Miércoles, 08 Febrero 2017 18:37

¿Ya murió la filología?

Muchos de nosotros sonreímos al enterarnos de que, por allá del siglo XVI, había gente que creía que todo cuanto se encontraba en los libros de caballerías —algo así como los bestsellers de la época— era forzosamente verdad por el hecho de que estaba escrito e impreso. Con cierto aire de superioridad, nos imaginamos a aquellos seres inocentes para quienes el libro es necesariamente conocimiento, y que por lo tanto creen que hay islas fantásticas —como la ínsula barataria a la que tanto se aferraba Sancho Panza— o que se puede ir a la luna si uno va montado en un hipogrifo. Y nos decimos con autocomplacencia: “ah, la gente de aquellas épocas…”.

Pero una rápida ojeada basta para notar que tal credulidad sigue existiendo en nuestra época, y la prueba de eso es el modo en que circulan a veces noticias de “periódicos” como el Deforma. ¿Quién a estas alturas no ha visto a personas profundamente indignadas compartiendo en redes sociales noticias que son un flagrante disparate? “México se queda sin himno: SEGOB olvida renovar contrato con los dueños de los derechos”, rezaba un titular que algunos compartieron con insistencia. Y me pregunto: ¿qué les hizo creer que debía ser cierto? Parece ser una razón muy cercana a la que existía hace 500 años. Ahora, incluso, basta con un “estudios actuales confirman que…” para que mucha gente caiga tan fácilmente como se caía en el siglo XVI al leer que un autor afirmaba ser sólo “traductor” de un antiguo manuscrito árabe donde se revelaban profundos y misteriosos arcanos.

¿Y por qué cuento todo esto? Porque quiero compartir la historia de una credulidad de este tipo que duró por lo menos 6 siglos: desde el siglo VIII más o menos hasta mediados del XV.

Situémonos mentalmente en la Europa de la Edad Media. Había conflictos políticos y religiosos, como siempre ha habido. Desde el siglo IX, con el papa Nicolás I, habían comenzado a surgir fricciones entre, por una parte, el poder papal y el poder secular del imperio carolingio (el que había fundado Carlomagno), y por otra parte, entre la Iglesia Romana y la Iglesia Oriental situada en Constantinopla. Básicamente, Nicolás I reclamaba para la Iglesia Romana una superioridad por encima del poder imperial y por encima también de todas las otras Iglesias.

La tensión se fue incrementando hasta que, en el año 1054, el papa de entonces, León IX, escribió poco antes de morir una carta a dirigida a Miguel I Cerulario, patriarca de Constantinopla. Esa carta es la que se suele considerar como el detonante del Gran Cisma de Oriente y Occidente. El resultado es bien conocido: “yo, papa de Roma, te excomulgo, impío griego bizantino”; “yo, patriarca de Constantinopla, te excomulgo, inculto y pretencioso romano”. Como se sabe, el cisma tuvo profundas consecuencias hasta la actualidad, algunas de las cuales quizá no se podrían ahora sospechar: por ejemplo, el polaco y el ruso son lenguas muy cercanas pero usan una escritura muy distinta: el polaco utiliza el alfabeto romano; el ruso, uno basado en última instancia en el griego. La razón se puede retrotraer hasta esta profunda escisión cultural.

Pues bien, en esa carta, para invocar León IX el hecho de que la “santa sede” romana tenía un imperium o preeminencia tanto terrenal como espiritual, cita un documento legal en su respaldo que se conocía como el Constitutum Constantini, el Decreto de Constantino o más comúnmente llamado la Donación de Constantino. El decreto en cuestión aparecía en un corpus jurídico muy respetable en la época; o más bien, el corpus jurídico de la Edad Media, los Decretos de Graciano, que le confería un aura de validez. La Donación decía cosas muy curiosas. Aparecía firmado por el propio Constantino I, emperador romano, allá por el siglo IV. Básicamente, Constantino confirmaba el poder de Silvestre, obispo de Roma de 314 a 336, como cabeza del clero por encima de los otros cuatro patriarcados (Alejandría, Antioquía, Jerusalén y Constantinopla) y sobre cualquier iglesia del mundo, y le daba al pontificado romano una legitimidad incluso terrenal al transferirle todos los símbolos imperiales (corona, manto púrpura, cetro, etc.). Y no sólo eso, sino que también se daba una justificación de por qué Constantino había decidido trasladar la capital del imperio a Bizancio: “por lo cual, me he dado cuenta de que es consecuente que mi imperio y poder sobre el reino se traslade a las regiones orientales, y edificar con nuestro nombre una ciudad en el lugar inmejorable de la provincia de Bizancio, y fundar ahí mi imperio, pues no es justo que, donde el principado de los sacerdotes y la cabeza de la religión cristiana se han fundado, ahí el emperador terrenal tenga potestad”.

