Domingo, 13 Septiembre 2015 00:00

Ayotzinapa, un año después

Estamos a un año de la desaparición forzada de los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Tras ese intenso semestre del 2014, saturado de declaraciones públicas de funcionarios y actores políticos, manifestaciones multitudinarias, activismo en redes sociales y “carpetazo” oficial al asunto, en la primera mitad de este año el tema de Ayotzinapa ha perdido poco a poco protagonismo. Pero el reciente informe del Grupo Interdisciplinario de Estudios Independientes, que cuestiona la mal llamada “verdad histórica” del gobierno federal, ha vuelto a encender la llama. Es de esperarse que, en ocasión del primer aniversario de la desaparición de los 43, el activismo en redes sociales y las calles se reactive nuevamente.

Pero también es ocasión de hacer un balance de lo que ha ocurrido en los últimos 365 días. Mi intención no es sólo efectuar un recuento de hechos, sino lanzar algunas interpretaciones acerca del impacto político del suceso. No está de más decir que las posturas que sostengo están abiertas a debate, siempre y cuando sea una discusión racional.

Comencemos con el asunto principal: el esclarecimiento de los hechos. Con la detención de José Luis Abarca y su esposa, además de los presuntos autores materiales del supuesto asesinato masivo de los estudiantes, la renuncia de Ángel Aguirre, entonces gobernador de Guerrero, y el informe presentado el 7 de noviembre de 2014 por el titular de la PGR, José Murillo Karam, oficialmente se da carpetazo al tema de Ayotzinapa. Sin embargo, las inconsistencias del informe motivaron que tanto los padres de familia de los normalistas como a ciertos sectores de la prensa y  del activismo social a que lo rechazaran rotundamente, exigiendo un investigación a fondo. Por otra parte, el manejo del tema desde la figura del ejecutivo federal fue lamentable no sólo por la poca disposición al diálogo con la parte afectada, sino por no haber sido capaces de dimensionar la magnitud de la crisis política. La ausencia de respuestas claras y veraces mermó la ya de por sí desprestigiada imagen de Enrique Peña Nieto, quien por las mismas fechas enfrentaba, junto con su esposa Angélica Rivera, otro asunto turbio: la “Casa Blanca” de Las Lomas.  

Desde luego, para el manejo de la crisis, el gobierno recurrió a las tradicionales tácticas de poder, siendo el brazo mediático la más importante. Ante la incapacidad de dar explicaciones satisfactorias, el gobierno tuvo que recurrir a Televisa y la prensa alineada que, como siempre, serían los encargados del trabajo sucio; de hacer “verosímil” la versión oficial. Si esto no resultaba suficiente, el ejército de bots se encargaría de librar las batallas en el campo cibernáutico. El asunto dejó de ser policiaco para tornarse político –lo que, sin duda, plantea el problema de cuál es el límite entre lo “policíaco” y  lo “político”; cuestión que dejaremos por ahora-. En gran medida, la labor del aparato mediático oficialista es presentar el tema de Ayotzinapa como una cuestión policíaca, mientras que los activistas y la prensa no oficial insisten en señalar su carácter político.

Ahora bien, ¿han podido los últimos ejercer medidas de presión que obliguen a las autoridades a realmente investigar a profundidad los acontecimientos? ¿Qué efecto han tenido las movilizaciones? Esto nos lleva a otra de las consecuencias importantes: el impacto de Ayotzinapa en la vida política nacional. Lo que inició como un reclamo de justicia ante un evento particular, pronto se convirtió en un movimiento nacional, que incluso trascendió las fronteras. ¿Por qué un reclamo particular pudo adquirir una dimensión mayor? La gran cantidad de asesinatos y desaparecidos registrados desde que Felipe Calderón dio inició a su fallida guerra contra el crimen organizado –mantenida casi sin cambios por el actual gobierno federal-, ha generado incertidumbre, desasosiego e indignación en muchos sectores de la sociedad mexicana; muchos de ellos, sectores tradicionalmente apolíticos y apáticos. El drama de la violencia en México ha generado temor pero también disposición a participar activamente en asuntos públicos en grupos, motivados en gran medida por su cercanía con víctimas de la violencia. Ayotzinapa, en este sentido, pudo funcionar como una “condensación metafórica”, término propuesto por el filósofo esloveno Slavoj Žižek: el reclamo de justicia por los 43 se convirtió en el reclamo de justicia para cualquier desaparecido, cualquier asesinado, cualquier víctima de la guerra contra el crimen. Así lo explica el filósofo: “He aquí la verdadera política: ese momento en el que una reivindicación específica no es simplemente un elemento en la negociación de intereses sino que apunta a algo más y empieza a funcionar como condensación metafórica de la completa reestructuración de todo el espacio social”.

Ese “algo más” de las movilizaciones por Ayotzinapa apuntaba hacia el titular del Ejecutivo Federal, Enrique Peña Nieto. Bajo el hashtag #FueElEstado, los activistas, ligando la desaparición de los normalistas con el affaire de la Casa Blanca, exigían la renuncia del presidente –lo que en términos constitucionales obligaba a nuevos comicios presidenciales para el 2015-. En los últimos meses del año pasado, las movilizaciones se intensificaron, mas la lucha no tuvo el resultado esperado.

¿Por qué el reclamo no tuvo efecto? Creo que hay dos posibles causas: 1) La prensa alineada, por medio de sus intelectuales orgánicos, se encargó de particularizar el reclamo de Ayotzinapa (y de tratarlo, como señalé líneas atrás, como un tema meramente policíaco) presentándolo como un asunto local. Baste recordar la columna de Ciro Gómez Leyva “Presidente, usted no mató a los jóvenes de Ayotzinapa” (Milenio, 04/11/2014), en el que, aparte de exonerar a Peña Nieto y su gabinete de cualquier responsabilidad, critica al propio gobierno de no manejar adecuadamente su propio deslinde. 2) Aún cuando la vigencia del reclamo sigue siendo justa, ni los activistas ni los intelectuales ligados al movimiento realmente justificaron la “condensación metafórica”. Esta fácilmente podía refutarse –como de hecho lo hicieron los columnistas à la Gómez Leyva- mostrándola como una falacia de composición: la parte no representa el todo. Pero si los que proponían la salida de EPN de la presidencia hubiesen demostrado que los acontecimientos de Iguala no eran un hecho aislado, sino que es un problema que afecta todo el país, con datos precisos y evidencias, su reclamo habría tenido muy buenos argumentos, ya fuera para replicar a los columnistas alineados, ya fuera para legitimar el movimiento. El llevar la crisis hasta Los Pinos exigía una argumentación meticulosa. En realidad, la exigencia de saber acerca del paradero de los estudiantes pasó de un dos por tres a la exigencia de renuncia del presidente, sin justificarla debidamente.

Desde luego, si la retórica apologética del Estado de los medios masivos no resultaba suficiente, estaban disponibles los granaderos y alborotadores para reprimir y desprestigiar las manifestaciones públicas. Así, Peña Nieto y su camarilla pudieron salir avante, no así el deterioro de su imagen pública.

 

Ante el fracaso de las movilizaciones por lograr sus objetivos -siendo la renuncia del presidente el que se había puesto en primer término- podría haberse esperado un repliegue de las fuerzas para analizar lo ocurrido, replantear la estrategia y dar continuidad a las exigencias por otros medios. Las elecciones intermedias representaban una buena oportunidad para reconducir el movimiento. Si bien la vía electoral no es garantía de éxito para los reclamos y, además, se vuelve susceptible de ser asimilada por la propaganda electoral, podría haberse empleado como una estrategia que presionara a los partidos a retomar los temas principales que motivaron el movimiento. Después de todo, la sensibilidad generada por la desaparición de los normalistas y la mala imagen de la “pareja presidencial” representaba un factor de peso electoral que podía capitalizarse.

Pero Ayotzinapa no se reflejó en las elecciones. Por el contrario, no sólo el presidente pudo salvar el cuello tras la crisis del 2014, sino que el PRI y sus partidos allegados lograron mantener la mayoría en la Cámara de Diputados. ¿Cuál fue el motivo de este aparente nulo impacto de la crisis? Principalmente, que gran parte de los activistas e intelectuales del movimiento asumieron una postura antielectoral. Para algunos, el #TodosSomosAyotzinapa se tornó en #Noalaselecciones: ya fuera por la desconfianza hacia los partidos políticos (incluso hacia los opositores), ya fuera por la desconfianza hacia el INE y el proceso electoral mismo, el activismo en pro del voto nulo y el abstencionismo fue un factor de peso para que el partido en el poder pudiese mantener sus posiciones políticas. Y habiéndolas conservado, se ve realmente difícil que los temas pendientes en torno a los 43 y otros eventos similares puedan esclarecerse; peor aún, los ansiados cambios políticos y sociales se ven aún más distantes.

El caso Ayotzinapa de alguna forma ejemplifica el dilema que representa el ser partidario de izquierda en estos días: por un lado, está la izquierda parlamentaria, que se debate entre la transformación del sistema político y económico por vía institucional (con tintes mesiánicos, como ocurre con Morena) y el pragmatismo de la izquierda “moderna”, capaz incluso de negociar con los partidos otrora rivales ideológicos (cuyo claro ejemplo es el PRD). Por otro lado, está la izquierda radical que se aferra a las tradicionales medidas de presión como las marchas y plantones, que pueden resultar efectivas sólo si logran aglutinar a sectores muy amplios de la población, como recientemente se vio en Guatemala. Pero la izquierda radical mexicana parece incapaz de conseguir un apoyo de este tipo. Aunque asuman el papel de portavoces de las clases sociales más desfavorecidas, ni sus estrategias de lucha ni sus discursos logran un acercamiento con éstas. El léxico de la retórica radical, que apela a “resistencia”, la “decolonización” y otros términos vagos y abstractos, no genera el menor efecto en los barrios bajos y las zonas marginadas, lugares donde los radicales no suelen llevar a cabo sus manifestaciones. La izquierda radical presenta la paradoja de asumirse como defensores de las masas, sin contar con el apoyo de ellas.

