Martes, 23 Diciembre 2014 00:00

La poetización de la disfunción eréctil Destacado

Escrito por
Valora este artículo
(3 votos)
Escena de amor Escena de amor

Hace algún tiempo, mientras leía los Amores de Ovidio, descubrí una curiosidad que me pareció muy significativa —e incluso sintomática— sobre nuestro común acercamiento a los “clásicos”.

Ya sabe usted: Ovidio, ese poeta romano tan conocido por haber escrito hace dos mil años un poema donde aconsejaba paso a paso cómo enamorar a la mujer deseada: dónde buscarla, qué decirle, qué callar e incluso cómo aprovechar los convivios para halagarla tomando el vino como tinta perecedera y trazando piropos en la mesa con el dedo.

“Aquí puedes decir con lenguaje encubierto muchas cosas

para que las sienta a ella misma dirigidas,

y sutilmente escribir piropos con el vino

para que en la mesa la mujer se sepa tuya,

y verla a los ojos con ojos que confiesen tu fuego:

a menudo un rostro callado tiene voz y palabra”

Ovidio, Ars Amatoria, I, 569-575.

El punto es que Ovidio también escribió un libro con una buena cantidad de poemas cortos en torno al tema del amor: amor en un sentido más carnal de lo que quizá podríamos pensar hoy, amor en cuanto impulso casi enfermizo y enloquecedor que hace que el amante esté imposibilitado para pensar en otra cosa que no sea la persona deseada, que provoca que se pase horas y horas rogándole, clamando por su favor y lanzando imprecaciones contra las puertas que se mantienen cerradas ante él. Sí, hay poemas que son literalmente eso: maldiciones contra las puertas de la casa de la amada.

El libro al que me refiero se titula Amores y colocó a Ovidio en un lugar privilegiado en la historia de la literatura: esa visión del amor es la que se prolongará durante los siglos hasta llegar a Petrarca; y de él, a prácticamente toda la literatura occidental. Ahí tenemos, por ejemplo, al hijo legítimo de Hernán Cortés, Martín, en una balbuciente Nueva España aún con olor a sangre y peste, que decide hacer su incursión en el docto mundo literario. ¿Y de qué escribe? Del amor furibundo de un pastorcillo:

“De amor y de fortuna despreciado,

de accidentes mortales combatido,

de congoja y dolor tan apurado,

que el seso le fallece, y el sentido,

iba un pobre pastor desventurado

buscando de una sierra lo escondido;

tanto el tormento ya le desmayaba

que entre un peñasco y otro se arrojaba”

Octavas de don Martín Cortés, en Flores de Baria Poesía, siglo XVI.

Pues bien, la curiosidad de la que hablo ocurrió al estar leyendo los Amores en la edición de una de las colecciones bilingües de clásicos grecolatinos más respetadas académicamente, la Loeb Classical Library de Harvard. La obra de Ovidio está dividida en tres apartados —llamados libros— y tiene un total de 49 poemas o elegías. La edición que estaba leyendo es de 1914, con un tal Grant Showerman como traductor al inglés. El caso es que llegué al poema 6 del libro III y me di cuenta de que el que seguía justo después era el 8. Al principio pensé que era un error y que los editores se habían equivocado en la numeración, pero lo investigué un poco y corroboré que no era el caso: el poema 8 era efectivamente el 8 en cualquiera de las ediciones, así como todos los subsecuentes. De modo que en esta edición en particular se había omitido, sencillamente y sin ningún aviso al lector, el poema 7.  ¿Por qué?

Eso fue lo que descubrí al terminar de leer el libro III. Al final de esa edición aparece el último poema, el 15, con su respectiva traducción, y justo después vemos aparecer el poema antes omitido, el número 7, pero sin versión en inglés. Ahí está el texto, sólo en latín, para que lo descifre el que lo pueda descifrar. Por supuesto que no se podría dar un mejor incentivo para ver qué decía el poema, y sobre todo, para entender por qué el traductor, sin sentir siquiera necesario dar explicación alguna, había decidido no verterlo al inglés. Empecé a leerlo y fue ahí cuando comprendí: el poema era un vivo retrato sobre la frustración de un amante al padecer disfunción eréctil cuando por fin logra estrechar a la amada. En un momento preciso, después de describir su miembro como “moribundo, más lánguido que una rosa tomada ayer”, le habla directamente, lo llama “la peor parte de mí” y lo culpa finalmente de sus desgracias. Será, me imagino, uno de los casos contados —en la literatura antigua— de un vocativo refiriéndose al propio pene, y es justamente una invectiva: pars pessima nostri.

