Lunes, 21 Noviembre 2016 22:28

El cristal con que se mira: Relativismo y posverdad

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En múltiples ámbitos de nuestra cultura actual, se han propagado ciertas creencias que podrían resumirse en el célebre verso del poeta asturiano Ramón de Campoamor, que reza así: “En este mundo traidor / nada es verdad ni nada es mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira”. Este principio, que en la tradición filosófica es conocido como relativismo, establecería que cualquier opinión o punto de vista es aceptable, no siendo ninguno mejor que otro. Así, se considera que la ciencia está al mismo nivel que la chamanería o las supersticiones, y que no hay hechos objetivos, sino una multiplicidad de formas de interpretar el mundo, pues la interpretación es “infinita”.

Desde luego, el relativismo no es nuevo. Surgido presumiblemente con los sofistas –particularmente Protágoras-, el relativismo renace a lo largo de la historia, adquiriendo nuevas formas y planteamientos. En nuestros días, el relativismo ha sido puesto en boga por diferentes autores y tendencias de la filosofía francesa contemporánea, que han sido clasificadas bajo el ambiguo rótulo de “posmodernismo”. Tales posturas también han ejercido cierta influencia en algunas escuelas filosóficas regionales, como es el caso de la filosofía latinoamericana en algunas de sus vertientes.

Aunque la tesis relativista es la constante que une a todas estas posturas, las actuales se diferencian de las de antaño por el empleo de una jerga estrafalaria y un estilo de redacción intrincado y deliberadamente oscuro.

Mas no es ésta la única diferencia: el discurso posmoderno establece un vínculo entre la tesis relativista con cierta concepción del poder. Así, a la afirmación "no hay verdades objetivas", se añade: "la verdad es una forma de opresión", pues se sostiene que un enunciado que sea asumido como verdadero representa, en el fondo, una imposición de un punto de vista sobre otros. De esta manera, colocar al conocimiento científico sobre “otros saberes” es un tipo de represión que efectúa la sociedad occidental sobre otras culturas o formas de vida.

De ahí que esta idea –de eminente cuño nietzscheano y popularizada por Michel Foucault en los años 70- suele ser relacionada con los reclamos en pro de la diversidad cultural, social, racial, sexual, etc. Esto explica porqué en las posturas políticas posmodernas se considera necesario romper con lo que denominan “el pensamiento occidental” y someter a un análisis crítico –“deconstruir”, “decolonizar” dicen sus proponentes- sus conceptos y categorías (v.gr.: “racionalidad”, “objetividad”, “verdad”, “ciencia”, etc.). El argumento es el siguiente: la pretensión de verdad y objetividad en el conocimiento es, en realidad, una compleja estrategia de la cultura occidental para justificar su dominio sobre la diversidad étnica, racial, sexual, etc.; por tanto, afirman los posmodernos, es preciso prescindir de toda pretensión de verdad y objetividad en aras de defender la diversidad.

Claro está, estos planteamientos no resisten la clásica objeción que se ha hecho a todo relativismo, que es derivar la contradicción que entraña su propia tesis: si el relativista afirma que "cada quien tiene su verdad" (y vale también para los relativismos sociales o culturales: "cada cultura tiene su verdad", “cada género…” etc.), uno podría preguntarle si es verdadera tal afirmación. Si su respuesta es negativa, el relativista asumiría que su planteamiento es falso, y no sería necesario avanzar más. Si responde  afirmativamente, surge entonces la pregunta de si es verdadera sólo para él o para las demás personas. Si es verdadera para él, carece de sentido que la pronuncie siquiera, pues posee valor cognitivo sólo para sí mismo. Y si vale para los demás, esto contradice el propio principio al admitir una verdad objetiva, ya que no tendría valor sólo para él. Podría salir al paso admitiendo que hay, por lo menos, una verdad que no es subjetiva, que sería la misma tesis relativista, lo que lo obligaría a un relativismo más mesurado. Pero si a lo anterior añadimos la segunda tesis (“la verdad es un instrumento de poder”), podríamos señalar que al momento de enunciar que "cada quien tiene su verdad", está ejerciendo poder sobre el auditorio, pues la afirmación tendría un carácter objetivo por las razones antes expuestas, y por tanto, represivo -según lo afirmado por la segunda tesis-. Nos topamos así con un terrible círculo vicioso.

