Miércoles, 05 Julio 2017 01:08

La felicidad por sobre la libertad. El modelo pedagógico detrás de Un mundo feliz

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Un tipo de hombre es necesario para planear

y otro diferente para ejecutar el trabajo.

(Frederick Taylor)

I.

La Revolución Francesa sintetizó todas sus demandas y planes de búsqueda de un nuevo proyecto de civilización en el que fuera un grito de guerra y que después se convertiría en el lema de la República Francesa: “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Los tres valores centrales del nuevo programa republicano nacieron en medio de la contradicción de la guerra; la frase original era “liberté, egalité, fraternité, ou la mort!”, lo que de suyo es un oxímoron en pleno sentido, pues la contradicción entre la libertad y la muerte o entre la fraternidad y la muerte son evidentes, sin embargo hay otras contradicciones menos claras, pero que igual se gestan al interior de la frase, como la de la libertad y la fraternidad o, más allá, el oxímoron social, si se permite el concepto, entre la libertad y la vida en sociedad.

Los proyectos sociales han estado permanentemente tejidos de contradicciones que buscan resolverse a través de la hiperregulación o la violencia, de la confrontación ética que se resuelve a partir del castigo, del aislamiento o la muerte, es la contradicción una de las características esenciales de toda cultura o sociedad (Harari, 2013). Esta contradicción se ha concentrado en particular en las relaciones de poder entre los estamentos sociales y los márgenes de libertad que esta interacción implica, pues toda idea de civilización se basa en una idea de hombre como individuo y su relación con los demás miembros de la sociedad a la que pertenece; idea que puede ir de una visión amplia del concepto de individuo hasta la disolución misma del concepto en pos de la masa.

Los miembros de una sociedad poseen una serie de atributos que le son dados por el hecho de pertenecer a ella, por ejemplo: la libertad. Se dice que los miembros de un país occidental cualquiera tienen “libertad de tránsito” como derecho individual; la paradoja de ofrecer derechos individuales en medio de la vida social es que los márgenes del ejercicio del derecho individual pueden extenderse hasta invadir el derecho del otro individuo, un ciudadano puede ir de manera “plenamente libre” por una avenida de alta velocidad en un tractor que corre a 20 km por hora, sin embargo, eso entorpecerá la libertad de tránsito de un coche que puede ir a alta velocidad. La solución a este conflicto está en la acotación de la libertad y en la regulación de la misma, lo que concluye en una libertad que no es tal, una libertad que se reduce a un término más que a una realidad.

La vida de las tribus y las gens primitivas que dieron paso a las civilizaciones geográficamente situadas tras la sedentarización, las ciudades-estado y su organización interna y relaciones con otras ciudades-estado, los imperios y los estados nacionales y subnacionales han construido sus relaciones desde esa contradicción, lo mismo que las familias, los gremios, las universidades y las fábricas. No se pueden ejercer a plenitud los derechos sin entrar en conflicto con el ejercicio de los derechos y libertades por parte del otro, así la historia lo ha verificado.

 

II.

Un mundo feliz representa uno de los muchos escapes literarios a esta red de contradicciones que la civilización humana gesta en su seno y a partir de las cuales se construye, definiéndose a sí misma en su anomalía como sistema. La novela escrita en 1931 por el autor británico Aldous Huxley (1894-1963) es una apuesta como la de las novelas 1984 (1949) de George Orwell o Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury, entre otras, que buscan hacer una reconstrucción imaginaria de un futuro posible con base en su aguda observación de la sociedad que les fue contemporánea. Todas estas obras evidencian en su construcción sedimentos de su origen temporal, por ejemplo el hecho de que Huxley refiera, para un mundo que el ubica en el año “632 de la era Fordiana”[1] (Huxley, 1990, pág. 2),  la existencia de rollos de cinta sonora (pág. 133) que tienen su referente en las cintas cinematográficas de los años 30´s del siglo pasado, cuando la tecnología, apenas en la primera década del siglo XXI ya las ha superado.