A lo anterior hay que sumar que la izquierda radical suele caracterizarse por el dogmatismo ideológico y la intolerancia hacia la crítica, que se refleja en sus discursos y en sus prácticas –el falso dilema es casi su sello distintivo: “quien no está con nosotros, está en nuestra contra”-. Así, los impulsores del movimiento por los 43 optaron por los recursos de la izquierda radical descartando cualquier recurso institucional para conseguir sus objetivos, cosa que no lograron. Por el contrario, el movimiento siguió el curso de cualquier movimiento de izquierda radical en México (el GGH de la UNAM, el movimiento de Atenco, la sección 22 de la CNTE, etc.): aislamiento político, lejanía con las masas y nula efectividad de las acciones.

En conclusión, Ayotzinapa pudo convertirse en un movimiento histórico que trajera cambios reales y efectivos en la política mexicana. Sin embargo, la incapacidad de sus promotores por analizar los fallos y replantear las estrategias marcó su destino. Con ello, no quiero decir que el asunto esté finiquitado. Por el contrario, Ayotzinapa sigue siendo un tema pendiente, y la exigencia por saber qué ocurrió verdaderamente con los estudiantes desaparecidos no debe, de ninguna forma, de extinguirse. 

Publicado en Análisis social

Lo dispuesto en nuestra Constitución Política, claramente avala la publicación acceso y difusión de la libertad de expresión de ideas y de información. Y, así como no debe existir ninguna duda de este derecho, tampoco debe existir tergiversación alguna sobre este derecho que, aquí en México, parece ser exigido como derecho divino más no así político, social y moralmente correcto. El caso Charlie Hebdo ha sido un detonante mayormente de hipocresía cultural más que de polémica y reflexión. ¿En qué grado debe de mesurarse la expresión pública de ideas e información? ¿Cómo establecer parámetros éticamente maduros y responsables tanto sobre las ideas expresadas así como las respuestas que éstas pudiesen ocasionar?

Cuando veo en Facebook las publicaciones que hacen referencia al trágico caso del semanario satírico francés, Charle Hebdo, no puedo sino recordar la patética condición del mexicano que muy orgullosamente es conocida como “la idiosincrasia mexicana”. Ese condicionamiento de la doble moral en la que la cultura mexicana (que bien podría existir en otras culturas) ha apadrinado o se ha adoptado como sello de distinción: La burla, el desdén y la ofensa son correctas si se enfocan a quien “se lo merece” o se hace presente en modo de “broma”.

No es una errata decir que en todo el mundo acontece esta situación en que “lo gracioso” se encuentra en la pena y tragedia ajena así como en la otredad (básicamente). Videos graciosos se pueden encontrar en la web abundantemente y, pese a que la mayoría de estos videos relatan un breve acontecimiento de un sujeto lastimándose accidentalmente o siendo agredidos en una "broma", pareciera que nadie se "indigna" por la humillante exhibición (voluntaria o no) del protagonista de este video.

¿Dónde está la doble moral expuesta en estos videos?, se preguntarán. La doble moral se hace presente, la idiosincrasia del mexicano, o quizá de la mayoría de la población mundial, se presenta en la determinada o premeditada intencionalidad de humillar y obtener satisfacción en la burla/humillación de estos videos: Un pueblo que exige respeto, no debería aplaudir ni encontrar divertimiento en tragedias ni accidentes, sin embargo, y por razones que merecen un estudio profundo del comportamiento y paradigmas socio-culturales, ver un video en la web donde un sujeto se golpea contra una pared, donde un sujeto tropieza con un obstáculo, etcétera, ocasiona gracia y risa. Charlie Hebdo no es héroe de la expresión, ni mucho menos un mártir de ésta. Charlie Hebdo es un “Youtube” orientado a la burla premeditada, a la ofensa directa, disfrazada de sátira moderna.

Algunos podrán argumentar que la sátira es una práctica no sólo tan usual como antigua, sino que se puede encontrar en obras de arte. Este argumento implica la noción de que la burla, la ofensa, la humillación como acto intrínseco de la cultura humana es “normal”, usual e improbablemente se le relaciona con la violencia (paradójico, que hoy en día todo lo que se le hace a una mujer, que no sea de su agrado, ya es “violencia”, pero ese tema será para otro artículo).

La libertad de expresión, como derecho y garantía en nuestra constitución, se ha manchado de esta ignorancia selectiva sobre su efectivo uso. En mi anterior artículo, señalé esta aberración que surge de la errada idea de participar este derecho en el caso de los manifestantes de la tragedia de Ayotzinapa, quienes protegiéndose de éste artículo así como del artículo 9no que trata de la libertad de asociación y reunión, creían (ellos, como así los simpatizantes “morales”) que su derecho a la expresión y manifestación de ideas estaba por encima de cualquier otro derecho de terceros. A la fecha, sigo manteniendo algunas discusiones en las que pretenden hacerme “recapacitar” sobre cómo la importancia de lo manifestado tiene el poder divino de arrollar los derechos de terceros, cual si la ley así lo estableciese.

Pero ¿a qué grado una idea o la expresión de ésta se encuentra tanto dentro de lo legal como de lo política y culturalmente correcto? Si la libertad de expresión es tan suprema y hegemónica como lo sostienen los simpatizantes de estas manifestaciones públicas, ¿eso me otorga a mí, como miembro de esta sociedad, el derecho de ir a pararme frente a ellos y muy mexicanamente mentarles la madre? Esta suposición no es un caso hipotético, sucede muy frecuentemente y, pese a que sí tengo “el derecho” de hacerlo, también tengo la responsabilidad social y moral de no hacerlo ya que, legalmente, estoy cometiendo un delito menor al ofender deliberadamente a terceros.

Pero ¿los manifestantes de Ayotzinapa, (o de cualquier otra manifestación) no me ofendían con sus mantitas mágico-poderosas, ni con sus cantos de paz y amor o sus representaciones dramáticas; Charle Hebdo tampoco me ofendía con sus peyorativas caricaturas sobre la religión; son manifestaciones pacíficas; por qué los juzgo injustamente? Muchos serán de la opinión que burlarse de un credo es un acto de rebeldía e intelectualismo, una crítica socio-cultural; muchos serán de la opinión de que impedir el paso, cerrar calles y el vandalismo de propiedad pública son igualmente actos de rebeldía social, de heroísmo patriótico. Yo soy de la opinión, de que los simpatizantes de estos actos, así como los actores mismos, son ejemplos de sujetos irresponsables, inmaduros e irreflexivos y creo que esta opinión me volverá a costar una buena cantidad de insultos como otras opiniones me han costado.

“El derecho al respeto ajeno es la paz” ah no..., lo siento, no es así el “dicho” (pues a eso se ha degradado esta máxima), digo, la frase célebre del expresidente de México, Benito Juárez. La frase célebre original es más hueca etiológicamente dicho: “El respeto al derecho ajeno, es la paz”. Porque el respeto no está subscrito en ninguna ley, en ninguna constitución (y si lo está, lo ignoro y mi ignorancia no me priva de coherencia, ya que pragmáticamente permanecería inútil e inefectiva). El respeto, sin embargo, sí se encuentra subscrito en una ley moral, en una ética, en una conducta social y culturalmente correcta.

Y si tú, apreciable lector, estas en estos momentos reflexionando sobre mis palabras y encontrando ofensa en lo que he manifestado, ya sea en tu contra o en contra de los movimientos sociales que anteriormente se mencionan, es entonces, aquí, que debemos partir de la reflexión sobre la doble-moral. ¿Soy doble-moralista porque ofendo deliberadamente en mis señalamientos a los que, muy a mi parecer ético-moral, carecen de la responsabilidad social, cultural y ética-moral en la que yo mismo he caído? ¿Cómo entonces podemos establecer un parámetro ético y moral para evitar la ofensa en la manifestación de ideas? ¿En qué podemos basarnos para continuar haciendo uso efectivo de nuestro derecho de manifestación de ideas, de nuestra libertad de expresión, sin que ésta pueda ocasionar una ofensa a terceros?

Me han catalogado de misógino, de machista, de ignorante, de pobre intelecto, y estas adjetivaciones se derivan de comentarios, de opiniones, de un manifiesto personal que su servidor ha hecho, pública y privadamente. Quizá sea una que otra de estas adjetivaciones; quizá sea cierto que moralmente soy una persona de poco valor; quizá también he encontrado simpatizantes sobre mis ideas, ¿cómo me puedo justificar ante ti, paciente lector, ya sea como persona o como escritor? No puedo.

No puedo justificar mi repudio hacia los manifestantes ciclistas de la ciudad que exigen no sólo su derecho sino que, en su crítica a la sociedad y al modelo de transporte en la sociedad, se otorgan a ellos mismos una cualidad heroica y auto-martirizante, como modelos excepcionales de ciudadanos; no puedo justificar mi repudio hacia los movimientos pseudo-equitativos-de-género como el feminismo que exigen que sean tratadas no equitativamente sino sobre-favorecidamente no sólo por los organismos del gobierno sino por el sector masculino de la sociedad; no puedo, estimado lector, justificar mi repudio hacia Charlie Hebdo y sus simpatizantes quienes encuentran en la deliberada ofensa y burla de credo ajeno la auto-satisfacción onanista de un intelecto y moral superior. No puedo justificar mi repudio y mi pseudo-crítica porque innegablemente quienes no simpaticen con mis manifiestos encontrarán en mi persona (derivada de mis ideas) esa misma contrariedad que señalo: esa maldita doble-moral. Sólo podría justificarme si yo fuese una persona intachable, asquerosamente correcta (política y socio-culturalmente dicho) e inmaculado.