¿Y de dónde venían tantos beneficios por parte de Constantino? Esto no lo explicaba el documento. Cualquiera que tuviera oídos en aquella época conocía bien la historia. Decía la leyenda que, después de que Constantino desencadenó una de las más brutales persecuciones del imperio contra los cristianos —acordémonos que se les veía casi como disidentes políticos—, el emperador contrajo lepra en justo castigo por sus acciones. Como los médicos no podían curarlo, según se dice en la Leyenda dorada, los “sacerdotes de los ídolos” le recomendaron a Constantino que se bañara en sangre pura que fuera vertida por 3 mil niños degollados. Justo antes de llevar a cabo semejante matanza, Constantino se dio cuenta de la innecesaria brutalidad del acto. Se arrepintió y optó por morir si su único modo de vivir era propiciando tantas muertes. A la noche siguiente, Constantino tuvo una visión en que los apóstoles Pedro y Pablo le anunciaban su salvación en recompensa por su decisión tan moderada: tendría que ir a buscar a Silvestre, que había huido de Roma por las persecuciones y se había refugiado con otros religiosos en el monte Soracte, y él lo salvaría. Silvestre, que después sería canonizado, se encargó de la conversión al cristianismo de Constantino y fue así como éste se salvó. Es una leyenda que tendrá múltiples variantes —en la Nueva España del siglo XVI se representarán obras de teatro evangelizadoras donde el emperador leproso será más bien Vespasiano y se curará con el “manto de Verónica”—, pero la idea central es clara: lo que salva a un emperador de enfermedad tan dura es la fe cristiana.

Como se verá, entonces, la Donación de Constantino tenía mucho sentido durante la Edad Media: era la muestra de agradecimiento del mandatario supremo que, no obstante, se inclinaba en actitud de reverencia ante el poder eclesiástico. No sólo se tenía, pues, la leyenda de su conversión sino incluso un documento legal que ratificaba esa cesión de poder a la Iglesia romana.

Pero llega el siglo XV y he aquí que Lorenzo Valla entra a esta historia. Nacido en Roma a inicios del siglo, Valla era heredero de una tradición cultural que ya se venía gestando por lo menos desde Petrarca y que —entre otras cosas— se distinguía por un interés muy marcado por conocer a profundidad la lengua latina y emplear eso como herramienta para comprender las grandes obras de la Antigüedad que se iban encontrando aquí y allá en monasterios remotos. En 1440, Valla tenía ya un puesto relativamente cómodo como secretario de Alfonso, rey de Aragón, Sicilia y Nápoles. En ese año, dio un discurso que tituló Discurso sobre la Donación de Constantino, acreditada erróneamente e inventada (Declamatio de falso credita et ementita donatione Constantini). Básicamente, lo que hizo Valla fue emplear sus conocimientos históricos y lingüísticos para demostrar sin lugar a dudas que la Donación de Constantino no podría haber sido escrita en el siglo IV, en época del emperador, y que por lo tanto era una falsificación posterior.

Nada modesto, Valla comienza su discurso mencionando el valor que se requiere para defender la verdad por encima de la autoridad papal. Sabe que se expone a la excomunión. Después de argumentar la improbabilidad de una donación de esa naturaleza e imaginar lo que los ciudadanos romanos le habrían reprochado a Constantino y la forma en que Silvestre —siendo hombre humilde— habría rechazado tal regalo, Valla ahonda en la imposibilidad histórica de la transferencia de poder. Si sabemos que el poder de facto lo siguieron teniendo los emperadores posteriores a Constantino, entonces ¿en qué sentido se puede hablar de una donación que no donó realmente lo que promete? Y lanza la pregunta al papa de entonces y a sus predecesores inmediatos: “¿Por qué proclaman ustedes con gran voz la Donación de Constantino y amanazan a menudo —como vengadores de un poder robado—a los reyes y los príncipes, y les exigen confesar la propia servidumbre al emperador y a no pocos otros dirigentes cuando son coronados, como al rey de Nápoles y de Sicilia? Eso nunca lo hizo ninguno de los antiguos pontífices romanos”.

Luego, dice Valla que la Donación es una interpolación en los Decretos de Graciano, pues no aparece en los manuscritos más antiguos de los Decretos y además éstos tienen innumerables pasajes que contradicen precisamente lo que dice la Donación. ¿Cómo podía ser que que el corpus jurídico más reconocido cayera en flagrantes contradicciones?

Y además, ahí estaba la lengua en que estaba escrita la Donación, en la que Constantino dice: “Consideramos útil junto con todos nuestros sátrapas y el senado en su totalidad”. Valla, con un tono irónico con el que parece carcajearse de la sandez que se cometió al hacer decir “sátrapas” al emperador, menciona el sencillo hecho de que tal palabra es imposible en un emperador, pues designa algo semejante a “vasallo” en español pero en el contexto de los persas de la época de Jerjes (siglos V a. C.). ¡Como si los emperadores romanos tuvieran “sátrapas” e incluso hubiera que mencionarlos antes que el propio senado!

Después, Valla se detiene en la mención que hace la Donación sobre el “pueblo sometido a la Iglesia Romana”. La donación, señala Valla, ocurrió a los tres días del bautismo de Constantino si hemos de creer a lo que nos dice el mismo documento, pero hasta esa época los cristianos se reunían de manera clandestina y huidiza. ¿En tres días lograron someter a todo el pueblo romano? Y pone un pasaje que captura perfectamente el tono de Valla hablándole al falsificador del texto: “El pueblo que gobierna a los demás pueblos es él mismo llamado ‘sometido’, lo cual es inaudito. (…) ¿Cómo podía ocurrir en tres días que todos los pueblos estuviesen presentes en la donación como sometidos al poder de la Iglesia Romana? ¿Y aún así, acaso toda la clase baja del pueblo juzgaba? ¿Qué es esto? ¿Antes de someter Constantino al pueblo al pontífice romano lo llamaba como ya ‘sometido’? (…) ¿Qué otra cosa haces, infeliz, sino poner en evidencia que tienes la intención de engañar, pero no la capacidad?”.

