Domingo, 28 Octubre 2012 00:00

El mensaje reiterativo en la era sin confianza Destacado

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Dos personas podrían haber tomado una copa de vino, pero el lenguaje imposibilitó que esto sucediera Dos personas podrían haber tomado una copa de vino, pero el lenguaje imposibilitó que esto sucediera

Una vibración en el bolsillo del pantalón. Nuevo mensaje. “¿Nos vemos a la 1:40 donde quedamos?”. El afirmativo no se hizo esperar, por cuarta ocasión seguíamos hablando de lo mismo, respondiendo a las mismas preguntas que hacía un par de horas nos hacíamos, y es que era necesario afirmar, confirmar y reconfirmar que efectivamente ahí íbamos a estar, si no ¿quién podría saber que no éramos nosotros mismos los que quedamos de vernos diez minutos atrás? Era imperativa la respuesta. Cierro WhatsApp.

Suponemos que el fin del mensaje está dado por un sentido práctico, comunicar. Como seres sociales necesitamos de la palabra para poder desenvolvernos en un mundo que se nos presenta adverso, un mundo que debe ser decodificado a través de nuestros sentidos para así poder comprender las señales confusas de la realidad. Tan simple como una cita, debemos emitir cierta cantidad de código para poder concertarla y, posteriormente, realizarla en el calor de las copas de vino. El lenguaje hace todo el trabajo y la confianza juega un papel importante para que esa cena, esa fiesta, ese estado de embriaguez, pueda realizarse.

En la era de las telecomunicaciones, del internet, se supondría que hemos sido capaces de lograr una comunicación eficaz e inmediata, hemos podido comprender las señales que se nos presentan en el mundo y decodificarlas cabalmente con ayuda de los otros. Nuestros lenguajes se han adaptado para que con mensajes breves podamos referenciar una enorme cantidad de contenido; hemos eliminado preposiciones, que roban sin escrúpulos nuestros preciosos caracteres, y las hemos sustituido por contenidos amplios como el #Hashtag. Los esquemas de la comunicación se han modificado para así poder entender este nuevo paradigma que se nos presenta, pero ¿qué hemos dejado atrás?

Para yo poder emitir un mensaje y que éste llegue a comunicar, a ser decodificado por el otro quien beberá todo su contenido lingüístico hasta convertir la última gota en categorías mentales, requiero de algo que quizás muy pocas veces le prestamos atención: la confianza. Y es que cuando dos individuos entablan una conversación, dan por hecho que los enunciados que emite cada uno de ellos son verdaderos, ya que de no ser así se imposibilitaría el acto mismo del habla. Al emitir enunciados, el locutor intenta dar a su escucha una serie de significados que el otro deberá reconocer como verdaderos, en un juego de confianza, y continuar con una conversación al entablar una respuesta. En este sentido, la construcción de la confianza en todo acto comunicativo si no es natural en el ser humano al menos es algo que se procura o se promueve, para así llevar esa cita a donde queremos que llegue tras las copas imaginarias.

Otro concepto que está en juego cuando yo emito cualquier mensaje, ya sea por Facebook, WhatsApp o vía celular, es el de la responsabilidad. Mientras el primer concepto, la confianza, se construye entre dos individuos o un grupo de ellos que aceptan jugar con una serie de reglas extra lingüísticas, la responsabilidad es algo que recae sobre nosotros mismos cuando queremos comunicar algo y que el otro nos brinde su confianza. Al emitir cierto contenido procuramos que nuestro mensaje sea verdadero para lograr la confianza en el otro, y es esa emisión la que resulta de un acto de responsabilidad del individuo.

Al yo quedar con alguien en una cita, emito un mensaje “te veo a la 1:40 en las calles X y Y”, el cual conlleva la responsabilidad de que efectivamente lo que yo emito es verdadero y la confianza que el otro deposita en mi mensaje para que acuda a la cita pactada. ¿Entonces, porque reiteramos incesantemente los mensajes?

Los defensores de la comunicación por internet o a través de teléfonos celulares afirman que hoy en día nuestra comunicación es más rápida y efectiva, que si bien es verdad que la inmediatez del mensaje, logrando que un deseo nocturno se convierta en realidad en la mente del otro en segundos, permítanme dudar de que su efectividad sea mayor al acto presencial del habla.

Debemos concertar esa cita. El vino y la música chill nos esperan, pero no hemos concluido con ese cúmulo de mensajes que pesan en nuestras manos, o en el bolsillo donde duerme el teléfono celular. Yo le digo a ella que quedemos, ella me responde que sí, ella me confirma que quedaremos, yo correspondo su mensaje, yo le digo que quedamos y ella me secunda, pero ella duda de que quedamos mientras yo le resuelvo su duda, con una llamada más basta, hablo desde el coche y le pregunto si quedamos, ella confirma de que quedamos donde efectivamente habíamos quedado y así llego al lugar donde quedamos pero ella no está, lo que me hace dudar de que quedamos pero al responder mi mensaje de texto confirmo que efectivamente quedamos donde dijimos que habíamos quedado para cenar.

Ante tanta reiteración de los mensajes pareciera que algo anda mal. ¿Por qué cuando yo le digo a alguien algo tan simple como “te veo a la 1:40” es necesario que estemos confirmando el mensaje original constantemente, como si no creyéramos que este fuese verdadero? La pérdida de la confianza en los mensajes ha llegado como bulto de bytes que arrastra tras de sí la comunicación por internet, es por ello que requerimos que los mensajes nos sean repetidos en cada momento que surge la duda “¿ya llegaste?”. Pero no es lo único. Al perderse la confianza consecuentemente se va desgastando la responsabilidad del acto de habla, ya que el hecho de haberlo dicho no significa que efectivamente sucederá, a menos que sea reiteradamente confirmado.

“Te veo a la 1:40” y es que en verdad ese vino se ha vaporizado en mi mente con sólo imaginarlo, por lo que haré todo lo que esté de mi parte para llegar a esa hora, pero, en la comunicación inmediata siempre podemos cambiar el mensaje, siempre podemos actualizar y refrescar la información, podemos olvidar nuestra responsabilidad con la emisión inicial y decir “bueno, mejor te veo mañana, me fui a beber con mis amigos”, sin ocasionar problema alguno.

Modificado por última vez en Sábado, 25 Junio 2016 21:56
Omar Sánchez (Roberto Visantz)

Tepic, Nayarit (1985). Es licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG. Es maestro en Estudios Filosóficos por la misma casa de estudios. Tiene publicados dos libros, Las humedades, (Editorial Limbo) y Las mil muertes absurdas o como escribir una novela (CECAN). Ha sido periodista para medios universitarios y editor de información.

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