Jueves, 23 Junio 2016 04:49

Juicios precipitados. El conflicto magisterial y la sobrecarga informativa

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En redes sociales usuarios comparten la imagen de un hombre arrojando un tlacuache, asegurando, falsamente, que se trata de un normalista de Oaxaca En redes sociales usuarios comparten la imagen de un hombre arrojando un tlacuache, asegurando, falsamente, que se trata de un normalista de Oaxaca Vice México

El día de ayer, encontré una curiosa imagen en Internet cuyo breve texto rezaba así: “En tiempos donde gran parte de las personas se posicionan sin ningún ejercicio reflexivo ante un evento, no vendría mal un poco de Epojé”. No podría estar más de acuerdo con esta sugerencia, y si lo situamos en el actual contexto de la lucha magisterial y la violencia suscitada en días pasados, me atrevo a decir que es la postura más sensata que he leído en estos días.

¿A qué se refiere la epojé? En la antigua Grecia, los escépticos como Pirrón la formulaban como una “suspensión del juicio” (no afirmar ni negar nada), ante la imposibilidad del conocimiento. El concepto fue retomado por las tradiciones escépticas hasta quedar un poco en el olvido, pero no sería sino hasta el filósofo alemán Edmund Husserl que se recuperaría el término, sin comprometerse con el escepticismo radical y reinterpretándolo como “puesta entre paréntesis”, siendo un paso fundamental de su método fenomenológico. Similar a la duda cartesiana, la epojé fenomenológica supone no negar el valor de verdad de afirmaciones, sino colocarlas momentáneamente “entre paréntesis”, esto es, no declarar su verdad hasta que el objeto haya sido clarificado.

Aunque el método de Husserl me resulta un tanto intrincado –no tanto por lo que plantea, sino el modo en como el filósofo lo formula y sus aplicaciones cuestionables salvo algunas corrientes en sociología y algunas disciplinas humanísticas–, me parece que la idea de la epojé es un recurso metodológico no sólo útil sino necesario, particularmente donde hay confusión y oscuridad; recurso que nos previene de la inconveniencia de emitir juicios precipitados.

La sugerencia de hacer epojé ante los recientes acontecimientos y otros similares me parece sensata ante el embrollo informativo que ha saturado los medios y redes sociales. Desde el domingo pasado hasta el momento de redactar estas líneas, he visto cualquier cantidad de notas informativas, testimonios, columnas periodísticas, fotografías, videos y pronunciamientos de enojo e indignación. El problema es que estas notas, testimonios, análisis, etc. presentan información dispar y hasta contradictoria. Parece como si los usuarios, periodistas e intelectuales, así como los portavoces del Estado mostraran aquellos datos que respaldan sus posturas, lo cual se revela en la gran cantidad de conjeturas que se están difundiendo, muchas de ellas con tintes conspirativos.

Una muestra de este caos informativo son los números que se manejan de fallecidos en Nochixtlán (y estos datos, conviene recordar, son los disponibles al momento de escribir este texto): en un principio, fuentes oficiales manejaban 6 personas muertas, posteriormente se habló de 8, mientras la CNTE señaló a 10. ¿A cuál de las partes pertenecían? ¿A la CNTE,  a los grupos radicales que según el gobierno aparecieron en escena, a integrantes de las fuerzas públicas? La misma incertidumbre encontramos ante la pregunta de quién inició las hostilidades: según la parte oficial, fueron estos grupos simpatizantes del magisterio (mas no los maestros) quienes agredieron con armas de fuego a las fuerzas públicas. Pero según testimonios diferentes, fueron éstas las que comenzaron el zafarrancho. ¿A quién creerle? O más bien, ¿cómo corroborar la información?