Después de ensañarse en las redundancias, las imprecisiones léxicas, luego de burlarse de la indumentaria que le atribuye al emperador —con “cetros” y “diademas de oro” que jamás usaron los romanos, sino mandatarios muy posteriores—, Valla retoma el asunto estrictamente lingüístico: el sencillo hecho sintáctico de que en la Donación se diga “decernimos… quod uti debeant” (“decretamos que se deben usar…”) en lugar de “decernimus... ut utantur” (“decretamos que se usen”) es muestra de que el latín en que está redactada la Donación es más tardío que el de la época de Constantino. Y así increpa al falsificador: “¡Que dios te destruya a ti, el más malvado de los hombres, que le atribuyes un lenguaje bárbaro a un siglo cultivado!”.

En fin, ¿para qué me puse a describir lo que hizo Valla? Para hacer ver que la filología es una disciplina muy vieja que parte de algo muy preciso: la desconfianza crítica ante la tradición escrita. La desconfianza por sí sola, por supuesto, no lleva a nada. Valla no había logrado nada si solamente hubiera desconfiado. Es sólo el punto de partida, luego de lo cual hay que analizar los textos echando mano de conocimientos muy especializados sobre historia de la lengua y sobre dialectología, pero también apoyándose en conocimientos históricos. En el Renacimiento, claro, la filología fue una de las mejores herramientas críticas para afrontarse a la tradición escrita, que era una enorme maraña de atribuciones verdaderas y falsas a autores y donde a veces era imposible saber en qué época o por quién había sido escrito un texto.

Pero éste es justo mi punto: nuestra realidad digital actual no está muy alejada de eso. El exceso de información y la proliferación de textos de muy diverso tipo en internet nos han puesto en una situación semejante. Ya no sabemos cuál es el origen de muchos escritos y el problema de la autoría parece haberse avivado en los últimos años. Estamos continuamente bombardeados por textos que sirven para justificar prácticas diversas, y esa desconfianza inicial —con la parte analítica posterior— parece ser la actitud más prudente ante muchas noticias o mucha información que se dice “probada”. Por eso creo que la filología no ha muerto, sino que precisamente en nuestra época puede tener un nuevo impulso. Valla puso en evidencia una falsificación que con la que el papado justificaba su autoridad, y efectivamente el Vaticano dejó de invocar, a medida que pasaron los años, la Donación de Constantino como prueba de su autoridad. ¿Para qué sirve entonces la filología? Para mucho.

