Lunes, 29 Mayo 2017 05:20

Modas académicas y publicaciones fraudulentas

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En 1996, apareció un artículo publicado en la revista Social Text titulado “Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity”, firmado por el físico Alan Sokal, que produjo gran revuelo al darse a conocer, por parte del propio autor, que se trataba de una broma. La pretensión del científico era evidenciar dos cosas: la falta de criterios en ciertas publicaciones académicas, particularmente las de orientación posmoderna o “post-estructuralista”, que tienden a aceptar cualquier texto con un estilo de redacción afín; y el empleo inadecuado de términos científicos, que caracteriza buena parte de los textos que se relacionan con estas orientaciones.

A raíz de su publicación, surgieron fuertes debates entre los intelectuales, que se dividieron en dos bandos: unos alabando la broma de Sokal como una forma de exhibir la pobreza conceptual y argumentativa de ciertas modas académicas, otros defendiendo la legitimidad de las posturas posmodernas como auténticos programas de investigación en las disciplinas humanísticas. Quizás la consecuencia más importante del llamado “affaire Sokal” fue llamar la atención del estilo oscuro e inteligible, la ausencia de bases teóricas sólidas y la vaguedad conceptual que caracterizan a las posturas que suelen rotularse bajo el término “posmodernismo”.

Pero parece que la lección no fue aprendida. Recientemente, dos filósofos norteamericanos, Peter Boghossian y James Lindsay realizaron una broma similar, con la aparición de su artículo “The Conceptual Penis as a Social Construct” para la revista Cogent Social Sciences (una publicación interdisciplinaria con claras inclinaciones posmodernas). Aún es prematuro predecir qué reacciones producirá esta nueva farsa, dado que el artículo fue publicado hace muy poco tiempo, pero los autores han puesto en claro cuáles eran sus pretensiones (el lector podrá encontrar los detalles de la broma por parte de los propios involucrados en el siguiente enlace: http://www.skeptic.com/reading_room/conceptual-penis-social-contruct-sokal-style-hoax-on-gender-studies/).

A pesar de las semejanzas con la parodia de Sokal, existen diferencias respecto de la efectuada por Boghossian y Lindsay. Aunque en ambos casos se evidenció la laxitud en cuanto a los criterios editoriales de revistas “de prestigio” académico, una de las intenciones principales del físico era criticar el mal uso de la terminología de la física y las matemáticas en contextos ajenos a estas disciplinas. Por su parte, Boghossian y Lindsay, a diferencia de Sokal, pretenden mostrar que la aceptación de ciertos textos para ser publicados en estas revistas responde a ciertas inclinaciones ideológicas: los textos son aprobados si están en conformidad con los valores morales de los editores o el público para el que están destinados. Pero incluso en los puntos en común que hay en ambos embustes, podemos encontrar ciertos detalles que merecen especial atención. Por ello, lo que propongo en este breve artículo es realizar una sucinta reflexión sobre el nuevo “affaire Boghossian/Lindsay”, pues me parece que se pueden extraer ciertas consecuencias muy importantes para diagnosticar nuestros contextos académicos locales ya que, pese a las diferencias existentes entre el medio académico norteamericano y el nuestro, creo que hay ciertos problemas en común.

 

La industria editorial académica

Los problemas de cómo se manejan las publicaciones académicas suele ser tema de pasillos en las universidades, aunque pocos se han dedicado a estudiarlos y, menos aún, de mostrarlos públicamente. Salvo algunos casos de plagio que han sido exhibidos en los medios, los problemas relativos a las políticas de la industria editorial académica han sido poco abordados. A mi juicio, esta clase de parodias han mostrado únicamente la punta del iceberg.

Según lo relatan los propios autores, “The Conceptual Penis as a Social Construct” pasó por los usuales filtros editoriales previos a su publicación, incluyendo la revisión de pares. Para quienes no estén familiarizados, este tipo de revisión consiste en un proceso de “doble ceguera”, en el que el texto es leído y evaluado por académicos –que, por lo general, son integrantes del plantel editorial de la revista, pero también pueden ser investigadores externos, que se designan por su experticia en el tema abordado-, y tanto el autor como los revisores permanecen anónimos en el proceso. En principio, este tipo de revisiones garantizaría que los trabajos dictaminados favorablemente cumplirían con los requisitos formales y de contenido exigidos por las revistas y las normas de publicaciones académicas, tanto nacionales como internacionales. Obviamente, los filtros no son infalibles y es de esperarse que puedan aparecer artículos de baja calidad, fraudes, plagios o parodias deliberadas como éstas, incluso en publicaciones rigurosas en cuanto a sus políticas editoriales. Esto ha ocurrido también en prestigiadas revistas científicas. No obstante, cabe preguntar: ¿es posible que cierto tipo de publicaciones académicas sean más propensas a aceptar bulos o textos impublicables?