Les dejo mi propia versión al español, más para divulgación que para clasicistas:

“¡Pero qué bella y qué bien formada ella!

¡Cuántas veces la buscó mi deseo!

Pero no pude, lánguido, poseerla;

sólo yací en el perezoso lecho,

ahí, como una calumnia pesada.

Ni pude, deseoso yo y ella también,

gozar de esa parte agradable de mi ingle cansada.

Puso ella sus brazos de marfil en mi cuello,

brazos más blancos que la misma nieve,

y con tal ardor dio besos y besos

donde lenguas batallaban;

su muslo candente a mi muslo acercó;

me hizo mil halagos y me dijo su señor

y hasta esas palabras que a todos excitan.

Pero mi miembro, tocado por fría cicuta,

deshizo flojo mi intento.

Ahí quedé echado, tronco inerte, mera apariencia,

peso inútil, sin saber si era yo cuerpo o sombra.

¿Cuál habrá de ser mi vejez, si acaso soy viejo,

cuando el vigor falta a sus propias reglas?

Ah, ¡vergüenza de los años! Siendo hombre y joven,

ni hombre ni joven me experimentó ella.

Se levantó como casta sacerdotisa

que va hacia los sagrados fuegos,

como hermana respetable con su querido hermano.

Y hace poco cumplí mi oficio al hilo,

dos veces con la rubia Clide,

tres veces con la blanca Pito,

tres veces con Libas.

Ah, y Corina...

que en una breve noche

me hizo sostener nueve embates. 

¿Languidece maldito mi cuerpo

con algún veneno exótico?

¿Algún conjuro o yerba me daña?

¿Grabó una bruja mi nombre en cera ensangrentada?

¿Su aguja sutil en mi hígado insertó?

Encantado, el trigo se hace hierba estéril;

las aguas de la fuente retroceden hechizadas;

las bellotas caen embrujadas de los robles;

las uvas, de las vides;

los frutos vuelan y nadie los mueve.

¿Por qué no puede haber encantamientos

que entorpezcan mis fuerzas?

Tal vez por eso ya no siente este cuerpo.

¡Y encima la vergüenza del hecho!

Lo empeoró todo:

Fue la segunda causa del penoso efecto.

¡Y qué chica ante mí, que sólo vi y toqué!

Pero era como si la tocara su misma ropa…

Al tocarla, se haría joven cualquier viejo;

el más arrugado se encendería con ella.

Mujer así me había caído y yo ni hombre fui.

¿Qué súplicas haré? ¿Qué promesas?

Hasta los dioses se arrepintieron

de ofrecerme ese don que usé tan mal.

Quería que accediera; accedió.

Buscaba yo esa boca; la besé.

Quería tenerla cerca; la tuve.

¿Para qué tal fortuna?

¿De qué sirve un reino sin reinar?

¿De qué, si sólo he sido un rico avaro sin riquezas?

Así muere de sed Tántalo en medio del agua

y tiene a la mano los frutos que nunca tocará.

¿Quién amanece tan puro en el lecho de una chica así,

como si en seguida fuera con los sacrosantos dioses?

Pero no, no acarició como sabía;

no me dio sus mejores besos;

no me buscó con todo su ahínco.

Ella conmovería con caricias a pesadas encinas,

al duro diamante, a las sordas piedras.

Tenía con qué conmover a todo ser vivo, a todo hombre.

Pero yo no era ser vivo, ni hombre.

¿De qué serviría que la mejor voz cantara para oídos sordos?

¿De qué sirve la mejor pintura a un mísero ciego?

¡Y qué placeres no había yo forjado en mi callada mente!

¡Qué posturas no había imaginado y dispuesto!

¿Y mi miembro? Echado vergonzosamente,

moribundo, más lánguido que una rosa de ayer.

Y míralo ahora: tan vigoroso y tan fuerte.

Tan inoportuno.

Ahora busca trabajo, ahora busca su milicia.

¿Por qué no cuelgas mejor ahora, pudoroso, peor parte de mí?

