Miércoles, 08 Febrero 2017 18:37

¿Ya murió la filología?

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Muchos de nosotros sonreímos al enterarnos de que, por allá del siglo XVI, había gente que creía que todo cuanto se encontraba en los libros de caballerías —algo así como los bestsellers de la época— era forzosamente verdad por el hecho de que estaba escrito e impreso. Con cierto aire de superioridad, nos imaginamos a aquellos seres inocentes para quienes el libro es necesariamente conocimiento, y que por lo tanto creen que hay islas fantásticas —como la ínsula barataria a la que tanto se aferraba Sancho Panza— o que se puede ir a la luna si uno va montado en un hipogrifo. Y nos decimos con autocomplacencia: “ah, la gente de aquellas épocas…”.

Pero una rápida ojeada basta para notar que tal credulidad sigue existiendo en nuestra época, y la prueba de eso es el modo en que circulan a veces noticias de “periódicos” como el Deforma. ¿Quién a estas alturas no ha visto a personas profundamente indignadas compartiendo en redes sociales noticias que son un flagrante disparate? “México se queda sin himno: SEGOB olvida renovar contrato con los dueños de los derechos”, rezaba un titular que algunos compartieron con insistencia. Y me pregunto: ¿qué les hizo creer que debía ser cierto? Parece ser una razón muy cercana a la que existía hace 500 años. Ahora, incluso, basta con un “estudios actuales confirman que…” para que mucha gente caiga tan fácilmente como se caía en el siglo XVI al leer que un autor afirmaba ser sólo “traductor” de un antiguo manuscrito árabe donde se revelaban profundos y misteriosos arcanos.

¿Y por qué cuento todo esto? Porque quiero compartir la historia de una credulidad de este tipo que duró por lo menos 6 siglos: desde el siglo VIII más o menos hasta mediados del XV.

Situémonos mentalmente en la Europa de la Edad Media. Había conflictos políticos y religiosos, como siempre ha habido. Desde el siglo IX, con el papa Nicolás I, habían comenzado a surgir fricciones entre, por una parte, el poder papal y el poder secular del imperio carolingio (el que había fundado Carlomagno), y por otra parte, entre la Iglesia Romana y la Iglesia Oriental situada en Constantinopla. Básicamente, Nicolás I reclamaba para la Iglesia Romana una superioridad por encima del poder imperial y por encima también de todas las otras Iglesias.

La tensión se fue incrementando hasta que, en el año 1054, el papa de entonces, León IX, escribió poco antes de morir una carta a dirigida a Miguel I Cerulario, patriarca de Constantinopla. Esa carta es la que se suele considerar como el detonante del Gran Cisma de Oriente y Occidente. El resultado es bien conocido: “yo, papa de Roma, te excomulgo, impío griego bizantino”; “yo, patriarca de Constantinopla, te excomulgo, inculto y pretencioso romano”. Como se sabe, el cisma tuvo profundas consecuencias hasta la actualidad, algunas de las cuales quizá no se podrían ahora sospechar: por ejemplo, el polaco y el ruso son lenguas muy cercanas pero usan una escritura muy distinta: el polaco utiliza el alfabeto romano; el ruso, uno basado en última instancia en el griego. La razón se puede retrotraer hasta esta profunda escisión cultural.

Pues bien, en esa carta, para invocar León IX el hecho de que la “santa sede” romana tenía un imperium o preeminencia tanto terrenal como espiritual, cita un documento legal en su respaldo que se conocía como el Constitutum Constantini, el Decreto de Constantino o más comúnmente llamado la Donación de Constantino. El decreto en cuestión aparecía en un corpus jurídico muy respetable en la época; o más bien, el corpus jurídico de la Edad Media, los Decretos de Graciano, que le confería un aura de validez. La Donación decía cosas muy curiosas. Aparecía firmado por el propio Constantino I, emperador romano, allá por el siglo IV. Básicamente, Constantino confirmaba el poder de Silvestre, obispo de Roma de 314 a 336, como cabeza del clero por encima de los otros cuatro patriarcados (Alejandría, Antioquía, Jerusalén y Constantinopla) y sobre cualquier iglesia del mundo, y le daba al pontificado romano una legitimidad incluso terrenal al transferirle todos los símbolos imperiales (corona, manto púrpura, cetro, etc.). Y no sólo eso, sino que también se daba una justificación de por qué Constantino había decidido trasladar la capital del imperio a Bizancio: “por lo cual, me he dado cuenta de que es consecuente que mi imperio y poder sobre el reino se traslade a las regiones orientales, y edificar con nuestro nombre una ciudad en el lugar inmejorable de la provincia de Bizancio, y fundar ahí mi imperio, pues no es justo que, donde el principado de los sacerdotes y la cabeza de la religión cristiana se han fundado, ahí el emperador terrenal tenga potestad”.