La novela representa una meditación narrativa sobre un programa al que la realidad de la época hipotéticamente podría llevar a la humanidad. Una meditación que centra su atención en el programa del fordismo-taylorismo que pretendía la estandarización de procesos industriales para la producción en masa.

La industria automovilística fordista sistematizó el trabajo mecanizado  a través de la cadena de montaje [producción en cadena]. Mediante la estandarización de unos pocos procesos, Ford organizó la producción de carros en serie, lo que, después de la Segunda Guerra Mundial, junto con los métodos desarrollados por F. Taylor, permitió abastecer el consumo de masas (Batista, 2008).

El cumplimiento del proyecto fordista de producción en serie, una producción que homologa al obrero, fue llevado hasta sus últimas consecuencias en la obra de Huxley. La novela comienza en el Centro de Incubación y Acondicionamiento de Londres, donde el director del centro explica a un grupo de estudiantes el modelo de producción en serie de seres humanos, donde la reproducción vivípara es inmoral y hasta “escatológica” (pág. 86). El director describe cómo es que se produce en serie a seres humanos, quienes desde su germinación en el laboratorio están ya destinados a pertenecer a cada una de las cinco castas de la sociedad, castas cuyo nombre corresponde con las cinco primeras letras del alfabeto griego, donde alfa es la casta superior y épsilon la ínfima.

La sociedad es perfecta, cada miembro está acondicionado desde su incubación en envases para ser feliz en el lugar para el que ha sido predestinado, todos, a través del acondicionamiento y la hipnopedia, como se muestra en el capítulo II (Huxley, 1990, págs. 10-15); los niños desde su primera infancia aprenden, por acondicionamiento “pavloviano”, a odiar los libros y la naturaleza y a amar su estatus en la sociedad.   

La sociedad industrial perfecta en que cada quien hace lo que le corresponde hacer, bajo un horario de producción regulado y racionalmente ordenado, donde cada uno hace felizmente lo que le toca cuando le toca y que, al término de su horario, se encamina a disfrutar de su tiempo libre mediante prácticas que obligan al consumo, cerrando el círculo de la sociedad fordiana: producción y consumo, producir para consumir y consumir para que la producción se sostenga.

Además de tener regulada la producción también se regula la vida, la moral está diseñada para evitar y hasta odiar la soledad, junto con la maternidad, la monogamia, el amor, la religión y cualquier práctica moral que a ojos de esta civilización es perjudicial y premoderna:  

Madre, monogamia, romanticismos […] no es de extrañar que esos pobres premodernos estuviesen locos y fueran malo y desgraciados. Su mundo no les permitía llevar fácilmente las cosas; no les permitía ser sanos de espíritu, buenos, felices. Con sus madres y sus amantes, con prohibiciones para los que no estaban previamente condicionados, con sus tentaciones y sus solitarios remordimientos, con todas sus enfermedades y su inacabable y aislante dolor, con su incertidumbre y su pobreza, por fuerza habrían de sentir mucho las cosas. Y sintiéndolas mucho (y lo que es más, en soledad, en un aislamiento desesperadamente individual) ¿cómo podían lograr la estabilidad?  (Huxley, 1990, pág. 22)

La sociedad fordiana está perfectamente sometida desde la inconciencia a querer lo que tiene y a funcionar dentro de los márgenes diseñados por Ford para la fábrica y llevados por esta sociedad distópica a todos los espacios de la vida, hasta ser la vida misma una suerte de fábrica fordiana mundial, donde todos los miembros son engranes cuyo movimiento está encaminado a suplir valores como la libertad y la belleza por la felicidad: “La felicidad universal conserva los engranajes funcionando con regularidad; la verdad y la belleza, no.” (pág. 131). Todo riesgo, como los avances de la ciencia que atentaran contra la estabilidad y la idea de perfección de la sociedad, eran desechados;  los libros antiguos con ideas inadecuadas o sólo por ser viejos también se desecharon, como dice Mustafá al Salvaje John: “aquí no usamos cosas viejas” (pág. 126).