Al final de este artículo de opinión, he llegado a la reflexión sobre lo que es la verdadera “libertad de expresión” y es la misma reflexión que manifesté en el primer trabajo publicado en este medio: “No existe la libertad”. Estamos supeditados a este Deus Ex Homo que hemos llamado “Libertad”, cuando tal concepto, idea, utopía, no existe.

Publicado en Análisis social

¿Cómo podríamos explicar que a tantos jóvenes les interese entrar al Crimen Organizado? ¿A partir de qué elementos les interpela? ¿Cuáles son las formas en que esos discursos pasan a ser parte de su vida diaria? Sabemos que en México entramos y salimos de la modernidad, mientras que, por su parte, la tradición sigue incrustada en el imaginario colectivo, haciendo de las suyas, lo que significa que vivimos una muy particular postmodernidad. Vemos el mismo agotamiento de los grandes discursos, la erosión de los metarrelatos y el mismo sinsentido. Sin embargo, nuestra postmodernidad es específica del contexto en el que estamos inmersos. Nociones como VerdadSujetoEstadoFamiliaReligión, no dejan de funcionar, sólo que ya no ocupan un lugar hegemónico en la estructuración de la subjetividad. Si alguien nos preguntara “¿Qué eres?”, la respuesta no será sencilla. Si nunca lo fue, hoy se hace más difícil por las características que como sujetos nos atraviesan. Soy católico, hijo de familia, ciudadano y hasta consumidor. Pero no soy sólo eso. Siempre hay algo más. Existe algo que me rebasa.

Si para Descartes somos Razón (2003) y según Heidegger (2009) somos seres para la muerte, también podemos sugerir que nuestra característica es ser sujetos-proceso. ¿A qué me refiero con esto? Para poder responder es necesario hablar de lo que sucede a la entrada de nuestra postmodernidad, la muy particular postmodernidad que vivimos. En ella ¿qué le queda al sujeto? Evidentemente se encuentra desamparado, sin un asidero estable al cual anclarse. Ya no hay nada sólido que le permita sustanciarse.  Desde aquí podemos hablar del sujeto como proceso, como posibilidad y no como potencia. Puede ser todo y es nada a la vez. Todo depende de él mismo. Es esto lo que le permite ser creativo sobre sí. Es claro que al igual que Ortega y Gasset (2012), considero que soy Yo y mi circunstancia. Pero ella no me determina por completo, sino que me impela a construirme de una forma(s) siempre-ya distinta(s), de aludir a lugares poco ortodoxos, como lo son la televisión, el cine o las mal llamadas “redes sociales”, cuyo nombre adecuado es Plataformas Virtuales de Socialización (González, 2013). ¿Cómo es que estas Plataformas Virtuales de Socialización (PVS) pueden incidir en la estructuración de la subjetividad? Desde ahí se presentan ciertos discursos que pueden sustanciar al individuo, un cierto tipo de Significante amo (S1, según Lacan) que se encarga de aglutinar los significantes sueltos. Esas PVS se convierten en lugares que muestran estilos de vida, que les interpelan, que les permiten construirse puesto que, como decía, ya no hay nada estable que dé una cierta seguridad ontológica, como le nombra Giddens (1993).

Un ejemplo de lo anterior lo podemos encontrar en el Movimiento Alterado, que en YouTube y Facebook encontró plataformas para su visibilidad. Desde ahí podemos localizar el ideal de dicho movimiento musical/cultural. Y no sólo eso, sino que también nos permite mostrar nuestra adición a ello, pues añadir un vídeo, dar like o un Re-Tweet (RT) no son gestos vacíos, sino que en ellos se vuelca parte de la subjetividad, mostrando el agrado o rechazo a cosas específicas. Eso que se comparte en Facebook, o lo que se le da RT, no es azaroso, sino que responde a una serie de posicionamientos simbólicos y reales ante la vida. Se muestran las formas de abordar el mundo. Entonces, si partimos del supuesto de que esos likes o RTs no son gratuitos y que permiten mostrar eso que uno es, además de asumir que el sujeto es un sujeto-proceso, de que es vacío y puro dinamismo, nos encontramos en posibilidades de inferir que el Movimiento Alterado interpela a los jóvenes, no sólo por estar asociado al exceso y los lujos, sino que les permite contestar a una de las preguntas medulares por las que interroga la filosofía y la humanidad en general: “¿Quién soy?”

Este movimiento les confiere un lugar desde el cual se perciben como amables ante sí y los otros, sus otros, esos otros que son parte de su red de relaciones sociales, pues esos otros son los que se les presentan como importantes. Esto, más que un género musical, sirve como un proceso identitario que les permite ser alguien, pertenecer a algo. No sólo en ideales, sino en formas de vida y su abordaje. Les da la oportunidad de mostrar diversas cosas, como su ser-en-el-mundo, o eso que Lacan llama éxtimio (2001); lo completamente interior, volcado al exterior. No es gratuito que exista toda una estética en torno a dicha música, puesto que ello permite localizar, de manera objetiva, sus adeptos. Si bien, la violencia extrema, cruda y dura es parte intrínseca, es el precio que deben pagar por tener sustancia. Debo aclarar que mi intención no es minimizarla, sino que se presenta como parte de la economía de la estructuración de la subjetividad, vista desde el Movimiento Alterado. ¿Cómo puede uno aparecer amable y hasta deseable para con quienes se encuentran en la propia red intersubjetiva? Siendo una persona que sobresale de lo común. ¿Cómo se hace esto? Partiendo de la circunstancia en la que uno se encuentra. ¿Cuál es esta? Un país en el que las oportunidades para los jóvenes son poco atractivas y limitadas. Muy limitadas. Incluso nos encontramos en un momento histórico, en el que ser joven es (casi) un delito, pues hemos sido testigos de la persecución, incluso de la ejecución de jóvenes que pensaban que era posible un mejor mundo. Por lo tanto si vivir o no depende enteramente de terceras personas, como joven, intentaran tomar las riendas de su vida y aceptar una de las ofertas que se encuentran ahí afuera, que les permite aglutinar sus significantes sueltos, bajo el S1 qu, en este caso, es el de sumarse a las filas del Crimen Organizado, en cualquiera de sus facetas.

 Unirse a las filas del crimen organizado no solamente se hace por tener una mejora económica, sino que también responde a la necesidad de ser algo, de ser alguien, ya que es importante ser reconocidos y sentirnos amados, apreciados. No por nada, muchas de las personas que se encuentran inmersos en el crimen organizado muestran eso que son, en las PVS, como Instagram o Facebook. Ya no basta el reconocimiento de los pares, sino que ahora se vuelca hacia el exterior, hacia el mundo, con la intención de mostrar estilos por demás atractivos, sin esconderse. Y en estas acciones se cuela un mandato simbólico que se encuentra en el imaginario mexicano, al cual muchos se ven sometidos: El ser Hombre.

Eulalio González, conocido como el Piporro, nos habla de esto en en su canción “El terror de la frontera”: los cobardes viven toda la vida. Los valientes mueren donde sea. El mandato simbólico al que me refiero más arriba, tiene que ver justamente con eso. Con la deontología del Hombre, en las formas de vida (post)modernas/tradicionales, que dictan cómo deben comportarse. Pero hay una característica particular que debe tener. Si se ve privada de ella, no sería un Hombre en toda la extensión de la palabra. Este elemento es la valentía. La presión social que los estereotipos imprimen al hombre, desde la industria cultural, para que replique ciertos comportamientos emitidos desde un gran Otro arcaico y sexista, les lleva incluso a ofrecer su vida, con tal de llegar a ser "sujetos completos".

¿Por qué aventurarme a  afirmar esto? Un análisis de las encuestas de población del año 2010, que fueron realizadas por el INEGI (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática) nos permite encontrar un posible sustento para mi argumento. En dicho año nacieron 5,346,943 hombres. Mientras que mujeres fueron 5, 181, 379. Para el momento en que llegaron al rango etario de 20 a 24 años, la cantidad de hombres disminuyó a un total de 4,813, 204 y las mujeres mantuvieron una constante de 5,079,067. Hay una diferencia aproximada de 533, 739. Debemos preguntar ¿Dónde quedan esas personas? Si dirigimos la mirada solamente al índice de mortandad en México, a partir de los 14 años, los accidentes automovilísticos relacionados con el alcohol aumentan de manera exponencial. Por ejemplo, a los 14 años, se registraron 13 en los que se vieron involucrados hombres, contra 1 de mujeres. A los 15 aumenta a 34 de hombres y 5 de mujeres. Por su parte, la población de 15 aumenta considerablemente, donde los hombres tienen 125 accidentes contra 9 de mujeres. A la edad de 17, se generan 248 accidentes involucrando hombres y 18 a mujeres. Así, hasta llegar a la cantidad más alta, 975 involucrando hombres mientras que hubo 95 involucrando mujeres. Esto es importante, ya que nos habla del “desvanecimiento” de más de 500,000 jóvenes, de sexo masculino. Esto es significativo, debido a que justo en ese rango etario los jóvenes tienden a "desaparecer", lo cual podría ser un indicador de la violencia que estos viven. Si bien la Encuesta Nacional de Juventud del 2010 nos dice que el comportamiento de las mujeres, en cuanto al consumo de bebidas alcohólicas tuvo un incremento, las estadísticas también nos hablan de que ellas no se ven inmersas en accidentes o peleas que pudieran derivar en decesos. También se sabe que las mujeres ocupan lugares clave en el crimen organizado, pero eso es material para otro análisis. Lo que me interesa aquí es encontrar una posible respuesta al creciente interés de los jóvenes por formar parte de las filas del crimen organizado.

