza el tercer poema de esta parte. El tiempo, lleno de huellas de lo cotidiano, de la incertidumbre de los espejismos es llevado de la metáfora de las estrellas, de la realidad de su reflejo de hace siglos, al tiempo que se nos adelanta en un lugar que no es el nuestro, pero al que podemos acceder, no sin el riesgo de la locura, pues cómo entender que mientras aquí aún es de noche hay lugares “donde ya es la mañana de mañana”, como en Adelaida, Australia.

Aquí un elevador irrumpe, como antes el cielo, un insecto o un arrayán, mediante un juego verbal que dibuja una sonrisa debajo de los ojos de quien lee, para acabar con un secreto, por obvio, inesperado:

No esperes. No sepas. La realidad

es todo el mundo hablando al mismo tiempo.

En Los capítulos para una biografía sigue ahí la voz de un hombre que ha vivido, que ha escuchado notas musicales, visto lápices y países extranjeros; de un hombre que ha leído en los libros, en el cielo y en los años la historia de los hombres: la que vale, la que se ha contado o inventado, de la que hay rumores y la que de nada ha valido o la que nadie ha contado, pero que decirla es necesario, aunque por sí misma no signifique nada.

Estoy a la espera de señales

claras, explícitas, rotundas

en el tiempo, en el agua, en una nube

o en los asientos del café:

señales que desmientan

que, hasta la fecha, nada

quiere decir ni ha dicho nunca nada.

En este poemario íntimo, de lo cotidiano y de lo personal, la familia: los hijos, la amada, y los padres forman parte sustancial del padre, del que ama y del hijo, esos que es la voz poética; aparece el hombre que camina por las calles, que es vecino, que trabaja, que olvida un medio limón en la cocina y al final del día puede que nunca haya sido nadie. El ritmo cotidiano de la vida la desnuda en su futilidad.

Has cantado, oh musa, la vida del hombre que ha vivido el tiempo suficiente para amar y ser amado, para ver con ojo atento los rincones más obvios de una casa y del tiempo, ¡cualidad de pocos!, para reconocer en el nombre fortuito el escenario justo, para contemplar el cielo como manto y el espejo como sabio indiscreto, para ver el rostro bueno del mal tiempo.

Un libro de contemplaciones que toman forma verbal con las imágenes y las metáforas de un poeta de hoy, eso quizá sea decir nada, pero es lo más que puedo decir. Su grandeza está en que las cosas simples son el tema de profundidades íntimas que se    des-velan.

Tiempo y vida cotidiana son los ejes que sostienen el libro, los lugares que se amontonan en el tiempo o el tiempo que se arrincona en los lugares. Ubi sunt y Tempus fugit.

PD. Los títulos de los poemas merecerían una meditación aparte.

Publicado en Arte
Jueves, 27 Octubre 2016 00:07

La lectura snob o "el efecto Peña Nieto"

“Hoy todos escriben, todos quieren expresar sus sentimientos y opiniones, pero, ¿quién lee? En cierta forma la lectura es una actividad superior a la escritura; sólo podemos escribir con el lenguaje que hemos adquirido leyendo”.

Ese es el contundente martillazo arrojado con brutalidad, casi bestial, hacia la contemplación de una visión esnobista, respecto de los ejercicios de la lectura-escritura, por parte del autor Alejando Martinez Gallardo.

El artículo de opinión obtuvo mi interés desde que lo vi en el muro del “Facebook” de una amiga, repleto de “likes” y comentarios que, encarecidamente, manifestaban simpatía y concordancia con los desvaríos del autor. Publicado en el portal informativo Pijamasurf, el texto se titula con una cita atribuida al autor literario Juan José Arreola Zúñiga: “Si no sabes leer, no sabes escribir y si no sabes escribir, no sabes pensar”.

Ignoro la veracidad de la cita atribuida al autor, dado que no soy ni he sido un lector profuso de su obra y, mayormente, porque nunca he considerado ni tomado como relevante las palabras de un autor fuera de su obra: me resultan sobrantes e irrelevantes. Sin embargo, de la veracidad de la autoría fue evidenciable que, bajo dicho título, el contenido del texto me otorgaría unos minutos de desagrado y revoltosa acidez gástrica… No me equivoqué.    