¿Y de dónde venían tantos beneficios por parte de Constantino? Esto no lo explicaba el documento. Cualquiera que tuviera oídos en aquella época conocía bien la historia. Decía la leyenda que, después de que Constantino desencadenó una de las más brutales persecuciones del imperio contra los cristianos —acordémonos que se les veía casi como disidentes políticos—, el emperador contrajo lepra en justo castigo por sus acciones. Como los médicos no podían curarlo, según se dice en la Leyenda dorada, los “sacerdotes de los ídolos” le recomendaron a Constantino que se bañara en sangre pura que fuera vertida por 3 mil niños degollados. Justo antes de llevar a cabo semejante matanza, Constantino se dio cuenta de la innecesaria brutalidad del acto. Se arrepintió y optó por morir si su único modo de vivir era propiciando tantas muertes. A la noche siguiente, Constantino tuvo una visión en que los apóstoles Pedro y Pablo le anunciaban su salvación en recompensa por su decisión tan moderada: tendría que ir a buscar a Silvestre, que había huido de Roma por las persecuciones y se había refugiado con otros religiosos en el monte Soracte, y él lo salvaría. Silvestre, que después sería canonizado, se encargó de la conversión al cristianismo de Constantino y fue así como éste se salvó. Es una leyenda que tendrá múltiples variantes —en la Nueva España del siglo XVI se representarán obras de teatro evangelizadoras donde el emperador leproso será más bien Vespasiano y se curará con el “manto de Verónica”—, pero la idea central es clara: lo que salva a un emperador de enfermedad tan dura es la fe cristiana.

Como se verá, entonces, la Donación de Constantino tenía mucho sentido durante la Edad Media: era la muestra de agradecimiento del mandatario supremo que, no obstante, se inclinaba en actitud de reverencia ante el poder eclesiástico. No sólo se tenía, pues, la leyenda de su conversión sino incluso un documento legal que ratificaba esa cesión de poder a la Iglesia romana.

Pero llega el siglo XV y he aquí que Lorenzo Valla entra a esta historia. Nacido en Roma a inicios del siglo, Valla era heredero de una tradición cultural que ya se venía gestando por lo menos desde Petrarca y que —entre otras cosas— se distinguía por un interés muy marcado por conocer a profundidad la lengua latina y emplear eso como herramienta para comprender las grandes obras de la Antigüedad que se iban encontrando aquí y allá en monasterios remotos. En 1440, Valla tenía ya un puesto relativamente cómodo como secretario de Alfonso, rey de Aragón, Sicilia y Nápoles. En ese año, dio un discurso que tituló Discurso sobre la Donación de Constantino, acreditada erróneamente e inventada (Declamatio de falso credita et ementita donatione Constantini). Básicamente, lo que hizo Valla fue emplear sus conocimientos históricos y lingüísticos para demostrar sin lugar a dudas que la Donación de Constantino no podría haber sido escrita en el siglo IV, en época del emperador, y que por lo tanto era una falsificación posterior.

Nada modesto, Valla comienza su discurso mencionando el valor que se requiere para defender la verdad por encima de la autoridad papal. Sabe que se expone a la excomunión. Después de argumentar la improbabilidad de una donación de esa naturaleza e imaginar lo que los ciudadanos romanos le habrían reprochado a Constantino y la forma en que Silvestre —siendo hombre humilde— habría rechazado tal regalo, Valla ahonda en la imposibilidad histórica de la transferencia de poder. Si sabemos que el poder de facto lo siguieron teniendo los emperadores posteriores a Constantino, entonces ¿en qué sentido se puede hablar de una donación que no donó realmente lo que promete? Y lanza la pregunta al papa de entonces y a sus predecesores inmediatos: “¿Por qué proclaman ustedes con gran voz la Donación de Constantino y amanazan a menudo —como vengadores de un poder robado—a los reyes y los príncipes, y les exigen confesar la propia servidumbre al emperador y a no pocos otros dirigentes cuando son coronados, como al rey de Nápoles y de Sicilia? Eso nunca lo hizo ninguno de los antiguos pontífices romanos”.