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Cuando publicó Las flores del mal, el poeta francés Charles Baudelaire se enfrentó a la descalificación moral de su obra, a una multa y a la censura de algunos de sus poemas. Eso no le impidió publicarlos nuevamente y pasar a la historia de la literatura como una figura de trascendencia por su propuesta temática y estética, y por su visión de la vida, el arte y la poesía. El poeta manifestaba su oposición a la sociedad burguesa viviendo sin restricciones morales una vida de excesos y, a pesar de su satisfacción hedonista y la búsqueda vital de la experiencia de lo sublime, evidenciando el spleen, el tedio o el descontento que le producía el mundo del que se marginaba y en el que encontraba una dualidad entre materia y espíritu, belleza y fealdad, intuición y racionalidad. Es decir, en la obra de Baudelaire encontramos un cuestionamiento a su época. Su obra es producto de su tiempo pero él se convierte en un observador crítico y en un experimentador voraz que debe luchar contra el vacío y la abulia que le genera esa dinámica.
Charles Bukowski, años después y en el contexto estadounidense, fue un escritor prolífico de una literatura soez, descarnada y transgresora. Su obra genera reacciones contradictorias en lectores y críticos, pero algo sobresale entre sus líneas: una voz y una moralidad propias, una luz crítica, irónica y humana, casi dolorosa, que no tiene empacho en mostrar la realidad más cruda de la vida cotidiana, la mirada oscura, lo que muchos verían pero no se atreverían a señalar, sin concesiones y sin adornos lingüísticos. ¿De qué se nutre la poesía de Bukowski? De sus vivencias, pero sublimadas; de la necesidad de llenar sus vacíos con significantes creativos. No se trata de una literatura confesional aunque de pronto lo parezca. No es un hombre tirando su basura a sus incautos lectores. No intenta imponernos ni su moralidad, ni su visión de la vida. Es un hombre que se arroja hacia un abismo oscuro y, mientras cae, describe la vivencia con la única certeza de que no hay modo de volver a la superficie, o quizás no le interese.
El Marqués de Sade, George Bataille, el grupo de la Generación Beat… otros nombres y movimientos forman parte de la literatura de la transgresión. Pero, ¿en qué consiste esta transgresión? Se trata de una postura crítica, una escritura de búsqueda, un intento por cuestionar y trastocar un orden, un modelo ideal, un deber ser. En la violencia, en los excesos, en el impulso hacia la muerte se encuentra la contraparte: el impulso vital, el caos que motiva el cambio o la muerte ineludible. No se trata de textos vacíos. La lectura superficial conduce a la náusea; una lectura más profunda revela un armazón de ideas, trastorna al lector, lo obliga a pensar.
Baudelaire inspiró a Verlaine para crear el concepto de “poeta maldito” y, desde entonces, se ha tendido a colgar el epíteto a muchos de estos poetas transgresores. Sin embargo, los conceptos, cuando son usados con ligereza, tarde o temprano se desgastan y se vuelven vacíos. Ahora encontramos poetas malditos por dondequiera. Su vida disipada es un disfraz o, cuando mucho, un pretexto para escribir. A diferencia de los poetas transgresores, su provocación parte de la confesión, de un regodeo narcisista, del cuestionamiento a lo externo desde sí mismos, desde su propia realidad inconforme. No viven un nuevo orden moral, no hay búsqueda de una estética, no crean nuevos lenguajes ni figuras; son autocomplacientes y les falta autocrítica. Su actividad poética no es más que un performance, una búsqueda de fama, un intento por volverse burócratas de la escritura, pero denunciando siempre la incomprensión de las instituciones para adoptarlos. Esos poetas ejercen la escritura perversa, la que no tiene referentes externos, la que solo ve al lector como un espejo y no como contraparte creadora. Estos poetas perversos arrojan su basura emocional y vivencial, pretendiendo que tienen una moralidad más auténtica y un intelecto más brillante. No admiten, por tanto, la crítica. Si un lector se atreve, es un imbécil, un ignorante.
Retomando lo dicho más arriba, toda escritura es producto de su tiempo. ¿Qué proyecta la escritura de nuestros días?, ¿qué ideas, qué realidades subyacen a esta escritura perversa? ¿Cómo reconocemos en la actualidad los auténticos textos malditos? ¿Qué leemos, qué interpretaciones hacemos y qué nos cuestionamos los lectores? ¿Nos dejamos seducir por una escritura vacía o somos lectores exigentes? No hay escritores sin lectores. Los lectores también debemos ser más malditos y menos perversos.
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Actualmente, buena parte de la Televisión abierta producida en México es terriblemente sosa, sin argumentos y ordinaria. Desde Laura de América, Cada Quien su Santo, La Rosa de Guadalupe, Sabadazo o (casi) cualquier otro programa de Televisa o TV Azteca no son más que reiteraciones de viejas y anquilosadas formulas, que buscan divertir o entretener con shows que no dan pie a la reflexión, que ni siquiera intentan edificar al ser humano. Simplemente se trata de presentar sandeces, burlas malintencionadas e incluso la más pura intolerancia. La mayoría de los contenidos parecen escritos por personas fuera de la realidad. Lo terrible es que desde ese lugar se sigue intentando esgrimir la identidad. Parece que aún se busca generar condiciones para la manipulación, que tendrán éxito, como antaño. No es gratuito que Andrea Legarreta y Raúl Araiza, en un programa de revista llamado “Hoy” hayan tenido la bonita ocurrencia de asegurar que el precio del dólar no afecta a la economía familiar mexicana (habría que ver a qué familias se refiere). E incluso afirmaron que no era culpa del Gobierno actual, sino de China y otros países, nunca de Peña Nieto. Esto es particularmente significativo, por la posible lectura que nos presenta. Pensemos lo siguiente: ¿Qué tan mal debe estar la situación en México para que, desde la Televisión, se nos diga que la economía no está mal o, al menos, que si lo está, no es culpa del Gobierno? ¿Por qué específicamente en un programa como “Hoy” y personas como Andrea Legarreta y Raúl Araiza?

Para responder a estas cuestiones se vuelve necesario partir de ciertos prejuicios. El primero y más importante: ¿Quiénes son los que ven Televisión abierta? Personas que no pueden accesar a al servicio que ofrecen las compañías de cable. Y, al menos en México, es una mayoría. Y no nos quedemos ahí. Vayamos un poco más allá, con estos prejuicios: ¿Qué escolaridad deben tener? A lo sumo, preparatoria. Y seguramente serán unos pocos. Probablemente el grueso se haya quedado en primaria o menos. Y si llevamos el argumento hasta las últimas consecuencias, imaginemos de la capacidad crítica de los (hipotéticos) sujetos de quienes hablo aquí, que seguramente es nula. Mantengamos estas cuestiones en mente.

