Sábado, 20 Diciembre 2014 00:00

Relaciones diplomáticas entre cuba y EU: ¿Se doblegó el gigante?

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Relaciones diplomáticas entre cuba y EU: ¿Se doblegó el gigante? ManWithAToyCamera via photopin cc

Una de las noticias más inesperadas en este 2014 que comienza a extinguirse es el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, tras 53 años de la ruptura y el sucesivo boicot norteamericano. El anuncio, efectuado de forma separada por los mandatarios Barack Obama y Raúl Castro, ha sido aplaudido en todo el planeta y ha generado ciertas expectativas para el país caribeño. Aunque hay toda una agenda pendiente, que incluye la posible cancelación del embargo económico-financiero impuesto por Washington a la isla desde octubre de 1960, es de esperarse que habrán avances significativos en los próximos meses, sobre todo en lo que toca al establecimiento de acuerdos diplomáticos y una relajación de la históricamente tensa política exterior entre ambas naciones. Indudablemente, el tema de la apertura democrática y los derechos humanos será uno de los más espinosos.

Conviene recapitular un poco la historia para comprender el alcance de tan importante acontecimiento, pero, también, para desmitificar mucho de lo que rodea a la compleja relación entre ambos países, que excede con mucho a un asunto diplomático. Por ello, es necesario analizar a fondo las implicaciones del boicot y la política de resistencia de la Cuba socialista frente a Estados Unidos, que han estado envueltas por cierto romanticismo e ilusión ideológica.

Durante años, Cuba representó el ícono de la emancipación frente al imperialismo. La izquierda latinoamericana no escatimaba en alabanzas y defensas enconadas hacia la “esperanza socialista” del continente. Intelectuales, artistas y personalidades públicas -no sólo de izquierda sino incluso nacionalistas anti-yanquis- manifestaban su abierto apoyo a la causa cubana. Si EU endurecía las sanciones contra la isla, mayor apoyo y admiración recibían Fidel Castro y sus camaradas. Cuba era el pequeño David latinoamericano frente al monstruoso Goliat imperialista.

Lo cierto es que Cuba no fue sino una pieza más, un peón del tablero de ajedrez de la Guerra Fría. En primera instancia, el tránsito hacia el socialismo fue en gran medida obligado por las circunstancias que encaró el joven gobierno revolucionario, tras la caída de Fulgencio Batista. Aunque en un principio los Barbudos contaban con las simpatías de muchos ciudadanos estadunidenses, las tensiones entre los revolucionarios y las autoridades norteamericanas iniciaron poco después de su llegada a La Habana. Ante las escasas probabilidades de supervivencia del nuevo gobierno, el acercamiento con Moscú fue obligado. Por otro lado, la URSS encontró en la isla el enclave militar perfecto, dada la cercanía geográfica de la isla con su principal enemigo.

Mas el apoyo soviético no sólo consistió en el financiamiento bélico, pues Cuba adoptó a pie juntillas el modelo de economía planificada y centralizada de la URSS y sus satélites de Europa Oriental, así como su sistema político monopartidista.

Si bien la adopción del socialismo estilo soviético trajo algunos beneficios para la población cubana, presumidos como los grandes logros de la Revolución –educación y cobertura médica para todo ciudadano-, el experimento caribeño acarreó los mismos problemas de los sistemas socialistas, más otros de su propia cosecha. Así, aparte de la excesiva burocratización, derivada del control estatal de prácticamente todos los sectores de la economía, la precarización del comercio y el desabasto de productos básicos, en la isla se añadió el problema de que las decisiones fundamentales de la economía dependían del estado de ánimo y la voluntad de Fidel. De ahí los fracasos en los intentos de industrialización, de diversificación económica, de incremento de la producción agrícola y, principalmente, de crear una economía autónoma.

Visto sin apasionamientos, el problema de la Cuba socialista no fue sólo el boicot -o no lo fue durante sus primeros treinta años de existencia-. El problema más fuerte fue la adopción de un modelo económico que, aunque efectivo para satisfacer algunas necesidades básicas, es fundamentalmente ineficiente e improductivo. Además, hay que sumar la excesiva dependencia económica hacia la Unión Soviética, que sostuvo al país caribeño hasta que su propia economía comenzó a colapsarse. Por ello, el embargo económico de EU se resintió con fuerza a partir de la debacle de su principal benefactor. En este contexto, la crisis de Balseros representó uno de los episodios más dramáticos en la historia reciente de Cuba, que motivó que muchos detractores del socialismo cubano vaticinaran su caída. Pero ello no ocurrió.

