Sábado, 29 Noviembre 2014 00:00

Lo “alternativo” o de como desacreditar teorías científicas sin tener conocimientos científicos

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Hubo una palabra que se volvió moda en los años 90: lo "alternativo". El rango de aplicación del adjetivo era bastante amplio y abarcaba desde la música, el arte, hasta disciplinas como la medicina, la ciencia y hasta la filosofía. Empezaron a aparecer, cual hongos en temporada de lluvias, corrientes, estilos, teorías o posturas a las que gustosamente se les añadía el mentado término. La moda aún sigue viva, pues día con día no dejan de aparecer promotores de "lo alternativo". Se trata, claro está, de ámbitos muy diferentes entre sí, por lo que es necesario ser precavido antes de establecer juicios. Pero hay que notar que existe una especie de patrón constante, y es lo que es preciso  desmenuzar con cuidado. Aclaro que no censuro el uso del término como tal, pues más bien me interesa cuestionar acerca de si en algunos casos este está justificado.

Por lo general, la justificación dada por los impulsores de "lo alternativo" es la ruptura con lo previo. Su argumentación, usualmente, presenta dos estrategias: a) se postula la existencia de una tradición anterior, que es presentada como caduca y desgastada (también es común el empleo del tan manoseado término de “paradigma”) y, para mayor persuasión, se caracteriza como “hegemónica”, “totalitaria”, “cerrada”, “monolítica”, etc.; y b) el nuevo “paradigma alternativo” ofrece una opción distinta al del “paradigma tradicional”, en el que las formas viciadas de éste son superadas o dejadas de lado. Planteado de esta forma, los defensores de “lo alternativo” incurren en la falacia ad novitatem –considerar que un concepto o idea es mejor simplemente porque es nueva-. Si realmente lo que se presenta como alternativo resulta ser mejor que el modelo “tradicional”, deberían suministrarse buenas razones para argumentar en su favor. No obstante, la justificación parece centrarse en desacreditar lo anterior e intentar persuadir de las bondades de la novedad “alternativa”, lo que muchas veces sólo significa invertir las características atribuidas al “paradigma tradicional” (por ejemplo, si el último es presentado como “hegemónico” o “monolítico”, el nuevo paradigma es inversamente “contrahegemónico” o “plural”, y así sucesivamente).

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Veamos algunos casos concretos. La medicina "alternativa" es propuesta como una opción “más” benigna y efectiva que la medicina alópata. La estrategia de “desacreditar lo anterior/hegemónico” es casi invariablemente apelar a mitos urbanos y teorías conspirativas, tales como que la industria farmacéutica efectúa experimentos secretos para probar los medicamentos; que ésta, en complicidad con los gobiernos, inventan enfermedades para vender nuevos fármacos; que organizaciones ocultas secuestran personas para extraerles órganos, etc. En casos extremos, se llega incluso a cuestionar los métodos y procedimientos de la medicina alópata, como la aplicación en grupos de control, la experimentación, el uso de sustancias químicas (y aquí se asoma la falacia naturalista), etc. Así, muchos argumentos en contra de la medicina alópata, en muchos casos, son "hombres de paja". Por otra parte, los argumentos en pro de la medicina alternativa se basan en una selección de datos favorables (por ejemplo, marcar énfasis en los efectos secundarios nocivos de antibióticos, vacunas y cirugías, mas no mostrar las consecuencias perjudiciales de los remedios "alternativos"). Al renunciar a estándares y protocolos de la medicina alópata, la “alternativa” termina empobreciéndose, ya que no se ofrece ninguna garantía de sus beneficios. Si algunos remedios alternativos son eficaces para tratar ciertos padecimientos, deberían someterse a controles y pruebas estrictas e incorporarse a la práctica médica. En este sentido, como afirma Richard Dawkins: "No hay medicina alternativa. Sólo hay medicina que funciona y medicina que no funciona".

A propósito de la ciencia, la situación resulta más compleja. Algunos divulgadores de ciencia e incluso científicos (Prigogine, en cierta manera Margulis, Maturana, Varela, Capra, Lakoff, Lovelock y otros), presentan sus descubrimientos no sólo como nuevas teorías, sino como nuevas formas de hacer ciencia. De este modo, se pretende oponer la "nueva ciencia" -holística, basada en incertidumbres y en algunos casos, hasta mística- frente a la ciencia "tradicional" -positivista, mecanicista, materialista, etc.-. Claro está que estos puntos son importantes para la reflexión epistemológica, para ser someramente tratados aquí. Pero podemos apuntar que si hay no sólo teorías “alternativas” -que dicho sea de paso, la formulación de múltiples teorías ha sido incluso un ingrediente fundamental de actividad científica, a lo largo de la historia- sino nuevos métodos y procedimientos científicos, no constituyen una "alternativa" a la ciencia "tradicional": si son explicativos, se incorporan al cuerpo de la ciencia. Por otro lado, las concepciones del Universo han ido cambiando desde los tiempos de Galileo y Descartes, y esto forma parte de la historia de la ciencia (en este sentido, la concepción mecanicista vino en declive desde el siglo XIX, con Darwin y la termodinámica, y se superó definitivamente con la relatividad einsteiniana y la física cuántica, ninguna de ellas "ciencias alternativas"). Pero de esto a interpretar que el “viejo paradigma” y el “nuevo” se distinguen por valores contrapuestos como “racional vs intuitivo” (como sugiere Capra) o “masculino vs femenino” (Luce Irigaray dixit) es francamente insostenible: la ciencia no ha abandonado la racionalidad e incluso no se contrapone a lo intuitivo –que puede darse en la formulación de hipótesis-; respecto a la dualidad “ciencia masculina/ciencia femenina” sugieren una aplicación de valores de un ámbito ajeno a la ciencia, que tendría que justificarse –las epistemólogas feministas tendrán que explicarnos qué relación guarda, por ejemplo, lo “masculino” con lo racional-.

