Martes, 30 Mayo 2017 15:52

Palabras para nombrar. El lenguaje como medio para aprehender la realidad

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La clásica afirmación de Wittgenstein que, haciendo una correlación retórica y epistemológica, afirma que la amplitud del patrimonio lingüístico es directamente proporcional al patrimonio cultural y de conocimientos, bajo el postulado de que lo que no se puede nombrar no se conoce, aparece como una síntesis clara de lo que podría denominarse una premisa semiótica general sobre la naturaleza de la lengua. Pues, superando los límites de una deíctica física que sólo permite señalar los objetos estando en contacto espacio-temporal con ellos, la lengua, como sistema de evocaciones verbales de realidades objetivas o imaginarias, concretas o abstractas, tiene la posibilidad, ya no sólo señalizadora, de traer al cuadrante de tiempo y espacio de quien habla y de quien escucha, realidades sucedidas miles de años antes o miles de kilómetros lejos de donde se encuentra; con la lengua yo puedo hablar de una pelea de gallos en una isla indonesia, lo mismo que describir grandes calzadas que atravesaban la ciudad de México-Tenochtitlan a la llegada de los españoles, dos realidades desconocidas por mí como experiencia sensible, pero no como experiencia racional, en la medida de que tengo el lenguaje para poder interpretar ese lenguaje que Clifford Geertz o Bernal Díaz del Castillo utilizaron para describir esas realidades. Así, en la medida de que haya un lenguaje para conocer, pero además un lenguaje común para comunicar, la aprehensión y la interacción epistémica será posible.

 

La palabra house [‘casa’] no es un hecho lingüístico si por él se entiende simplemente el efecto acústico que sobre el oído producen las consonantes y vocales que constituyen dicha palabra, pronunciadas en determinado orden; tampoco es un hecho lingüístico a causa de los procesos motores y de las sensaciones táctiles que intervienen en la articulación de la palabra; ni a causa de la percepción visual por parte de quien escucha esa articulación; ni a causa de la percepción visual de la palabra house en una página manuscrita o impresa; ni a causa de la memoria de alguna de esas experiencias o de todas ellas. La palabra house sólo es un hecho lingüístico cuando todas esas experiencias combinadas, y tal vez otras que no hemos mencionado, se asocian automáticamente con la imagen de una casa. (Sapir, 1954, pág. 18)

           

Luego de la construcción mental de la realidad, como ya hemos planteado, también debemos hablar de comunicación e interacción, como parte de la naturaleza esencial de la lengua. El concepto de ‘casa’ depositado en la mente de un individuo, que mutando mutandis, es similar al que posee quien se lo ha participado debido a la comunicación, puede comprender una síntesis simple de lo hasta aquí planteado: la lengua permite construir la imagen de la realidad que se percibe mediante los sentidos, pero también permite construir la realidad que se aprehende a través de la lengua misma en la comunicación verbal, esto es: un signo que se define por vías metalingüísticas, a través de otro conjunto de signos.[1]

El lenguaje como medio de ordenamiento mental de la realidad, de ordenamiento interno de la mente y de regulación del lenguaje mismo, se define pues como un hecho social. Permite abstraer una realidad que nos precede o que físicamente no está a nuestro alcance a través de un lenguaje que también nos precede, pero que, para ser posible la abstracción, éste sí debe estar a nuestro alcance intelectual, tal como lo afirma Durkheim:

 

Sin el lenguaje no tendríamos, por así decirlo, ideas generales, puesto que es la palabra la que, al fijarlos, les da a los conceptos consistencia suficiente para que puedan ser manejados cómodamente por el espíritu. Por consiguiente, es el lenguaje lo que nos permite elevarnos de la pura sensación; y no es necesario demostrar que el lenguaje es, ante todo, un elemento social (Durkheim, 1976, pág. 103).

 

Permite también el lenguaje el ordenamiento interno de la mente, tal como lo señala Frege cuando afirma que el pensamiento es una entidad lógica (Carr, 2005, págs. 152-153), así, el lenguaje también regula al pensamiento y su forma de estructurarse. El lenguaje puede regularse a sí mismo y lo hace, tal como señala el referente clásico que constituye la taxonomía de funciones lingüísticas de Roman Jakobson; su ensayo “Lingüística y Poética” describe a la función metalingüística que es la función en la que el lenguaje se refiere a sí mismo, tal como lo hacen lógicos y lingüistas, pero también como se hace en la vida cotidiana con el uso de definiciones o explicaciones del sentido de palabras o frases (Jakobson, 1981, págs. 357-358). 

