Lunes, 17 Octubre 2016 23:07

El arte, la postmodernidad y el postmodernismo. Entre la apropiación y el copy-paste

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Una de las cosas por las que me he preocupado últimamente gira en torno a las cuestiones del goce, el acceso a él y las cosas que hacemos para alcanzarlo. Como aficionado a la Filosofía, pienso en las formas en que el arte, entendido en su sentido más laxo, nos permite acercarnos al goce. En particular, la rama de la pintura es mi preferida, por las posibilidades creadoras que presenta. Entre mis artistas favoritos se encuentran Kandinsky, Klimt y H. R. Giger. Esto se debe a lo identificado que me siento con sus técnicas y los temas que abordan, pues es similar a lo que intento producir. Sin embargo, si debo ser sincero, admiro los trabajos de Renoir y Monet, ya que pintar desde una óptica impresionista me resulta bastante difícil. Carezco de la habilidad de poder captar un momento de la realidad, en su pura vivacidad. Si continuo con la honestidad, otra de las formas artísticas que me son inhóspitas es la poesía, pero esa que destruye, que atemoriza, la verdaderamente romántica, en sentido estricto. Esa poesía que escarba en lo más profundo de la naturaleza humana, para bien o para mal. Son estas dos formas de arte las que considero son el medio ideal para comunicar ciertas ideas indecibles, esas cuestiones elusivas que se engarzan con nuestra misma humanidad, ese (supuesto) núcleo que nos une como especie, que no necesariamente es la Razón. Sin embargo, pareciera que el momento histórico que vivimos, donde el individualismo, la mercantilización, el híperindividualismo y el mantenimiento del placer son las directrices generales. Esto ha hecho eco en buena parte de lo que conocemos como arte. Si bien Ahora vemos cosas tan burdas y poco creativas como las esculturas de un minuto, el arte objeto, las instalaciones o algo llamado poemojis, combinación extraña entre poemas y emojis que son un cierto tipo de ideograma que se usa en conversaciones en las Plataformas de Socialización Virtual. Estoy consciente que este tipo de arte responde al espíritu de la época, en la que nada es estable, que todo puede ser llevado al extremo de la ironía y la contingencia radical (Rorty, 1991), lo que permite afirmar que todo se vale y nada debe ser estático. Estoy completamente de acuerdo con esto. Si bien los grandes discursos se han erosionado, pareciera que eso nos da autoridad para destruir, sin más, las cuestiones artísticas. Entonces cabe preguntar aquí ¿Por qué el arte moderno se ha vuelto tan malo e insípido? Mi respuesta inmediata sería una opinión enteramente personal, desde mis prejuicios y mis tripas. Falacias ad hominem, ad ignorantiam o apelaciones a la autoridad se harían presentes: “¡No son más que unos mamarrachos o mamarrachas que quieren ganar fama fácil, sin esfuerzo! No tienen creatividad, por eso hacen lo que hacen. Su capacidad no da para más. ¡Deberían aprender de los clásicos!” Estas y otras tantas denostaciones serían las emitidas por su servidor. Sin embargo, ¿Qué tal si hay algo más detrás de ese arte? ¿En qué medida corresponde al sentir actual, que estos artistas (des)hagan arte? ¿Sólo es mi estimación o en serio existe un alejamiento del artista, para con el espectador?

Con la intención de responder dichas cuestiones y en virtud de la objetividad es necesario aclarar a qué me refiero con malo e insípido, ya que cualquier juicio de valor no sirve de sustento para hablar de temas susceptibles a interpretación. La referencia implica que no hay una verdadera intención del artista de apelar a la naturaleza humana. A que no hay puentes entre el creador y el observador. Sobre esto gira mi argumento, al cual volveré más adelante. En lo que a la insipidez respecta, me remito al poco interés del artista por innovar, a su aparente incapacidad de interpelar al espectador. Algunos incluso utilizan técnicas hípermodernas, como la impresión en gran formato y la posterior apropiación de la pintura, como ha sido el caso de Karla de Lara.[1]

