Lunes, 27 Marzo 2017 16:13

Breve guía ilustrada para discutir con creyentes

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Breve guía ilustrada para discutir con creyentes Las imágenes corresponden a Persépolis, de la realizadora Marjane Satrapi

Reza un conocido dicho que “en la mesa no se habla de política, fútbol o religión”. Difícil resulta no estar de acuerdo con esta sentencia, considerando cómo se desenvuelven y cómo finalizan este tipo de discusiones: lo que puede comenzar como una disputa verbal, puede terminar en agresiones físicas.

Desde luego, no es así como deben realizarse las discusiones. Una discusión racional, tal como se plantea en las teorías de la argumentación, supone un intercambio comunicativo regulado bajo ciertos principios, tanto lógicos como dialécticos, que permitan que cada parte pueda presentar sus argumentos, replicar las objeciones de sus contrincantes, contraargumentar, etc. Considerando que esta clase de discusiones son fundamentales para la sociedad, en la medida en que es necesario argumentar para esclarecer ciertos temas o resolver ciertos problemas, no deberían estar vetados ciertos tópicos, por muy incómodos que puedan ser. La clave sería que el debate fuese primordialmente racional o, en otras palabras, que sea realmente un diálogo.

No obstante, cuando se discuten cuestiones religiosas los ánimos suelen caldearse. Estando involucradas creencias profundamente arraigadas en las personas, que pueden formar parte de sus actitudes ante la vida, el factor emocional tiende a imponerse; en principio, porque tanto la racionalidad como la parte emocional están alojadas en el cableado sináptico de nuestro cerebro. De ahí que sea difícil disociarlas en las discusiones.

Las posturas religiosas suelen ser calificadas de irracionales. Los no creyentes –sean ateos o agnósticos- presentan las suyas, en oposición, como racionales. Aunque tales generalizaciones son falaces, pues al menos debería existir una pretensión de mayor racionalidad en quienes se jactan de ser portavoces de la razón: si algo debe distinguir al ateo o al agnóstico del creyente religioso es, precisamente, la argumentación. Sin embargo, veo que tanto en redes sociales como en los debates públicos no ocurre así: ateos y agnósticos incurren en toda clase de falacias y errores garrafales de argumentación, cayendo en ocasiones en el mismo nivel de discusión de los defensores de la fe. Más aún, la falta de pericia argumentativa en los escépticos suele generar efectos indeseados: al utilizar el ataque frontal como estrategia argumentativa, lo que logran es darle un medio de defensa a los religiosos, que podrán colocarse en la posición victimista al ser "acosados y atacados" por los “jacobinos”.

Sin duda, el principal problema radica en que el debate se torna en un diálogo de sordos. Esto puede ser resultado, además del componente emocional presente en cada participante, de los supuestos implicados en cada postura que resultan contradictorios. Las creencias religiosas tienden a suponer que el Universo posee ciertas cualidades inherentes como la armonía, la perfección o la belleza, mientras que las posturas escépticas pueden considerar que el Universo está desprovisto de tales cualidades y que en todo caso el hombre es quien se las aplica. El religioso también puede creer que la existencia tiene alguna clase de propósito o finalidad, y puede considerar que la postura atea o agnóstica deja en la desesperanza total al Universo, al señalar que carece de significado. El problema también puede resultar cuando el no creyente es incapaz de identificar los supuestos de su contrincante o incluso los suyos propios.

Todo lo anterior podría indicar que la discusión en torno a asuntos religiosos quizás debería evitarse. En todo caso, convendría tomar en consideración cuál es la intención del debate. En principio, la argumentación tiene como principal propósito persuadir al público mediante razones. Si ésta es la intención del escéptico, el objetivo podría verse frustrado dado el apego emocional de la contraparte hacia sus creencias (reforzada usualmente por sesgos cognitivos). Si la intención es de otro tipo, por ejemplo, la erística, también surgen problemas. Cuando la pretensión del argumentador no es persuadir a su contraparte sino derrotarlo, sea por simple juego o por demostrarle que es “intelectualmente superior”, aun cuando emplee una estricta argumentación lógica, la intención es dudosamente racional. En todo caso, creo que una discusión así sería una pérdida de tiempo.

Puede haber una tercera opción, que defino como “argumentación indirecta”, que consistiría en buscar no la persuasión del contrincante, sino la de un tercero que participa pasiva o activamente en la discusión (como puede ser el público espectador en un debate público o cuando hay más de un participante en el diálogo, o aquellos que miran los comentarios en publicaciones en redes sociales). Desde luego, el éxito de la argumentación dependerá también del grado de apertura y disposición de los terceros. Pero en situaciones así, podría tener sentido la discusión en caso que, si bien no se persuade por completo a los terceros, por lo menos se pudiese sembrar en éstos cierta semilla de escepticismo religioso.