La raíz del problema radica en los propios enunciados, pues se trata de afirmaciones que por el hecho de predicar sobre ciertos temas (por ejemplo, sobre el conocimiento), terminan predicando algo sobre sí mismas. Estos enunciados, que en términos lógicos se denominan autorreferenciales, son problemáticos precisamente porque de ellos se pueden extraer implicaciones que contradicen lo afirmado en el propio enunciado. Tales implicaciones podrían evitarse si se introducen algunas expresiones modales que maticen la afirmación (‘Tal vez’, ‘quizás’, ‘posiblemente’, etc.); sin embargo, el discurso posmoderno se caracteriza, paradójicamente, por ser sumamente asertivo.

Pero lo más grave del relativismo son las consecuencias que se presentan en otros campos como la ética o la política. Aquí es donde los teóricos de izquierda se disparan un tiro en el pie cuando recurren al relativismo posmoderno. Si son consistentes con su planteamiento, no podrían denunciar ningún acto éticamente reprobable, ni ninguna injusticia ("lo que es injusto para él, es justo para otros"). Si sólo hay interpretaciones mas no hechos objetivos, ¿cómo podrían denunciarse acontecimientos tales como la explotación, la represión, la corrupción política, la violencia sexual, los genocidios, etc.? Un gobierno represor relativista bien podría apelar a este mismo principio para defenderse: “Ustedes me acusan de ser corrupto y represor, y respeto su punto de vista. Pero es su punto de vista, y como no hay mejores puntos de vista, cada quien para su casa”.

Desde luego, el relativista podrá objetar que para él no aplican los principios de la lógica, señalando que ésta es sólo un tipo de discurso de una tradición cultural determinada. Esto significa que, si su discurso no puede evaluarse en términos lógicos, no habría forma de señalar sus posibles contradicciones o si sus argumentos son válidos. El relativista, al presentar su discurso como exento de análisis lógico, evadiría el compromiso de justificar sus posturas, por lo que no habría manera de someterlas a discusión. Su discurso quedaría, entonces, como una cuestión de fe: o se aceptan sus tesis o no. Lo anterior volvería a la postura totalmente irrefutable e inescrutable, y le restaría definitivamente toda credibilidad.

En suma, si el relativismo radical es tomado en serio, sólo queda el silencio –en caso de que el relativista pretenda ser coherente con sus propias creencias, claro está-. No habría posibilidad alguna de diálogo o discusión; no habría manera de denunciar los abusos del poder, los engaños, la charlatanería o los perjuicios contra otros, ni siquiera en nombre de la diversidad que se pretende defender; no podría establecerse, pues, una postura justificada. Por ello, el relativismo es una de las principales fuentes de error y confusión en la filosofía, las ciencias sociales y otras áreas; espacios en los que lamentablemente se ha viralizado. Por muy atractivo que se vea, el eslogan de que “todo depende del cristal con que se mira” conlleva más problemas que soluciones.

Modificado por última vez en Lunes, 21 Noviembre 2016 22:58
Luis Enrique Ortiz

(Oaxaca de Juárez, Oax./ 1979) es licenciado en filosofía y maestro en lingüística aplicada. Actualmente es profesor de tiempo completo asistente C del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara, con reconocimiento de Perfil PROMEP, y miembro del Cuerpo Académico de Retórica, Lógica y Teoría de la Argumentación. Sus líneas de investigación son epistemología, filosofía del lenguaje, argumentación y lingüística.