 Entonces ¿por qué afirmar que lo que motiva a esto, a los jóvenes del sexo masculino, no sólo es por estatus económico, sino también por la posibilidad de reafirmarse como personas, de asir la subjetividad a algo más allá de la pobre oferta del Estado? Porque podemos ver la otra cara de la moneda, la encomiable, la que permite hablar de mundos posibles. Esa la encontramos en las escuelas rurales que siguen produciendo personas críticas y comprometidas con el Desarrollo y la Justicia Social, cuyas formas de vida "escapan" a esas formas determinadas por la acumulación voraz, fundamentales en el argumento de que lo económico es la única razón por la cual alguien decide sumarse a las filas del Crimen Organizado. Un caso ejemplar es lo sucedido en Guerrero, con los normalistas de Ayotzinapa. Si bien la desaparición de los 43 estudiantes (aparentemente) calcinados en el basurero de Cocula es terrible y no debió haber sucedido, también nos muestra formas de vida distintas, que apuntan a lógicas que van más allá de lo banal y mundano, intentando edificar al ser humano a partir de la austeridad y el compromiso con el otro, en las que se les va la vida misma. No es gratuito que hayan sido violentados ya que su postura está necesariamente cargada de valentía, ya que su oposición a los estructuras de poder fue frontal, con plena conciencia de lo que podría suceder. Y aun así decidieron continuar. Es por ello que insisto en que la violencia, ejercerla o estar dispuesto a recibirla, no se establece solamente por elementos económicos, sino que también les permite legitimar al individuo que la practica, permitiéndole dignificarse y sentirse amado por los otros. Esto deriva en una particular construcción de subjetividad, como lo proponía al principio. Pero la violencia, por sí misma no lo que debemos condenar, sino su normalización, la desensibilización que tenemos ante situaciones violentas. Aquí es necesario preguntarnos ¿sabemos cuántos muertos hay, hasta el día de hoy, con referencia al Crimen Organizado? Según la revista Proceso, fueron más de 121,000,[1] en 2013. Eso nos parece alarmante, pero común. Sin embargo, si preguntamos por Ricardo Esparza Villegas, pocos podrían, hoy, decirnos quién fue o por qué lo menciono en este lugar. Fue un estudiante de mecatrónica, de CULagos (Centro Universitario de los Lagos), que fue al Festival Cervantino y no regresó. Esto es importante porque era una persona regular, como cualquiera de nosotros, pero fue tocado por la violencia, ya que, aparentemente, la policía de Guanajuato es la culpable de su muerte. ¿Qué nos queda, si la desconfianza para con los “cuerpos del orden” crece sin medida? Si ya no nos sentimos seguros, ¿Cuál es la (posible) solución?

La cuestión principal, y lo que me lleva a hablar de la violencia es el hecho de que en lugares como Ayotzinapa, en general y no sólo por los 42 desparecidos, podemos ver ópticas distintas en las que se apuesta por el futuro y la vida, desde la completa austeridad, intentando ser autosustentables. Esto lo hacen poniendo todo de su parte. Incluso, como vimos, ponen en juego su vida misma. Muchos hemos escuchado como desde lo institucional se critica[2] o denigra[3] lo referente a Ayotzinapa. Esto es así, porque se pone en jaque la credibilidad de las instituciones, lo que afecta a los intereses de las “personas” que insisten en mantener su comodidad económica, que no se preocupan por el otro, más que en momentos electoreros. Esa “gente” que está alejada de la realidad en la que estamos inmersos buena parte de la población. Insisto en esto, a riesgo de que se me acuse de “colgarme del hashtag de moda”, porque tiene posibilidades de apagarse. Debo recalcar que, en última instancia, lo particular de los desparecidos no es algo distinto a lo que nos sucede. Sus características son muy similares a las de muchos jóvenes mexicanos. Tiene las mismas condiciones y (supuestas) oportunidades que cualquiera. La única diferencia es que ellos están desaparecidos y tú, hipotético lector, no. Aún.

 

Bibliografía:

Ortega y Gasset, José. Obra Selecta, Comps. Lasaga, José y Gomá Javier, Biblioteca de Grandes Pensadores, Editorial Gredos, Madrid, 2012.

Heidegger, Martin. El Ser y el Tiempo, F.C.E., Decimotercera edición, México, 2007.

Descartes, René. Discurso del Método, Ediciones Mestas, 3ª Edición, España, 2005.

Giddens, Anthony, Consecuencias de la Modernidad. Traducción de Ana Lizón Ramón. Madrid: Alianza, 1993.

Lacan, Jacques. El Seminario de Jacques Lacan, Libro XI, Paidós, Argentina, 2001.

[1] http://www.proceso.com.mx/?p=348816

[2]http://aristeguinoticias.com/0212/mexico/que-ni-se-me-aparezcan-los-normalistas-que-los-vuelvo-a-matar-funcionario-municipal-de-leon/

Publicado en Análisis social

No estoy de acuerdo con lo que dices,

pero defenderé con mi vida tu

derecho a expresarlo

Voltaire

 

Existe ese mito urbano-virtual de que en México es cuestión de vida o muerte expresar una opinión. Claro, existen casos, muchos, en que esto ha sido efectivamente una condición: reporteros investigando las faldas sucias del narco, de políticos corruptos; sin embargo, estos casos no condicionan ni determinan la actividad de la expresión de ideas (pública o privada).

En oposición a este mito urbano, existe una praxis socio-cultural que no sólo afrenta contra la libertad de expresión, sino que la violenta con censura, discriminación, segregación y prejuicio. Esta praxis demuestra la inmadurez del pueblo mexicano frente al ejercicio de la expresión libre del pensamiento y las ideas. Abre una portal de noticias, un blog con artículos de información (incluso esta revista)… dirígete hacia los comentarios del artículo publicado y te encontrarás con la realidad de cómo el mexicano promedio se enfrenta a la libertad de expresión: “Todos los que no piensen como yo son unos idiotas; y si presentas tu opinión pese a que te hice saber que eres un idiota porque no piensas como yo, eres un ignorante pagado, acarreado, borrego y que quiere que todos piensen como tú, para que ‘El sistema’ esté en control de lo que piensas y dices”.

No soy neófito ante este tipo de situaciones y cómo reacciono o me muevo cuando suceden. En mis años de estudiante de literatura, era el pan de cada día. Clases de “análisis literario” que promovían el diálogo y la discusión académica sobre una obra presentada. Clases mediocres donde las opiniones, reflexiones y señalamientos hechos sobre una obra literaria debían estar sujetas a un misticismo idolátrico y reverenciable. Clases en que se pretendía ejercitar el criterio del alumno, pero sólo se ejercitaba la noble acción de lamerle el culo al profesor que lleva años presentando la misma obra idolatrada, una y otra vez, ciclo tras ciclo.

En más de una ocasión he querido vomitar palabras de desagrado y repugnancia ante los comentarios y artículos que presentan a los “#43 niños héroes-mártires”. No he sentido ese deseo por la razón de ofender la terrible situación del caso de Ayotzinapa, ni por la razón de burlar el sufrimiento de sus familiares. La urgencia viene a mí, cuando leo como indiscriminadamente se les ha otorgado ya a los 43 normalistas, ese título de “héroes”; cuando leo que “#TodosSomosAyotzinapa” o que “#Faltan43” y veo en el asesinato de estos jóvenes, un estandarte religioso-político: religioso porque se han convertido en dogma, político porque todos se valen de esa desgracia para hacer, literalmente, lo que se les venga en gana.

Es ridículo como el mismo sector urbano (universitarios) que se indignan por eventos tradicionales-históricos como la Romería de la Virgen de Zapopan o la de la próxima celebración de la Virgen de Guadalupe, sean quienes sufren religiosamente estas muertes. Les llaman ignorantes, les dicen “pueblo sometido por la iglesia”; hipócritas es el título que se gana el pueblo que venera y ejerce su credo. Estos universitarios que se ríen de estas tradiciones, parecen ser ciegos del equivalente ejercicio de sus protestas: Una manta con frases románticas, marchas que atropellan derechos de tránsito y vialidad pública; incursiones en eventos sociales (dramatismos y representaciones pesudo-artísticas-protestantes).

Es como si la fe religiosa en los universitarios se manifestara por intervención divina en sus cursis y chiclosas frasecitas, (que personalmente me dan pena ajena) y que portarlas, como se portaría un escapulario de la Virgen del Carmen, o un Rosario… les otorgara protección divina además de una simbólica herramienta bélica contra el narco y la corrupción. Es como si la fe haya encontrado su nuevo nido en estos corazones jóvenes: fe en que actos inútiles, intrascendentales y mediocres, van a lograr una repercusión efectiva e inmediata en la situación del país.

¿Pero en verdad estos actos de fe (manifestaciones, canciones, mantas con frases cursi, etc.) son desinteresdos, son genuinamente guiados por el objetivo de efectuar un cambio (de cualquier índole), o son acaso sólo muestras patéticas y ridículas de una mediocridad cultural-académica en su visión y limitada en su acción? Yo digo que sólo son actos de egolatría y auto-satisfacción… como masturbarse.

