El envejecimiento de una generación podría entenderse fácilmente como la necesidad de ésta a dejar huella en la juventud del momento, imponiendo ciertos gustos y lineamientos morales que considera adecuados, en tanto un consumo cultural permitido, dirigiendo a aquellos que no tienen conciencia, a los ojos de los veteranos del mundo, de qué es lo que quieren.

Qué, cómo y cuándo deben consumir determinados productos parece lo apremiante. La modificación de los mismos y la censura son necesarias en este punto con el fin de preservar la integridad de aquellos nuevos integrantes de la especie.

El olvido es la antesala. Para una generación que creció con el Rastamandita (“baila rica nena, sabrosito, baila rica nena, más pegadito”), el Puto (“el que no brinque, el que no salte”) y la Ingrata (“por eso ahora, tendré que obsequiarte un par de balazos, pa´ que te duela”), que repentinamente se dio cuenta, a sus 30 años de edad, que todo lo que consumía en su juventud era maligno para el mundo y violentaba al otro de forma indescriptible, resulta verdaderamente ridículo que empuñe el sagrado cetro de la corrección política y la moralidad suprema.

La imposición y el olvido parecen aquí lo único que cuenta. No importa qué fue aquello que consumimos en nuestra juventud, los CDs pintados con plumón, los libros prestados que jamás regresaron, no es necesario reconocernos en el otro y en sus necesidades sexuales, sociales o económicas, no; nos colocamos en el pedestal del santurrón con mirada altiva y bajamos benignos los ojos al mundo a nuestros pies: ellos necesitan un mesías.

En una más de sus malogradas columnas de chochez, Enrique Krauze asegura: “La Generación de los Millennials no podrá permanecer on hold. La adolescencia no puede prolongarse indefinidamente. Los más jóvenes tienen 20 años, los mayores 35” (http://www.enriquekrauze.com.mx/joomla/index.php/opinion/97-art-critica-social/976-el-misterio-de-los-millennials.html). Señalamiento que si bien no se ejerce sobre sí mismo, una generación por demás anquilosada en sus letras, sirve de recordatorio para darnos cuenta que el tiempo avanza y nosotros, los ya no tan jóvenes, con él.

¿Nuestro afán en pos de lo políticamente correcto y el lenguaje incluyente es síntoma de envejecimiento generacional? Después de tener “mi funny pinga for your little chichachicha” indignarnos por la discriminación que ejercen los otros con su lenguaje parece una falta de coherencia.

"Éramos bien jóvenes cuando se compuso y no estábamos sensibilizados con esa problemática como ahora todos sí lo estamos. Creo que es un momento de repensar si la vamos a seguir tocando o si le cambiamos la letra" (http://www.milenio.com/hey/musica/cafe_tacvba-ingrata-homenaje-soda_stereo-argentina-milenio-noticias_0_907709426.html), dijo Rubén Albarrán, integrante de Café Tacuva, a manera de disculpa por haber creado una de las canciones que modificaron la conducta, de por sí violenta, del mexicano, dando pie al mayor número, si se me permite el sarcasmo, de feminicidios en el país: La Ingrata.

La autocensura es el siguiente paso. Olvidando la libertad ganada en la juventud para decir todo aquello que cruzara por nuestra cabeza (“te persiguen si sos puto, / te persiguen si sos pobre (…) / Y váyanse a toda la concha de su madre”), una libertad por demás atesorada con la cual, a punta de palabras, se pretendía cambiar el mundo y los discursos impuestos por generaciones pasadas, traspasando el inquebrantable y frío muro de silencio, procedemos a construir uno nuevo, uno que cuide la castidad de los recién nacidos jóvenes. El desprecio viene inscrito con fuego en la misma acción, como si creyéramos que, por su edad, los nuevos ciudadanos no tuviesen voluntad, como si sus mentes fueran la tabula rasa de Locke esperando las inscripciones con cincel de los productos culturales generados por la generación dominante. ¡Cuánta vanidad!

Pensar que si se consume determinado producto cultural, violento, hará que una persona tome las armas y salga a matar a los otros, es algo que ya fue ridiculizado por Marilyn Manson en la entrevista que le hace Michael Moore para el documental Bowling for columbine, al ironizar que él tenía la culpa de todas las masacres juveniles en Estados Unidos.  

Ahora nuestra generación se alza, con su carga de olvido, buscando un mundo mejor para los que vienen, un mundo que censure el idioma por ser violento, un mundo que reprima las expresiones coloquiales, un mundo que le diga a los creadores de arte qué es adecuado y qué no, un mundo incluyente, que muestre todas las variantes sexuales habidas y por haber en una narrativa, aunque esta trate sobre marsopas, que muestre al hombre-macho-patriarcal con su carga de violencia en situaciones no imaginadas, sino, consensuadas por la audiencia. En resumen, la construcción de una nueva moralidad esgrimida con denuedo religioso.

Y de repente, olvidando y autocensurando el “cada vez que te miro se me para” aprendido en la juventud, dejando atrás “su culo brilla más y más me atrae con su dulzura”, con Jennifer López retumbando en la memoria negada mientras pone “su culo junto las cerezas”, martillando un “puto, puto, puto” constante que no para como “cada vez que te miro se me para, mi corazón” va “dejando otro perrito que le mete a este sistema el dedito en el culito”, dejando que siga sangrando y retorciéndose el ”gran culo de este mundo”: un gran culo que repite como letanía aquellas palabras, modificadas y pimpeadas, de sus padres, un culo que se arruga, que palidece.

Nuestra generación, Millennial por llamarle de alguna manera, está envejeciendo, y con ella sus gustos y pecados del pasado son lavados en las aguas presurosas del olvido, para dar paso a un anquilosamiento temprano que busca imponer preceptos morales en boga, lo cual nos parece correcto, pero quizá sean estos mismos preceptos los que nos garanticen la disrupción con la generación venidera, el conflicto necesario.

Publicado en Análisis social

El otro no existe. No, a menos que podamos modificarlo a nuestro antojo y hacer que se parezca a nosotros, educarlo por una causa; sólo en ese momento el otro, el desconocido, adquiere existencia, adquiere un nombre.

El otro es una suerte de animal salvaje que vaga por las llanuras de las avenidas pavimentadas y las accidentadas callejuelas adoquinadas, se esconde bajo la sombra de los árboles raquíticos de los camellones, como si ocultara el pecado entre sus ropas pasadas de moda; anda sobre sus pies, lanzando piropos por entre los dientes a cuantas personas ve pasar: un violento que busca pasar desapercibido a ojos de “la buena sociedad”.

-          ¡Debemos educarlo! – gritan en la esquina del listado eterno de comentarios en Facebook- No, debemos aniquilarlo, desaparecerlo- responden los extremistas, acompañando el mensaje con algunas reacciones representativas del enojo, del desprecio, del odio.

El otro, el innombrable, el macho, el asesino, el violento, el salvaje, el maltratador, fumador, contaminante, antiorgánico, no lee los mensajes bajo el video que lo muestra a él siguiendo lascivamente con la mirada el contoneo de las nalgas de una mujer en el Centro de la ciudad, un chiflido, unas palabras: su violencia es evidente, sus mecanismos de seducción no concuerdan con los ritos sociales aceptados por aquella que camina tranquilamente, “hacia la justicia, hacia la libertad”, ni por aquellos que miran con arrogancia detrás del monitor.

Despojado de su nombre pero a la vez nombrado de mil maneras, el otro desaparece en un mar de odio y desconocimiento. Se vuelve un personaje, un avatar de sí mismo; el otro, a ojos de la mayoría apabullante en redes sociales, se vuelve aquel que dedica su vida sólo a mirar: no tiene trabajo, no tiene familia, no tiene relaciones sociales, es más, no come, no respira… es pedestre, ese es su pecado.

Pero no el único. Quizá su mayor pecado sea haber nacido pobre. La falta de capital económico lo orilla a no sentir como propios los ritos establecidos por aquellos que se han ganado la vida trabajando “honradamente”, que tienen consciencia de clase, un sistema de valores internalizados de los cuales no participa.

Los mercadólogos, en un afán de nombrar grupalmente a sujetos de acuerdo a sus hábitos de consumo, definieron a la Generación X como “la generación perdida”. Su falta de conciencia de clase hacía que la generación no participara del boom de consumo de la década de 1980 -que, por cierto, más tarde se les olvidaría-, arrobados por la música, la ropa barata-rota y el alcohol callejero, compartían espacios públicos sin importar el poder adquisitivo del otro, sin establecer ritualidades distintas para cada una de las clases sociales.