Esto nos lleva a más problemas. Por un lado, dada la forma como han operado nuestros gobernantes ante acontecimientos de este tipo, es casi obligado poner en tela de juicio sus declaraciones. No obstante, es un error considerar que si una de las partes engaña (o hay sospechas de engaño), la parte contraria dice la verdad. Este razonamiento maniqueo, sustentado en un falso dilema (si X es “malo” y afirma que P es verdadero, entonces P debe ser falso; si Y, que opositor a X, afirma que Q es verdadero, Q debe ser verdadero),  lamentablemente parece generalizarse entre los ciudadanos críticos del régimen: es casi sintomático que un movimiento que se opone al régimen o sus políticas de Estado adquiere ipso facto el apoyo incondicional de la población inconforme, por lo menos mientras el movimiento tiene cierta presencia mediática –y ahí están el “Yosoy132” y las movilizaciones de Ayotzinapa como ejemplos. Así, la información “no oficial” o independiente –como la presentada en blogs, videos, fotografías o testimonios reproducidos en redes sociales se toma automática y acríticamente como verdadera. Hay que entender que no sólo el gobierno puede manipular la información a su conveniencia, y con las actuales redes sociales lo podemos corroborar. Tenemos así el ejemplo de la fotografía, que circuló en la red, de un menor de edad fallecido supuestamente en los eventos de Nochixtlán, rápidamente fue desmentida: el niño había muerto en Puebla hace algunos años, en otra trifulca.

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En cuanto a los testimonios, su principal dificultad radica en que uno tiene que asumir que el testigo o informante dice la verdad, sin tener el modo de corroborarla. No se trata de asumir que todo testigo sea un mentiroso en potencia; mas bien que los relatos testimoniales no siempre son fidedignos pues el informante podría suponer la verdad de sus proposiciones, cuando podría tratarse de rumores o engaños.

Está de más decir que la información presentada en estos casos pasa por la subjetividad de las personas, lo que implica posibles distorsiones por creencias o razonamientos equivocados. Esto aplica tanto a la emisión como la recepción de información. Así, gran parte del problema tiene que ver con las creencias del individuo y ciertos sesgos cognitivos que las refuerzan. Uno de estos sesgos, el llamado “sesgo de confirmación” consiste en desechar ciertas creencias que contradicen o falsean las creencias adoptadas por un sujeto, a pesar de que aquellas se sustenten con buenas razones. El sesgo de confirmación lleva a los sujetos a considerar sólo aquello que se ajusta a sus propias creencias. Esto se evidencia en las reacciones de los usuarios ante la información que circula: los opositores al gobierno sistemáticamente darán por verdadero todo aquello que muestre la putrefacción del régimen, aun si las fuentes son dudosas; por su parte, los inconformes con las manifestaciones de los maestros reaccionarán de la misma forma ante cualquier información que refuerce sus creencias acerca de los maestros disidentes (“esos parásitos huevones que luchan por recuperar privilegios perdidos”). Quizás esto explique en gran medida la maraña informativa que enfrentamos.

En suma, el problema no es la falta de información, sino la sobrecarga de información. Los datos veraces pueden estar entremezclados con afirmaciones sin sustento, simples sospechas y apreciaciones subjetivas. ¿Qué hacer ante la sobrecarga? En primer lugar, me parece que hay que evitar el relativismo vulgar de “cada quien tiene su verdad”o “todas las opiniones valen por igual”. Ante cualquier evento, pero sobretodo en eventos de esta naturaleza, es inadmisible asumir que las declaraciones que presentan las autoridades son tan aceptables como las que presentan los opositores, máxime si se contradicen entre sí. En segundo lugar, tampoco es conveniente adoptar una postura maniquea, que crea ciegamente que las afirmaciones de una de las partes es verdadera dadas las simpatías hacia esa parte. Menos aún resulta viable un escepticismo radical de “nada se puede saber”. Por ello, la propuesta de la epojé es ciertamente una “puesta entre paréntesis” de la información en aras de clarificar las afirmaciones, no para declarar la imposibilidad de saber la verdad.

A mi juicio, lo que conviene es contrastar la información dispar y, ante la falta de datos empíricos sólidos, está la posibilidad de analizar, con las herramientas de la lógica y el pensamiento crítico, las explicaciones presentadas para señalar las contradicciones y razonamientos defectuosos.  Lo más importante y creo resume todo lo anterior evitar los juicios precipitados.

