Domingo, 27 Agosto 2017 19:50

¡El color no existe! Género (binario) para dummies o de cómo desmontar el argumento “biologicista”

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Para algunas personas entender el concepto de género como constructo social es problemático. Mucho más el comprender la posibilidad de que alguien que nació con pene se identifique como mujer, pues sale de sus estructuras mentales y se refugian en el argumento anquilosado de que la función del órgano determina su lugar en el mundo: “si tiene pene, es hombre. Si tiene vagina, es mujer. Esto es natural y biológico” Y listo. Sin embargo, es mucho más complejo que eso. La cuestión es que se están mezclando funciones biológicas del cuerpo humano, que no son exclusivas de él, con constructos humanos. Sería lo mismo que si comparáramos una estalagmita con la torre Eiffel. Una es natural, generada a partir de procesos naturales, mientras que la otra es un monumento creado por el ser humano, con un fin particular, con significados que sólo nuestra especie puede comprender. Es entonces que afirmar que quien tiene pene, el instrumento del macho para preñar a la hembra, es necesariamente un hombre, no es más que una falacia apresurada, puesto que ahí se están enredando, de manera tramposa, cuestiones naturales con constructos sociales. Desde ahí emerge la confusión entre lo que es el género[1] y el sexo, cuyas características son distintas.

En virtud de la claridad, recurriré a estrategias didácticas básicas a partir de dos ejemplos: el primero girará en torno a la percepción de los colores, el segundo señala los comportamientos al interior de una comunidad de chimpancés. Cada cual busca contrastar las particularidades del ser humano y como éste las usa para construir su realidad exclusiva.

Para ello señalo la inexistencia del color, pues muestra cómo el ser humano crea conceptos para explicar lo que sucede fuera de él. No es diferente lo que sucede con los colores que vemos en nuestra vida diaria, pues ellos, por sí, no están ahí, sino que el ser humano lee la descomposición de la luz.[2] Para explicar eso que ve, se crea el concepto de color. Sin embargo, en la naturaleza, fuera del mundo humano, no existe. Es algo que el ser humano impone a su entorno, para luego elevarlo a la categoría de universal: si es así para él, será así para todos los entes. Esto muestra la forma en que el ser humano imputa sus particularidades a la realidad externa. Esta imposición cultural y conceptual se encuentra en íntima relación con el siguiente ejemplo, que nos habla del comportamiento social de una manada de monos, pues se asemeja al nuestro: al interior hay roles definidos, jerarquías y funciones de cada cual. Sin embargo, entre ellos no hay un consenso sobre las nociones de hombre y mujeres, ya que eso es una construcción social humana. Nosotros interpretamos sus comportamientos en clave antropomórfica, como hacemos con buena parte de la fauna del planeta. Aquí no se niega que existen funciones de macho y hembra, que están directamente relacionadas con la procreación y el sexo de cada uno de los individuos -eso sería negar la polinización o germinación de las semillas-. Hasta donde sabemos, la forma en la que se crean nuevos organismos de forma natural, sólo ocurre de manera sexual y asexual. Aquí nada más nos interesa la primera, pues para fertilizar se requiere, generalmente, un segundo individuo de sexo distinto. 

Desde el simple hecho de llamarles manada, incluso monos, ya estamos aludiendo a una construcción social, generada exclusivamente por el ser humano. Imaginemos que pudiéramos comunicarnos con ellos, de una forma clara y bidireccional, que pudieran entender lo que nosotros les decimos y viceversa. Si les dijéramos que son monos, difícilmente se identificarían con eso que nosotros llamamos monos o monkeys. Y aquí entra la parte compleja: nosotros los llamamos así porque necesitamos interactuar con nuestro entorno. Pero, al momento de darles un nombre, no sólo los diferenciamos de nosotros como humanos, sino que les estamos imponiendo un nombre que, en la naturaleza, en el ámbito de la biología, no existe. El león, la hiena, la jirafa, el nogal, la tierra, el polvo y cualquier otro concepto inventado por el hombre, no tienen una existencia real, que se encuentre en la naturaleza. Existen porque nosotros les damos existencia. Para las abejas, el polen no es polen. Quién sabe que sea, pero polen, en definitiva, no. Eso lo afirmamos nosotros. Le damos (una) existencia al categorizarlo, en un afán de conocer y, por ende, controlar.

Si esto es demasiado complicado, pongamos un ejemplo mucho más fácil: el maíz. En México sabemos que es una planta. Sin embargo, no en todo el mundo se conoce como maíz. En otros lugares se le conoce como choclo, avatí, malajo, borona, altoverde y muchas otras. Y no existe mayor problema en identificarlo con un nombre distinto, pues no atenta contra su naturaleza ni sus funciones especiales. Esto nos permite ver que lo que nosotros nombramos, no tiene un sentido univoco ni se relaciona con una verdad última que nosotros debamos descubrir. Todo nuestro mundo es una mera construcción social. No es diferente con el género. Si hacemos la distinción entre macho/hembra, refiriendo exclusivamente a la función natural de procrear y hombre/mujer, con sus roles particulares, creados a partir de consensos sociales, por costumbre, entonces dejará de parecernos extraño e inconcebible que alguien con pene se identifique como mujer o alguien con vagina se identifique como hombre. Ahí radica la diferencia, en la identificación, en colocarse en un lugar específico, al interior de una sociedad particular. Que estos instrumentos naturales de procreación, el pene y la vagina, se hayan relacionado con los roles de género, es la razón por la cual se insiste en que la biología, que nos remite al macho y la hembra, son los que determinan el género binario. Por eso la posibilidad de asumirse o identificarse como mujer u hombre. No hay que perder de vista que el pene o la vagina son meros instrumentos para reproducción, mientras que el concepto de hombre y mujer, con sus respectivos roles, son constructos sociales que se confunden con cuestiones biologicistas.

En última instancia, quien afirma que, al tener pene o vagina, automáticamente se es un hombre o mujer, necesariamente pone en la misma categoría a los perros, los gatos, los burros, los caballos y a cualquier ente que se reproduzca mediante copula, pues lo hacen justamente a través de la vagina y el pene. Por ende, el argumento de que el órgano genital determina su adhesión a las categorías de hombre o mujer, de manera “natural y biológica”, irremediablemente coloca en el mismo lugar a cualquiera que tenga esos elementos. Y si aún queda duda, pensemos en qué fue primero: ¿El lenguaje o el mundo? Es aquí que se vuelve necesario hacer una distinción entre planeta tierra, eso que estamos pisando y nos mantiene y el mundo, como construcción social, que es definido mediante el lenguaje. Por ende, primero fue el lenguaje, eso que nos permite construir y organizar nuestra realidad.

 


[1]Cabe mencionar que al ser este un ensayo didáctico, sólo me refiero al género binario, sin abordar el abanico de posibilidades que presenta.

Modificado por última vez en Lunes, 28 Agosto 2017 21:23
Paris González Aguirre

Aficionado a la Filosofía, diseñador gráfico, Star Wars fan y gestor del Desarrollo alternativo.