Basil Bernstein abordará el tema de los límites que se desarrollan a través de la práctica discursiva, pero no desde un enfoque epistémico, sino sociológico y pedagógico. En el texto «Los códigos pedagógicos y sus modalidades prácticas» (1998), desde una sociología del lenguaje neomarxista, construye un modelo de análisis del discurso lingüístico bajo el enfoque de las relaciones de poder que éste implica. Para la construcción de su modelo, parte de la pregunta siguiente: “¿Cómo se traducen el poder y el control en principios de comunicación y cómo regulan éstos diferencialmente las formas de conciencia en función de su producción y de sus posibilidades de cambio?” (Bernstein, 1998, pág. 36), y como respuesta ofrece una serie de conceptos que dan ruta al desarrollo del modelo: básicamente apunta el hecho de que los códigos o discursos son la representación concreta del enmarcamiento (regulación interna) de una categoría (instancia social, prácticas, área del conocimiento) y de su clasificación (delimitación en correspondencia con otras categorías, bajo relaciones de estratificación, distribución y localización); todo ello se sintetiza en el concepto de reconocimiento que implica la identificación y uso del código pertinente al enmarcamiento y clasificación (Bernstein, 1998, págs. 37-50), y con ese reconocimiento del código, se reconoce también la categoría específica dentro de la que se está actuando y/o a la que se pertenece.

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Con base en el programa teórico planteado aquí y tomado de Wittgenstein y Bernstein, el discurso o código que sea utilizado por un individuo puede señalar tres aspectos sobre el uso contextual que haga del discurso:

  1. El sujeto utiliza un discurso de acuerdo a su propio enmarcamiento, es decir, el sujeto hará uso del discurso que esté en posibilidades de utilizar, en tanto que corresponda a la categoría social, geográfica a la que pertenece (sociolecto, dialecto).
  2. El sujeto no utiliza un discurso que se encuentre fuera de los límites de su categoría, aun cuando sabe de la existencia de estos otros códigos, al menos por contacto alosemiótico.[2]
  3. El sujeto, enmarcado por su realidad, hace uso de un discurso que le es propio, y reconoce la existencia de otros códigos, pertenecientes a otras categorías, ya sean clases socio-económico-culturales, disciplinas o códigos, propiamente.

Cuando el sujeto sólo se reconoce en su propio enmarcamiento y desconoce o no identifica conscientemente la existencia de otros, las posibilidades de hacer uso de otros discursos o ampliar el suyo propio mediante cambios que incorporen elementos que hasta antes le eran ajenos representa una barrera para la ampliación de las múltiples categorías a las que socialmente, por medio del discurso y las prácticas sociales en él representadas, podría pertenecer.[3] Cuando el sujeto reconoce su clasificación e identifica la clasificación de lo otro con que entra en contacto, puede actuar de dos maneras: la primera es de rechazo o de participación anómala en la práctica discursiva, debido a su desconocimiento; la segunda consiste en la modificación de su propio enmarcamiento, de su regulación discursiva interna, para que el límite entre su categoría y la categoría con la que se encuentra puedan incorporarse y así, reclasificarse en el sistema de categorías, es decir, romper el límite discursivo entre su categoría previa y la nueva.

Son las palabras, pues, el medio de administración de la realidad por excelencia para el ser humano; las condiciones de complejidad, flexibilidad y el dominio de la lengua se traducen en una visión compleja, un acceso amplio y una racionalidad eficiente acerca del entorno natural y cultural cuya aprehensión intelectual necesita obligadamente de las palabras y el límite del lenguaje es el límite personal del mundo.

 

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Referencias:

Bernstein, B. (1998). Los códigos pedagógicos y sus modalidades prácticas. En B. Bernstein, Pedagogía, control simbólico e identidad. Teoría, investigación y crítica. (págs. 35-54). Madrid: Morata.

Carr, D. (2005). Aprendizaje: significado, lenguaje y cultura. En D. Carr, El sentido de la educación: Una introducción a la filosofía y a la teoría de la educación y de la enseñanza (págs. 143-163). Barcelona: Graó.

Durkheim, E. (1976). La educación: su naturaleza y su función. Salamanca: Sígueme.

Jakobson, R. (1981). Lingüística y Poética. En R. Jakobson, Ensayos de Lingüística General (págs. 347-395). Barcelona: Seix Barral.

Sapir, E. (1954). El lenguaje. México: FCE Col. Breviarios.

 

Notas:

[1] Lo que propiamente podemos señalar como el proceso de definición, donde un concepto de naturaleza verbal es aclarado o explicado a través de otras palabras que exponen los atributos o peculiaridades de lo definido. Palabras para definir palabras, en oposición a lo que sucedería cuando a alguien le preguntaran por lo que define la palabra ‘escuela’ y señalara con la mano una construcción que posea los atributos que constituyen el concepto ‘escuela’.

[2] Así llama Iuri Lotman a todo aquello no-significativo para un individuo, es decir, aquello que no tiene sentido en relación con su sistema de significados personal. Este concepto surge de su teoría general de la Semiósfera, que constituye una visión amplia y dinámica de la construcción de sentido tanto a nivel de los textos como de los seres humanos.

[3] Lucien Goldmann y luego Edmond Cros, en sendas producciones teóricas, la primera sociológica y la segunda de semiótica literaria, definen a los grupos o colectividades o clases a las que los individuos pueden pertenecer y cuya pertenencia tiene manifestación discursiva como sujeto transindividual.  

Modificado por última vez en Martes, 30 Mayo 2017 17:07
Enrique Casillas

Profesor de Literatura y de redacción desde la perspectiva sociocultural, porque todas las palabras están condicionadas por lo social y éstas modelan a la sociedad. Me encanta pensar la escritura académica y la educación, a eso me dedico.