Sábado, 06 Febrero 2016 00:00

Consumir sin cuestionar. Del discurso institucionalizado en Andrea Legarreta, el alza del dólar y el uso de la Internet

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Consumir sin cuestionar. Del discurso institucionalizado en Andrea Legarreta, el alza del dólar y el uso de la Internet Cortesía

Actualmente, buena parte de la Televisión abierta producida en México es terriblemente sosa, sin argumentos y ordinaria. Desde Laura de América, Cada Quien su Santo, La Rosa de Guadalupe, Sabadazo o (casi) cualquier otro programa de Televisa o TV Azteca no son más que reiteraciones de viejas y anquilosadas formulas, que buscan divertir o entretener con shows que no dan pie a la reflexión, que ni siquiera intentan edificar al ser humano. Simplemente se trata de presentar sandeces, burlas malintencionadas e incluso la más pura intolerancia. La mayoría de los contenidos parecen escritos por personas fuera de la realidad. Lo terrible es que desde ese lugar se sigue intentando esgrimir la identidad. Parece que aún se busca generar condiciones para la manipulación, que tendrán éxito, como antaño. No es gratuito que Andrea Legarreta y Raúl Araiza, en un programa de revista llamado “Hoy” hayan tenido la bonita ocurrencia de asegurar que el precio del dólar no afecta a la economía familiar mexicana (habría que ver a qué familias se refiere). E incluso afirmaron que no era culpa del Gobierno actual, sino de China y otros países, nunca de Peña Nieto. Esto es particularmente significativo, por la posible lectura que nos presenta. Pensemos lo siguiente: ¿Qué tan mal debe estar la situación en México para que, desde la Televisión, se nos diga que la economía no está mal o, al menos, que si lo está, no es culpa del Gobierno? ¿Por qué específicamente en un programa como “Hoy” y personas como Andrea Legarreta y Raúl Araiza?

Para responder a estas cuestiones se vuelve necesario partir de ciertos prejuicios. El primero y más importante: ¿Quiénes son los que ven Televisión abierta? Personas que no pueden accesar a al servicio que ofrecen las compañías de cable. Y, al menos en México, es una mayoría. Y no nos quedemos ahí. Vayamos un poco más allá, con estos prejuicios: ¿Qué escolaridad deben tener? A lo sumo, preparatoria. Y seguramente serán unos pocos. Probablemente el grueso se haya quedado en primaria o menos. Y si llevamos el argumento hasta las últimas consecuencias, imaginemos de la capacidad crítica de los (hipotéticos) sujetos de quienes hablo aquí, que seguramente es nula. Mantengamos estas cuestiones en mente.

Por lo pronto pasemos al título de este ensayo, que tiene que ver con el consumo. Pero un consumo especial y particular: el hacerlo sin cuestionar. En buena medida, partiendo de los prejuicios anteriores, los espectadores de la mayoría de los programas de revista son individuos que no se preguntan por la veracidad de lo que se dice en el aparato que tienen al frente. Y no sólo eso, sino que pueden ser fácilmente manipulables. Cuasi imbéciles, en palabras de la mencionada señora. Y no nos quedemos ahí. También son flojos y sin iniciativa. Que son pobres porque no le chingan como Raúl Araiza (no se ofenda, si usted trabaja doce horas y apenas puede pagar la renta. Debe chingarle más). Esto nos habla de la visión que tienen de sus espectadores. No es nada nuevo que personas con ciertos privilegios asuman que las condiciones son las mismas para todos. Y que si nos encontramos en ciertas precariedades económicas, es culpa nuestra, por no querer trabajar más duro. O simplemente porque no queremos hacer el (imposible) sacrificio de ahorrar. Insisto en que esto no es nada novedoso. Indignante sí, pero no novedoso. Lo dicho por este (sin tilde) sujeto nos sirve de contexto. Dejemoslo de lado y enfoquémonos en lo verdaderamente perverso: ¿Quién diseña esos discursos y por qué? En cierto momento, la Televisión funcionaba como generador de identidad. Desde ahí uno podía encontrar ciertos paradigmas culturales, lo cuales se reproducían en la vida diaria. Éramos testigos de la creación de ciertos marcos que permeaban la constitución misma de los sujetos. No por nada vemos en la película de David Fincher (2007), El Asesino de Zodiaco, al inspector William Arstrong diciendo: Es muy real. ¿Cómo lo sé? Porque lo vi en la televisión. En buena medida estas palabras representan la noción de que la televisión moldeaba una parte del pensamiento, sancionando positivamente ciertas ideologías y satanizando otras tantas. Es así que el consumo de los discursos que se nos presentaban ahí, devenían en la construcción del deber ser. No por nada el sueño americano sigue vigente y muchos de nosotros quisiéramos cristalizarlo.