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En síntesis, y parafraseando la cita de Dawkins: No hay ciencia alternativa. Sólo hay ciencia que explica y seudociencias que no explican. Cabe aclarar que las teorías de Prigogine, Margulis y otros son aceptadas por las comunidades científicas, lo que no ha significado que sus concepciones sobre la ciencia gocen de igual aceptación.

Si la ciencia dista de ser una visión monolítica y rígida, la filosofía lo es menos. Hablar de una "filosofía tradicional" resulta una simplificación excesiva, pues sugiere que ha habido una línea de pensamiento (o varias líneas en la misma sintonía) que ha permanecido constante a lo largo del tiempo. ¿Es sostenible esta caracterización? A menos que se recurra a una historiografía maniquea, basada en “hombres de paja” y selección favorable de datos, difícilmente puede darse una respuesta afirmativa. Basta revisar las propuestas de los relativistas, irracionalistas y escépticos contemporáneos -deconstructivas, posestructuralistas y demás-, para darnos cuenta que no hay nada nuevo bajo el Sol: encontramos posturas relativistas y escépticas en la Antigüedad (Gorgias, Pirrón, Sexto Empírico, etc.) y en el Renacimiento (Montaigne). La "desconfianza" hacia la Razón la hallamos en la misma Ilustración, con Hume y Kant. Vistas las cosas así, uno se pregunta si tiene sentido hablar de filosofías "alternativas" frente a una "tradición" filosófica, ¡cuando la tradición histórica de la filosofía ha estado llena de ellas!

Los defensores de la filosofías "alternativas" podrán objetar que la novedad de las posturas contemporáneas radica en que contemplan temas ignorados por la tradición como los derechos de la mujer, el cuidado del medio ambiente, el reconocimiento de la diversidad cultural, la ruptura con el ascetismo, etc. Como en otros casos, esto se complementa con la estrategia de “desacreditar lo anterior/hegemónico”: se crea alguna historia del “ocultamiento", a la manera de Heidegger o Derrida, en la que se plantea que estos temas no han sido sólo ignorados, sino deliberadamente vetados y encubiertos. A esto se pueden plantear dos objeciones. En primer lugar, las reivindicaciones en materia social, ambiental o de género no implican de ningún modo la “claudicación” de la razón, y ejemplo claro de ello es la filosofía analítica (y podemos citar a gente como Otto Neurath, Rudolph Carnap, Peter Singer, Elizabeth Anderson, John Roemer, Ann Garry, etc.), que ha incluido estos temas como parte de la investigación filosófica desde directrices analíticas. 

En segundo lugar, la teoría del “ocultamiento”  no es otra cosa que una teoría conspirativa. El hecho de que pensadores del pasado no hayan planteado problemas del presente o hayan excluido temas puede deberse a las limitaciones de su tiempo o prejuicios arraigados por generaciones; no suponen necesariamente una intención deliberada de encubrimiento. En todo caso, los defensores de esta teoría deberían proporcionar  razones sustanciales para demostrar que existe tal intención, lo que implica sortear el riesgo de emitir juicios anacrónicos (juzgar autores del pasado por no pensar en términos del presente). Una vez más, hallamos un claro ejemplo de falacia ad novitatem.

En suma, impulsar lo “alternativo” por lo alternativo en sí mismo resulta insuficiente. En los tres casos analizados –medicina, ciencia y filosofía-, hemos visto que las pretendidas propuestas alternativas se sostienen por una denostación de lo previo o lo hegemónico, fundada en simplificaciones y valoraciones sesgadas. Al mismo tiempo, lo “alternativo” es defendido por la simple oposición a la tradición supuestamente caduca. De este modo, el discurso de “lo alternativo” no es sino mera retórica.

Esto no sugiere, en modo alguno, el rechazo de nuevas propuestas; no se trata de una apología romántica de lo viejo frente a lo nuevo. La historia es una renovación constante de ideas, posturas o estilos. Si se formulan propuestas alternativas que se encuentren bien fundamentadas, no hay razones para descartarlas a priori. El problema es vender creencias bajo el rótulo de “alternativas”, basadas en simples recursos persuasivos y malos argumentos.

Modificado por última vez en Sábado, 29 Noviembre 2014 07:07
Luis Enrique Ortiz

(Oaxaca de Juárez, Oax./ 1979) es licenciado en filosofía y maestro en lingüística aplicada. Actualmente es profesor de tiempo completo asistente C del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara, con reconocimiento de Perfil PROMEP, y miembro del Cuerpo Académico de Retórica, Lógica y Teoría de la Argumentación. Sus líneas de investigación son epistemología, filosofía del lenguaje, argumentación y lingüística.