Una vez aclarada mi postura, la pregunta obligada es: ¿Cómo abordo este tema, si lo que busco es algo de validez, ir más allá de mis simples prejuicios o preconcepciones? Para esto debo echar mano de una herramienta analítica. Probablemente la más acertada para hablar del arte es la hermenéutica, entendida como la técnica de la interpretación de testimonios escritos (Dilthey, 2002). Parto del hecho de que puede ser usada en otros campos, lo que en este caso permite la comprensión del arte, pensando en que “… denominamos comprender al proceso en el cual, partiendo de los signos sensiblemente dados de algo psíquico, cuya manifestación son, conocemos este algo psíquico.” (Dilthey, 2002), lo que auxilia en dar cuenta de eso que el autor quiso decir con su obra, en la medida en la que el arte imita la vida y la naturaleza, por lo que podemos encontrar algo que nos interpela, en una pintura, poesía o escultura.

Pensando en ello, la comunicabilidad de la esencia de esos objetos es atravesada por la naturaleza humana, desde lo común en toda la especie. Esta posibilidad comunicativa es similar en todos nosotros, pues el arte nos remite a ciertos actos humanos, similares o equiparables en cualquiera que se considere humano, en toda época. Es particularmente significativa la forma en como dicho arte se ha estructurado. Insisto en que me apasionan particularmente las artes plásticas y la poesía. Son formas en la que uno puede aproximarse a la particularidad, no sólo de las cosas, sino también de uno mismo. Si la poesía es la más cercana de eso que es la verdad, a través de la pintura uno puede crear mundos, explorar la psique, incluso diseccionar la vida cotidiana, atrapando un milisegundo de la naturaleza humana. En resumidas cuentas, la naturaleza humana es susceptible de ser plasmada en el arte. Y es aquí es donde entra mi crítica al arte (post)moderno y el postmodernismo, que ya no aluden a la naturaleza humana, sino que por el contrario se centra en el sí mismo, de manera radical. Sin embargo, esto no significa una prohibición al espíritu artístico, sino a lo efímero y fútil del mismo. Al poco compromiso con la trascendencia, buscando la inmediatez, solamente. La importancia de la expresión del artista es medular. Empero, la predominancia de su expresión cerrada, críptica, momentánea se ha vuelto la constante. Si bien la Fuente de Duchamp, esa digresión del orden establecido, al poner un inodoro en el museo de Nueva York, era pertinente en su momento ya que se oponía a la imposición de formas y pugnaba por la libertad del individuo (Debord, 2003). Se buscaba cimbrar los cimientos del arte mismo, esa parte de la … autoestima basada en la Ilustración. (Gadamer, 2001), el arte que pretendía ser sublime, pero que, si no respondía a ciertas reglas, era subvalorado. La necesidad de romper con la noción de un arte que quedaba relegado a ciertos mandatos de la industria cultural, un cierto tipo de check list que permitía o no considerar algo como artístico. En ese momento particular, la escisión con los paradigmas reinantes había sido promovido por los dadaístas. Ir contra la autoridad, contra las nociones de ciencia y orden se volvió su bandera, ya que las líneas de poder imponían directrices para el artista, como nos dice Gadamer: … la idea del conocimiento de todo saber por las fuerzas históricas y sociales que mueven el presente no constituye sólo un debilitamiento de nuestra fe en el conocimiento, sino que supone una verdadera indefensión de nuestros conocimientos frente a las voluntades de poder de la época. (Gadamer, 2001). Es así que la noción de conocimiento científico permeó hasta los resquicios del arte, donde se buscaba una dirección ordenada, que el artista se ciñera a postulados racionales, lo que necesariamente encuadraba una visión específica y teleológica del