Se entiende la preocupación del sector productivo y su posterior aprendizaje. Si algo les dejó ese fracaso generacional fue la necesidad de establecer una segmentación, un punto que hiciera que unos se sintieran mejor que otros a partir de los objetos que pudieran consumir. Pese a la ausencia de conciencia de clase podían dividir a la Generación X en tres sectores: aquellos que tenían capital económico, aquellos que tenían poco capital económico y aquellos que no lo tenían.

Sabemos bien que la Generación X, los Millenial y Zillenial, no son otra cosa que afanes reduccionistas para encasillar a un grupo de consumidores potenciales. ¿El problema? Funciona bastante bien a la hora de hablar de ellos en lo general -sobre todo si nos referimos a la clase media- aunque no podemos saber si fueron los mercadólogos quienes estudiaron los comportamientos generacionales o, antes bien, son ellos quienes crearon dichas generaciones y sus respectivos nichos de consumo.

Para un mercadólogo un cholo seguirá siendo cholo pese al paso del tiempo. Su bajo poder adquisitivo lo define, la ritualidad de sus acciones será aprendida a través de una mercadotecnia dirigida para su clase. Sus hábitos de consumo serán delimitados por aquello que la necesidad determine, pero no sólo eso: su comportamiento social, sus relaciones personales, su manera de amar, de seducir, también serán parte de una ritualidad aprendida de forma generacional.

El pobre, el despojo social, no entrará en las definiciones de los mercadólogos. Atado por la necesidad escapará de las condiciones de consumo establecidas para formar parte de una nomenclatura generacional. Su consumo cultural se restringirá a aquello que llegue a aprender en las calles o, muchas veces, entre las clases bajas, en la cual puede moverse sin ninguna dificultad, pero no participando de ella.

El consumo mayoritario estará enfocado en otro lado. La separación será evidente. La brecha entre las clases sociales ya no sólo será económica, sino que, ahora, será cultural; la imposibilidad de entender al otro, al cholo, al pobre, al que no tiene poder adquisitivo, sólo será posible a partir de la conciencia de clase. La clase media se alzará como poseedora de una verdad ideológica y mirará con desdén a todos aquellos que no participen de la misma.

Será la clase media educada, “la buena sociedad”, la que establezca las normativas morales de las cuales todos -sin contar con la participación de los dueños de los grandes capitales- tendrán que participar, so pena de ser excluido, de ser señalado como “el otro”.

La clase media, los Millenials -un sector ya definido enteramente por sus hábitos de consumo-, establecerá las nuevas ritualidades de las cuales sólo ellos podrán participar. Las formas de seducción que se seguirán ejerciendo en los estratos bajos de la sociedad pasarán a ser una violentación ante su presencia; el salvajismo con el que el otro-pobre coquetea con la otra-pobre no cabe en los paradigmas morales de las nuevas prerrogativas protegidas con ahínco religioso por los nuevos privilegiados sociales.

El espacio público se convertirá, entonces, en espacio de disputa – o en disputa-. El otro, el pobre, el sin nombre, el de ritualidades violentas para la seducción, mirará a una Mariana, una Sofía, una Sandra, a las cuales jamás podrá acceder debido a su condición, a la forma “violenta” en la que se han sedimentado ciertos aspectos de su cultura, de su comportamiento. En cambio, los poseedores de la verdad, “las buenas conciencias”, clamarán detrás de sus monitores, mientras observan a ese “pervertido” seguir con la mirada a la guapa joven de tez clara y lentes oscuros, por la reeducación de los sin nombre, el adoctrinamiento para que -no participando del espacio público- aprendan a negar su “animalidad”, su salvajismo de callejón oscuro, y participen, de una vez por todas, del consumo responsable, aunque para ello el dinero nunca será suficiente.

El otro vuelve a la sombra. Se acurruca en el camellón mientras, a sabiendas de su pecado, mira a la gente pasar a su alrededor.

Publicado en Análisis social

No puedo negar la conmoción que tengo cada vez que vuelvo a ver el video que “La Mars” grabó al más puro estilo de una estrella de cine que, además, parece ser experta en la ciencia de la vida.

Conmoción que supongo, debe relacionarse, de alguna manera retorcida, con aquello de “lo bello y lo sublime en Kant”. Un espasmo comparable a la contemplación de un huracán a mar abierto o de aquella pintura de Saturno devorando a sus hijos de Goya, donde el horror y la fascinación encuentran su equilibrio para no dejar de mirar.

Y es que, al iniciar el video con la bomba argumental “tengo dieciséis años y tomé conscientemente la decisión de dejar el bachillerato”, no puede más que recordarnos, con una bofetada a aquellos que ya pasamos por aquel encantador torbellino de hormonas e ideologías, solamente superable por la satisfacción de que no volverá a repetirse, como era el mundo a esa edad.

Y es que en sentido general, uno no logra desentenderse del todo con la molestia que al parecer parapeta la renuncia a las instituciones, el sistema y a lo convencional en que se mira la vida desde ese enfoque. Al parecer, algo hay de verdad en ello. Pero bueno, habría que desmenuzar lo que pasa, cómo pasa, cómo no pasa y qué podemos hacer al respecto.

En primer lugar, el énfasis que hace desplegar todas aquellas críticas al sistema educativo: que son guarderías para entretener a los estudiantes, que te saturan de información inútil para la vida práctica, que te convierten en borregos, etc. En todas ellas, debo confesar, estoy tan de acuerdo  que me tatué su cara en el chamorro como símbolo de simpatía y buen gusto. Pero al notar que se parecía más a Aristegui, terminé por borrarlo. Lo sé, ha sido una semana muy intensa para un servidor.

Pero regresando al tema central, creo destacable acentuar algunas omisiones que detecto como profesor de bachillerato que he sido, y que desde la trinchera académica que he vivido puedo observar.

1. - El sistema educativo apesta

Es cierto, si lo comparamos con países de primer mundo, la distancia es larga y triste a la vez. Pero la comparación con 7-8 países de primer mundo durante los últimos 50 años, no creo que sea justo para la historia de la educación, es decir, excluir todos aquellos escenarios políticos-sociales-culturales que han generado educación en la humanidad, es no entender qué se busca entonces con la educación.  Y es que podemos hablar de las excelentes habilidades que logran las personas en modelos como en Japón, donde la disciplina y la excelencia son la carta fuerte de presentación. Excluyendo como he mencionado anteriormente el contexto al que pertenece.

Sería como pretender que si tomas a un montón de indígenas de la sierra tarahumara, meterlos a un colegio ingles durante tres años, para posteriormente regresarlos a su comunidad, con sus familias, su  economía y sus problemas tan específicos y que todo aquello se solucione por medio de la magia educativa. O al revés, esperar que un mirrey termine la escuela pública, regresa al seno materno como un sujeto nuevo, con consciencia social que le permite exigir la igualdad de condiciones desde su Iphone. Y pasa. Pero el sentido de la educación dista de esto.

Personalmente debo de confesar que uno de los momentos más difíciles de la actividad docente es entender que lo que se enseña, no es lo que se aprende, que lo que se aprende no va a tener el uso que uno espera por parte del estudiante, que a final de cuentas, el estudiante deberá descubrirse como un agente  libre y activo dentro de su vida.

Que debe encontrar dicha libertad en medio de un proceso conductista, estandarizador y en ocasiones muy poco alentador para dichos fines. Pero, entonces ¿para qué estamos educando? Sería la pregunta obligada.

Es verdad, el sistema educativo fue diseñado para generar modelos de conducta estandarizados. Que tragedia para la existencia humana. Eso, hasta que en el viaje que llamamos vida, comenzamos a conocer gente que en su escasa comprensión de los fenómenos del mundo, comienza a tomar esa libertad para ejercer acciones a diestra y siniestra para su beneficio inmediato. Corrupción, violencia, apatía, perjuicio involuntario, por mencionar las que se me vienen a la mente en este momento. Aquellas personas que en ocasiones hacen gala de su inconsciencia y que entonces sí, nos molesta muchísimo que incluso una persona no acate las normas de modales básicas, SON UNOS ANIMALES, nos grita la doble moral.

Es complicado entender esta extraña dialéctica entre la tradición y la vanguardia de las ideas, pues es verdad que la tradición estropea la creatividad de nuevas propuestas, pero también hay que decirlo, la vanguardia sin tradición termina siendo algo similar. Propuestas innovadoras que ya se plantearon mucho antes, errores que pudieron evitarse con conocimiento y experiencias pasadas.