Este fenómeno de onanismo socio-cultural del cual son actores estos jóvenes universitarios, que de universitarios sólo tienen la conveniente situación de pertenecer a una universidad mas no así de ser genuinamente miembros de una comunidad académica estudiantil –algo así como los infames “chairos” que tanto escucho mentar y cuyo significado no logro entender—, carece simplemente de estructura, no digamos planeación u objetivo y plan de acción.

He aquí las mentes más brillantes, fruto en desarrollo de la inversión pública en educación: flor del desarrollo intelectual-cultural-social-económico… He ahí que toda esa experiencia, fuerza, voluntad y colectividad cognitiva de lo que debería ser la base del desarrollo mexicano, sólo puede aterrizar en sus insípidas, ignorantes y ridículas mentes un plan de acción infantil, fantasioso y vergonzoso: mantas con frases cursis (ya sé que las he mencionado muchas veces… pero parce que nadie más ve en esas mantas la mediocridad que son), bloqueos de calles, representaciones dramáticas que son, en su lugar, ofensivas (actuar que son acribillados y caer al suelo como cuerpos, cuando no son ni remotamente partícipes de las condiciones en que miles de normalistas y estudiantes de nivel primario y secundario son)… Yo las escupo, públicamente, yo las escupo. 

Aquel universitario que cree, con el fervor de un religioso en reclusión voluntaria, que sus gritos de borrego (repetitivos) y sus clamores de justicia (incongruentes) así como sus frasecitas sacadas de una tarjeta de congratulaciones en verdad, están haciendo un cambio de consciencia y un cambio político, es como creer que si yo con todo el corazón deseo algo, este algo caerá del cielo como el maná del Exodo Bíblico, para satisfacerme

¿Qué es el egolatrismo y por qué me empecino en juzgarlos de ególatras? A manera sencilla, la egolatría es ese rasgo de la personalidad que exhibe una veneración o idolatría del sujeto hacia él mismo. Esa cualidad de la personalidad que nos hace creer que todos, al igual que uno mismo, nos deben esa reverencia, esa empatía y admiración que falsamente hemos creado sobre nuestra persona (si algún experto en el tema de la personalidad ha de hacerme ver mi error en este rubro, la correcta explicación es bienvenida y agradecida). 

Los “Ayotzinapos” (los simpatizantes, mas no así los familiares y victimas) son ególatras que se valen de esta desgracia que no les aconteció a ellos para hacer manifiesta su indignación y su protestas. Esto no se discrimina, todos podemos hacerlo y es correcto manifestarnos. Pero que el fenómeno socio-cultural acaecido en México haga creer que una manifestación, que una protesta, es la herramienta útil y efectiva para lograr un cambio, es en realidad lo contrario: Los “Ayotzinapos” son la contradicción de su credo; son el nuevo Televisa que quiere imponer su verdad, última y verdadera, sobre el resto de los mexicanos.

Si México cree que estos héroes patrióticos son en realidad la fuerza de la juventud revolucionaria y demás ideas románticas, que van a logar que México llegue a cambiar su situación, México, como país, no logrará nunca nada.

Muchas veces han tratado de adoctrinarme y hacerme ver que estas protestas y este modo de actuar de los universitarios, son el cambio… no lo que cambiará sino el cambio en sí. Y como si fueran testigos de Jehová (perdón por la referencia de intolerancia religiosa), no los puedo hacer entrar en razón de que yo no soy adoctrinable: de que yo no creo que tirarme al suelo en la Fil mientras alguien suena un caracol azteca me va a dar protección divina para que no me asalten en una ruta de transporte público; de que yo no voy a quemarme el cerebro en crear una frase pegajosa como “No era penal, el árbitro era un infiltrado” que me servirá como chaleco antibalas si en alguna ocasión (espero nunca) me veo en medio de un tiroteo de narcos y policías; yo no voy a educar a mis alumnos y mis hijos (si algún día los tengo) para que crean que viven en un mundo mágico donde todo se soluciona con polvos de hadas y pensamientos felices. 

“Yo pongo mi granito de arena. Yo por lo menos hago algo por mi país. ¿Tú qué haces, Mario? tu nomás estás sentado en la comodidad de tu casa, criticando por Facebook las acciones de quienes queremos un cambio en México. Vergüenza te debería dar estar criticando lo que otros hacen por ti lo que tú por huevón y miedoso no quieres hacer por México.” 

Yo critico, porque a México le falta crítica… no gritos.

Publicado en Análisis social

Sin duda, internet como la herramienta del futuro significa en nuestros días un parteaguas para la generación actual; implica una forma de conocer los hechos históricos, o el acontecer diario, de primera mano como nunca antes en la historia del hombre.

No obstante, su poder tiene un peligroso doble filo, arraigado en la añeja creencia de que lo escrito -lo que ves y se presenta a tus ojos, en este caso entre pestañas- es cierto/verdadero. Por eso a unos años de que el invento de Gutemberg cobrara popularidad por el mundo (hace medio milenio), ya había quien dijera que no todo lo que aparecía entre pastas tenía necesariamente que ser objetivo (científico, apegado a los hechos), o verídico.

En esta era de la información, sucede lo mismo aunque de una manera más contundente, primero por la facilidad con que se reciben los mensajes desde la red, luego por cómo están construidos y finalmente por la forma en que son esparcidos como pólvora, de monitor en monitor.

Por una parte, es relativamente sencillo ensamblar una opinión o un comentario (siempre subjetivo) acerca de un tema de actualidad y colgarlo a la red de redes para generar cientos -acaso miles- de likes o shares. En segunda, también es fácil incluir una imagen de apoyo en el texto, e incluso manipular una fotografía para robustecer el dicho y hacerlo pasar como “real”.

Lo anterior, sumado a direcciones de internet (links) que tienen forma de medios existentes (http://www.eldeforma.com, http://www.eluniversal.com.mx.tus-noticias.info/, entre otros), hacen que el surfista de internet preocupado por su realidad, haga partícipe del hecho falso a más personas...

Hasta que caemos en el engaño. Luego, es revisar más fuentes o sitios confiables, quizá bajar la publicación o comentar que el hecho manifestado no era cierto.

Aquí tres ejemplos que circularon en torno a la desaparición de los 43 normalistas de la rural de Ayotzinapa, en Guerrero, el pasado 26 de septiembre.

 

Policías sometiendo a los 43 normalistas

A sólo días de que ocurriera el crimen de Estado perpetrado por autoridades de Iguala, Guerrero, contra un grupo de estudiantes, se difundió una imagen donde aparecen decenas de jóvenes desnudos acostados boca abajo y sometidos por sujetos uniformados.

Al pie de la imagen se lee:

“FOTO PROHIBIDA REPLIQUEN RAPIDO

UN POCO ANTES DE MATARLOS A TODOS, VEAN COMO TENÍAN A ESTUDIANTES NORMALISTAS CON DESEOS DE SUPERACIÓN Y UN MÉXICO MEJOR PARA SUS FAMILIAS.

ESTO NO PUEDE SEGUIR ASI

COMPARTELA YA! PARA QUE TODO MUNDO VEA QUIEN LOS MATÓ”

Aunque se sabe que policías de Iguala efectivamente entregaron al grupo criminal Guerreros Unidos a los 43 normalistas, pero estos no fueron llevados a ningún lugar techado sino al basurero municipal de Cocula (según versión oficial), donde fueron (presuntamente) calcinados; del hecho sólo hay imágenes de la escena, cuando fueron asesinados tres de los estudiantes, y de los camiones baleados de donde fueron “levantados” por los policías, así como de las declaraciones y fotografías a manera de “evidencia” presentadas por el procurador de la República más de un mes después del hecho. 

Lo cierto es que esta imagen no se corresponde con los hechos de los normalistas desaparecidos en Ayotzinapa, sino que en realidad ilustra el momento después de un motín ocurrido en un Consejo Tutelar de San Luis Potosí en el año 2011.

Aún más, cabe destacar que este mismo gráfico (con otro pie de imagen) ya había sido utilizado para promover de igual manera un caso similar de represión en Michoacán, hace dos años.

 

“Bring back our 43”

Otro engaño. Esta vez se tomó la imagen de Michelle Obama, primera dama de EU, sosteniendo una supuesta exigencia a las autoridades mexicanas en torno a los 43 normalistas de la rural de Ayotzinapa, escrita de su puño y letra.

En realidad, la foto corresponde a la misma esposa de Obama con un mensaje entre las manos, pero señalando: “Bring back our girls”, en relación al secuestro de casi 300 niñas ocurrido en un internado de Chibok, al noreste de Nigeria, el pasado 14 de abril de 2014, a manos del grupo terrorista Boko Haram (varias de las víctimas lograron escapar, pero más de 200 quedaron cautivas desde entonces, sin que se sepa de ellas).

Este gesto de Michelle Obama -no replicado pero sí retocado para el caso de los normalistas mexicanos- se dio luego de que miles de usuarios pusieran la etiqueta “Bring back our girls” como trending topic; la ola de indignacioń generó que incluso en diversos eventos, celebridades y figuras públicas alzaran la voz con este grito en torno al violento hecho ocurrido en África.

Lo mismo ha ocurrido en el caso de México, donde miles de personas y actores se han sumado a la exigencia de que regresen vivos a los normalistas.