arte, obligando al artista a  partir del …concepto de ciencia y de los conceptos de “método” y “objetividad” propios de la ciencia moderna. (Gadamer, 2001), para imbuir su creación en un halo de legitimidad. El pars destruens (Nietzsche, 1990) se volvió necesario. ¿Qué mejor expresión de esto que la poesía dadaísta, propuesta por Tzara? Tomar un periódico, recortar algunas frases, meterlas en una bolsa, agitar y pegar al gusto. Esto era provocador y buscaba denostar contra el orden establecido. Sin embargo, los que se apropiaron de las máximas dadaístas e intentaron continuarlas, las exprimieron hasta el tuétano, llevando al punto máximo su desdén para con lo establecido, dejando de lado lo humano como especie, buscando sólo lo personal y efímero, obsesionados con ellos mismos. Esto se sigue hasta el día de hoy, pues parece que no hay una autoridad racional. Supuestamente hay un sinsentido que dirige las obras. Sin embargo, ese hipotético caos se convierte en regla, en autoridad oculta. Una irracionalidad implícita, sin ataduras y libre, pero que domina de forma velada. Es así que el arte se vuelve más una cuestión de alejamiento, de burla, de ironía, donde lo único que importa es la idea del autor, su mundo y sentir, apartándose del otro. Lo que toca la parte humana es que a partir de “…la comparación de mí mismo con otros tengo yo la experiencia de lo individual en mí.” (Dilthey, 2002, pág. 322). Esta dialéctica entre el otro y yo toma forma en el arte. En la obra postmoderna sucede lo contrario: el autor o el artista buscan ponerse por encima de los actos humanos, con el mayor desenfado, partiendo del supuesto de que una obra criptica, entendida sólo por él o ella, junto con sus expertos, es la parte más álgida de la cultura. La parte perversa es que, ante el reclamo del espectador y debido a la imposibilidad de encontrarse en lo hecho por el artista, éste le tacha de ignorante, represor y arcaico a cualquier detractor que le critique. Si la obra es un sistema cerrado y requiere explicitación de lo que el autor quiso decir, entonces los canales se encuentran cerrados y no hay dialogo. Ya lo dice Gadamer “No se presupone sólo una unidad de sentido inmanente que orienta al lector (espectador, en este caso), sino que la comprensión de éste es guiada constantemente por expectativas trascendentes que derivan de la relación con la verdad del contenido.” (Gadamer, 2001). Si ese contenido puede ser interpretado por el espectador, sin mediación del autor, entonces cumple un fin, que es generar una emoción, apelando a algo por encima del sí mismo, en estrecha relación con lo sublime kantiano, eso que produce miedo, pues nos desborda. Justo eso debe hacer el arte: cimbrar nuestra humanidad, en pos de algo que nos excede. Sin embargo, éste ha pasado de ser original a producirse en serie, sin apelar al otro más que como si fuera un mero consumidor estúpido, acrítico. Dos ejemplos de esto vienen a colación: lo hace Karla de Lara, desde las artes plásticas y los poemojis de Dante Tercero, quien se erige como poeta. La primera se dedica a lo que llama apropiación. Su labor es simple, como su técnica que se basa en la impresión de pinturas en gran formato, para luego hacer pequeñas modificaciones en un programa de diseño. Una vez hecho esto, afirma que le suma algo novedoso a la obra, dándole su toque personal. El fin de sus pinturas es lo interesante ya que, de no contar con el apoyo del gobierno jalisciense, su obra no sería llamada así, sino como lo que realmente es: un plagio que sólo busca remuneración económica, sin el costo que implica aportar algo sustancial. Esto se pone de manifiesto en su página de Facebook, donde señala que es interesante el alza que tuvo el arte, a nivel mundial. Esto muestra lo que para ella significa el arte, pues se asoma su ansia de vender al mejor postor.