Por lo pronto pasemos al título de este ensayo, que tiene que ver con el consumo. Pero un consumo especial y particular: el hacerlo sin cuestionar. En buena medida, partiendo de los prejuicios anteriores, los espectadores de la mayoría de los programas de revista son individuos que no se preguntan por la veracidad de lo que se dice en el aparato que tienen al frente. Y no sólo eso, sino que pueden ser fácilmente manipulables. Cuasi imbéciles, en palabras de la mencionada señora. Y no nos quedemos ahí. También son flojos y sin iniciativa. Que son pobres porque no le chingan como Raúl Araiza (no se ofenda, si usted trabaja doce horas y apenas puede pagar la renta. Debe chingarle más). Esto nos habla de la visión que tienen de sus espectadores. No es nada nuevo que personas con ciertos privilegios asuman que las condiciones son las mismas para todos. Y que si nos encontramos en ciertas precariedades económicas, es culpa nuestra, por no querer trabajar más duro. O simplemente porque no queremos hacer el (imposible) sacrificio de ahorrar. Insisto en que esto no es nada novedoso. Indignante sí, pero no novedoso. Lo dicho por este (sin tilde) sujeto nos sirve de contexto. Dejemoslo de lado y enfoquémonos en lo verdaderamente perverso: ¿Quién diseña esos discursos y por qué? En cierto momento, la Televisión funcionaba como generador de identidad. Desde ahí uno podía encontrar ciertos paradigmas culturales, lo cuales se reproducían en la vida diaria. Éramos testigos de la creación de ciertos marcos que permeaban la constitución misma de los sujetos. No por nada vemos en la película de David Fincher (2007), El Asesino de Zodiaco, al inspector William Arstrong diciendo: Es muy real. ¿Cómo lo sé? Porque lo vi en la televisión. En buena medida estas palabras representan la noción de que la televisión moldeaba una parte del pensamiento, sancionando positivamente ciertas ideologías y satanizando otras tantas. Es así que el consumo de los discursos que se nos presentaban ahí, devenían en la construcción del deber ser. No por nada el sueño americano sigue vigente y muchos de nosotros quisiéramos cristalizarlo.

En este momento adquiere significado el haber nombrado los prejuicios de más arriba. Podemos ver que la institución que emite esos mensajes ve al público como estúpidos, que no tienen ni recursos ni capacidad crítica. Que con sólo unos cuantos programas idiotas, que les permitan salir de su realidad, serán felices y aceptarán de buena gana eso que se les dice que deben ser. Sin embargo, no es así. La estructura se equivoca. Y lo paga con creces. No es menor que Angélica Rivera intentó vender la casa blanca, que se busque pena de cárcel a quien insulte a algún funcionario público o que Peña Nieto aclare el calceta gate. Ese lugar responde, de manera nada dócil, a la idea que la institución tiene de los (supuestos) espectadores, a quienes van dirigidos esos discursos. Uno de los recursos que se utilizan son las Plataformas Virtuales de Socialización, las mal llamadas Redes Sociales. El uso de memes, parodias o hasta noticias de broma, como las del Deforma inciden en las decisiones de estos individuos. Unos se disculpan, otros desaparecen y unos tantos intentan agredir, como Duarte. Sin embargo las cosas no quedan ahí. Se vuelven virales y dificilmente se detendran. Lo importante es no perder de vista que quienes llevamos a cabo dichas acciones somos los actores, no las tecnologías.

Retoando esto del lugar desde donde se emiten los discursos institucionalizados y quién los diseña, a riesgo de sonar paranoico, se puede observar que la intención de quien-quiera-que-haya-sido quien le pidió/pagó a Legarreta y Araiza que minimizaran el efecto pernicioso del aumento del dólar, está intentando manejar los datos a su beneficio, que está apelando a ese lugar que tenía la televisión. En última instancia, desde los prejuicios más arriba enunciados se esgrime el discurso de Andrea Legarreta. Ella, como asegura, simplemente estaba cumpliendo órdenes (con la carga histórica que esa frase tiene). Partiendo de este supuesto, estamos dándole el beneficio de la duda, refiriéndome a que en verdad, en su vida fuera del estudio, ella sepa que el aumento del dólar incide en la economía de las familias mexicanas. Lo que hay detrás de ese teleprompter son los intereses específicos, de gente que considera a los espectadores como personas sin criterio o capacidad de decisión, autómatas que sólo responden a lo que se les dice en los programas televisivos. Esto muestra que los encargados de comunicación de quien-sea-que-haya-sido no son más que dinosaurios que intentan perpetuar su control. Lo terrible, pero a la vez interesante, es la poca visión que tienen hacia lugares como la Internet, que en ocasiones sirve como piedra en el zapato de ciertos regímenes (hay quien insiste en que hasta es un contrapoder. Yo difiero en ello), ya que siguen estacionados en las formas anquilosadas de control y la deseada sumisión del individuo. Ahí se encuentra lo más gracioso, que siguen apelando a las formulas que funcionaron hace años. No se dan cuenta que la televisión ya no produce contenido y que el uso intensivo de la Internet y las Plataformas Virtuales de Socialización puede incidir de manera significativa en las decisiones de alguien, como que Andrea Legarreta acepte que debe ser más cuidadosa con sus comentarios (Milenio, 2016). Pero esa es la parte más graciosa, ya que seguramente, los interesados, sí lo tienen en mente, por eso han intentado a toda costa regularlo. Entonces, cabría preguntar: ¿A quién va dirigido su mensaje? Difícilmente sería a esas personas que de verdad creen que el aumento en el precio del dólar no les afecta, siempre y cuando no compren cosas en el extranjero. Hacer eso, sería inocuo. Pero, si no es a ellas, ¿Entonces a quién? ¿O simplemente esos comunicadores hacen como que no saben? Imagino que a estas alturas ya suponen que nosotros, los ilustrados (léase con mucho sarcasmo), no vemos televisión ni consumimos lo que Televisa y TV Azteca ofrecen. Nosotros afirmamos encontrar nuestras noticias o diversión en otros nichos. Sin embargo, bajo esta premisa de poder, no vemos mucha de la riqueza que se encuentra en los espacios de la cotidianeidad. Es por ello que no debemos desdeñar lo que sucede en la televisión abierta, ya que podríamos encontrar cuestiones muy interesantes que, negando esos nichos, nos sería imposible ver.