2.- Sigue tus sueños y no seas una oveja del sistema

Es un llamado al amor propio por donde uno lo quiera ver, es, en esta ocasión, la dialéctica entre el individuo y la sociedad lo que está en juego. Ojalá todo fuera seguir tus sueños, en serio, OJALÁ. Pero resulta que hasta los sueños más pequeños requieren de esfuerzo y sacrifico para ser logrados. Sobre todo cuando tienes 16 años y tu vida es lo suficientemente estable, como para dejar la escuela de manera consciente. Es decir, todo el trabajo, planeación, sacrificio que por parte no solo de los padres, si no de los abuelos, familia y amigos que dan la estructura para tal solvencia moral.

Seguir los sueños individuales abandonando los compromisos con el entorno es una respuesta rápida de consecuencias lentas. Es en el reconocimiento del otro donde vemos los mejores frutos para los proyectos individuales. Y no sólo del otro como mi compa con el que voy a poner un bar en la playa para poder emborracharme mientras trabajo. En el reconocimiento de instituciones, clases sociales, empresas, procesos y complejidades del mundo actual que dan las herramientas necesarias para la concreción de dicho proyecto.

Pero, ¿dónde habrá un lugar para poder desarrollar dichas habilidades? Digo, un lugar donde los recién llegados pudieran experimentar en un ambiente controlado, las circunstancias más comunes de la vida. Un lugar donde pueda el sujeto experimentar la frustración, el desanimo, las fallas de un contexto mucho más complejo. Un lugar donde tenga un escenario para experimentar las propias potencialidades. Donde se pueda encontrar con personas que le den la desaprobación de sus iguales ante la iniciativa y donde al mismo tiempo pueda encontrar en quienes apoyarse. Un lugar a final de cuentas, donde pueda ir, poco a poco, discerniendo que hay gente que te apoya en ciertas circunstancias, que te entorpece en otras y que para todo ello hay una estrategia para salir adelante dentro de su propio contexto. Sería como un sueño hecho realidad. 

3- Las cartas sobre la mesa

Lo complejo es entender que todo está en el mismo paquete, que la vida en las escuelas no es color de rosa, pero afuera de ellas la cosa se pone un poco más verde caca. Que el estudiante toma las herramientas si quiere, si no, puede pasar de largo, pagando las colegiaturas como si se tratara de la mensualidad del gimnasio en enero, ¿si pagas, eso quiere decir que ya estas mamado no? Pos no.

Ante este escabroso tema sobre la educación hay que entender que cada contexto va a determinar la necesidad. Que “la necesidad” siempre surge en la práctica, no en la teoría, que “la teoría” siempre va a estar atrasada por ello mismo y que es responsabilidad única del individuo estar al pendiente de todo ello en su vida adulta.

Aplaudo la sinceridad y el entusiasmo con que se hizo el video. Me ha puesto de nueva cuenta frente a lo que amo de las redes sociales, el rostro de lo que está pasando allá afuera, lejos de los muros de mi personal imaginario donde todo tiene sentido.

Si bien el futuro de la educación es cada vez más incierto: nuevas tecnologías, recortes presupuestales, los millenians (…) todo ello es la constante de los tiempos actuales y al respecto solo me queda recordar las palabras del Mark Twain: El hombre es un experimento; el tiempo demostrará si valía la pena.

Publicado en Análisis social

En los últimos años, el tema de género ha cobrado una presencia muy importante no sólo en el discurso gubernamental, sino también en otros ámbitos como el educativo. Sin embargo, en pocas ocasiones se entiende adecuadamente el concepto que, por lo demás, no resulta tan oscuro cuando se logra comprender la distinción primaria entre sexo y género.

De manera errónea se asocia el sexo con el género, puesto que se cree que son sinónimos o equivalentes, cuando esto no es así. El sexo (entendido aquí como el sexo anatómico con el que nacen los sujetos y no con la noción de sexualidad y prácticas sexuales que involucran proceso sexo-afectivos) se determina al nacer o antes de nacer; y a partir de indicar si es niña, niño o un bebé que presenta un desorden del desarrollo sexual (conocido como intersexualidad), se le asignan a los sujetos roles, acciones y hasta colores: si es niña, se le suele vestir de rosa, mientras que si es niño se le viste de azul.

Esa asignación que se realiza a partir del sexo, es lo que denominamos “género” y constituye así un elemento fundamental porque determina, a lo largo de la vida de los individuos, roles y hasta gustos, preferencias o comportamientos. El género, entonces, se convierte en lo que algunas académicas denominan como “principio simbólico ordenador”, es decir, un principio sobre el cual se redactan leyes y se siguen costumbres y tradiciones. En otras palabras, el género forma parte de la cultura y, como tal, varía en tiempo y en espacio: no es lo mismo ser una mujer mexicana en el sur del país, que serlo en el occidente, como tampoco es lo mismo haberlo sido hace doscientos años que ahora, por ejemplo.

En ese sentido, como podemos observar, es que se dice que el género se construye a partir del discurso, o sea, a partir de todos esos elementos dados por la sociedad, la cultura, la historia y hasta la filosofía. Por lo que es una imprecisión decir que los estudios de género quieren cambiar el sexo de las niñas y de los niños, o de la gente. No se trata de eso, sino de hacerle comprender a todas las personas que su sexo no las limita, si ellas así lo desean, a realizar actividades que tradicionalmente no están asociadas a su sexo: si se es hombre, se puede ser un buen cocinero; o si es mujer, se puede ser una buena líder.

Los estudios de género (que no “teoría” o “ideología”, pues están conformados por muchos puntos de vista y formas de acercarse a este concepto) no son homogéneos en su conjunto. Esto es, si bien todas las posturas parten de este principio, también es verdad que dentro de ellos hay quienes, incluso, señalan que en América Latina deberíamos desligarnos de dicha categoría pues ha sido un concepto acuñado desde Europa y Estados Unidos, postura que tampoco se equivoca en su señalamiento fundamental. Sin embargo, y pese a esta disparidad de posturas que llegan a convertirse en puntos de encuentro y desencuentro, sí podemos señalar que la intención profunda que motiva a quienes nos dedicamos a ellos es la búsqueda de justicia a través de igualdad de oportunidades para las personas, independientemente de su sexo, su sexualidad y sus prácticas sexoafectivas. No porque se es mujer se debe impedir el acceso de ellas a la esfera pública; y no por ser hombre se debe impedir que desarrolle sus habilidades y potencialidades en terrenos considerados femeninos, ya sea en la esfera pública o privada. Así como tampoco por no ajustarse a determinadas prácticas heterosexuales se le debe impedir a la persona de acceder a la justicia.

Es ahí, en la discusión en torno a la garantía de los derechos humanos, donde los estudios de género han contribuido a abrir espacios para todos. Por ello, resulta preocupante que se generalicen ciertas posturas, lo cual vuelve reduccionista a dicho punto de vista, y se les tache con términos morales como la “maldad” o la “perversión”, pues, como queda dicho, hay varias formas de acercarse a este tema con las cuales no todos tenemos tampoco que coincidir (de hecho, así sucede al interior de la discusión académica).

Por ello, seguir insistiendo desde determinadas esferas de poder político o no, que los estudios de género son una amenaza al orden social conocido y establecido que desestabiliza a la familia o que daña irremediablemente a la sociedad, es un señalamiento con consecuencias igualmente graves, pues provoca una resistencia a la incorporación de la perspectiva de género en ciertos sectores. Es cierto que también aquí hay que hacer una autocrítica y comentar que, en ocasiones, quienes se encargan de poner en práctica esta perspectiva carecen del bagaje teórico-conceptual para entender a profundidad el propósito y fundamento de determinada acción. Pero crear y reforzar posturas encontradas, sin que medie el diálogo entre ambas, suscita no sólo controversias, sino auténticas confrontaciones entre los miembros de la sociedad.

Es así como, lejos de generar un clima de entendimiento, se atiza el enfrentamiento que en nada contribuye a la armonía social. La escucha atenta del otro, el entendimiento de su punto de vista y el diálogo a partir de las coincidencias, que sí las hay, facilitaría en mucho el camino para allanar las desigualdades sociales y, por ende, disminuir la injusticia. Y si bien es verdad que los estudios de género no necesitan una defensoría especial, también es cierto que cuando hay una imprecisión de esta envergadura, es nuestro deber señalarla sin temor alguno, pues quien calla ante el error, se vuelve cómplice de las consecuencias de éste.