En particular, Boghossian y Lindsay señalan directamente a las revistas de paga (pay-to-publish journals), que, como su nombre lo indica, son publicaciones en las que los autores pagan cierta cantidad de dinero para ver publicados sus trabajos. Aunque los autores no censuran la existencia de este tipo de publicaciones, sí lamentan que éstas suelen poseer reglamentos de dictaminen muy laxos, puesto que se guían por el principio de “al cliente lo que pida”. Esto empobrece la calidad académica de las revistas, pues abre la posibilidad de que cualquier clase de texto sea aprobado y aparezca en sus páginas. Desde luego, esto abre toda una serie de problemas, que formularé a modo de preguntas: considerando lo anterior, ¿deberían recibir certificaciones internacionales las revistas de paga? ¿Es legítimo que puedan adquirir el ISSN (International Standard Serial Number)? ¿Se deberían imponer, a estas revistas, reglas básicas para garantizar la calidad académica? ¿Se deberían considerar como parte del currículum profesional de un investigador los artículos publicados de esta forma?

Pero el problema de las revistas de paga parece ser consecuencia de uno más profundo, que destacan ambos investigadores: la política académica de “publica o perece” (publish-or-perish). Dadas las exigencias institucionales para la obtención de plazas en docencia o investigación o para tener acceso a recursos económicos –públicos o privados- para financiar proyectos académicos, entre otras cosas, los docentes e investigadores se ven presionados a redactar y publicar trabajos en periodos de tiempo muy reducidos, lo cual puede incidir en la calidad de los productos. En nuestro contexto nacional, tenemos ejemplos muy claros al respecto: el ingreso y permanencia en el perfil PRODEP o el Sistema Nacional de Investigadores de Conacyt se basa más en la cantidad de publicaciones que en la calidad de las mismas (entre otros rubros). Considerando que los investigadores están obligados a publicar con tal de seguir estos requerimientos institucionales, las revistas de paga pueden ser una opción fácil y rápida para salir al paso. Claro está, aquí partimos del supuesto de un hipotético investigador honesto, pues el problema empeora con investigadores que mantienen su perfil curricular mediante procedimientos poco éticos o incluso ilícitos, como el plagio, y las revistas de paga pueden servir como el escaparate perfecto. Desde luego, esto nos lleva a un tema mucho más amplio y complejo, que atañe a los modelos educativos y las políticas institucionales para incentivar la investigación en ciencias y humanidades. Entrar a detalle en estos asuntos excede los propósitos de este texto (y también el de Boghossian y Lindsay, que señalan someramente estos mismos problemas, aunque en las circunstancias específicas en EU son distintas), y me limito a opinar, a título personal, que si bien la competencia y la cantidad a corto plazo pueden incentivar la producción en el ámbito económico, no necesariamente es así en el ámbito académico. El problema es suponer que en ambos casos se debe proceder del mismo modo.

Como puede apreciarse, estas complejidades no son características únicamente de las modas posmodernas, ya que cualquier tipo de publicación académica puede estar propensa a estos vicios. Sin embargo, hay ciertas peculiaridades que, a juicio de los autores, parecen presentarse en las revistas de orientación posmoderna, lo cual nos lleva al siguiente punto.

 

El ethos del medio editorial posmoderno

Además de los problemas en cuanto a las políticas editoriales de la industria académica, el objetivo particular de la parodia de los filósofos norteamericanos era mostrar cómo las publicaciones de orientación posmoderna aprueban aquellos trabajos que se encuentren acorde al ethos, es decir, al sistema de valores morales, del comité editorial y sus lectores. Cabe destacar que estos valores han trascendido las fronteras del medio académico y se han extendido a la prensa no especializada, movimientos sociales, actores políticos y ciertos sectores de la opinión pública. Pudiera decirse que este ethos ha definido buena parte de la agenda de la corrección política, aunque Boghossian y Lindsay sólo están interesados en las implicaciones al interior de la academia.

La tentativa era, pues, mostrar que un absurdo resulta aceptable si es puesto en los términos morales en boga. Los autores no tuvieron problemas en confirmar su hipótesis, ya que en las revisiones, favorables en su mayoría, alababan el texto por demostrar que la “masculinidad” está a la base de los problemas mundiales (por ejemplo, la afirmación que aparece en las conclusiones del trabajo, en la que sostienen que el calentamiento global es consecuencia de la hegemonía masculina). Esto hace recordar lo que el viejo Aristóteles había sostenido respecto de la eficacia de la retórica política: el éxito persuasivo del orador público radica en que su discurso se ajusta al ethos del auditorio. En suma, un texto es aceptado si es lo bastante políticamente correcto, por más incoherente o incomprensible que sea.