Es curioso y hasta irónico que, al momento de toparme con la publicación, me encontraba en la edición de otra columna que pienso publicar, en la que vertía un poco de análisis sobre el problema de la lectura, la interpretación y la valoración de los textos literarios, surgida esta inquietud de la controversia acaecida por el autor “Dante Tercero” y su propuesta poética avalada como proyecto cultural por la beca FONCAFONCA. Es curioso e irónico, porque dicho texto lo he re-editado, re-escrito, re-enfocado tantas veces por causa de desagrado: no encuentro en él (a forma de autocrítica) un prestigio suficiente para atraer la atención y mantener el interés del lector. Sin embargo, haberme tropezado con el texto del Sr. Martinez Gallardo me ofreció una nueva perspectiva para exponer mis preocupaciones: La mediocridad de la lectura.

Entre las sandeces cuasi-académicas que el Sr. Martinez Gallardo presenta en su texto, me encontré con la bestial insinuación pro-esnobista de blando carácter crítico: “Para muchas personas es más atractivo escribir, tiene más glamour –Algo que quizá se deba la inmadurez y al egoísmo– “(Sic) Pues, vaya, ¡qué análisis tan profundo y académicamente respaldado sobre el fenómeno social y mediático del ejercicio de la escritura! Pero antes de continuar con las cachetadas hacia el autor del texto, vamos a entender una la problemática de la lectura, tanto por su mediocridad de ejercicio como por la ausencia de éste.

Si usted busca en el diccionario de su predilección, o en “Santo Google”, o en “Santa Wikipedia”, encontrará que el concepto “Analfabeto” define a una persona carente del conocimiento de la lectura o la escritura, además de la connotación significativa de una persona de mediocridad cultural (que desconoce elementos esenciales de la cultura popular). Es en esta connotación en que debemos centrar nuestra atención, dado que la ignorancia, por paradójica propagación de la vox-populi, es considerada no como el estado de desconocimiento de un sujeto con respecto a un objeto, sino como un elemento constituyente de la valoración socio-cultural de una persona. 

El uso denigrante de este término simula la discriminación por estatus social acrecido en la ideología de “la cultura” como simbolificación de grado social: persona culta en contraposición de persona “ignorante” (inculta). Y aunque este es el pan de cada día en una sociedad hambrienta de sobresalir entre las masas “ignorantes”, desde el año 2012, he sido testigo presencial de un apabullante crecimiento de esta ideología pro-esnobista: Le llamo “El efecto Peña Nieto”.

Desde aquel infame día en que el actual Presidente de la República, en ese entonces candidato a la presidencia, fue incapaz de mencionar los 3 libros más significativos de su vida, he sido testigo del impacto de este suceso en el sector juvenil de nuestra nación: Todos son lectores… o por lo menos quieren serlo.

En ese entonces, no sentí ningún arrebato ni le di mayor importancia a esta actitud reaccionaria, arquetípica de nuestra cultura, por parte de los jóvenes; si acaso me sentí un poco aliviado, como estudiante de literatura y fanático de la lectura, de que este suceso vendría a ejecutar un rotundo giro en la cultura de la lectura. Ingenuo fui. Jamás sospeché que esta actitud se viciaría, por diversos motivos y razones, entre ellos el efecto del incremento de popularidad a través de redes sociales hasta posicionarse en este activismo discriminante y horridamente mediocre: “Yo leo, por lo tanto, soy mejor persona que tú, que no lees”.

¿Cree usted que miento al señalar esta actitud en nuestros jóvenes? Observemos con detenimiento la campaña publicitaria de Librerías Gandhi “Leer evitará”. Ciertamente, no lo niego, algunos de sus cartones son bastante ingeniosos y hasta cómicos, pero no dejan de presentar, implícitamente, la complicidad apológica de esta discriminación social: Se es mejor persona gracias a la lectura.