Como agnóstico ateo, me resulta difícil dar una respuesta simple a la pregunta acerca de si tienen sentido las discusiones entre creyentes y no creyentes, pues, por una parte, me opongo a que existan temas tabúes que estén totalmente exentos de la crítica, pero, por otra parte, el hecho de que tales discusiones no lleven a ningún lado o se conviertan en meros juegos erísticos me hace pensar que son inútiles. La argumentación indirecta podría ser una posible razón para dialogar, pero dependerá de muchas circunstancias. En todo caso, quizás lo más adecuado sería mostrar cuál sería la forma más adecuada de manejarse en la discusión. Para ello, propongo a continuación un conjunto de máximas que pueden servir de guía para aquellos que asuman posturas en contra de la religión y deseen entrar en controversias:

 

1-perse

1-     Racionalidad

Si cuestionas a la religión por ser irracional, no defiendas tu postura de forma irracional. Gritar, insultar o impedir que tu oponente participe sólo viciará el intercambio y le darás armas a tu contrincante. Por el contrario, si es él quien recurre a estos recursos, hazlo evidente.

 2-perse

2-     Todo tiene reglas

Conoce sobre reglas y principios de argumentación antes de pretender persuadir al auditorio de tus posturas. Disponer de conocimientos en lógica es fundamental para elaborar buenos argumentos, pero también es imprescindible conocer un poco de retórica, para identificar los distintos recursos empleados en el discurso. Evita las falacias y aprende a identificar los recursos retóricos de tu oponente. Por ejemplo, si recurre a preguntas complejas tales como “¿Así que dudas de Dios y la responsabilidad moral?”, puedes replicar que son dos cosas distintas y que su pregunta está trucada.

 3-perse

3-     Los supuestos

Identifica los supuestos detrás de la postura de tu oponente. Por ejemplo, si afirma que el orden del Universo es inexplicable si no se admite la existencia de un Creador, cuestiona en qué se basa para sostener que el orden necesariamente debe ser resultado de una acción inteligente. Si recurre a nociones como “perfección”, somételas a discusión.

 4-perse

4-     “Según la ciencia…”

Si pretendes apoyarte en datos científicos, documéntate más sobre ciencia y evita el recurso a la autoridad. Si algo caracteriza a la ciencia es el ser opuesta al dogmatismo religioso, pues la ciencia no da respuestas definitivas y toda hipótesis está sujeta a la falsación. Apelar dogmáticamente a la ciencia es un profundo error.

 5-perse

5-     Confusión

Distingue tus puntos de crítica y evita confundirlos: el fenómeno religioso presenta muchas aristas, que es necesario esclarecer y analizar para cuestionarlas. Por ejemplo, si cuestionas el fundamento teológico de la moral, debes distinguir entre: a) la pretendida función social de la religión (“la religión mantiene a la sociedad en orden”), b) las contradicciones entre atributos divinos (la llamada paradoja de Epicuro) y c) la supuesta necesidad de que Dios sea la base de la moral. Aunque los tres temas puedan estar ligados, conviene tratarlos uno por uno.

 6-perse

6-     Absolutos

No asumas que tienes 100% la razón. Es más difícil defender una postura que se presenta como una verdad absoluta (como es la tendencia en los credos religiosos). Cuestiona la certeza de esas creencias.

 7-perse

7-     “Los creyentes no razonan…”

Tampoco asumas de antemano que el creyente no es inteligente. Grandes pensadores como Leibniz, Newton, Pascal o Einstein adoptaron creencias en algún dios (si bien no todos formaban parte de alguna comunidad religiosa). De hecho, si algo caracterizaba la escolástica medieval era el cultivo de múltiples habilidades argumentativas. No subestimes jamás a tu contrincante.

 8-perse

8-     Conoce al enemigo

Conoce aquellos que pretendes cuestionar. El peor error en el que puede incurrirse en una discusión es hablar sobre asuntos que ignoramos. Si criticas la religión, es importante que la conozcas; de hecho, conocer la historia de las religiones puede darte más armas para cuestionarlas.

 

En realidad, estas sugerencias no aplican solamente a las controversias sobre temas teológicos. Quizás estas máximas pudieran ser de utilidad para otros asuntos, tal vez más importantes de la vida cotidiana.

Para concluir, el consejo más importante que pudiera dar a los no creyentes es evitar la arrogancia. La erudición y el desarrollo de habilidades argumentativas son fundamentales para la inteligencia. Pero pueden generar en las personas cierto sentimiento de superioridad intelectual. Por desgracia, encuentro que muchos ateos adoptan estas actitudes. Ante esto, conviene retomar la lección más importante del viejo Sócrates: la docta ignorancia. Si algo distingue al escéptico del creyente religioso es que el segundo cree disponer de todas las respuestas (o si no las tiene, Dios siempre será su comodín). Por ello, adoptar una postura escéptica supone reconocer cierta ignorancia y adoptar también la humildad, es fundamental para someter a escrutinio racional a los que se asumen como detentores de la verdad.

Modificado por última vez en Lunes, 27 Marzo 2017 16:32
Luis Enrique Ortiz

(Oaxaca de Juárez, Oax./ 1979) es licenciado en filosofía y maestro en lingüística aplicada. Actualmente es profesor de tiempo completo asistente C del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara, con reconocimiento de Perfil PROMEP, y miembro del Cuerpo Académico de Retórica, Lógica y Teoría de la Argumentación. Sus líneas de investigación son epistemología, filosofía del lenguaje, argumentación y lingüística.