Luego, dice Valla que la Donación es una interpolación en los Decretos de Graciano, pues no aparece en los manuscritos más antiguos de los Decretos y además éstos tienen innumerables pasajes que contradicen precisamente lo que dice la Donación. ¿Cómo podía ser que que el corpus jurídico más reconocido cayera en flagrantes contradicciones?

Y además, ahí estaba la lengua en que estaba escrita la Donación, en la que Constantino dice: “Consideramos útil junto con todos nuestros sátrapas y el senado en su totalidad”. Valla, con un tono irónico con el que parece carcajearse de la sandez que se cometió al hacer decir “sátrapas” al emperador, menciona el sencillo hecho de que tal palabra es imposible en un emperador, pues designa algo semejante a “vasallo” en español pero en el contexto de los persas de la época de Jerjes (siglos V a. C.). ¡Como si los emperadores romanos tuvieran “sátrapas” e incluso hubiera que mencionarlos antes que el propio senado!

Después, Valla se detiene en la mención que hace la Donación sobre el “pueblo sometido a la Iglesia Romana”. La donación, señala Valla, ocurrió a los tres días del bautismo de Constantino si hemos de creer a lo que nos dice el mismo documento, pero hasta esa época los cristianos se reunían de manera clandestina y huidiza. ¿En tres días lograron someter a todo el pueblo romano? Y pone un pasaje que captura perfectamente el tono de Valla hablándole al falsificador del texto: “El pueblo que gobierna a los demás pueblos es él mismo llamado ‘sometido’, lo cual es inaudito. (…) ¿Cómo podía ocurrir en tres días que todos los pueblos estuviesen presentes en la donación como sometidos al poder de la Iglesia Romana? ¿Y aún así, acaso toda la clase baja del pueblo juzgaba? ¿Qué es esto? ¿Antes de someter Constantino al pueblo al pontífice romano lo llamaba como ya ‘sometido’? (…) ¿Qué otra cosa haces, infeliz, sino poner en evidencia que tienes la intención de engañar, pero no la capacidad?”.

Después de ensañarse en las redundancias, las imprecisiones léxicas, luego de burlarse de la indumentaria que le atribuye al emperador —con “cetros” y “diademas de oro” que jamás usaron los romanos, sino mandatarios muy posteriores—, Valla retoma el asunto estrictamente lingüístico: el sencillo hecho sintáctico de que en la Donación se diga “decernimos… quod uti debeant” (“decretamos que se deben usar…”) en lugar de “decernimus... ut utantur” (“decretamos que se usen”) es muestra de que el latín en que está redactada la Donación es más tardío que el de la época de Constantino. Y así increpa al falsificador: “¡Que dios te destruya a ti, el más malvado de los hombres, que le atribuyes un lenguaje bárbaro a un siglo cultivado!”.

En fin, ¿para qué me puse a describir lo que hizo Valla? Para hacer ver que la filología es una disciplina muy vieja que parte de algo muy preciso: la desconfianza crítica ante la tradición escrita. La desconfianza por sí sola, por supuesto, no lleva a nada. Valla no había logrado nada si solamente hubiera desconfiado. Es sólo el punto de partida, luego de lo cual hay que analizar los textos echando mano de conocimientos muy especializados sobre historia de la lengua y sobre dialectología, pero también apoyándose en conocimientos históricos. En el Renacimiento, claro, la filología fue una de las mejores herramientas críticas para afrontarse a la tradición escrita, que era una enorme maraña de atribuciones verdaderas y falsas a autores y donde a veces era imposible saber en qué época o por quién había sido escrito un texto.

Pero éste es justo mi punto: nuestra realidad digital actual no está muy alejada de eso. El exceso de información y la proliferación de textos de muy diverso tipo en internet nos han puesto en una situación semejante. Ya no sabemos cuál es el origen de muchos escritos y el problema de la autoría parece haberse avivado en los últimos años. Estamos continuamente bombardeados por textos que sirven para justificar prácticas diversas, y esa desconfianza inicial —con la parte analítica posterior— parece ser la actitud más prudente ante muchas noticias o mucha información que se dice “probada”. Por eso creo que la filología no ha muerto, sino que precisamente en nuestra época puede tener un nuevo impulso. Valla puso en evidencia una falsificación que con la que el papado justificaba su autoridad, y efectivamente el Vaticano dejó de invocar, a medida que pasaron los años, la Donación de Constantino como prueba de su autoridad. ¿Para qué sirve entonces la filología? Para mucho.

Modificado por última vez en Miércoles, 01 Marzo 2017 14:18
Joaquín Rodríguez

Profesor y traductor. Licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG y maestro en Letras Clásicas por la UNAM.