Podrá objetarse que esta postura puede llevar a una cierta pasividad e indiferencia ante acontecimientos político-sociales relevantes (y preocupantes). Pero es preciso distinguir dos cosas: una cuestión es la sugerencia de evitar juicios precipitados ante la confusión informativa, y otra muy diferente es exigir la rendición de cuentas al gobierno para que esclarezca lo ocurrido. Lo primero se refiere a cómo procesar la gran cantidad de información y evitar discriminar ciertas proposiciones porque no cuadran con nuestras creencias, mientras que lo segundo se refiere a la responsabilidad que tenemos en tanto ciudadanos de exigir que una de las partes (el Estado) nos informe verazmente. Si circula toda clase de información en la red, es un hecho inevitable, y la recomendación es tener cautela frente a ella. Pero en lo que toca a la información presentada por las autoridades, la cosa es diferente: puesto que el Estado está obligado a informar a sus ciudadanos de la actuación de sus agentes de seguridad pública, y ante la posibilidad de que las explicaciones oficiales sean contradictorias respecto de otras, no den cuenta de ciertos detalles relevantes o pasen por alto ciertos datos, como ciudadanos debemos presionar para que se esclarezcan los hechos. La epojé se refiere a cómo valorar la información, no a justificar la impasividad.

Otra punto importante que ha salido a relucir, dentro de la sobrecarga informativa, es la cuestión de si la causa del magisterio es justa. Creo que es importante separar adecuadamente dos cosas, aunque estén estrechamente ligadas: 1) la justificación de la lucha magisterial y 2) los acontecimientos de Nochixtlán y, en general, la actuación de las autoridades frente a los maestros disidentes. La discusión en torno al primer punto versa sobre la reforma educativa, sus argumentos y sus consecuencias, y conviene situar en la discusión las razones en pro y en contra. En lo que a mí respecta, concuerdo con la disidencia en que la reforma educativa no es realmente educativa, sino una modificación de la relación laboral que afecta los derechos de los trabajadores de la educación –y, dicho sea de paso, es también importante tocar el tema de los “privilegios” sindicales, que ha sido el leit motiv de la ofensiva retórica del gobierno y medios afines contra la lucha magisterial-. Lo segundo se refiere a una crisis política y social suscitada por el mal manejo por parte de las autoridades, tanto estatales como federales, de las protestas y movilizaciones. En específico, en lo referente a los eventos del domingo 19 de Junio, estamos ante un problema de impartición de justicia, que involucra a la posible represión violenta por parte de las fuerzas pública a la disidencia docente. Independientemente de si la causa magisterial es justa o no, o si se simpatiza con ella o no, se trata de un asunto delicado, ubicado en el marco más general del fenómeno de violencia que desgraciadamente se está cotidianizando en la vida nacional. El esclarecimiento de los hechos, que implica determinar quiénes iniciaron la gresca, qué autoridades dieron las órdenes (si fuesen los elementos policiacos los causantes) y con qué intenciones subyacen es, creo yo, lo más importante, y es hacia donde debe orientarse la protesta ciudadana. Lo deseable, en todo caso, es que haya una salida pacífica, lo que en principio debería llevar a una diálogo sobre la reforma educativa, al tiempo de que las autoridades rindan cuentas verazmente de los hechos violentos y castiguen a los responsables.

Por lo pronto, queda mi sugerencia de evaluar adecuadamente la información: discriminar los testimonios dudosos, no cegarse por las propias creencias y no aceptar irreflexivamente las explicaciones. He situado este problema ante los recientes acontecimientos dramáticos de Oaxaca, pero aplica en general a la información que circulas en Internet y otros medios. Tales acontecimientos han suscitado mucha indignación que compartimos muchos mexicanos. Mas es importante que, pese a la indignación, pensemos las cosas con la cabeza fría.

Modificado por última vez en Miércoles, 06 Julio 2016 00:08
Luis Enrique Ortiz

(Oaxaca de Juárez, Oax./ 1979) es licenciado en filosofía y maestro en lingüística aplicada. Actualmente es profesor de tiempo completo asistente C del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara, con reconocimiento de Perfil PROMEP, y miembro del Cuerpo Académico de Retórica, Lógica y Teoría de la Argumentación. Sus líneas de investigación son epistemología, filosofía del lenguaje, argumentación y lingüística.