Publicado en Divulgación

En múltiples ámbitos de nuestra cultura actual, se han propagado ciertas creencias que podrían resumirse en el célebre verso del poeta asturiano Ramón de Campoamor, que reza así: “En este mundo traidor / nada es verdad ni nada es mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira”. Este principio, que en la tradición filosófica es conocido como relativismo, establecería que cualquier opinión o punto de vista es aceptable, no siendo ninguno mejor que otro. Así, se considera que la ciencia está al mismo nivel que la chamanería o las supersticiones, y que no hay hechos objetivos, sino una multiplicidad de formas de interpretar el mundo, pues la interpretación es “infinita”.

Desde luego, el relativismo no es nuevo. Surgido presumiblemente con los sofistas –particularmente Protágoras-, el relativismo renace a lo largo de la historia, adquiriendo nuevas formas y planteamientos. En nuestros días, el relativismo ha sido puesto en boga por diferentes autores y tendencias de la filosofía francesa contemporánea, que han sido clasificadas bajo el ambiguo rótulo de “posmodernismo”. Tales posturas también han ejercido cierta influencia en algunas escuelas filosóficas regionales, como es el caso de la filosofía latinoamericana en algunas de sus vertientes.

Aunque la tesis relativista es la constante que une a todas estas posturas, las actuales se diferencian de las de antaño por el empleo de una jerga estrafalaria y un estilo de redacción intrincado y deliberadamente oscuro.

Mas no es ésta la única diferencia: el discurso posmoderno establece un vínculo entre la tesis relativista con cierta concepción del poder. Así, a la afirmación "no hay verdades objetivas", se añade: "la verdad es una forma de opresión", pues se sostiene que un enunciado que sea asumido como verdadero representa, en el fondo, una imposición de un punto de vista sobre otros. De esta manera, colocar al conocimiento científico sobre “otros saberes” es un tipo de represión que efectúa la sociedad occidental sobre otras culturas o formas de vida.

De ahí que esta idea –de eminente cuño nietzscheano y popularizada por Michel Foucault en los años 70- suele ser relacionada con los reclamos en pro de la diversidad cultural, social, racial, sexual, etc. Esto explica porqué en las posturas políticas posmodernas se considera necesario romper con lo que denominan “el pensamiento occidental” y someter a un análisis crítico –“deconstruir”, “decolonizar” dicen sus proponentes- sus conceptos y categorías (v.gr.: “racionalidad”, “objetividad”, “verdad”, “ciencia”, etc.). El argumento es el siguiente: la pretensión de verdad y objetividad en el conocimiento es, en realidad, una compleja estrategia de la cultura occidental para justificar su dominio sobre la diversidad étnica, racial, sexual, etc.; por tanto, afirman los posmodernos, es preciso prescindir de toda pretensión de verdad y objetividad en aras de defender la diversidad.

Claro está, estos planteamientos no resisten la clásica objeción que se ha hecho a todo relativismo, que es derivar la contradicción que entraña su propia tesis: si el relativista afirma que "cada quien tiene su verdad" (y vale también para los relativismos sociales o culturales: "cada cultura tiene su verdad", “cada género…” etc.), uno podría preguntarle si es verdadera tal afirmación. Si su respuesta es negativa, el relativista asumiría que su planteamiento es falso, y no sería necesario avanzar más. Si responde  afirmativamente, surge entonces la pregunta de si es verdadera sólo para él o para las demás personas. Si es verdadera para él, carece de sentido que la pronuncie siquiera, pues posee valor cognitivo sólo para sí mismo. Y si vale para los demás, esto contradice el propio principio al admitir una verdad objetiva, ya que no tendría valor sólo para él. Podría salir al paso admitiendo que hay, por lo menos, una verdad que no es subjetiva, que sería la misma tesis relativista, lo que lo obligaría a un relativismo más mesurado. Pero si a lo anterior añadimos la segunda tesis (“la verdad es un instrumento de poder”), podríamos señalar que al momento de enunciar que "cada quien tiene su verdad", está ejerciendo poder sobre el auditorio, pues la afirmación tendría un carácter objetivo por las razones antes expuestas, y por tanto, represivo -según lo afirmado por la segunda tesis-. Nos topamos así con un terrible círculo vicioso.

La raíz del problema radica en los propios enunciados, pues se trata de afirmaciones que por el hecho de predicar sobre ciertos temas (por ejemplo, sobre el conocimiento), terminan predicando algo sobre sí mismas. Estos enunciados, que en términos lógicos se denominan autorreferenciales, son problemáticos precisamente porque de ellos se pueden extraer implicaciones que contradicen lo afirmado en el propio enunciado. Tales implicaciones podrían evitarse si se introducen algunas expresiones modales que maticen la afirmación (‘Tal vez’, ‘quizás’, ‘posiblemente’, etc.); sin embargo, el discurso posmoderno se caracteriza, paradójicamente, por ser sumamente asertivo.

Pero lo más grave del relativismo son las consecuencias que se presentan en otros campos como la ética o la política. Aquí es donde los teóricos de izquierda se disparan un tiro en el pie cuando recurren al relativismo posmoderno. Si son consistentes con su planteamiento, no podrían denunciar ningún acto éticamente reprobable, ni ninguna injusticia ("lo que es injusto para él, es justo para otros"). Si sólo hay interpretaciones mas no hechos objetivos, ¿cómo podrían denunciarse acontecimientos tales como la explotación, la represión, la corrupción política, la violencia sexual, los genocidios, etc.? Un gobierno represor relativista bien podría apelar a este mismo principio para defenderse: “Ustedes me acusan de ser corrupto y represor, y respeto su punto de vista. Pero es su punto de vista, y como no hay mejores puntos de vista, cada quien para su casa”.

Desde luego, el relativista podrá objetar que para él no aplican los principios de la lógica, señalando que ésta es sólo un tipo de discurso de una tradición cultural determinada. Esto significa que, si su discurso no puede evaluarse en términos lógicos, no habría forma de señalar sus posibles contradicciones o si sus argumentos son válidos. El relativista, al presentar su discurso como exento de análisis lógico, evadiría el compromiso de justificar sus posturas, por lo que no habría manera de someterlas a discusión. Su discurso quedaría, entonces, como una cuestión de fe: o se aceptan sus tesis o no. Lo anterior volvería a la postura totalmente irrefutable e inescrutable, y le restaría definitivamente toda credibilidad.

En suma, si el relativismo radical es tomado en serio, sólo queda el silencio –en caso de que el relativista pretenda ser coherente con sus propias creencias, claro está-. No habría posibilidad alguna de diálogo o discusión; no habría manera de denunciar los abusos del poder, los engaños, la charlatanería o los perjuicios contra otros, ni siquiera en nombre de la diversidad que se pretende defender; no podría establecerse, pues, una postura justificada. Por ello, el relativismo es una de las principales fuentes de error y confusión en la filosofía, las ciencias sociales y otras áreas; espacios en los que lamentablemente se ha viralizado. Por muy atractivo que se vea, el eslogan de que “todo depende del cristal con que se mira” conlleva más problemas que soluciones.

Publicado en Crítica
Viernes, 22 Julio 2016 16:52

Migrantes: ¿villanos o víctimas?

Existen fenómenos sociales que, aunque cerremos los ojos, no dejan de existir. Ignorar un problema no hace que se resuelva o desaparezca, por el contrario, provoca la perpetuación del mismo o lo empeora. Así sucede con la migración, fenómeno social que ha sido una constante en la historia de la humanidad y que está cada vez más presente a nivel global.

La migración internacional, que de acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones, se entiende como el movimiento de personas que se desplazan desde su país de origen o donde han vivido habitualmente cruzando una frontera para establecerse en otro país (ya sea por un periodo de tiempo o permanentemente), plantea cada vez más retos para los migrantes, para los gobiernos y para la creación de políticas migratorias. 

Cuando se aborda el tema de la migración desde cualquier esfera, no debe dejarse de lado el considerar los motivos por los que las personas deciden abandonar sus países de origen y migrar hacia otros. Pese a que existe una gran gama de situaciones que motivan a las personas a migrar, dentro de las principales causas destacan el buscar una mejor calidad de vida para los migrantes y para sus familias, ya que en el país de origen las personas se enfrentan a una elevada tasa de desempleo, además de que estos son mal remunerados y existen condiciones precarias en su nivel de vida. Otro de los factores que motivan de manera importante esta decisión es la cuestión de la seguridad, debido a que en sus países de origen existe un alto índice de delincuencia y criminalidad o, en el caso de las recientes grandes oleadas de refugiados, conflictos internos y una gran inestabilidad política, es la motivación suficiente para salir de la región y proteger sus vidas.