plagio delara alexey kurbatovFuente: http://www.proyectodiez.mx/se-descubren-mas-plagios-de-karla-de-lara/

Lo que vemos arriba es el arte que la autora realiza. A la izquierda, la obra original. A la derecha, la “apropiación” de la autora.

Por su parte, Dante Tercero basa su propuesta en lo que llama “poemojis”. Estos ideogramas forman un código que debe interpretarse de acuerdo al contexto del autor, su visión y pensamiento. Quienes somos ajenos a ello, no podemos accesar a dichos poemas visuales. Asimismo, y a riesgo de parecer un marxista radical y ortodoxo, el contenido de su arte va dirigida primordialmente a ciertas clases sociales, a estratos que están familiarizados con esta forma de comunicación, que sucede primordialmente en las Plataformas de Socialización Virtual. Esta es una muestra clara de una obra criptica e inaccesible para muchos. Si bien su intento (fallido) por darle un giro a la poesía es loable, queda corto en cuanto a contenido e innovación, pues su obra no hace más que rumiar signos que tienen un significado determinado, sacándoles de su lugar ordinario y ya. No hay profundidad o creatividad en ello. No rompe esquemas o cimbra nuestras fibras más humanas.  Simplemente son un copy-paste de alguna conversación de Whatsapp. Por supuesto que el autor no es ajeno a un contexto, pues representa el ánimo de la época, en el que se busca la primicia en cualquier cosa, lo que devendría en ser famoso y reconocido. Se asume que por el simple hecho de realizar algo primero, el resultado será genial. No olvidemos la chica Giovana Plownman, quien fue la primera persona en vídeograbarse mientras se saca un tampón de la vagina, para después sorber su contenido. Ella ejemplifica el hecho de que ser el primero en llevar a cabo una acción, no garantiza que esto termine edificándonos como seres humanos. Si bien estos malabares visuales pueden interpelar a quien le son familiares dichos signos, su aporte es efímero, debido a la rapidez con que este tipo de cuestiones son desplazadas por otras más nuevas. Incluso yo me apuro a escribir sobre esto, pues en un par de semanas serán noticias pasadas. Si me equivoco o no sobre la producción de Dante Tercero, el mes de diciembre nos lo dirá. Por lo pronto dejo aquí una muestra de su obra, sacada de su muro, con la debida nota al margen. 

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Mi insistencia en traer a colación a estas personas gira en torno a dos cosas: la primera, que ya no hay una intención de crear, de originalidad. La relación que las acciones de la autora, con la mentalidad de microondas es enorme. Si toma más de cinco minutos hacerlo, no vale la pena. Mientras que la segunda es que no hay una verdadera preocupación por interpelar al otro, sino por el contrario. Si uno le pide “traducir” uno de sus poemojis, el autor afirma que sus tutores se lo prohíben. El artista se convierte en un mero cedazo que no interpela, que no se dirige al otro, sino que se recluye en la cerrazón de la hiperindividualidad. Karla y Dante representan, en buena medida, el estado actual del arte.

En última instancia, éste ha sido llevado al extremo. Ya no se alude a lo humano como especie, sino que se vuela exclusivamente al autor, al mundo conceptual y abstracto que intenta presentarnos. Este mundo, que es exclusivo de él, se vuelve inhóspito para los demás. Y es ahí donde radica la problemática, en el hecho de que la obsesión consigo mismos y su goce personal no permiten que el artista se preocupe por interpelar a los otros. En busca de la novedad, las obras han dejado de ser originales. Simplemente se basan en reinterpretar lo ya interpretado, sin cambios significativos, en digerir lo ya digerido, para excretar en los sentidos del espectador, afirmando que eso y así es el arte, recurriendo a fórmulas pre-hechas que, con un par de pinceladas nuevas, son dignas de considerarse como innovadoras. Insisto, estoy consciente de que el momento histórico y el contexto son importantes. Afirmar otra cosa sería ingenuo. Por ello cabe preguntarse: ¿Es entonces que nos encontramos ante la hora más oscura del arte, ese momento en que ni siquiera eso que se suponía liberador, nos puede dar serenidad? ¿Es que el pars destruens no ha terminado aún y corresponde, a los artistas del pasado mañana, llevar a cabo el pars construens? La supuesta comodidad que nos debió reportar el dominio de la naturaleza, nuestra racionalidad debió habernos hecho felices. Sin embargo, ha sucedido lo opuesto. Por ende, el arte que se crea en este momento histórico, ¿No son más que estertores de lo racional? ¿El último resquicio de una cultura del aquí y el ahora? ¿La escena final de una época, marcada por lo individual y lo heterogéneo? ¿O quizá, más terrible, el fin de lo humano como lo conocemos?

Modificado por última vez en Martes, 18 Octubre 2016 11:55
Paris González Aguirre

Aficionado a la Filosofía, diseñador gráfico, Star Wars fan y gestor del Desarrollo alternativo.