Domingo, 01 Octubre 2017 23:06

Lichtenberg: el relámpago perpetuo

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Suele ser fastidiosa la solemnidad con la que hablan los académicos sobre la ciencia que estudian. Tratan sus temas como si al cambiar el tono de su conversación por uno más ligero o relajado se les fuera a etiquetar de charlatanes o mentirosos. Deben aparentar que sostienen la antorcha de la verdad para que los demás así lo crean. Pero en Alemania, sorpresa para los amantes de los estereotipos, existió un maestro de física que rompía con estos estándares: George Christoph Lichtenberg.

Lichtenberg fue un profesor de física de la ciudad de Gotinga. La influencia que ejerció en el ambiente intelectual de la segunda mitad del siglo XVIII es muy notable: el explorador y naturalista Alejandro de Humboldt fue su alumno; intercambiaba correspondencia con Goethe, aunque su novela de Los sufrimientos del joven Werther le parecía detestable; el físico italiano Alessandro Volta, creador de la pila eléctrica, lo visitó para presenciar de las manos de su creador sus famosas Figuras de Lichtenberg: imágenes que parecen atrapar un relámpago sobre la superficie de un objeto. Estas ramificaciones eléctricas fueron descubiertas por casualidad por Lichtenberg en el año de 1777 y le dieron gran fama entre los pioneros de la electricidad. Durante la visita de Volta, después de varias interrogaciones, experimentos y explicaciones científicas,  Lichtenberg le lanzó una pregunta final: ¿cuál es la manera más sencilla de eliminar el aire de una copa sin usar una bomba de aire? El cerebro de Volta se aceleró para encontrar una respuesta racional, pero el anfitrión alemán simplemente le llenó la copa de vino: una prueba irrefutable y placentera. Esta anécdota demuestra con qué profundidad se concentraba en la ciencia sin dejar de lado el juego y el humor que lo acompañaron hasta sus últimos días, como lo demostró al rechazar la comunión en su lecho de muerte porque el médico le había prohibido las harinas.

Durante su vida fue muy admirado y respetado. Excelente promotor de la ciencia y por lo cual en su honor llevan su nombre un cráter lunar y un asteroide. Sin embargo, Lichtenberg no sería recordado en la posteridad por su apoyo a la física experimental sino por un diamante que estuvo gestando a lo largo de su vida y sólo con su muerte vio la luz: sus aforismos.

Se discute si son aforismos o no pero sobre lo que no se tiene ninguna duda es del gran valor literario que tienen esas pequeñas ideas escritas con una prosa sencilla, mordaces en sus críticas y con una densa sabiduría que merecen ser retomadas en nuestra sociedad tan políticamente correcta: para los idólatras de la democracia, les recuerda que “El bien público de ciertas naciones se decide a partir de la mayoría de votos, a pesar de que cualquiera acepta que hay más hombres malos que buenos”; nos muestra que el fanatismo religioso es un virus que ha contaminado la mente de muchas personas de distintas religiones a lo largo de la historia y nos señala su incongruencia: “Como vieron que no le podían colocar una cabeza católica, se contentaron con cortarle una protestante”; y para los egos inflamados que vemos en las redes sociales, pareciera que les dice: “Amarse a sí mismo al menos tiene una ventaja: no hay muchos rivales”.

Un pensador de escasa estatura pero de pensamiento universal capaz de adentrarse en los misterios de la electricidad o de buscar la manera de escribir de espaldas en un pizarrón para ocultar su joroba a los alumnos. Lichtenberg se desarrolló en el amplio espacio que hay entre lo racional y la superstición (“He vuelto a comer todo lo que me está prohibido y, gracias a Dios, me encuentro tan mal como antes (no peor)), entre los secretos que esconde la materia y los enigmas que guarda el mundo onírico (“Si los hombres contaran sus sueños con sinceridad, éstos revelarían más de su carácter que su rostro”).

Alejado de los grandes sistemas filosóficos de su época pero en quien se aprecia la riqueza de la existencia en los pequeños detalles, Lichtenberg nos enseña que el conocimiento y la búsqueda de la verdad no tienen por qué ser tediosos y solemnes como en la política y las ciencias de la actualidad. Al contrario, una broma o un guiño bien colocado puede traer más claridad que un tratado.

Modificado por última vez en Sábado, 07 Octubre 2017 21:20
Alfonso Velázquez

Guadalajara, Jalisco (1983). Es licenciado en Filosofía y maestro en Literaturas Comparadas por la Universidad de Guadalajara.