 

La ONU exige renuncia de EPN

(textual, como circula tomado de http://leppir.com/2014/10/29/onu-exige-la-renuncia-de-pena-nieto-por-crimenes-de-lesa-humanidad-por-favor-comparte/http://leppir.com/2014/10/29/onu-exige-la-renuncia-de-pena-nieto-por-crimenes-de-lesa-humanidad-por-favor-comparte/#)

“Luego de la creciente ola de violencia desatada en México durante lo que va del sexenio del primer mandatario Enrique Peña Nieto, la Organización de las Naciones Unidas ha Solicitado la renuncia de presidente de México, mediante conducto legal.

La Organización de las Naciones Unidas, giro un oficio al Estado Mayor, en donde solicita la renuncia del primer mandatario o amenaza con llevarlo a Juicio ante el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Argentina, uno de los 193 Países que forman parte de la mayor institución Política, económica y social existente.

La Organización de las Naciones Unidas esta en todo su derecho de solicitar lo que a su derecho o interés convenga, pero una acusación tan seria como esta no se debería lanzar al aire sin argumentos. Estamos hablando de un delito por el que 14 funcionarios de diversos países ya han sido juzgados, precisamente ahora que nos encontramos frente a una brecha de derecho internacional en donde los derechos humanos han recargado su fuerza, resulta poco razonable la incitación a violentar algo que hasta el momento tanto se ha pregonado, en términos de lógica no tiene sentido', señaló ante dicha exigencia, el vocero presidencial Eduardo Sánchez Hernández.

La reciente desaparición de los 43 estudiantes guerrerenses, aparentemente perpetrada por mandato del que en su momento fuera Presidente Municipal de Iguala, Guerrero, José Luís Abarca Velázquez, parece haber sido el detonante que llevara a la ONU a tomar esta drástica medida. Por su parte, hasta el momento el primer mandatario no ha hecho mención alguna del oficio que el día de hoy (29 de octubre de 2014) exige formalmente su renuncia.”

Por supuesto, esta “noticia” es un spam que circula en redes sociales, que cientos de usuarios retomaron en sus perfiles o blogs. Esto jamás lo dijo el funcionario federal (del cual sí corresponde cargo y nombre), además de que no existe un conducto legal que la ONU pueda expedir para remover a un presidente de república (“democráticamente” electo) de su cargo, como a muchos ciudadanos les gustaría que la solución viniese de afuera... Cuando mucho, el organismo internacional condena hechos, realiza exhortos o hace llamamientos, pero no a tal grado. Y pese a su presunta importancia, la nota tampoco fue mencionada en medios nacionales o internacionales.

Esta reflexión se encamina a que el usuario coteje las fuentes de una noticia o hecho que se le presente, para que sea capaz de verificar si es veraz, antes de publicarlo al mundo; incluso si la información está falseada, matizarla o advertir de ello a posibles lectores. 

Publicado en Comunicación
Sábado, 29 Noviembre 2014 00:00

El eterno retorno de la esperanza infértil

“Tan ocioso me es seguir a otros como guiarles yo.

¿Obedecer? ¡No! ¡Y gobernar, más que no!”

F. Nietzsche

 

H. L. Mencken, uno de los librepensadores más agudos de los Estados Unidos del siglo XX, señaló alguna vez que si bien, al caer la cabeza de un rey, la tiranía se transforma en libertad, es cuestión de tiempo para que la cara de la libertad se endurezca y vuelva el mismo viejo rostro de la tiranía. Y luego vuelve a caer otra cabeza y así ad infinitum. Detrás de todo este juego, afirma, yace la ilusión básica de que el hombre puede ser gobernado y ser libre a la vez. Creo que esta reflexión le viene como anillo al dedo a los manifestantes que exigen apasionadamente la renuncia del presidente Peña Nieto y la celebración de una nueva elección, sin detenerse a meditar en el hipnotizante y terrífico uróboros político en el que estamos sumergidos y que consiste en nuestra ineludible dependencia de líderes que, periodo tras periodo, prometen liberarnos -ahora sí- de las fauces de la corrupción, la inseguridad y la pobreza en las que nos encontramos atrapados. ¿Se habrá preguntado el manifestante qué tanto vale adelantar el proceso electoral si al fin y al cabo seguiremos dependiendo de una mano administrativa que rija nuestro destino?

La renuncia del presidente se antoja lejana, pero no es imposible. No obstante, de lograrse, no supondría ni un paso minúsculo hacia la libertad. Sencillamente no es un golpe estratégico, ni se está alterando el sistema de regulaciones e intervenciones del Estado en la vida de los ciudadanos. Todo lo contrario, lo que se está pidiendo es una mayor y mejor intervención del Estado: “¡Queremos a alguien que sí nos proteja eficazmente!” “¡Queremos a alguien que ordene a la nación!” Las recientes manifestaciones no revelan a un pueblo que quiera ser artífice de su propio destino. Revelan a un rebaño molesto con su pastor. Quieren a uno mejor, uno auténtico y legítimo. En condiciones “normales”, la renovación de ese pastor, ese vil mortal que se convierte de pronto en depositario del sueño popular, es sexenal. Sin embargo, la exigencia actual es que no termine su mandato: “no ha sabido gobernar por el bien de los ciudadanos”, se ha dicho. Pero así removamos presidentes al primer error, la dependencia de una figura presidencial que refresque nuestro optimismo cada determinado tiempo es absoluta. Es, en efecto, un círculo vicioso que políticos y ciudadanos legitiman con igual ahínco, porque los bandos ideológicos podrán destrozarse, pero la democracia se ha vuelto incuestionable. Y es que el ideal democrático mantiene funcionando la máquina que, cada proceso electoral, deposita en los corazones rotos el combustible que reaviva la esperanza de un mejor mañana. Cada seis años esperamos la segunda venida de Cristo encarnado en ese líder político que habrá de traer regocijo y paz al pueblo. No hay patraña mejor maquillada. Aún el que espera “al candidato menos peor” mantiene una esperanza en las virtudes ocultas de su hombre favorito. No hay desapego, siempre hay alguien bueno por venir.

El arquetipo del héroe ha nutrido la cultura de la humanidad desde épocas remotas, ya sea en los antiguos mitos, en la literatura o en el cine –desde Heracles hasta Luke Skywalker–, pero es urgente desterrarlo de la política si queremos comenzar a escribir una historia sin líderes mesiánicos, una en la que el destino de los hombres no esté en manos de un puñado de gobernantes. #FueElEstado fue uno de los tweets que más se viralizaron a raíz de las manifestaciones en solidaridad con los desaparecidos en Iguala. Si en verdad fue el Estado, ¿seguiremos confiando en él como modelo para la resolución de nuestros problemas? ¿Continuaremos encomendándonos a un sistema de líderes y burócratas que se enriquecen a costa de los impuestos o comenzaremos a plantearnos la mejor manera de ir reduciendo el tamaño del Leviatán y resolviendo de manera privada nuestras dificultades? #FueElEstado, se vocifera, pero pocos se atreven a decir que #ElProblemaEsElEstado; nadie es tan radical como para gritar #DeshagámonosDelEstado. No. Todos anhelan instituciones fuertes y políticos que cumplan. Todos reclaman: “¡cuídame y dame!”. Al gobierno hay que exigirle, sí, pero hay que exigirle que no se meta en nuestros asuntos, que nos deje en paz. El mejor gobierno es el que menos interfiere en la vida de sus ciudadanos. Así, al gobierno hay que exigirle que desaparezca paulatinamente de nuestras vidas. Pero pocos poseen esta radicalidad. No veo a los simpatizantes de los normalistas pidiendo esto. No veo a la izquierda pidiendo esto. De izquierda o de derecha, todos creen en gobernar y ser gobernados, en dirigir y ser dirigidos, en pastorear y ser pastoreados. Todos esperan al que sí sepa cómo hacerlo.

Sí, el problema es el Estado. Pero no se trata de eliminarlo de la noche a la mañana. Es utópico y, de ser posible, requeriría de una revolución armada (con sus respectivos caudillos) que correría el riesgo de imponer un nuevo orden y, por ende, un nuevo Estado. Y caeríamos en el ciclo descrito por Mencken. Es, para bien o para mal, la maldición de las revoluciones. Además, si bien no vivimos en el jardín del Edén, tampoco estamos totalmente sumidos en el infierno de la esclavitud como para no tener otra vía que arriesgar nuestras vidas en una revuelta violenta. Se trata, antes bien, de ir debilitando paulatinamente al Estado e ir aumentando la libertad de los ciudadanos y el margen de la vida privada. Para ello, la exigencia al gobierno debe ser menos “dame” y más “déjame en paz”. Ejemplos:

1. Exigir la desregulación de todas las drogas: “déjame vender y consumir en paz las sustancias que se me vengan en gana”. El retiro de la intervención estatal en este rubro le quitaría el oligopolio de la venta de drogas a los cárteles de la delincuencia organizada. No es la panacea para el crimen, pero está lejos del autoritarismo de la sangrienta guerra contra el narcotráfico que tantas víctimas inocentes ha dejado.

2. Exigir la desregulación de la compra, venta y portación de armas: “déjame protegerme y hacerme responsable de mi seguridad”. Hay quienes piensan que, con esta medida, los delincuentes se armarían fácilmente. Pero, asumámoslo, los delincuentes ya están armados. Son los ciudadanos pacíficos los que están indefensos ante la delincuencia.