Como ejemplo de lo anterior pueden observarse los datos de la Organización de Naciones Unidas (2013) los cuales señalan que en 2013 los migrantes internacionales alcanzaban los 232 millones a nivel global, mientras que, como se señala en el “Informe sobre las migraciones en el mundo 2015”, aproximadamente el “50% de los migrantes internacionales reside en diez países altamente urbanizados y de ingresos altos” como Estados Unidos, Alemania, Canadá o Rusia (Organización Internacional para las Migraciones, 2015). Estos datos nos dan cuenta de la concentración de los migrantes internacionales en países de primer mundo.

Siguiendo como línea de análisis, en el caso de la migración internacional por necesidad económica para mejorar las condiciones de vida es necesario considerar otro aspecto fundamental: la distinción entre la migración con mano calificada y la migración con mano de obra no calificada. Un migrante calificado es definido como aquel “trabajador migrante que por sus competencias recibe un tratamiento preferencial en cuanto a su admisión en un país distinto al suyo. Por esas razones, está sujeto a menos restricciones en lo que respecta a la duración de su estadía en el país receptor, al cambio de empleo y a la reunificación familiar” (Organización Internacional para las Migraciones, 2006).

Debido a que los migrantes con mano de obra calificada (el caso de profesionistas, artistas, personas con conocimientos altamente especializados etc.) cuentan con estas competencias delimitadas por los países receptores, tienen mayores oportunidades de empleo en el sitio al que llegan. Considerando que los principales expulsores de migrantes son países en vías de desarrollo, donde persisten grandes problemas de pobreza, desempleo, desigualdad y escasas oportunidades de desarrollo, no es de extrañarse que una parte importante de las personas con mano de obra calificada busque desplazarse a países donde tengan mayor oportunidad de desarrollo, lo que se conoce como “la fuga de cerebros”, y aunque el contar con mano de obra calificada no garantiza obtener oportunidades en otro país, sí abre el abanico de posibilidades.

La mayor parte de la migración internacional está conformada por las personas con mano de obra no calificada, debido a esta situación los migrantes se vuelven más vulnerables durante todo su proceso migratorio y aun en su estancia en el país receptor. Dada la falta de oportunidades, a la pobreza, el desempleo, etc., un gran número de personas deciden migrar a países que ofrezcan un mejor nivel de vida o simplemente un empleo que les permita sobrevivir. Muchos de estos migrantes que se encuentran en situación indocumentada, a sabiendas de los peligros a los que se exponen, desde los abusos de las mismas autoridades, robo, secuestros, abusos sexuales, discriminación, hasta el perder la vida tratando de cruzar la frontera ya sea por vía marítima o terrestre, toman la decisión de migrar.

Debido a que se trata de migrantes con mano de obra no calificada y, como se mencionó anteriormente en muchos casos con situación migratoria irregular, estos se ven expuestos a la explotación laboral, a trabajar jornadas largas por sueldos inferiores a lo que corresponde, por lo que tienen que enfrentarse a la amenaza y a la coerción de trabajar en esas condiciones o se les denunciará con las autoridades para que sean deportados. Lo anterior sucede a pesar de que se ha demostrado que la mano de obra migrante es fundamental para países de primer mundo. Los migrantes deben enfrentarse también al rechazo de la población local, debido a la manipulación del discurso oficial. Discursos que sostienen que los migrantes se están apoderando de los empleos, cuando los mismos gobiernos se aprovechan de la mano de obra migrante para desvalorizar los salarios.

Es en este contexto de gran movilidad internacional, en el que el fenómeno migratorio está cada vez más presente en nuestro entorno diario, en las discusiones de política internacional en las que cada día se hacen más visibles los actos de discriminación y de vulnerabilidad a la que se enfrentan gran número de personas en el mundo, se vuelve  necesario plantearnos cuestiones como: ¿este gran flujo migratorio no es más que una consecuencia lógica de la asimetría en el desarrollo de los países?, ¿cómo integrar a estas grandes oleadas migratorias en países que, aunque de ingresos altos, deben atender las necesidades de sus ciudadanos con recursos limitados?, ¿representan estos grandes conjuntos de migrantes un reto para la soberanía de los países? 

Fuentes

Organización Internacional para las Migraciones (2015). Informe Sobre las Migraciones en el Mundo 2015. Recuperado de http://publications.iom.int/system/files/wmr2015_sp.pdf

Organización Internacional para las Migraciones (2006). Derecho Internacional sobre Migración Glosario sobre Migración. Recuperado de http://publications.iom.int/system/files/pdf/iml_7_sp.pdf

Organización de las Naciones Unidas (2013). Comunicado de prensa de las Naciones Unidas RETENIDO HASTA EL 11 de septiembre de 2013, a las 10:30 hora de Nueva York. Recuperado de http://www.un.org/es/ga/68/meetings/migration/pdf/press_el_sept%202013_spa.pdf

Publicado en Análisis social
Viernes, 10 Junio 2016 06:44

Renunciar al automóvil

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El uso de la bicicleta se ha convertido en una de las banderas ideológicas más fuertes de nuestra generación. Subirse al vehículo de dos ruedas puede tomarse, ahora, como un acto de protesta contra el consumo establecido -automóviles, gasolina-, además de identificar a sus usuarios como promotores de políticas verdes y sustentables. El vehículo impulsado por la fuerza humana ha conferido una suerte de status que brinda al usuario un aura de “belleza” y lo embriaga en un dejo de superioridad moral mientras, pedaleo tras pedaleo, disfruta de la “libertad” de movimiento en el hacinamiento de las ciudades latinoamericanas.

La idea de andar en bicicleta, en sí misma, goza de una belleza singular. Poder disfrutar del viento en nuestro rostro, sentir el cuerpo vivo y sudoroso mientras pedaleamos al ritmo de alguna canción indie que escuchamos con nuestros audífonos abombachados y coloridos, recorrer parajes a los que difícilmente accederíamos, observar todo nuestro entorno con detenimiento, oler los distintos colores de las casas y negocios colocados en cercanía con las aceras, poder detenernos cuando queramos, sin complicaciones, sin tener que buscar estacionamientos ni, incluso, vernos obligados a pagar por ello; son circunstancias que se conjugan de manera perfecta en la palabra “libertad”.

Sin embargo, dicho acto de “libertad” implica una renuncia: el automóvil. En Latinoamérica, más específicamente en México, el tamaño de las ciudades y la ineficacia del transporte público nos ha hecho dependientes del uso del automotor. No podemos concebir nuestro transcurrir cotidiano sin la ayuda de él, máxime si hacemos trayectos que nos cuestan más de una hora para poder llegar a nuestro destino; nuestros sueños de gigantes crearon aglomerados urbanos que conjuntan más de tres municipalidades en una misma, donde la constante es el hacinamiento y el exceso.

Las generaciones que vivieron su adultez en los años 70 y 80 no podrían concebir cambiar, de repente, su estilo de vida para subirse a una bicicleta y sumarse al goce estético de su uso. Renunciar a algo que les ha costado esfuerzo y se han ganado con trabajo constante para otorgarse a ellos y sus familias un lujo necesario, resulta una contradicción en su forma de pensar y de concebir la estabilidad social.

Por el contrario, parece mucho más sencillo, para aquellos nacidos en los años 80, elegir usar sin más la bicicleta. ¿Por qué? ¿Será acaso que la conciencia verde iluminó sus mentes de repente al crecer viendo Animal Planet? ¿Decidieron en masa que era mejor para la humanidad dejar de lado un objeto contaminante para sumarse a las hordas, cada día más furiosas, de pedalistas responsables? No lo creo. Las ideas son generadas por una razón en específico, y se educa a las personas en pos de ellas para beneficio de algunos.

Ante la pérdida del poder adquisitivo, que es la marca de la generación nacida en los años 80 y posteriores, se ha vuelto casi imposible, para la mayoría de la población joven, comprar y mantener un automóvil. Esto no representaría ningún problema si no fuera por dos razones: 1) el transporte público brilla por su ineficacia y 2) andar en “chato” no brinda el status necesario que nos aleje del invasivo sentimiento de pobreza.