Así me han cautivado antes tus promesas.

Engañas a tu dueño. Apresado por ti, desarmado,

he sufrido tan casto daños funestos.

Y mi muchacha, incluso, no se negó

a estimularlo con su suave mano,

pero cuando vio que no había artificios para reponerlo

y que quedaba ahí, olvidado de sí mismo, dijo:

'¿Por qué juegas? ¿Quién te exigía, enfermo,

poner tu pene en mi cama si no querías?

O una bruja te hechiza con sus hilos de lana

o vienes cansado de otro amor'.

Saltó al instante, vestida con su túnica ligera

y con pies descalzos corrió lejos.

Ay, y para que no supieran sus criadas que salía intacta,

con un baño silenció el agravio.”

Ovidio, Amores, III, 7.

Debo decir que, si a mí me hubieran introducido a la literatura antigua con este tipo de textos, me habría interesado mucho más de lo que me ocurrió al inicio. Me habría parecido menos ajeno y acartonado aquel mundo. Recuerdo ahora las pocas clases que tuve en la Licenciatura en Letras Hispánicas donde vimos directamente a Ovidio y sólo recuerdo letargo y aburrimiento generalizados. La verdad es que sólo me vienen a la mente textos indigestos por la profusión de notas al pie; ya sabemos, esas explicaciones que sólo los clasicistas hacen por afán de exhaustividad académica y que convierten al texto en un amasijo ilegible de referencias que se deben aclarar fuera del texto como tal, o en casos más extremos, en una traducción tan peculiar, que para entender el español es casi preciso saber latín.

Y ése es justamente el punto: que la academia, a la vez que nos ha hecho posible la lectura e interpretación de los autores antiguos, nos ha levantado comúnmente una especie de barrera para degustar esa misma literatura. El caso de la edición de la Loeb de los Amores de Ovidio es ejemplar al respecto: se renuncia de la manera más deliberada a divulgar un poema porque traspasó ciertos límites fijados actualmente. Por supuesto, es una edición de hace un siglo, pero lo cierto es que ese mismo criterio se mantiene —aunque de maneras más sutiles, y por tanto más peligrosas— en traducciones que aún son de uso cotidiano cuando alguien se quiere acercar a los clásicos. Podríamos efectivamente elaborar una historia del pudor con base sólo en las traducciones que se han hecho de Aristófanes: consúltense las distintas maneras en que se han atenuado pasajes donde el gran comediógrafo griego decía algo tan explícito como “pene” —o mejor, con matices más altisonantes como “verga”. ¿Cuáles habrán sido las variantes de traducción de aquel “pedicabo ego vos et irrumabo” de Catulo, que literalmente es “les daré por el culo y me la chuparán”?

Dios Mercurio

En fin, el poema de Ovidio es sólo una muestra de lo que aún pueden decirnos autores de hace dos mil años. El poema nos habla tan directamente como los dibujos de seres membrudos como Príapo en los muros de Pompeya. Quien haya entrado a un baño público sabe a lo que me refiero. Por cierto, ¿sabía usted que en latín hay una palabra específica —sopio, sopionis— para referirse a esos dibujos de hombres caricaturizados con el pene anormalmente grande? Si uno se pone a investigar un poco más, rápidamente se topará con lo que parecería cierta obsesión romana por lo fálico.

De cualquier modo, ese ir y venir contradictorio por parte de la voz frustrada del poema es producto de una evidente cualidad de Ovidio como retratista psicológico: voz que, en medio de su desconcierto, cambia de opinión y vacila; voz que culpa a tantos porque en el fondo sabe que la culpa es sólo de uno. ¿No es, precisamente por esa magnificación psicológica de una tragedia común y trivial, capaz de generar empatía con cualquiera? Pero quizá no es tan trivial: ésos son los momentos en que, por así decirlo, la existencia entera, lo que da sentido a un instante particular, parece pender de un hecho sencillo y banal como la erección. Tragedias antiguas y modernas.

Y pensar que poemas como éstos se conservaron gracias a la docta y diligente labor de copistas monacales medievales…

Modificado por última vez en Martes, 23 Diciembre 2014 19:33
Joaquín Rodríguez

Profesor y traductor. Licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG y maestro en Letras Clásicas por la UNAM.