Lunes, 05 Diciembre 2016 05:26

¿De qué hablamos cuando hablamos de género?

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En los últimos años, el tema de género ha cobrado una presencia muy importante no sólo en el discurso gubernamental, sino también en otros ámbitos como el educativo. Sin embargo, en pocas ocasiones se entiende adecuadamente el concepto que, por lo demás, no resulta tan oscuro cuando se logra comprender la distinción primaria entre sexo y género.

De manera errónea se asocia el sexo con el género, puesto que se cree que son sinónimos o equivalentes, cuando esto no es así. El sexo (entendido aquí como el sexo anatómico con el que nacen los sujetos y no con la noción de sexualidad y prácticas sexuales que involucran proceso sexo-afectivos) se determina al nacer o antes de nacer; y a partir de indicar si es niña, niño o un bebé que presenta un desorden del desarrollo sexual (conocido como intersexualidad), se le asignan a los sujetos roles, acciones y hasta colores: si es niña, se le suele vestir de rosa, mientras que si es niño se le viste de azul.

Esa asignación que se realiza a partir del sexo, es lo que denominamos “género” y constituye así un elemento fundamental porque determina, a lo largo de la vida de los individuos, roles y hasta gustos, preferencias o comportamientos. El género, entonces, se convierte en lo que algunas académicas denominan como “principio simbólico ordenador”, es decir, un principio sobre el cual se redactan leyes y se siguen costumbres y tradiciones. En otras palabras, el género forma parte de la cultura y, como tal, varía en tiempo y en espacio: no es lo mismo ser una mujer mexicana en el sur del país, que serlo en el occidente, como tampoco es lo mismo haberlo sido hace doscientos años que ahora, por ejemplo.

En ese sentido, como podemos observar, es que se dice que el género se construye a partir del discurso, o sea, a partir de todos esos elementos dados por la sociedad, la cultura, la historia y hasta la filosofía. Por lo que es una imprecisión decir que los estudios de género quieren cambiar el sexo de las niñas y de los niños, o de la gente. No se trata de eso, sino de hacerle comprender a todas las personas que su sexo no las limita, si ellas así lo desean, a realizar actividades que tradicionalmente no están asociadas a su sexo: si se es hombre, se puede ser un buen cocinero; o si es mujer, se puede ser una buena líder.

Los estudios de género (que no “teoría” o “ideología”, pues están conformados por muchos puntos de vista y formas de acercarse a este concepto) no son homogéneos en su conjunto. Esto es, si bien todas las posturas parten de este principio, también es verdad que dentro de ellos hay quienes, incluso, señalan que en América Latina deberíamos desligarnos de dicha categoría pues ha sido un concepto acuñado desde Europa y Estados Unidos, postura que tampoco se equivoca en su señalamiento fundamental. Sin embargo, y pese a esta disparidad de posturas que llegan a convertirse en puntos de encuentro y desencuentro, sí podemos señalar que la intención profunda que motiva a quienes nos dedicamos a ellos es la búsqueda de justicia a través de igualdad de oportunidades para las personas, independientemente de su sexo, su sexualidad y sus prácticas sexoafectivas. No porque se es mujer se debe impedir el acceso de ellas a la esfera pública; y no por ser hombre se debe impedir que desarrolle sus habilidades y potencialidades en terrenos considerados femeninos, ya sea en la esfera pública o privada. Así como tampoco por no ajustarse a determinadas prácticas heterosexuales se le debe impedir a la persona de acceder a la justicia.

Es ahí, en la discusión en torno a la garantía de los derechos humanos, donde los estudios de género han contribuido a abrir espacios para todos. Por ello, resulta preocupante que se generalicen ciertas posturas, lo cual vuelve reduccionista a dicho punto de vista, y se les tache con términos morales como la “maldad” o la “perversión”, pues, como queda dicho, hay varias formas de acercarse a este tema con las cuales no todos tenemos tampoco que coincidir (de hecho, así sucede al interior de la discusión académica).

Por ello, seguir insistiendo desde determinadas esferas de poder político o no, que los estudios de género son una amenaza al orden social conocido y establecido que desestabiliza a la familia o que daña irremediablemente a la sociedad, es un señalamiento con consecuencias igualmente graves, pues provoca una resistencia a la incorporación de la perspectiva de género en ciertos sectores. Es cierto que también aquí hay que hacer una autocrítica y comentar que, en ocasiones, quienes se encargan de poner en práctica esta perspectiva carecen del bagaje teórico-conceptual para entender a profundidad el propósito y fundamento de determinada acción. Pero crear y reforzar posturas encontradas, sin que medie el diálogo entre ambas, suscita no sólo controversias, sino auténticas confrontaciones entre los miembros de la sociedad.

Es así como, lejos de generar un clima de entendimiento, se atiza el enfrentamiento que en nada contribuye a la armonía social. La escucha atenta del otro, el entendimiento de su punto de vista y el diálogo a partir de las coincidencias, que sí las hay, facilitaría en mucho el camino para allanar las desigualdades sociales y, por ende, disminuir la injusticia. Y si bien es verdad que los estudios de género no necesitan una defensoría especial, también es cierto que cuando hay una imprecisión de esta envergadura, es nuestro deber señalarla sin temor alguno, pues quien calla ante el error, se vuelve cómplice de las consecuencias de éste.

Elizabeth Vivero

Elizabeth Vivero (Guadalajara, Jalisco, 1976). Narradora y poeta. Es doctora en Letras por la Universidad de Guadalajara. Actualmente es profesora titular B, coordinadora del Centro de Estudios de Género de la Universidad de Guadalajara, directora de la revista de estudios de género “La Ventana” y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

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