El crecimiento desmedido de las principales metrópolis de México ha propiciado la eterna fragilidad del transporte colectivo. Colapsado de manera cotidiana, sin darse abasto para llevar a sus destinos a los miles de ciudadanos, se ha convertido en una bestia de hojalata perezosa en la que no queremos ver transcurrir nuestras horas de vida. Entonces, muchos gritarían con una furia feliz, “¡usemos la bicicleta!”.

Pero la cosa no va por ahí. México es uno de los países donde nadie quiere sentirse pobre o asumir el peso de la idea de pobreza sobre sus espaldas. Pese a que la mayoría de sus trabajadores se encuentran por debajo de la línea de la pobreza de acuerdo con los lineamientos de la OCDE, difícilmente aceptaremos nuestra condición socioeconómica; motivados por un clasismo de carácter histórico que se hermana con ideas de carácter racial, el mexicano rehúye de todo aquello que podría confinarlo al círculo de “lo naco”. En lugar de eso, preferimos disfrazarnos con la apariencia de la clase media, comprando artículos de marca y adoptando ideas que nos den status, para no sentir que nuestro estómago ya está en pleno retorcijón porque no nos ajustó para el lonche de chilaquiles en la mañana.

La idea de “libertad” es muy importante en este sentido. Para poder ejercer la libertad es necesario, primeramente, la posibilidad. Pensando en la generación que vivió su adultez en los años 70 y 80, renunciar al automóvil se daba en un ambiente de plena libertad, en tanto decidían no obtener determinado objeto en pos de una idea: el uso de la bicicleta. En tanto yo pueda comprar y mantener un automóvil y, pese a todo, elegir andar en bicicleta, puedo sumarme de manera libre a la idea de que andar en dicho medio es mejor para el medio ambiente, la salud y una larga lista de etcéteras.

Al no poder ejercer dicha libertad, simplemente sería un ciudadano sumido en la pobreza que tiene un gusto por las ideas afrancesadas o provenientes del viejo continente, por ideas que resumen un ideal de vida que desearíamos alcanzar.

En este sentido resulta del todo útil enfocar las políticas públicas en la idea de la corresponsabilidad – ayúdame y nos ayudamos-, encaminadas, en gran medida, a dejar toda la responsabilidad a los ciudadanos antes que resolver oportunamente los problemas que los aquejan, ya sea la desigualdad económica o el propio transporte público. Un ciudadano que no puede obtener un automóvil, pero sí la idea de usar una bicicleta en beneficio del mundo, del status personal y de su salud, no generará la frustración suficiente para que se una al contingente de personas cansadas de sus gobiernos, antes bien intentará mejorar su medio “desde sus trincheras”.

Subirse a una bicicleta implica que aceptamos 1) no tener la posibilidad de poseer un carro, cada día más inalcanzable (sumado a los gasolinazos cotidianos en México), y 2) que no mejorará el sistema de transporte público en un futuro cercano o lejano.

Es más fácil disfrazar la pobreza latinoamericana de concepciones ideológicas que brindan un aparente status que asumir la realidad de dientes carcomidos y estómagos vacíos.

Esto no quiere decir que el uso de la bicicleta no sea parte de la solución a los problemas de movilidad en Latinoamérica. Por el contrario, la bicicleta ha demostrado ser un medio de transporte bastante útil en diferentes etapas de la historia humana, sobre todo para trayectos cortos, además de brindar otro tipo de sensaciones a sus usuarios. Sin embargo, es necesario recalcar que, al estar en la agenda de los partidos políticos, el uso de la bicicleta se ha promovido ante la incapacidad de mejorar la situación económica y de movilidad que aqueja a Latinoamérica.

Usando ejemplos del tipo “en Berlín las personas hacen…”, “en Suiza se puede…”, entre otras tantas ejemplificaciones europeizantes, sólo buscan alejarnos de nuestras problemáticas sociales particulares, intentando implementar planes ajenos a nuestro territorio sólo porque estos fueron probados con éxito en sociedades primer mundistas que ya tenían resuelto su problema de movilidad.

Asumir nuestro poder adquisitivo real, más allá de los créditos que puedan adquirir en tiendas para comprar ropa, podría ser un buen inicio para mirar el problema desde otra perspectiva. El uso de la bicicleta debe ser una elección que parta de la libertad, de la renuncia del automóvil en tanto podamos adquirirlo; de otra manera no es más que simple imposición ideológica obligada por la precariedad de la sociedad.

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Actualmente, buena parte de la Televisión abierta producida en México es terriblemente sosa, sin argumentos y ordinaria. Desde Laura de América, Cada Quien su Santo, La Rosa de Guadalupe, Sabadazo o (casi) cualquier otro programa de Televisa o TV Azteca no son más que reiteraciones de viejas y anquilosadas formulas, que buscan divertir o entretener con shows que no dan pie a la reflexión, que ni siquiera intentan edificar al ser humano. Simplemente se trata de presentar sandeces, burlas malintencionadas e incluso la más pura intolerancia. La mayoría de los contenidos parecen escritos por personas fuera de la realidad. Lo terrible es que desde ese lugar se sigue intentando esgrimir la identidad. Parece que aún se busca generar condiciones para la manipulación, que tendrán éxito, como antaño. No es gratuito que Andrea Legarreta y Raúl Araiza, en un programa de revista llamado “Hoy” hayan tenido la bonita ocurrencia de asegurar que el precio del dólar no afecta a la economía familiar mexicana (habría que ver a qué familias se refiere). E incluso afirmaron que no era culpa del Gobierno actual, sino de China y otros países, nunca de Peña Nieto. Esto es particularmente significativo, por la posible lectura que nos presenta. Pensemos lo siguiente: ¿Qué tan mal debe estar la situación en México para que, desde la Televisión, se nos diga que la economía no está mal o, al menos, que si lo está, no es culpa del Gobierno? ¿Por qué específicamente en un programa como “Hoy” y personas como Andrea Legarreta y Raúl Araiza?

Para responder a estas cuestiones se vuelve necesario partir de ciertos prejuicios. El primero y más importante: ¿Quiénes son los que ven Televisión abierta? Personas que no pueden accesar a al servicio que ofrecen las compañías de cable. Y, al menos en México, es una mayoría. Y no nos quedemos ahí. Vayamos un poco más allá, con estos prejuicios: ¿Qué escolaridad deben tener? A lo sumo, preparatoria. Y seguramente serán unos pocos. Probablemente el grueso se haya quedado en primaria o menos. Y si llevamos el argumento hasta las últimas consecuencias, imaginemos de la capacidad crítica de los (hipotéticos) sujetos de quienes hablo aquí, que seguramente es nula. Mantengamos estas cuestiones en mente.

Por lo pronto pasemos al título de este ensayo, que tiene que ver con el consumo. Pero un consumo especial y particular: el hacerlo sin cuestionar. En buena medida, partiendo de los prejuicios anteriores, los espectadores de la mayoría de los programas de revista son individuos que no se preguntan por la veracidad de lo que se dice en el aparato que tienen al frente. Y no sólo eso, sino que pueden ser fácilmente manipulables. Cuasi imbéciles, en palabras de la mencionada señora. Y no nos quedemos ahí. También son flojos y sin iniciativa. Que son pobres porque no le chingan como Raúl Araiza (no se ofenda, si usted trabaja doce horas y apenas puede pagar la renta. Debe chingarle más). Esto nos habla de la visión que tienen de sus espectadores. No es nada nuevo que personas con ciertos privilegios asuman que las condiciones son las mismas para todos. Y que si nos encontramos en ciertas precariedades económicas, es culpa nuestra, por no querer trabajar más duro. O simplemente porque no queremos hacer el (imposible) sacrificio de ahorrar. Insisto en que esto no es nada novedoso. Indignante sí, pero no novedoso. Lo dicho por este (sin tilde) sujeto nos sirve de contexto. Dejemoslo de lado y enfoquémonos en lo verdaderamente perverso: ¿Quién diseña esos discursos y por qué? En cierto momento, la Televisión funcionaba como generador de identidad. Desde ahí uno podía encontrar ciertos paradigmas culturales, lo cuales se reproducían en la vida diaria. Éramos testigos de la creación de ciertos marcos que permeaban la constitución misma de los sujetos. No por nada vemos en la película de David Fincher (2007), El Asesino de Zodiaco, al inspector William Arstrong diciendo: Es muy real. ¿Cómo lo sé? Porque lo vi en la televisión. En buena medida estas palabras representan la noción de que la televisión moldeaba una parte del pensamiento, sancionando positivamente ciertas ideologías y satanizando otras tantas. Es así que el consumo de los discursos que se nos presentaban ahí, devenían en la construcción del deber ser. No por nada el sueño americano sigue vigente y muchos de nosotros quisiéramos cristalizarlo.