3. Exigir la desregulación de la creación de grupos de autodefensa, asociaciones, cooperativas y agencias de seguridad privada: “déjame protegerme y hacerme responsable de mi seguridad”. Ante la ineficacia del Estado para procurar seguridad pública, los ciudadanos deberían tener el derecho a armarse y organizarse para defenderse por sí mismos, tal como ya ocurrió en algunos pueblos hartos de la delincuencia. Mientras no hubiere tribunales privados, dichas organizaciones se atendrían a la ley y a los juzgados estatales, pero el ideal máximo es que la procuración de justicia esté en manos de la gente y no de funcionarios estatales.

4. Exigir la desregulación de la creación de escuelas y planes de estudio: “déjame elegir con quién y cómo educarme”. Por otro lado, comenzar a convertir la educación autodidáctica en un paradigma sería un golpe certero a la caduca educación estatal y a su presunta gratuidad.

5. Exigir la desregulación de la creación y certificación de centros médicos: “déjame procurarme salud a mí mismo y elegir, bajo mi propia responsabilidad, en dónde atenderme”. En los EU de principios del siglo XX el Estado no brindaba seguro social y aún así los ciudadanos gozaban de servicios médicos de bajas cuotas gracias a las sociedades mutuales, las logias fraternales y, en el caso de los más desfavorecidos, las asociaciones caritativas. No hay razón para creer que la sociedad actual no puede organizarse y crear maneras innovadoras de brindarse salud sin la intervención del Estado.

6. Exigir la eliminación de todas las regulaciones para abrir un negocio y para comerciar: no es otra cosa que el “laissez faire, laissez passer” de la auténtica tradición liberal. Y la aspiración es total: desde la libertad de abrir casinos en cualquier parte hasta el cese de la persecución a comerciantes callejeros. Esto supone también el fin de los privilegios a las grandes empresas amigas del gobierno (crony capitalism) para dar paso a una auténtica liberación de mercado con competencia real.

Hay quienes piensan que sin Estado y sin líderes políticos no hay libertad. Pero, lejos de ser su garante, el marco estatal es un obstáculo para las libertades. Allí donde hay una regulación específica, por más sensata que parezca, hay un atentado a una libertad específica. Nadie debería prohibirme hacer cualquier cosa que no quebrante el derecho a la vida y a la propiedad de los demás, pero el Estado lo hace. Históricamente lo ha hecho, prohibiendo incluso la libertad de expresión, de credo o de orientación sexual. Lo sigue haciendo, con las regulaciones ya descritas y con otras no enumeradas. Los ejemplos anteriormente citados son sólo algunas formas de ir resquebrajando el poder estatal y dárselo a los individuos para que se organicen voluntariamente de la manera en que crean pertinente y así comiencen a resolver sus problemas, dependiendo cada vez menos de pastores gubernamentales que vivan a expensas del dinero público. 

Publicado en Análisis social

Soy de una generación donde la manifestación social ha sido vista como una opción de libertad de expresión, como una vía de comunicación para hacer notar a las autoridades su ineficacia al frente del Estado, como un medio para demandas loables y primordiales del ciudadano común, que se rebela al sistema en el que vive y decide salir a las calles, apropiárselas, clamando por sus derechos.

También soy de una generación donde la probabilidad de que se hagan efectivas las demandas, de la gente que manifiesta su malestar, son prácticamente nulas; pero que, sin embargo, dejan la sensación de ser el medio de lograr los cambios en ese sistema llamado Estado, mejor dicho, en esa estructura llamada Estado.

¿Por qué sucede que la manifestación se ha vuelto algo que las propias autoridades asumen como propio o inherente a su labor? ¿Por qué pasa que seguimos creyendo que es la manifestación la que va dar esos saltos de calidad que esperamos de la clase política que conforma el Estado?

Antes de entrar en tema, es pertinente tomar en cuenta que la manifestación como estrategia efectiva se basa en el hecho de ser un acto público que expone y exige respuesta a las demandas puntuales de la colectividad que la lleva a cabo, pero también es un llamado a los demás miembros de la sociedad para hacer conciencia sobre problemáticas reales y graves que les afectan; así como ser una petición de responsabilidad moral a todos los ciudadanos, exponiendo las razones de su actuar social.

Decía yo, al inicio de este texto, que soy de una generación en la que la manifestación es una herramienta de presión para demandar al Estado su ineptitud como director de las actividades propias del mismo. En ese sentido, he podido ver –en fechas recientes– un "clamor nacional" en México producto de varias circunstancias que a nuestras autoridades se les han ido de las manos –así lo relatan los medios de comunicación, así lo muestran los hechos–.

Ante lo anterior surgen manifestaciones aquí, allá y acullá y, de pronto, muchos toman las calles haciendo notar su indignación; otros hacen efectiva su molestia en las redes sociales –mismas que hoy parece representan al ciudadano promedio del país, pues así lo dejan ver muchos medios de comunicación–. Tal situación me trae a la mente el concepto de "estructura", aplicado al Estado mexicano para evidenciar el posible fracaso de las manifestaciones –sin negar que estoy de acuerdo con el descontento que impera actualmente–.

Concretamente, rescato lo siguiente que propone Piaget (1995) "una estructura es un sistema de transformaciones que está compuesto por leyes y que se conserva o se enriquece por el juego mismo de sus transformaciones, sin que éstas terminen fuera de sus fronteras. Una estructura comprende tres características: totalidad, transformaciones y autorregulación”.

Es decir, la estructura es un todo inteligible que se encuentra formalizado mediante un modelo en el que se muestran las relaciones -y transformaciones- del fenómeno intangible a partir de un principio de funcionamiento que engloba 3 características: totalidad, transformación y autorregulación. Las dos primeras características de la categoría son importantes y no podemos negar la presencia de las mismas en la estructura en cuestión que es el Estado mexicano.

Cuando hablamos de totalidad resulta claro que el Estado está compuesto por elementos independientes del todo –pienso de bote pronto en los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial– y que están subordinados al mismo con leyes específicas. El caso de la transformación lo evidenciaré con base en el modelo democrático que tenemos; éste permite cambios –al menos de Partidos Políticos– en los puestos de representación popular que supondrían transformaciones en la vida política del país y, por tanto, en la sociedad misma.

Bien, de las tres partes que caracterizan el concepto de estructura, la que me parece más importante es la de autorregulación, pues ésta produce la conservación misma de la estructura. Trasladando esta categoría a la noción de estructura política podemos interpretar que las manifestaciones, la presencia de gente descontenta y que clama por sus demandas, pues no son otra cosas que "vicios o errores" permitidos por la misma estructura política. Es decir, son ejemplos de autorregulación de la misma estructura política para seguir conservándose intacta y totalmente hermética.

Publicado en Análisis social

Guadalajara, Jalisco, Octubre 15 de 2014.- Ante los recientes acontecimientos de revuelo político social y en busca de la paz común, considere usted lo siguiente.

1.- Haga usted el favor de razonar sus peticiones. Elimine el lenguaje soez. Borre de sus pancartas todo aquello que pueda interpretarse como descalificación hacia las autoridades (vocabulario como “asesinos”, “corruptos”, “terrorismo de estado” no es recomendable) y si tiene usted la capacidad de expresarse académicamente –con engolamiento de voz incluido- diríjase a los funcionarios encargados de responder a sus peticiones con el grado de estudios por delante (licenciado, maestro, doctor) o con el nombre del puesto y su respectivo calificativo de respetabilidad rastrera (señor presidente, honorable gobernador, distinguido alcalde).

2.- Sea consciente de su entorno y respete a la sociedad que lo rodea. Evite gritar, romper en llanto o usar altavoces, recuerde que el ruido es una forma de violencia. El Estado, consciente del derecho de la ciudadanía a la tranquilidad, lanzará con total precaución gas lacrimógeno, buscando generar el menor ruido posible, y no ejercerá su legítimo derecho a las armas a menos que se vea forzado a hacerlo –como cuando lo nombren asesino o corrupto, graves faltas a la autoridad- antes buscará no pasar del macanazo y del levantamiento masivo de personas en camionetas que se retirarán lo antes posible para no molestar a los ciudadanos que están en sus hogares o lugares de trabajo. En caso de desapariciones masivas, iniciará una investigación que podrá desarrollarse en un plazo de entre 5 días hábiles y medio siglo… quizás más, de ser necesario. Por lo que, sea usted una persona consciente, tenga paciencia y no contribuya a generar pánico social.

3.- Recuerde que una sociedad ordenada y civilizada es una sociedad próspera. Ejerza su derecho a la manifestación sin afectar las actividades académicas o laborales. Así pues, busque manifestarse en callejones o zonas habitacionales semi-despobladas, en el bosque o, de ser necesario, en algún lote baldío cercano a su comunidad. Si vive en Guadalajara, recuerde que el Mirador de Huentitán suele ser un sitio tranquilo y poco frecuentado; la barranca también resulta una opción viable, siempre y cuando no alce usted mucho la voz, porque el eco podría resonar en las comunidades aledañas. Procure hacerlo antes de las 7 de la mañana, a la hora de la comida o durante el Prime Time o el horario de la telenovela. Puede hacerlo también en días festivos no religiosos mientras la manifestación se desarrolle en completo orden y silencio, en filas bien formadas y de preferencia en grupos no mayores a 10 miembros.

4.- Es importante no generar basura. ¿Los panfletos… quién los lee? Y aquellas consignas escritas en cartulinas y papel imprenta representan un importante daño al ecosistema generando un impacto negativo en el medio ambiente. Por favor, concienticémonos y no utilicemos más papel. Puede usted organizarse mediante redes sociales (consulte las Normas para la Correcta Manifestación y Muestras de Indignación en Tapatilandia en Facebook, Twitter u otras plataformas).

En el siglo XXI, la era de la información nos permite expresar nuestros desacuerdos en un marco de diálogo e intercambio respetuoso y ordenado sin precedentes en la historia.