Esa sociedad perfecta se encontrará con la piedra de toque de su desestabilización cuando a Bernard Marx,[2] un “Alfa Más” que trabajaba en el Departamento de Psicología, quien junto a Lenina Crown, mujer de casta menor, decide viajar a una reserva de salvajes que se encuentra en Nuevo México, a conocer a los miembros de una sociedad premoderna, no fordiana, quienes practican “inmoralidades” como la maternidad, la vida en familia, la religión y sufren de eso que ya no lo hace la nueva sociedad, vejez y enfermedades. Tras su llegada a los límites de la geografía fordiana, llegan a un hotel, dejan sus cosas y salen de camino a la reserva donde sufren del escándalo de ver a seres humanos cooptados por la naturaleza y sus enfermedades, su vejez y la suciedad de una civilización distinta a la suya, porque una de sus bases de la suya es que “La civilización es la esterilización” (Huxley, 1990, pág. 67). Luego de llegar y entrar en contacto con los salvajes a través de un guía de este pueblo, llegarán a su aldea donde tanto Lenina como Bernard se perturbarán de la forma de vida primitiva, aun cuando Bernard cada vez menos creía en el fordismo, pese a su condicionamiento.

En Malpaís, como llamaban al pueblo, conocerán a John y a su madre Linda; ella perteneció a la civilización y en un viaje que hizo con Thomas, actual Director de Incubación y Acondicionamiento, cayó a un barranco y su acompañante no la buscó; ella fue encontrada por salvajes y ahí se quedó a vivir en medio de la barbarie, pero quedó embarazada por no seguir los procedimientos para evitarlo. John, como lo cuenta él mismo a Bernard, vivió y creció rechazado por ser hijo de una mujer que, como lo dictaba su sociedad, no se ceñía a la moral monógama, sino al contrario, siendo considerada inmoral y casquivana. Ante la solicitud de Linda y con la autorización de Mustafá Mond, Inspector de la Europa Occidental, Bernard los lleva a ella y a su hijo a Londres.

Con su llegada, el escándalo y la curiosidad inundarán la ciudad: escándalo al ver a una mujer sometida por la vejez, desdentada, con una piel atacada por los embates de los años, y la curiosidad por ver a un salvaje. Bernard, antes rechazado por su estatura menor a los de su casta, por su personalidad y carácter, ahora se había convertido en un hombre popular y centro de la vida social londinense debido a la atracción que generaba el salvaje que vivía en su casa.

El salvaje poco a poco se irá hartando de la vida terrible de sujetos sin libertad, sometidos por el condicionamiento, la hipnopedia y por una droga, el soma, que no les permite verse a sí mismos y sentir por sí mismos; una sociedad sin libertad, de valores diametralmente opuestos a aquellos con los que creció y hecha como un producto más de esa sociedad fabril. El final será cuando, ante la muerte de su madre, nadie siente, pues nadie ama y ello lo atormentará al extremo de gritar lo que sabe y siente en medio de la ira; sin embargo, será sometido por las fuerzas del orden que lo llevarán ante Mustafá Mond para comparecer, junto a Bernard y otro amigo de ellos. Éstos últimos serán castigados con el destierro, mientras Mond y John entablarán un extenso diálogo en el que se enfrentan las ideas de la belleza, la verdad y la libertad, con las del orden, la felicidad y el confort.

Finalmente, John será autoexiliado en un faro, lejos de Londres, donde vivirá bajo los valores del sacrificio, la soledad, la religión y las palabras de Shakespeare que lo acompañaron desde su vida en la reserva salvaje. Se convierte en objeto de morbo para los “civilizados”, cuyo orden restablecido verá en la intentona de John una anécdota para consumir. El poder de su modelo pedagógico superará el embate de la confrontación con otro mundo posible.

 

 

III.