En este momento adquiere significado el haber nombrado los prejuicios de más arriba. Podemos ver que la institución que emite esos mensajes ve al público como estúpidos, que no tienen ni recursos ni capacidad crítica. Que con sólo unos cuantos programas idiotas, que les permitan salir de su realidad, serán felices y aceptarán de buena gana eso que se les dice que deben ser. Sin embargo, no es así. La estructura se equivoca. Y lo paga con creces. No es menor que Angélica Rivera intentó vender la casa blanca, que se busque pena de cárcel a quien insulte a algún funcionario público o que Peña Nieto aclare el calceta gate. Ese lugar responde, de manera nada dócil, a la idea que la institución tiene de los (supuestos) espectadores, a quienes van dirigidos esos discursos. Uno de los recursos que se utilizan son las Plataformas Virtuales de Socialización, las mal llamadas Redes Sociales. El uso de memes, parodias o hasta noticias de broma, como las del Deforma inciden en las decisiones de estos individuos. Unos se disculpan, otros desaparecen y unos tantos intentan agredir, como Duarte. Sin embargo las cosas no quedan ahí. Se vuelven virales y dificilmente se detendran. Lo importante es no perder de vista que quienes llevamos a cabo dichas acciones somos los actores, no las tecnologías.

Retoando esto del lugar desde donde se emiten los discursos institucionalizados y quién los diseña, a riesgo de sonar paranoico, se puede observar que la intención de quien-quiera-que-haya-sido quien le pidió/pagó a Legarreta y Araiza que minimizaran el efecto pernicioso del aumento del dólar, está intentando manejar los datos a su beneficio, que está apelando a ese lugar que tenía la televisión. En última instancia, desde los prejuicios más arriba enunciados se esgrime el discurso de Andrea Legarreta. Ella, como asegura, simplemente estaba cumpliendo órdenes (con la carga histórica que esa frase tiene). Partiendo de este supuesto, estamos dándole el beneficio de la duda, refiriéndome a que en verdad, en su vida fuera del estudio, ella sepa que el aumento del dólar incide en la economía de las familias mexicanas. Lo que hay detrás de ese teleprompter son los intereses específicos, de gente que considera a los espectadores como personas sin criterio o capacidad de decisión, autómatas que sólo responden a lo que se les dice en los programas televisivos. Esto muestra que los encargados de comunicación de quien-sea-que-haya-sido no son más que dinosaurios que intentan perpetuar su control. Lo terrible, pero a la vez interesante, es la poca visión que tienen hacia lugares como la Internet, que en ocasiones sirve como piedra en el zapato de ciertos regímenes (hay quien insiste en que hasta es un contrapoder. Yo difiero en ello), ya que siguen estacionados en las formas anquilosadas de control y la deseada sumisión del individuo. Ahí se encuentra lo más gracioso, que siguen apelando a las formulas que funcionaron hace años. No se dan cuenta que la televisión ya no produce contenido y que el uso intensivo de la Internet y las Plataformas Virtuales de Socialización puede incidir de manera significativa en las decisiones de alguien, como que Andrea Legarreta acepte que debe ser más cuidadosa con sus comentarios (Milenio, 2016). Pero esa es la parte más graciosa, ya que seguramente, los interesados, sí lo tienen en mente, por eso han intentado a toda costa regularlo. Entonces, cabría preguntar: ¿A quién va dirigido su mensaje? Difícilmente sería a esas personas que de verdad creen que el aumento en el precio del dólar no les afecta, siempre y cuando no compren cosas en el extranjero. Hacer eso, sería inocuo. Pero, si no es a ellas, ¿Entonces a quién? ¿O simplemente esos comunicadores hacen como que no saben? Imagino que a estas alturas ya suponen que nosotros, los ilustrados (léase con mucho sarcasmo), no vemos televisión ni consumimos lo que Televisa y TV Azteca ofrecen. Nosotros afirmamos encontrar nuestras noticias o diversión en otros nichos. Sin embargo, bajo esta premisa de poder, no vemos mucha de la riqueza que se encuentra en los espacios de la cotidianeidad. Es por ello que no debemos desdeñar lo que sucede en la televisión abierta, ya que podríamos encontrar cuestiones muy interesantes que, negando esos nichos, nos sería imposible ver.

Para finalizar esto, y con el respeto que me merece señora Legarreta, usted dice estar preocupada por lo que pudiera pasarle a su familia, le invito a que se pregunte, sin considerarme uno de los tres idiotas con los que no debe colgarse, según dice Raúl Araiza, ¿Por qué yo, Paris González Aguirre me sentí ofendido con sus comentarios? Yo no le amenazo de muerte. Yo no me burlo (mucho) de su inocencia. Yo no ataco su persona. Yo no la tildo de imbécil. Yo no asumo que sea una idiota. Aclarado esto, me gustaría preguntarle a usted, desde su lugar de madre amorosa: ¿Cómo puede dormir por las noches, besar a sus hijos, decirles que los ama, sabiendo que su misión en la vida es engañar a las personas, de manera cínica y directa? ¿No le parece que quienes nos irritamos por su comentario, desde el teleprompter, también estamos preocupados por lo que le pasará a nuestras familias? ¿Piensa que no deberíamos estar consternados por la incertidumbre que genera la crisis que se avecina? ¿De verdad cree que la molestia es porque piensa diferente o debido a que es mujer? Píenselo, por favor. Se lo agradecería. 

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Viernes, 17 Abril 2015 00:00

La anti-retórica o el lenguaje político

“Yo como digo una cosa, digo otra.

 ¿Tengo o no tengo razón?

¡Es que hay cosas que ni qué!"

La Chimoltrufia

 

Muy distante están nuestros políticos de poseer el arte de hablar y persuadir, porque hasta para hacerse pato y evadir preguntas incómodas hay que tener estilo. Es una lástima que artes como la retórica, la dialéctica y la erística cultivadas por los políticos y filósofos griegos y romanos principalmente, sean olímpicamente ignoradas por los políticos de hoy en día. Afirmo sin temor equivocarme que en estos tiempos de elecciones se ha evidenciado que la mayoría de los candidatos no hacen más que enlodar y desprestigiar el verbo “cantinflear”, regionalismo del que en nos hemos sentido  cómicamente orgullosos en otros ayeres.

Pero que se responda a una pregunta con algo que ni siquiera se acerca poquito a ser una respuesta no tiene ya nada de cómico. Y menos cómico si comenzamos a sospechar que; o no se tiene la capacidad mental para responder o nos creen de tan poca, que piensen que no nos damos cuenta de que no se responde en absoluto lo que se cuestiona, el lenguaje de los políticos es entonces una anti-retórica.

Parece que este mal no sólo afecta a nuestra casta política, porque faltar a los tres principios básicos de cualquier discurso más o menos decente como lo son la coherencia, la cohesión y la univocidad, es un mal hábito que se ha ido minando entre otros profesionistas que poco tienen que ver con la política, ¿quién no ha sentido esto al pedir el diagnóstico a un médico? Y que por ejemplo al final, uno no sabe si tiene cólera, crisis de ansiedad o conjuntivitis. No se niega en absoluto que hay excelentes profesionistas de todas las áreas en nuestro país, pero tampoco se puede decir que el negrito en el arroz no va siendo cada vez más abundante y que al arte de hablar correctamente, o al menos el de hacerse entender es una adquisición urgente de muchos, que digo muchos ¡muchísimos!

Que ajeno es a nuestros políticos aquel brevísimo texto de Schopenhauer en que sugería 38 estrategias para convencer al otro de que tenemos razón, sea que la tengamos o que no. Nuestros políticos ni la tienen, ni aparentan tenerla, y de convencernos de cualquier cosa, están más lejanos aún.

El asunto es que la elocuencia sin ser obligatoria para todos, sí lo es para nuestros políticos y la decencia también (no debería ser, pero ahora es necesario aclarar la obligatoriedad de la decencia). En este sentido siguen y seguirán siendo imprescindibles las asignaturas de corte filosófico no sólo en nuestros bachilleratos, sino desde la educación primaria. Disciplinas como la retórica, la ética y otras, no son menos importantes que la lengua española y las matemáticas, mismas que por cierto y ante la malísima interpretación de encuestas, también deberían ser contenidos de una actualización urgentísima para los dirigentes de nuestro país.