Para finalizar esto, y con el respeto que me merece señora Legarreta, usted dice estar preocupada por lo que pudiera pasarle a su familia, le invito a que se pregunte, sin considerarme uno de los tres idiotas con los que no debe colgarse, según dice Raúl Araiza, ¿Por qué yo, Paris González Aguirre me sentí ofendido con sus comentarios? Yo no le amenazo de muerte. Yo no me burlo (mucho) de su inocencia. Yo no ataco su persona. Yo no la tildo de imbécil. Yo no asumo que sea una idiota. Aclarado esto, me gustaría preguntarle a usted, desde su lugar de madre amorosa: ¿Cómo puede dormir por las noches, besar a sus hijos, decirles que los ama, sabiendo que su misión en la vida es engañar a las personas, de manera cínica y directa? ¿No le parece que quienes nos irritamos por su comentario, desde el teleprompter, también estamos preocupados por lo que le pasará a nuestras familias? ¿Piensa que no deberíamos estar consternados por la incertidumbre que genera la crisis que se avecina? ¿De verdad cree que la molestia es porque piensa diferente o debido a que es mujer? Píenselo, por favor. Se lo agradecería. 

Publicado en Crítica

Hablar de Peña nieto no es nada fácil. Asegurar que es un estúpido es simplista y no permite ver las posibilidades analíticas de éste personaje. Si bien su inglés no es fluido, cae en errores garrafales, es ignorante, tiene mal gusto, es corrupto, encubridor, vividor y hasta una marioneta, no podemos hacer a un lado que es el presidente de México. Su presidente.

Ahora, si queremos hablar del escenario de la “política mexicana”, es necesario observar con detenimiento la “carrera” de campaña y presidencial que ha tenido el susodicho, lo que me dará elementos para afirmar que de imbécil no tiene ni un pelo.

Primero que nada, recordemos su participación en la Feria Internacional del Libro (FIL), aquí en Guadalajara, Jalisco. Sí. Nos reímos del ridículo que hizo y no le vamos a permitir que se le olvide. Desde ahí comenzamos a ver su falta de cultura, de eso que llamamos “alta cultura” (Benjamin, 2008). Eso nos sirvió para hacer mofa de él. Y ni qué decir de la respuesta de su hija, llamándonos prole y envidiosos. Sin embargo, en su actuar hay algo que no cuadra ¿Cómo puede ser posible que no lo hayan preparado para que hablara sobre libros, si su visita iba a ser en el marco de la FIL? ¿Qué equipo de campaña tan terriblemente ineficiente debieron tener, para que eso sucediera? ¿Por qué exponer al escrutinio de los snobs e intelectual(oid)es que se reúnen en la FIL? Evidentemente fue un error imperdonable, ya que, por no leer, se puso en evidencia al candidato a presidente de la nación. En lo personal, jamás confiaría en alguien que no puede mencionar tres libros que hayan marcado su vida. Pero soy yo. Y esa es una de las muchísimas razones por las cuales no me identifico con Peña Nieto. Si por ser del Partido Revolucionario Institucional (PRI), ya había perdido mi voto, con esa acción ni pensar en escuchar sus propuestas políticas. Sin embargo, si partimos del supuesto de que las personas que sí leen lo criticamos duramente, entonces, quienes no lo hacen, se sentirían interpelados. ¿Por qué digo esto? En un país como el nuestro, según la revista Proceso (http://www.proceso.com.mx/?p=339874 consultada el día 14 de abril de 2015), los mexicanos, en promedio, leemos 2.8 libros, al igual que Peña Nieto. Evidentemente hay quienes ni de broma se acercan a un libro. Es entonces que su acto no estaba dirigido a los intelectual(oid)es, que son una minoría. Estaba pensado específicamente para llegar a esas personas que “no les gusta leer”.