 

Entre algunos compañeros de carrera y otros adeptos al ejercicio de la lectura, se sobre-entiende el problema cultural de la falta o casi ausencia del consumo de textos, sin embargo, este problema es nimio en comparación a la escalofriante realidad de la mediocridad cultural mexicana, en perspectiva, sobre la lectura. Efectivamente a la sociedad le hace mucha falta leer, leer más y leer por gusto no por obligación académica, pero este no es un problema, el iniciar o lograr despertar el gusto por la lectura, no. El problema de México, tanto a nivel regular (no académico) como a nivel académico es la pobreza de lectura. Sí, la pobreza de lectura, en específico la pobreza de comprensión literaria que no así la de consumo literario.

Siempre me he preguntado por qué entre mis círculos amistosos cercanos nunca existió esa curiosidad que yo, lamentablemente, tuve que esconder durante muchos años por miedo a la mofa y la falta de aceptación (estima personal por relación a la otredad). Como estudiante de la carrera de literatura en la Universidad de Guadalajara, me llegué a preguntar por qué, aquí entre mis semejantes (amantes de la literatura) no existe un rigor, una objetiva inclinación hacia la reflexión del estudio literario… pues fueron muchos años de soportar -sí soportar- actitudes elitistas que observaban el fenómeno literario como un fenómeno generalizado y cuya relevancia, a suposición, se implicaba en todo estrato social.

No lo es así. Lamento, con honesto pesar, informarle que la lectura ni es mágica, ni es relevante al mundo, ni le engendrará en su ser una cualidad especial. La lectura es ocio. La lectura es recreación. Jugar un videojuego es equiparable, tanto en nivel estético como recreativo, a leer una obra literaria del autor de su predilección. Leer un poema, es equiparable, en ejercicio del ocio, a mirar un episodio de su serie favorita.

¿Por qué existe, entonces, este sobrevalorado elemento fantástico de los “beneficios” de la lectura? Leer te ayuda a escribir y escribir te ayuda a pensar, dice el autor Martinez Gallardo citando al autor Arreola. ¡Qué atrevida falacia! Del tiempo de mi vida, le he dedicado un aproximado de 6 años al ejercicio de la lectura, considerando el tiempo que he leído y no así el transcurso de los 14 años desde que me inicié como lector al tomar mi primer libro: La Biblia. Y en estos 6 años (o 14 si así se quiere considerar) mi habilidad en la redacción no se ha visto siquiera turbada. Mi elocuencia es tan notable como un perro callejero en una pasarela de perros de pedigrí. Mi capacidad cognitiva… bueno quizá mi capacidad cognitiva sí se ha visto expandida, pero esto lo atribuyo a mi naturaleza inquisitiva, encontrada desde muy temprana edad en la estética de un videojuego: Final Fantasy. Sí, no se ría, fue gracias a ese videojuego que encontré mi hambre por conocer: el mundo, la música, la pintura, la literatura, el arte en general.

 

Pero me encuentro en la digresión, aquí lo importante es darle una que otra cachetada académica al Sr. Martinez Gallardo.  No, Sr. Alejandro, leer por sí mismo no es garantía de nada, aparte de un agradable rato de ocio. Citar a Hölderlin o a Husserl como recurso argumentativo (lejos de señalar el plagio argumentativo) bajo una pobre y mala interpretación no es una demostración de excelencia lectora y, por lo tanto, según su hipótesis, de excelencia cognitiva.

Puesto que el lenguaje escrito no es determinante, ni de la configuración semiótica-cognitiva-emotiva de la consciencia (a saber, si usted se refiere a la terminología psicoanalítica o a la terminología mística), los procesos involucrados en la conformación y estructuración del pensamiento, virtualizantes, no son observables ni verificables en las expresiones de éstos surgidos. Se lo explico de manera más sencilla: el pensamiento en el hipocampo de su configuración es meramente una instancia de procesamiento y como tal el resultado expresivo de esta instancia, tras la re-configuración a un sistema comunicativo (el lenguaje en este caso) no es observable: no hay evidencia que señale el origen de este hipocampo ni la categorización de sus instancias.