Theodor W. Adorno afirma sobre Un mundo feliz, que Huxley lo escribió como reflejo del pánico de ver que la maquinaria que todo lo vuelve mercancía era la única reconocida como viable, y es esta novela la racionalización de ese pánico:

La novela, fantasía futurista con una acción rudimentaria, intenta comprender los traumas sufridos partiendo del principio de la desmagización del mundo, llevando este principio hasta el absurdo y arrancando a la humanidad así evidenciada la idea de la dignidad del hombre. […] El Brave New World es un único campo de concentración que, liberado de su contradicción, se tiene a sí mismo por Paraíso terrenal”. (Adorno, 1990, pág. X)

Adorno mismo refiere que los miembros de esta sociedad tienen su “estereotipada sonrisa” debido a que ella está fabricada por su charm school, una escuela hecha para que no haya otra manera de ser que felices, pues genera una “conciencia estandarizada” (ídem).

Con esta idea de la escuela que estandariza la conciencia es que podemos comenzar a hablar del modelo pedagógico que en la novela se nos presenta como el propio de esta sociedad futurista. Para hablar de esto, usaré las cinco preguntas planteadas por Zubiría Samper ¿qué, cómo, cuándo y para qué enseñar?  y ¿cómo evaluar lo que se enseña? (De Zubiria Samper, 2006, pág. 33).

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¿Qué enseñar?

La idea de la fábrica atraviesa a toda la sociedad que se nos presenta, donde cada miembro es un engrane cuyo funcionamiento racionalmente medido y controlado es necesario para la perfecta marcha del mecanismo. Y es para ello que se educa.

A la pregunta de qué enseñar, se puede responder que se enseña aquello que abone a la construcción de la sociedad-fábrica, donde cada miembro, deshumanizado y desvalorizado en su individualidad, es una pieza fabricada como cualquier mercancía y sustituible de igual manera. Se requiere una educación moral más que intelectual, una educación en los patrones de comportamiento que les permitirán actuar en consecuencia de su casta y de su trabajo.

El primer grupo de una serie de doscientos cincuenta futuros mecánicos de aviones-cohetes pasaba por el metro 1100 en el portaenvases número 3. Un mecanismo especial mantenía los envases en constante rotación. […] Hacer reparaciones al exterior del avión-cohete es cosa delicada. Retardamos la circulación cuando están en posición normal hasta que están semihambrientos, y se redobla la afluencia de sangre artificial cuando están cabeza abajo. Así comienzan a asociarlo con el bienestar. No se encuentran bien sino  cabeza abajo (Un mundo feliz, 1990, pág. 9).

¿Cómo enseñar?

El modelo de enseñanza se desarrolla por dos vías: el condicionamiento y la hipnopedia. El primero queda descrito en el fragmento que citamos arriba y consiste en la repetición programada de situaciones y estímulos vinculados a ellas para fijar reacciones físicas en el comportamiento de los sujetos. “Los estímulos ambientales producen respuestas […], mediante el uso continuado”, afirma David Carr (2005, pág. 126).

El segundo método de enseñanza es la hipnopedia, que consiste en la exposición de los individuos desde su nacimiento a grabaciones, durante el sueño, que sirve para la educación moral, no racional, sino inconsciente, de modo que ésta se convierte en “la mayor fuerza moralizadora y socializadora de todos los tiempos” (Huxley, 1990, pág. 15).

¿Cuándo enseñar?

La educación de esta sociedad comienza a través del acondicionamiento físico que se da desde que los embriones están en los envases en que se desarrollarán; además de ser sujetos diseñados para pertenecer a tal o cual casta, también se les acondiciona para pertenecer a tal o cual tipo de trabajo, de acuerdo a los requerimientos de su entorno productivo. Acondicionamiento que continúa apenas recién nacen y seguirá a través de programas de hipnopedia a lo largo de toda la vida, ya no sólo en un lugar de incubación y crecimiento, sino en el trabajo, en la televisión o en el cine, donde el programa moral está siendo inoculado permanentemente. Las frases hipnopédicas aparecerán permanentemente a lo largo de la novela en los momentos en que los personajes requieren tomar una decisión, como muestra de la fijación efectiva de las mismas en su conciencia.