Lo que sucedió fue que, en los años noventa, el gobierno cubano se vio obligado a seguir el camino trazado por China: apertura comercial pero con el régimen político intacto. Desde luego, Cuba asimiló la “vía china” a su manera, siendo así que la apertura no ha sido total, permaneciendo muchos aspectos del viejo modelo estatal centralizado.  No obstante, gracias a las inversiones españolas, canadienses, chinas y mexicanas -y a últimas fechas, también de sus camaradas venezolanos- el régimen de los Castro ha podido mantenerse como una de las pocas reliquias vivas de la Guerra Fría, aunque paradójicamente ha representado un retorno a la situación prerrevolucionaria: Cuba volvió a ser una economía sostenida por el turismo.

En cierto modo, los más de cincuenta años de resistencia o supervivencia, según se le quiera ver, del gobierno castrista resulta sorprendente y hasta cierto punto, admirable. Pero también ha significado un terrible costo social, en parte por los pésimos manejos de la economía y la dureza del régimen político, pero también por los embates de su rival del Norte que, como apuntaba anteriormente, se recrudecieron tras la caída de la URSS.

En este sentido, Estados Unidos debe asumir también su responsabilidad en el impacto que ha tenido el boicot en contra de la población cubana. A pesar de que muchos de los problemas de Cuba son endógenos, también las sanciones económicas norteamericanas, implementadas bajo la retórica hueca de la “libertad y  la democracia”, han tenido repercusiones catastróficas.  Si el objetivo del bloqueo y otras estrategias ha sido precipitar el derrocamiento de los comunistas cubanos, hasta ahora ha sido un fracaso; mas en aras de alcanzar dicho objetivo, la política norteamericana ha afectado más que a nadie a los propios ciudadanos cubanos.

¿Se doblegó el gigante ante la pequeña nación caribeña? Bajo una lectura simple, parece que sí, considerando que ni el bloqueo comercial, ni otras medidas de presión –como la Ley Helms-Burton, aprobada en 1996, que amenaza con sanciones legales a las empresas que pretendan comerciar con Cuba- pudieron orillar al Estado socialista cubano a la dimisión. Antes bien, el argumento del boicot sirvió como un pretexto retórico con diferentes fines para ambas naciones: los Castro podían justificar las condiciones socioeconómicas adversas como consecuencia del embargo; EU, siguiendo su tradición intervencionista, lo ha empleado como medida intimidatoria para advertir lo que puede ocurrir a cualquier país que pretenda salir de su huacal.

De ahí que sea necesario aclarar el contexto de la relación bilateral entre ambos países para intentar dar cuenta de ella de manera más objetiva. El conflicto entre Cuba y Estados Unidos no debe leerse desde una perspectiva maniquea, que identifique a cualquiera de las partes como “héroe” o “villano”. Aunque mucho del romanticismo de izquierda ha pasado afortunadamente a la historia, prevalecen todavía muchos de estos prejuicios en muchos de sus simpatizantes. Esto no significa en modo alguno renunciar a ciertos ideales de izquierda; lo que significa es dejar a un lado las pasiones y las visiones sesgadas.

Considerando la imposibilidad de predecir el rumbo de los acontecimientos históricos a futuro, lo más razonable es evitar especular acerca del posible rumbo de la nación caribeña. El acercamiento entre ambos países, que rivalizaron encarnizadamente por varias décadas, podría generar expectativas positivas hacia Cuba pero también ciertos riesgos, como la pérdida de muchos logros obtenidos. Habrá que estar a la espera de lo que ocurra.

Modificado por última vez en Sábado, 20 Diciembre 2014 02:21
Luis Enrique Ortiz

(Oaxaca de Juárez, Oax./ 1979) es licenciado en filosofía y maestro en lingüística aplicada. Actualmente es profesor de tiempo completo asistente C del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara, con reconocimiento de Perfil PROMEP, y miembro del Cuerpo Académico de Retórica, Lógica y Teoría de la Argumentación. Sus líneas de investigación son epistemología, filosofía del lenguaje, argumentación y lingüística.