En este momento adquiere significado el haber nombrado los prejuicios de más arriba. Podemos ver que la institución que emite esos mensajes ve al público como estúpidos, que no tienen ni recursos ni capacidad crítica. Que con sólo unos cuantos programas idiotas, que les permitan salir de su realidad, serán felices y aceptarán de buena gana eso que se les dice que deben ser. Sin embargo, no es así. La estructura se equivoca. Y lo paga con creces. No es menor que Angélica Rivera intentó vender la casa blanca, que se busque pena de cárcel a quien insulte a algún funcionario público o que Peña Nieto aclare el calceta gate. Ese lugar responde, de manera nada dócil, a la idea que la institución tiene de los (supuestos) espectadores, a quienes van dirigidos esos discursos. Uno de los recursos que se utilizan son las Plataformas Virtuales de Socialización, las mal llamadas Redes Sociales. El uso de memes, parodias o hasta noticias de broma, como las del Deforma inciden en las decisiones de estos individuos. Unos se disculpan, otros desaparecen y unos tantos intentan agredir, como Duarte. Sin embargo las cosas no quedan ahí. Se vuelven virales y dificilmente se detendran. Lo importante es no perder de vista que quienes llevamos a cabo dichas acciones somos los actores, no las tecnologías.

Retoando esto del lugar desde donde se emiten los discursos institucionalizados y quién los diseña, a riesgo de sonar paranoico, se puede observar que la intención de quien-quiera-que-haya-sido quien le pidió/pagó a Legarreta y Araiza que minimizaran el efecto pernicioso del aumento del dólar, está intentando manejar los datos a su beneficio, que está apelando a ese lugar que tenía la televisión. En última instancia, desde los prejuicios más arriba enunciados se esgrime el discurso de Andrea Legarreta. Ella, como asegura, simplemente estaba cumpliendo órdenes (con la carga histórica que esa frase tiene). Partiendo de este supuesto, estamos dándole el beneficio de la duda, refiriéndome a que en verdad, en su vida fuera del estudio, ella sepa que el aumento del dólar incide en la economía de las familias mexicanas. Lo que hay detrás de ese teleprompter son los intereses específicos, de gente que considera a los espectadores como personas sin criterio o capacidad de decisión, autómatas que sólo responden a lo que se les dice en los programas televisivos. Esto muestra que los encargados de comunicación de quien-sea-que-haya-sido no son más que dinosaurios que intentan perpetuar su control. Lo terrible, pero a la vez interesante, es la poca visión que tienen hacia lugares como la Internet, que en ocasiones sirve como piedra en el zapato de ciertos regímenes (hay quien insiste en que hasta es un contrapoder. Yo difiero en ello), ya que siguen estacionados en las formas anquilosadas de control y la deseada sumisión del individuo. Ahí se encuentra lo más gracioso, que siguen apelando a las formulas que funcionaron hace años. No se dan cuenta que la televisión ya no produce contenido y que el uso intensivo de la Internet y las Plataformas Virtuales de Socialización puede incidir de manera significativa en las decisiones de alguien, como que Andrea Legarreta acepte que debe ser más cuidadosa con sus comentarios (Milenio, 2016). Pero esa es la parte más graciosa, ya que seguramente, los interesados, sí lo tienen en mente, por eso han intentado a toda costa regularlo. Entonces, cabría preguntar: ¿A quién va dirigido su mensaje? Difícilmente sería a esas personas que de verdad creen que el aumento en el precio del dólar no les afecta, siempre y cuando no compren cosas en el extranjero. Hacer eso, sería inocuo. Pero, si no es a ellas, ¿Entonces a quién? ¿O simplemente esos comunicadores hacen como que no saben? Imagino que a estas alturas ya suponen que nosotros, los ilustrados (léase con mucho sarcasmo), no vemos televisión ni consumimos lo que Televisa y TV Azteca ofrecen. Nosotros afirmamos encontrar nuestras noticias o diversión en otros nichos. Sin embargo, bajo esta premisa de poder, no vemos mucha de la riqueza que se encuentra en los espacios de la cotidianeidad. Es por ello que no debemos desdeñar lo que sucede en la televisión abierta, ya que podríamos encontrar cuestiones muy interesantes que, negando esos nichos, nos sería imposible ver.

Para finalizar esto, y con el respeto que me merece señora Legarreta, usted dice estar preocupada por lo que pudiera pasarle a su familia, le invito a que se pregunte, sin considerarme uno de los tres idiotas con los que no debe colgarse, según dice Raúl Araiza, ¿Por qué yo, Paris González Aguirre me sentí ofendido con sus comentarios? Yo no le amenazo de muerte. Yo no me burlo (mucho) de su inocencia. Yo no ataco su persona. Yo no la tildo de imbécil. Yo no asumo que sea una idiota. Aclarado esto, me gustaría preguntarle a usted, desde su lugar de madre amorosa: ¿Cómo puede dormir por las noches, besar a sus hijos, decirles que los ama, sabiendo que su misión en la vida es engañar a las personas, de manera cínica y directa? ¿No le parece que quienes nos irritamos por su comentario, desde el teleprompter, también estamos preocupados por lo que le pasará a nuestras familias? ¿Piensa que no deberíamos estar consternados por la incertidumbre que genera la crisis que se avecina? ¿De verdad cree que la molestia es porque piensa diferente o debido a que es mujer? Píenselo, por favor. Se lo agradecería. 

Modificado por última vez en Miércoles, 23 Marzo 2016 16:21
Paris González Aguirre

Aficionado a la Filosofía, diseñador gráfico, Star Wars fan y gestor del Desarrollo alternativo.