Lunes, 04 Diciembre 2017 19:43

El camarada Stalin y los mitos sobre la derrota Nazi

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El camarada Stalin y los mitos sobre la derrota Nazi

La opinión de los marxistas, particularmente lo ortodoxos, acerca de las atrocidades cometidas en los regímenes socialistas es vacilante. Algunos salen con la clásica "eso no fue el auténtico socialismo que Marx pintó" (falacia de "ningún verdadero escocés"); otros dicen que el sistema sí funciona pero algo salió mal, etc. Pero una de las apologías del socialismo real que siempre me ha dejado estupefacto es el intento de justificar el régimen de terror de Stalin bajo la premisa de que gracias a él no triunfaron los nazis: "Sí, Stalin gobernó mediante una cruel dictadura, pero si no hubiera sido así, habríamos sido aniquilados por Hitler y sus hordas".

Sin duda, la URSS desempeñó un papel crucial en la derrota del nacionalsocialismo en la II Guerra Mundial, siendo uno de los países más afectados (se calcula que murieron entre 50 y 60 millones de personas en ese país). La movilización de un ejército de varios millones de efectivos, a lo largo del frente oriental, fue asombrosa.

Pero la hazaña del Ejército Rojo también tuvo claroscuros, y los marxistas seguidores de Stalin suelen omitir los siguientes puntos:

1) Los alemanes y los soviéticos firmaron, en 1939, el Pacto Ribbentrop-Mólotov, en el que acordaron la mutua no agresión (no respetada después por los nazis), pero que en los protocolos secretos ambos países se repartían parte de Polonia y Europa del Este. Aunque la intención del pacto era plantear a Hitler la posibilidad de la coexistencia pacífica entre ambas naciones, era evidente que el dictador georgiano quería aprovechar la crisis europea para extender su imperio (algo que eventualmente logró, como veremos en el siguiente punto).

2) Decir que los rusos por sí solos derrotaron a los nazis es una exageración sin sustento. Stalin, Roosevelt y Churchill establecieron una alianza (que no estuvo exenta de roces entre los países aliados, dicho sea de paso).  para coordinar sus ataques en defensa y luego de invasión a Alemania. Más aún, en la Conferencia de Yalta, celebrada en febrero de 1945, Roosevelt y Stalin se repartieron prácticamente toda Europa, sin el consentimiento de los gobiernos de los respectivos países (y sin el de Churchill, que infructuosamente se opuso al reparto).  Esto permitió que la URSS se adueñara de la mitad de Alemania y los países Europa del Este, imponiendo sus sistema económico y político, sin consultar a los ciudadanos. Por otro lado, no es ningún secreto que EE UU apoyó con recursos financieros y materiales a la Unión Soviética para la fabricación de tanques, aviones y armas de todo tipo.

3) En la apologética estalinista, se ensalza el papel liberador del Ejército Rojo en el frente oriental, pero se omiten muchas de sus acciones reprobables durante el proceso. Está documentado que los soldados soviéticos se dedicaron a la rapiña y abusaron sexualmente de miles de mujeres civiles alemanas, lo cual no solo fue tolerado sino incluso estimulado por sus oficiales superiores. Hacia el final de la guerra, Stalin impidió que sus tropas apoyaran a los rebeldes de Varsovia que se sublevaron contra el dominio alemán, aún cuando éstas se hallaban a unos cuantos kilómetros, lo que permitió a los nazis bombardear sin piedad a la ciudad. Estas acciones han sido objeto de discusión entre historiadores: algunos dicen que es comprensible la sed de venganza de los soldados rusos, otros los equiparan a las mismas atrocidades de los alemanes. En todo caso, es digno preguntarse si la población civil alemana, por más que haya idolatrado a su Führer, merecía semejante trato.

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4) En cuanto a la toma de Berlín, la historia oficial de la izquierda marxista dice que el general Zhúkov y sus divisiones entraron triunfantes y tomaron el viejo edificio del Reichstag para colocar la bandera comunista, como una exhibición de que el Ejército Rojo pudo, por sí solo, acabar con la pesadilla nazi. La realidad es que la batalla duró varios días, en los que miles de alemanes y soviéticos perdieron la vida (de los primeros, la mayoría eran ancianos y niños armados por las SS). Pero el ejército norteamericano de Eisenhower se encontraba a unos cuántos kilómetros de Berlín, esperando pacientemente. ¿Por qué no intervino? Porque Stalin pidió, previamente en Yalta, que la captura de la capital de la Alemania Nazi debía quedar manos exclusivamente del Ejército Rojo. Estos acontecimientos también han hecho correr mucha tinta, y muchos historiadores han discutido acerca de si un ataque conjunto de norteamericanos, británicos y rusos habría facilitado la batalla, lo que habría evitado tal cantidad de muertes.  