Una disonancia cognitiva conocida como sesgo de confirmación permitiría explicar este fenómeno. Este sesgo consiste básicamente en que el sujeto selecciona la información que concuerda con sus creencias, descartando la que va en contra. Así, por ejemplo, los conservadores presentarán las noticias que muestren delitos cometidos por migrantes como una prueba a favor de sus creencias xenófobas, pero tenderán a pasar por alto aquellas que hablen sobre las contribuciones positivas de la población migrante. De igual forma, para los progresistas podrán ser relevantes sólo las columnas de opinión o periódicos de inclinación izquierdista, resistiéndose a consultar publicaciones que no encajen con sus lineamientos políticos.

Tal vez sea exagerado plantear que el posmodernismo han institucionalizado el sesgo de confirmación como una práctica académica, pues éste no es privativo de alguna postura o inclinación ideológica. No obstante, uno de los rasgos distintivos de los posmodernos es su preferencia por el compromiso político por encima de la solidez teórica o la comprobación de sus puntos de vista, lo cual los vuelve más proclives a aceptar únicamente lo que les resulta favorable –que, dicho sea de paso, resulta paradójico para quienes se proclaman como los defensores de la “diferencia”-. Esto hace aún menos aceptables sus propuestas teóricas.

En pocas palabras, Boghossian y Lindsay han puesto en evidencia que las revistas posmodernas aceptan acríticamente cualquier cosa que esté en conformidad con las ideas que pregonan, sin indagar sobre su autenticidad, pero cabría preguntar si esto no es consecuencia de sus propios postulados teóricos. Retomando la pregunta que lancé en el apartado anterior, acerca de si hay revistas que fueran más susceptibles de caer en engaños o publicar patrañas, creo que ésta podría ser la respuesta: si bien las revistas científicas están a expensas de esto, por lo menos disponen de ciertas reglas y ciertos procedimientos más sólidos para dictaminar si ciertos artículos pueden ser publicados o no. Mas, en el caso de las revistas posmodernas, exigir que tengan criterios editoriales claros o dictaminen mediante procedimientos rigurosos resulta contradictorio si sus propias posturas sostienen que las pretensiones de verdad, racionalidad, objetividad, etc. son nociones normativas que tienen la finalidad de reprimir los pensamientos “alternativos”; nociones que han surgido, además, en grupos o contextos “de dominación” (“la ciencia es producto del heteropatriarcado capitalista blanco”) y son, por tanto, instrumentos de poder de estos grupos. Dicho de otra forma: publicar cualquier cosa es consistente con lo que predican.

Este último punto no es presentado por los filósofos norteamericanos, quienes se limitan a señalar la infortunada combinación del estilo de redacción críptico y barroco con el sentimentalismo moral, políticamente correcto, de la retórica posmoderna. Pero lo que he señalado contribuye un poco a su análisis, y podemos decir que la jerga incomprensible, la preferencia por compromisos ideológicos sobre la investigación teórica y el relativismo son los componentes básicos de esta clase de discursos. Desde luego, esta mezcla resulta poco consistente -¿cómo pueden sustentarse pretensiones morales o políticas desde el “todo vale”?-, aunque de poco sirve mostrárselo a quienes creen que la lógica es un “instrumento de exclusión y dominación onto-logo-falo-carnivorocéntrica”.

 

Como señalé al inicio, es muy prematuro conjeturar qué consecuencias traerá esta nueva broma. Hay problemas que presentan con claridad que merecen analizarse y discutirse, dentro y fuera de la academia. Pero lo que Boghossian y Lindsay han señalado respecto de las publicaciones académicas de corte posmoderno se puede apreciar también en la docencia, en la que las aulas se convierten en sitios de adoctrinamiento en disparates. Al mismo tiempo, los estudiantes suelen ser los más receptivos a estas ideas, sea por la falta de herramientas argumentativas, sea por las ansias de transformar el mundo o sea por hacerles creer que detrás de la retórica oscura y confusa hay algo significativo. Ahí está el problema más grave, a mi juicio: educar a generaciones enteras sobre la base de que pesa más la corrección política sobre la discusión racional o de que la evaluación o la exigencia en el estudio son “formas de represión”. 

Ojalá que el asunto no concluya en una mera anécdota risible o vergonzosa -según se quiera ver-, sin generar un mínimo de reflexión. Porque, si algo ha evidenciado esta broma, es que sí es posible tropezar dos veces con la misma piedra.

Luis Enrique Ortiz

(Oaxaca de Juárez, Oax./ 1979) es licenciado en filosofía y maestro en lingüística aplicada. Actualmente es profesor de tiempo completo asistente C del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara, con reconocimiento de Perfil PROMEP, y miembro del Cuerpo Académico de Retórica, Lógica y Teoría de la Argumentación. Sus líneas de investigación son epistemología, filosofía del lenguaje, argumentación y lingüística.