Publicado en Análisis social

Hablar de Peña nieto no es nada fácil. Asegurar que es un estúpido es simplista y no permite ver las posibilidades analíticas de éste personaje. Si bien su inglés no es fluido, cae en errores garrafales, es ignorante, tiene mal gusto, es corrupto, encubridor, vividor y hasta una marioneta, no podemos hacer a un lado que es el presidente de México. Su presidente.

Ahora, si queremos hablar del escenario de la “política mexicana”, es necesario observar con detenimiento la “carrera” de campaña y presidencial que ha tenido el susodicho, lo que me dará elementos para afirmar que de imbécil no tiene ni un pelo.

Primero que nada, recordemos su participación en la Feria Internacional del Libro (FIL), aquí en Guadalajara, Jalisco. Sí. Nos reímos del ridículo que hizo y no le vamos a permitir que se le olvide. Desde ahí comenzamos a ver su falta de cultura, de eso que llamamos “alta cultura” (Benjamin, 2008). Eso nos sirvió para hacer mofa de él. Y ni qué decir de la respuesta de su hija, llamándonos prole y envidiosos. Sin embargo, en su actuar hay algo que no cuadra ¿Cómo puede ser posible que no lo hayan preparado para que hablara sobre libros, si su visita iba a ser en el marco de la FIL? ¿Qué equipo de campaña tan terriblemente ineficiente debieron tener, para que eso sucediera? ¿Por qué exponer al escrutinio de los snobs e intelectual(oid)es que se reúnen en la FIL? Evidentemente fue un error imperdonable, ya que, por no leer, se puso en evidencia al candidato a presidente de la nación. En lo personal, jamás confiaría en alguien que no puede mencionar tres libros que hayan marcado su vida. Pero soy yo. Y esa es una de las muchísimas razones por las cuales no me identifico con Peña Nieto. Si por ser del Partido Revolucionario Institucional (PRI), ya había perdido mi voto, con esa acción ni pensar en escuchar sus propuestas políticas. Sin embargo, si partimos del supuesto de que las personas que sí leen lo criticamos duramente, entonces, quienes no lo hacen, se sentirían interpelados. ¿Por qué digo esto? En un país como el nuestro, según la revista Proceso (http://www.proceso.com.mx/?p=339874 consultada el día 14 de abril de 2015), los mexicanos, en promedio, leemos 2.8 libros, al igual que Peña Nieto. Evidentemente hay quienes ni de broma se acercan a un libro. Es entonces que su acto no estaba dirigido a los intelectual(oid)es, que son una minoría. Estaba pensado específicamente para llegar a esas personas que “no les gusta leer”.

Lo anterior es medular, ya que la forma en la que un político puede adjudicarse el triunfo, al menos aquí en Jalisco, es a partir de si le cae bien o no, a los votantes, desde el hecho de si se identifican o no, con él o ella. Sus propuestas, si las tienen, pasan a segundo plano. No es gratuito que haya candidatos, en la coyuntura de las elecciones, grabando ridículos vídeos musicales (http://www.animalpolitico.com/2015/04/desde-happy-hasta-el-serrucho-candidatos-se-aduenan-de-canciones-famosas-para-sus-campanas/). Retomando, si Peña Nieto fue víctima de un cierto tipo de agresión por parte de los intelectual(oid)es, esta redundó en que, quienes no tienen este hábito, se sintieran por demás identificados. Pero la cosa no termina aquí. Los “aciertos” de Peña Nieto continúan. ¿Por qué nos escandalizó tanto su frase de “no soy la mujer de la casa”? Porque a nosotros personas racionales, positivistas, científicos, intelectual(oid)es, feministas, anti sistema y todo lo que la modernidad y “tolerancia” conllevan, nos causó un corto circuito: ¿Cómo es posible que en los albores del siglo XXI exista una persona tan retrograda y arcaica? ¡Y peor aún! ¡El candidato a la presidencia! De nuevo, nosotros, somos minoría. Los que leemos, nos informamos, sabemos de las condiciones del país y no nos deslumbra una pantalla, vales de despensa o tarjetas de Soriana, no alcanzamos a comprender cómo es que éste individuo emita juicios machistas y misóginos, sin consecuencias. Pero claro que las hay. Sin embargo no son las que nosotros esperamos. Si eso lo escucha un hombre-macho mexicano en Chiapas, por ejemplo, estará de acuerdo con Peña Nieto: “¡Las pinches viejas están pa’ servir! ¡¿Cómo chingados no?!” podrían ser sus palabras. Pero la peor parte es que hay mujeres que interiorizan esos discursos y creen que su lugar es en la cocina o cuidando a los niños. Y esto no sólo sucede en las fronteras del sur del país, sino en las grandes ciudades, donde los individuos confunden ser cosmopolita con el compartir enlaces en Facebook, sobre las 20 cosas que una mujer debe hacer antes de casarse, las nuevas tendencias de moda en Europa o la muerte de algún autor que apenas han leído o escuchado. E insisto. Esto no acaba aquí. Aún queda un largo tramo de momentos Peña Nieto.

Uno particular e importante, y para finalizar, fue cuando, en Tuxtla, afirmó que recibió una buena "cogida". Probablemente esto no fue más que un lapsus que permite inferir lo que preferiría estar haciendo. Eso es algo común entre las personas ya que, según Freud (1920), buena parte de nuestros impulsos están relacionados con las relaciones sexuales, lo cual minimiza ese error. Lo destacable e importante, lo que me sirve aquí, es lo que hizo después, al darse cuenta de su equívoco. Ante la impasividad del público, atinó a decir: “No. No fue albur. ¡No sean así!”, lo que detonó una ronda de aplausos, seguida por sonoras carcajadas. Es así que, de nuevo, muchos nos sentimos interpelados. Me incluyo. Porque, ¿Quién no ha albureado alguna vez? ¡Hasta el más disidente podría doblar las manos por la empatía que el mexicano tiene por los albures! Esto lo vemos en los comentarios del vídeo, 

 

donde la constante es la palabra pendejo, pero matizan diciendo que es uno tierno. Aquí un ejemplo: "Jejeje pobre Enrique Peña debo aceptar que ya hasta me cae bien xD !" (sic). Esto muestra que su estrategia es perversa. Aunque parece un ingenuo, eso mismo le permite posicionarse en lugares que los “iluminados” han perdido de visto. O si lo miran, lo hacen de reojo y con desprecio. Pero dejemos hasta aquí los lapsus de Peña Nieto. Pensemos en los demás actores políticos, esos que se mueven al interior de las instituciones.

Si ellos, quienes aseguran tener intenciones de trabajar en beneficio de la población, no logran cuajar sus proyectos, no sólo se debe a la corrupción que ejerce el partido en el poder, como lo escuchamos en palabras de Leonel Sandoval Figueroa, 

 

padre del gobernador de Jalisco Aristóteles Sandoval: “es ilegal, pero no lo vamos a andar diciendo”, sino que hay cuestiones estructurales perversas que no permiten, a nosotros, los mexicanos, ver un poco más allá. A riesgo de parecer un #pejezombi, podemos ver una de las cosas que falla en la oposición. Se encuentran del lado del nosotros. Ese nosotros que parece ver desde arriba a las personas que consideramos incultas, a las que se “compra” con un Frutsi o una torta. A la que una televisión de plasma o  tarjeta de Soriana le bastan para votar por un partido que se ha caracterizado por ser represor, oligarca e inepto; que no produce soluciones estructurales, pero que sí propone la metafísica del uno mismo. La cuestión es que los partidos “tradicionales” juegan y se aprovechan de la miseria. La instauran, la reproducen, la legitiman y luego aparecen como salvadores. Es muy difícil que alguien, a quien la inmediatez determina, que vive al día, con carencias que rayan en lo inhumano, crea en un individuo que le promete, a largo plazo, que su nivel de vida mejorará. Y no sólo eso, sino que podrá ser más feliz y sus hijos tendrán futuro. No se equipara con recibir una despensa, ya, hoy, aquí. Eso que permitirá darle de comer frijoles a hijos desnutridos. No se pude poner en el mismo lugar los bienevales que los transvales. Los primero son gratis y los segundos cuestan $3.50. ¡Y sólo se pueden usar si uno estudia! ¿Y cómo va estudiar, si apenas le alcanza para pagar la renta y medio comer? Más bien, antes de pensar que estamos por encima y criticar o burlarnos, lo ideal sería preguntarnos ¿Qué haría yo en esa situación, en la que un Frutsi se vuelve la diferencia entre traer algo en el estomago o no?  

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