Lo anterior es medular, ya que la forma en la que un político puede adjudicarse el triunfo, al menos aquí en Jalisco, es a partir de si le cae bien o no, a los votantes, desde el hecho de si se identifican o no, con él o ella. Sus propuestas, si las tienen, pasan a segundo plano. No es gratuito que haya candidatos, en la coyuntura de las elecciones, grabando ridículos vídeos musicales (http://www.animalpolitico.com/2015/04/desde-happy-hasta-el-serrucho-candidatos-se-aduenan-de-canciones-famosas-para-sus-campanas/). Retomando, si Peña Nieto fue víctima de un cierto tipo de agresión por parte de los intelectual(oid)es, esta redundó en que, quienes no tienen este hábito, se sintieran por demás identificados. Pero la cosa no termina aquí. Los “aciertos” de Peña Nieto continúan. ¿Por qué nos escandalizó tanto su frase de “no soy la mujer de la casa”? Porque a nosotros personas racionales, positivistas, científicos, intelectual(oid)es, feministas, anti sistema y todo lo que la modernidad y “tolerancia” conllevan, nos causó un corto circuito: ¿Cómo es posible que en los albores del siglo XXI exista una persona tan retrograda y arcaica? ¡Y peor aún! ¡El candidato a la presidencia! De nuevo, nosotros, somos minoría. Los que leemos, nos informamos, sabemos de las condiciones del país y no nos deslumbra una pantalla, vales de despensa o tarjetas de Soriana, no alcanzamos a comprender cómo es que éste individuo emita juicios machistas y misóginos, sin consecuencias. Pero claro que las hay. Sin embargo no son las que nosotros esperamos. Si eso lo escucha un hombre-macho mexicano en Chiapas, por ejemplo, estará de acuerdo con Peña Nieto: “¡Las pinches viejas están pa’ servir! ¡¿Cómo chingados no?!” podrían ser sus palabras. Pero la peor parte es que hay mujeres que interiorizan esos discursos y creen que su lugar es en la cocina o cuidando a los niños. Y esto no sólo sucede en las fronteras del sur del país, sino en las grandes ciudades, donde los individuos confunden ser cosmopolita con el compartir enlaces en Facebook, sobre las 20 cosas que una mujer debe hacer antes de casarse, las nuevas tendencias de moda en Europa o la muerte de algún autor que apenas han leído o escuchado. E insisto. Esto no acaba aquí. Aún queda un largo tramo de momentos Peña Nieto.

Uno particular e importante, y para finalizar, fue cuando, en Tuxtla, afirmó que recibió una buena "cogida". Probablemente esto no fue más que un lapsus que permite inferir lo que preferiría estar haciendo. Eso es algo común entre las personas ya que, según Freud (1920), buena parte de nuestros impulsos están relacionados con las relaciones sexuales, lo cual minimiza ese error. Lo destacable e importante, lo que me sirve aquí, es lo que hizo después, al darse cuenta de su equívoco. Ante la impasividad del público, atinó a decir: “No. No fue albur. ¡No sean así!”, lo que detonó una ronda de aplausos, seguida por sonoras carcajadas. Es así que, de nuevo, muchos nos sentimos interpelados. Me incluyo. Porque, ¿Quién no ha albureado alguna vez? ¡Hasta el más disidente podría doblar las manos por la empatía que el mexicano tiene por los albures! Esto lo vemos en los comentarios del vídeo, 

 

donde la constante es la palabra pendejo, pero matizan diciendo que es uno tierno. Aquí un ejemplo: "Jejeje pobre Enrique Peña debo aceptar que ya hasta me cae bien xD !" (sic). Esto muestra que su estrategia es perversa. Aunque parece un ingenuo, eso mismo le permite posicionarse en lugares que los “iluminados” han perdido de visto. O si lo miran, lo hacen de reojo y con desprecio. Pero dejemos hasta aquí los lapsus de Peña Nieto. Pensemos en los demás actores políticos, esos que se mueven al interior de las instituciones.

Si ellos, quienes aseguran tener intenciones de trabajar en beneficio de la población, no logran cuajar sus proyectos, no sólo se debe a la corrupción que ejerce el partido en el poder, como lo escuchamos en palabras de Leonel Sandoval Figueroa, 

 

padre del gobernador de Jalisco Aristóteles Sandoval: “es ilegal, pero no lo vamos a andar diciendo”, sino que hay cuestiones estructurales perversas que no permiten, a nosotros, los mexicanos, ver un poco más allá. A riesgo de parecer un #pejezombi, podemos ver una de las cosas que falla en la oposición. Se encuentran del lado del nosotros. Ese nosotros que parece ver desde arriba a las personas que consideramos incultas, a las que se “compra” con un Frutsi o una torta. A la que una televisión de plasma o  tarjeta de Soriana le bastan para votar por un partido que se ha caracterizado por ser represor, oligarca e inepto; que no produce soluciones estructurales, pero que sí propone la metafísica del uno mismo. La cuestión es que los partidos “tradicionales” juegan y se aprovechan de la miseria. La instauran, la reproducen, la legitiman y luego aparecen como salvadores. Es muy difícil que alguien, a quien la inmediatez determina, que vive al día, con carencias que rayan en lo inhumano, crea en un individuo que le promete, a largo plazo, que su nivel de vida mejorará. Y no sólo eso, sino que podrá ser más feliz y sus hijos tendrán futuro. No se equipara con recibir una despensa, ya, hoy, aquí. Eso que permitirá darle de comer frijoles a hijos desnutridos. No se pude poner en el mismo lugar los bienevales que los transvales. Los primero son gratis y los segundos cuestan $3.50. ¡Y sólo se pueden usar si uno estudia! ¿Y cómo va estudiar, si apenas le alcanza para pagar la renta y medio comer? Más bien, antes de pensar que estamos por encima y criticar o burlarnos, lo ideal sería preguntarnos ¿Qué haría yo en esa situación, en la que un Frutsi se vuelve la diferencia entre traer algo en el estomago o no?  