Modosos activistas de todos los municipios y rancherías ¡Uníos!

Publicado en Crítica

¿Es la obediencia civil en el México violento opuesta al poder de la comunidad política?

El presente escrito aborda esta cuestión a partir de una de las tesis sobre la violencia de Hannah Arendt para contrastarla con los acontecimientos que en nuestro contexto nos alertan sobre las formas y efectos de la violencia desde los aparatos del narco gobierno contra la sociedad civil. En esta comparación se sostiene que los ciudadanos que justifican el estado de cosas desde una indiferencia coincide en uno de los rasgos de la banalidad del mal: la obediencia ante un deber y la ausencia de empatía ante el dolor de quienes conformarían la comunidad política. Esta postura ciudadana sería opuesta a la práctica política y por ende, a las condiciones de vida de los mismos que sostienen esa indiferencia.

Violencia y mal radical

Una de las tesis más importantes en el estudio de la violencia que hizo Hannah Arendt (2006, 2009, 2010) es que la violencia tiene formas y mecanismos racionales que anulan la acción política. La falta de consenso sobre el origen o motivo de la violencia extrema ha llevado a algunos planteamientos que suponen un "más allá" de la violencia en cuanto a su desproporción (en Balibar y su concepto de “violencia fetichista”, Derrida y su concepto de “crueldad” por ejemplo); según esto, habría algo “más allá” de la razón en la violencia que nos impediría entenderla para modificarla. En su propuesta sobre la “banalidad del mal”, Arendt (2009) concibe la violencia como racional y por ello, ubicada en el interior de la vida activa del totalitarismo. A diferencia de Kant que ubicaba la fuente del mal radical en el egoísmo, para Arendt éste se encontraba en volver superfluos a los seres humanos eliminando la espontaneidad impidiendo a su vez la pluralidad de la vida con otros por el “delirio de omnipotencia” de lo individual (Bernstein, 2004). El egoísmo en Kant no necesita la eliminación de la espontaneidad ni la pluralidad ni el reconocimiento de los demás. Según lo expresado en su estudio sobre el totalitarismo (Arendt, 2006) esta forma de gobierno mostró que el mal radical podría generalizarse a amplios sectores de la sociedad externa, los enemigos, pero también implementarse al interior de la comunidad entre iguales. Al ser los ciudadanos gobernados por el terror y la vigilancia se eliminaba la pluralidad y espontaneidad entre ellos. Esta forma de deshumanización tenía efectos no sólo en los enemigos sino en los propios integrantes de la masa (algo similar a lo que plantea Foucault y los mecanismos de poder que no necesitan de un centro o instancia oficial para que se ejerza en lo cotidiano).

Esta dominación total tiene tres componentes:

a) El asesinato legal o jurídico de las personas, cuando mucho antes de los campos de concentración, se establecieron restricciones legales contra los judíos de manera que para ellos no había ley aplicable, la destrucción de sus derechos civiles.

b) El asesinato de la persona moral. Cuando en los campos los SS corrompían toda forma de solidaridad entre los judíos haciendo que se traicionaran entre ellos o cuando daban a “elegir” a quién se debía matar.

c) El más grave, núcleo del mal radical, la destrucción de la individualidad o singularidad. La espontaneidad está asociada a la libertad, la creación, la natalidad. Cosificar al humano, hacerlo superfluo, sin diferencia respecto a las cosas.

Es evidente que la práctica masiva y evidente de exterminio no tiene la misma dimensión ni condiciones cuando comparamos el caso de los nazis con el de nuestro país. Pero también es cierto que en los casos de miles de asesinados y desaparecidos en los últimos dos sexenios han superado nuestra idílica creencia de que la cosa “no estaba tan mal” para llegar a la creencia de que cualquier ciudadano y por ende, las comunidades a que pertenecen son heridas constantemente sin consecuencias; cualquiera podría desaparecer impunemente. Lo que han hecho las justificaciones gubernamentales, replicadas por los medios oficialistas y que han terminado circulando en lo cotidiano por los ciudadanos obedientes es, paradójicamente, atacar el fundamento del lazo comunitario. Sin embargo, no son creencias que funcionen per se, se ubican en un contexto en el que la sociedad se ha reducido a una masa que se preocupa fundamentalmente por sobrevivir; en condiciones donde la vida se hace superflua, según Arendt (2009). Si las preocupaciones cotidianas remiten a las condiciones materiales inmediatas las cuestiones o preocupaciones de índole más general en lo político y en lo espiritual simplemente no tendrán el mismo peso (“primero lo material, luego lo espiritual”, se diría desde el marxismo). El resultado de esta forma de obediencia es una indiferencia, una apatía ante el dolor de lo que destruye la vida individual y política.

La destrucción de los derechos civiles, la corrupción de la solidaridad y la destrucción de la subjetividad en un contexto de masificación, supervivencia y terror es, en conjunto, una realidad que, desde el caso de los estudiantes de Ayotzinapa, nos cuestiona sobre el valor del lazo político que pueda hacerle frente a la corrupción e indiferencia.

 

Banalidad del mal y violencia

Otra clave para entender el mal radical desde el totalitarismo en la propuesta de Arendt se encuentra en el texto "Eichmann en Jerusalén" (2009) con la idea de la banalidad del mal. ¿Qué implica esta banalidad? No es, contrario a lo que pareciera, el límite o el extremo de una anormalidad moral o psíquica de quienes participan de la destrucción de otros, sino el núcleo de la normalidad misma:

Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de delincuente –tal como los acusados y sus defensores dijeron hasta la saciedad en Nuremberg-. Que en realidad merece la calificación de hostis humanis generis, comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad (Arendt, 2009: 402-403).

El mal radical que introduce el totalitarismo se localiza en la supresión y exclusión de la condición humana y su dimensión política desde una normalidad acorde a los deberes de la ley. La banalidad del mal es entonces, cometer actos monstruosos pero sin motivos monstruosos basados en una superficialidad del pensamiento, inhabilidad para pensar desde el lugar de otra persona, es decir una dificultad no cognitiva –Eichmann sabía lo que hacía- sino una dificultad del juicio en su dimensión política y ética apelando al deber de manera irreflexiva: “yo sólo obedecía órdenes”.

Lo que pasa en México a partir del caso de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa: movilizaciones sociales, protestas de connacionales y ciudadanos en otros países, cuestionamiento desde la academia y los medios y sobre todo, las muestras de una tensión social y su latente explosividad remitiría a la tesis de Arendt: hay violencia social que evidencia la frustración política.

La simulación de la política desde las instituciones corruptas y coludidas con el narco poder dificulta el diálogo, el reconocimiento de los ciudadanos y sus derechos en el pacto social, lo que provoca una reacción “racionalmente” violenta, aunque escandalosa para los obedientes ciudadanos. Si bien es cierto que Arendt sostiene que es irracional pretender un uso y control de la violencia como instrumento para la política a largo plazo, hay cierta violencia que, en esas condiciones de no escucha y desacuerdo, sirve racionalmente para dar salida a la frustración de la acción política (otro debate será necesario para analizar el atributo de racionalidad de la violencia a la luz de la analogía de ciertos actos violentos irracionales con el “pasaje al acto” en psicoanálisis como lo propone Zizek). Si bien la política es una práctica de reconocimiento, de escucha, diferencia y acuerdo que como tal sería opuesta la violencia, esto no niega que hay eventos sociales que, aunque violentos por parte de los ciudadanos, sean racionales. Esto implica un entendimiento de la violencia sin que necesariamente se justifique dado su carácter de acción humana impredecible. Por supuesto, esto no aplica igual para las instituciones del estado que estarían en un lugar jerárquicamente superior dado el pacto social por lo que si las fuerzas del estado usan la fuerza contra civiles, como ocurrió en Iguala sería el caso del uso monopólico y legítimo, algo falso como sabemos; o sería el caso del terrorismo de estado en tanto que se usó para mantener la simulación del status quo contrario a los intereses y derechos básicos de los ciudadanos.

El énfasis no se puede ubicar del lado de los asesinos materiales como monstruos que destruyeron literalmente la existencia de los estudiantes normalistas. Su responsabilidad es evidente, así como la actualización radical de la banalidad del mal en sus actos al obedecer órdenes. Por supuesto está la responsabilidad de los poderes que conforman al estado en la cadena de corrupción entre el gobierno de Guerrero y las mafias. Aquí se enfatiza la cuestión sobre la responsabilidad de quienes pudiendo exigir cuentas y cambios de esa corrupción e impunidad terminan replicando, como ciudadanos obedientes, la justificación oficial vacía que excluye al Estado de su responsabilidad: gobierno, instituciones y los mismos ciudadanos. La ciudadanía obediente participa de esa simulación aunque sea opuesta a sus derechos y necesidades cívicas en la comunidad política.

Para fines de la lucha que restablezca el poder político en los ciudadanos esa postura sería inaceptable. Pero por lo menos es necesario dejar la cuestión para debatirla: para los fines de una práctica política más auténtica ¿es más valiosa una expresión de frustración política violenta que cuestiona la simulación de la política oficial que una obediencia basada en la indiferencia de los males de la comunidad política en aras de una supuesta paz social?

Referencias:

Arendt, Hannah (2006) Los Orígenes del Totalitarismo. México: Taurus.

____________ (2009) Eichmann en Jerusalén. Barcelona: Debolsillo.

____________ (2010) Sobre la violencia. Madrid: Alianza.

Bernstein, Richard (2004) El mal radical. Buenos Aires: Lilmod.

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Publicado en Análisis social