¿Cómo evaluar?

La regulación de la vida en la sociedad fordiana está tan meticulosamente cuidada, que el margen de error es muy limitado, los miembros de clases inferiores, desprovistos de razón, no pueden actuar más allá de los límites para los que están programados. Los miembros de la casta Alfa, adiestrados para la razón, resolución de problemas y toma de decisiones son los únicos con el riesgo de escapar de los límites infranqueables que los dos medios de enseñanza construyen; ellos, sin embargo, están también programados para decidir por las rutas “perfectas” de la civilización, so pena del exilio, estímulo negativo suficiente para no perecer en su ruta. Así pues, la evaluación consiste en el seguimiento fiel del programa social, quien no lo cumple es expulsado, como lo son Bernard Marx y Helmholtz Watson.

¿Para qué enseñar?

Es “Comunidad, Identidad y Estabilidad”, el lema del Estado Mundial de Un mundo feliz (Huxley, 1990, pág. 1) y justo para eso es que se acondiciona en esa sociedad. Se educa para preferir estar acompañado que en soledad, se educa para identificarse gozosamente con su casta y su empleo sin desear nada más y se educa para no salirse de los límites definidos por los Inspectores que rigen los destinos del mundo; se educa para no ser libres, sino para ser felices, se educa para consumir y no para decidir, se educa para hacer y no para pensar. Las reflexiones sobre esto último han sido fértiles en su comparación con la realidad vivida en el capitalismo, que en más de un sentido educa para lo mismo.

Las posibles desviaciones y los riesgos derivados de éstas se controlan por medio de una droga poderosa que aísla de la realidad y evita la actuación libre; todo está perfectamente planeado como en un engranaje donde cada pieza se mueve al ritmo previsto y si se avería, basta con desecharla y suplirla por otra pieza nueva y adaptada a los ritmos de esa maquinaria.

 

IV.

La novela Un mundo feliz es una vista trágica del capitalismo y sus orillas cercanas al precipicio, una sociedad que bien puede sintetizarse, lo mismo que este texto, con una cita del sociólogo francés Alain Touraine:

Veo el signo de una sociedad en descomposición, incapaz de pensar en sí misma. Sociedad-avestruz con la cabeza en la arena y el culo en el aire. Sociedad desrealizada, con sobreproducción de principios, ideas, símbolos y barreras.

 

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[1] El tiempo comienza a contarse a partir de la patente del Ford T en 1908, con lo que en nuestra medida del tiempo, podemos asumir que la historia se desarrolla en el año 2540.

[2] Los nombres de los personajes podrían ser tema para un estudio aparte. 

 

Bibliografía

Adorno, T. (1990). Prólogo. En A. Huxley, Un mundo feliz (págs. VIII-XXXI). México: Porrúa.

Batista, E. (2008). Fordismo, taylorismo e toyotismo: apontamentos sobre suas rupturas e continuidades. III SIMPÓSIO LUTAS SOCIAIS NA AMÉRICA LATINA, 2. Recuperado el 2 de diciembre de 2015, de http://www.uel.br/grupo-pesquisa/gepal/terceirosimposio/erika_batista.pdf

Carr, D. (2005).  El sentido de la educación. Una introducción a la filosofía y a la teoría de la educación y la enseñanza. Barcelona: Graó.

De Zubiria Samper, J. (2006). Los modelos pedagógicos. Hacia una pedagogía dialogante  Bogotá: Cooperativa Editorial Magisterio.

Harari, Y. N. (2014). De animales a dioses. México: Debate

Huxley, A. (1990). Un mundo feliz. México: Porrúa.

Touraine, A. (1977). Un deseo de historia, autobiografía intelectual. Madrid: Zero.

 

Modificado por última vez en Domingo, 09 Julio 2017 19:11
Enrique Casillas

Profesor de Literatura y de redacción desde la perspectiva sociocultural, porque todas las palabras están condicionadas por lo social y éstas modelan a la sociedad. Me encanta pensar la escritura académica y la educación, a eso me dedico.