Ciertamente existen ciencias y estudios teoréticos que se sumergen en la complejidad de las implicaciones del pensamiento, tales como la neurofenomenología y la neuro-lingüística, así mismo la semiótica de Fontanille-Greimas y de Bajtín-Vigotsky han presentado enfoques de un rigor casi-metodológico en sus aportaciones filosófico-literarios y lingüísticos, pero créame, cando le digo que ninguna de estas ciencias y enfoques analíticos podrían pedantemente asegurar que el pensamiento es palabra y que la palabra sólo puede “mejorarse” con la asimilación de nuevas palabras. La elocuencia en un texto, Sr. Alejandro, no es evidencia de un “conocimiento superior” o de un pensamiento mejor logrado o estructurado; la elocuencia ciertamente evidencia una articulación compleja dirigida al carácter estilístico de la palabra, pero es ingenua la creencia, es ignorancia creer que, a mayor elocuencia, mayor grado de “profundidad” cognitiva: de excelencia literaria.

Asegurar que la lectura “es una actividad superior” a la escritura, como así lo expone, demuestra su ignorancia sobre la correlación entre ambos ejercicios: pues ni lingüísticamente, ni semióticamente, ni filosóficamente, ni neurológicamente es sustentable formular parámetros para categorizar la “superioridad” de una actividad sobre otra: toda actividad requiere de un “uso” específico de nuestro procesador (cerebro) y cierto que alguna actividad supone un mayor uso de recursos (calorías por ejemplo), esto no es parámetro a utilizar para establecer la “superioridad”.

No se trata de una mala-interpretación que hago de su texto, no se refugie en eso. Si acaso la mala-interpretación ha estado en usted, así como en ese sector de jóvenes ávidos de lograrse en esa figura idílica del “lector intelectual”, pues para leer, es necesario aprender a leer y esto conlleva el estudio de la lectura, el estudio de la literatura. Algo que incluso entre mis colegas y compañeros se exhibe carentemente: Pues se valora, se estima mayormente la interpretación literaria al grado de opacar el estudio literario.

Sí, no lo niego, una buena lectura, es capaz de, a través de la interpretación y la experiencia en sí, inspirar profundos pensamientos, reflexiones complejas y pensamiento crítico… pero eso no lo evidencia su escrito lo cual lo convierte a usted en una paradoja: pues expone en su hipótesis que entre mayor (y mejor) lectura, resultará una mayor (y mejor) “elocuencia” (pensamiento), sin embargo, la reflexión que sus años como lector le han presentado, el pensamiento “crítico” que malogradamente intenta demostrar en su texto queda evidenciado limitado y fuertemente viciado en esta esnobista ideología de que la lectura, por sí misma, le convertirá en un excelente intelectual.

Aprender a leer implica entender el texto objetivamente, esto significa que aprender a leer requiere la extirpación de todo prejuicio y la correcta estructuración de una interpretación (mediante metodología analítica), evitando la subjetividad y apuntando hacia la objetividad. Las reflexiones, la inspiración, el pensamiento crítico que una lectura puede ejercer en el lector, se enfrenta a diversos obstáculos que le tensionan y le terminan por doblegar ante el prejuicio existente en el lector.  

Concluyo compartiendo una decepcionante experiencia como estudiante de literatura. Fue muy decepcionante para mí, observar en mis profesores y compañeros que la máxima del filósofo Ludwig J.J. Wittgenstein de su “Tractatus Logico-Philosophicus”, en que propone que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (paráfrasis), fue considerada, interpretada casi literalmente. Sí, nuevamente aludo al problema de la interpretación como problema esencial de la lectura (no así su consumo).

El problema crece cuando la máxima está en la autoría de una celebridad, tal es el caso de la cita que utilizó como título de su texto, lo que y sin el debido discernimiento académico puede resultar en una falacia ad-verecundiam.

El pensamiento ciertamente sostiene una relación con el lenguaje, sea escrito, oral o visual, pero la relación entre la escritura y el pensamiento no es recíproca, así como no lo es el lenguaje y mi aserción al y en el mundo (figurativo): es decir, leer y escribir no tienen una correlación de reciprocidad, como tampoco existe una correlación recíproca entre la extensión del lenguaje (comunicación) y la extensión del mundo (figuración, pensamiento). La adquisición, por otro lado (del conocimiento), es un proceso significativamente recíproco en su relación con la asimilación, pero este es ya un tema distinto y subraya en los terrenos de la epistemología. 

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