Así pues, se han construido muchos mitos en torno a la tesis de que los soviéticos ganaron la II Guerra Mundial. Como se dijo anteriormente, la participación de la Unión Soviética en el conflicto armado fue decisiva y no pretendo minimizarla. Lo criticable, en todo caso, es el afán de los simpatizantes de Stalin (que aún hoy en día son numerosos) de presentar la participación soviética como un triunfo exclusivo del temible ejército soviético. Ciertamente, de parte de los otros aliados también se cometieron barbaridades: tal es el caso de los bombardeos británicos sobre ciudades abiertas como Dresden, que cobraron la vida de miles de personas; tales ataques no tenían justificación alguna, pues dichos lugares no representaban ningún objetivo militar. No se trata, entonces, de adoptar una postura maniquea y considerar a las partes implicadas como “héroes” y “villanos”. Lo que planteo es que se deben valorar éticamente las acciones, no a partir de relatos míticos sino bajo un análisis que ponga en la balanza de las acciones que se realizaron, el contexto en el que se llevaron a cabo y sus consecuencias.

En este sentido, convendría también analizar el cómo se dieron los eventos, en este caso, cómo se consiguió la victoria soviética que, como señalé al principio, implicó incuantiables pérdidas humanas y económicas. Claro está, esto ocurre en cualquier conflicto armado. No obstante, hay que distinguir entre las víctimas resultado de las circunstancias (por ejemplo, la población civil que muere en bombardeos o en escaramusas entre ejércitos) y las vidas que fueron sacrificadas innecesariamente. Zhúkov confesó, años más tarde, que le solicitó a Stalin desalojar a la población civil de ciudades como Kiev o Stalingrado ante el avance de la Wermacht, en los catastróficos primeros años de la guerra. La respuesta de Stalin no sólo fue negativa, sino que emitó órdenes a los comisarios y agentes de la NKVD (policía secreta soviética) de ejecutar a cualquier individuo, civil o militar, que tuviese el atrevimiento de rendirse ante el enemigo. Los oficiales soviéticos tenían órdenes de disparar a cualquier soldado, incluso estando en el frente de batalla, ante la mínima sospecha de dimisión.  Tales decisiones pudieron haber sido cruciales en el desarrollo de la guerra, pero siempre estará abierta la pregunta: ¿pudieron evitarse? Pensando incluso en términos únicamente de estrategia militar, ¿era necesario semejante sacrificio?

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Pero discutir sobre contrafácticos es un tanto ocioso, pues se pueden imaginar múltiples mundos posibles en los que el rumbo de los acontecimientos hubieran sido diferentes. La cuestión es que los acontecimientos se dieron así y no hay vuelta atrás. Mas, si hablamos de decisiones tomadas por ciertos individuos –en este caso, los jefes de Estado y altos mandos militares-, vale plantear ciertos contrafácticos para evaluar sus acciones, partiendo de que los individuos involucrados pudieron haber actuado de otra forma. Si tomaron ciertas decisiones, esto suponía que existían otras posibilidades que pudieron haber elegido (en el caso mencionado anteriormente, Stalin tenía la posibilidad de evitar millones de muertes al evacuar a la población civil en las ciudades sitiadas). El haber tomado una decisión determinada, con todas las consecuencias desastrosas que siguieron, no los exenta de responsabilidad moral.  Por ello, si queda algo de pudor moral, los marxistas deberían tomar en cuenta esto antes de rendirse en alabanzas hacia el camarada Stalin.

Modificado por última vez en Lunes, 04 Diciembre 2017 19:50
Luis Enrique Ortiz

(Oaxaca de Juárez, Oax./ 1979) es licenciado en filosofía y maestro en lingüística aplicada. Actualmente es profesor de tiempo completo asistente C del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara, con reconocimiento de Perfil PROMEP, y miembro del Cuerpo Académico de Retórica, Lógica y Teoría de la Argumentación. Sus líneas de investigación son epistemología, filosofía del lenguaje, argumentación y lingüística.

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