Publicado en Análisis social

“Lo más molesto de estos juicios que reprueban el uso de los helicópteros es que traen un hedor a complejo de inferioridad sin igual”. Carlos Mota

El columnista del portal virtual del periódico nacional El financiero expresa su molestia hacia la respuesta social que ha ocasionado el caso del gobernador de Morelos, Graco Ramírez ( http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/si-que-usen-los-helicopteros.html ). Además de señalar que dicha indignación, más que ser un reclamo del pueblo para el esclarecimiento del uso de recursos públicos -erario-, es un grito “hediondo” a envidia y complejo de inferioridad, el autor observa dos errores “fundamentales” en los reclamos. El primer error es, a consideración de Carlos Mota, el error de creer que México es accesible. La “orografía”, tal como lo menciona el autor es el primer error “fundamental” en que se encuentra la ideología de estos pobres, hediondos a envidia y acomplejados mexicanos -sarcasmo-. ¿Cómo se les ocurre pensar que un servidor público, por necesidad e incapacidad “orográfica”, pueda llegar en un transporte “público” y no en uno privado? ¿En qué mente alcanza la ignorancia -si ésta fuese mesurable- para creer que nuestro magnánimo Gobierno, en su justa y transparente rendición de cuentas, haya empleado la cantidad necesaria para el planeamiento y ejecución de sistemas de comunicación vial que efectivamente permitan el transporte y comunicación aprovechando el conocimiento orográfico que se tiene del territorio nacional? Y lo que menos puedo entender, ¿por qué los “radicales” no pueden entender, que pese a la agenda de los servidores públicos, sus asistentes y economía administrativa en general, son incapaces de hacer un viaje que puede tomarle horas, quizá días, si utilizan los mismos medios y recursos que el propio Gobierno -al cual representan- ha dispuesto en el sistema de caminos, cuando ellos pueden utilizar recursos “privados” y evitar así, “malgastar” su tiempo utilizando un método común y normal de transporte? Dejemos el sarcasmo de lado.

Sr. Carlos Mota. Si usted encuentra un error “fundamental” en los comentarios de indignación y reprobación, porque el sistema de caminos y transporte no le permite al Señor Gobernador, llegar a tiempo a X reunión a la que estuviese comprometido, le informo que su argumento, además de clasista e ignorante, carece de “fundamento” epistemológico, argumentativo y lógico. Si existe un problema con la “orografía” de México, no tiene nada que ver con el sistema de transporte que existe en éste o aquel país extranjero: Si en París, como menciona, un tren te lleva a tu destino en 2 horas, no es por la orografía del país, sino por el efectivo uso de los recursos para implementar un sistema de transporte adecuado a la topografía, orografía, demografía y en general, los diversos conocimientos y estudios necesarios.

El segundo error “fundamental” que observa el columnista y autor de la nota, Carlos Mota, reside en la ambigüedad de su propia incongruencia discursiva y la contradicción de aquello que denuncia: parámetros morales. ¡Denle una cerveza a este hombre, caray! “La sociedad mexicana está entrando en una paranoia moral caracterizada por juicios sumarios hacia personajes públicos, quienes son duramente juzgados acerca del uso de recursos que tienen a la mano.”

Una “paranoia moral”, porque no era suficiente diagnosticar, ignorantemente, de “acomplejamiento de inferioridad” a quienes se mostraron en contra de lo sucedido, ahora y para cerrar con una paradoja retórica psuedo-filosófica, hay que diagnosticarlos de paranoicos. Y no cualquier paranoia, una “paranoia moral”. Sr. Mota, me encantaría una exposición, con lujo de referencia bibliográfica sobre cómo se diagnostica y cuál es el cuadro semiótico sintomático de quien padece dicho trastorno. ¡Oh…! Disculpe usted mi malinterpretación ¿Acaso ese concepto fue meramente metafórico, destinado a señalar que existe una psicosis, un trastorno social que afecta el juicio moral con ideas delirantes sobre la realidad y la experiencia propia de quien lo padece? ¿O acaso su uso metafórico fue, en realidad, de uso poético-estilístico para acentuar, enfatizar su reprobación hacia estos sujetos (“La sociedad mexicana”) a los cuales, obviamente, usted no pertenece y sobre los cuales, obviamente, puede ejercer el mismo y paradójico juicio moral? Dejemos el sarcasmo, nuevamente. El segundo error “fundamental” que señala el autor apunta a que no existe el parámetro moral para denunciar, acusar, enjuiciar y condenar hechos político-sociales:

“¿Quién establece la barra de lo moralmente adecuado y lo separa de lo que no lo es? ¿Es un periodista, un político incorruptible, un organismo internacional como la OCDE? ¿Quién? En esta ocasión fueron los helicópteros; pero mañana podrá ser otra cosa: comer en el Estoril; vacacionar en San Francisco; hospedarse en algún FiestAmericana Grand; comprar unos zapatos en Ferragamo; o utilizar un auto Acura.”

La pregunta capciosa con la que pobre, ingenua y mediocremente intenta argumentar su segunda hipótesis, no está elaborada para responder “¿Quién?” La capciosidad se encuentra en la retórica de la confirmación que presenta una tercera hipótesis implícita, misma que se argumenta y se confirma en la pseudo-argumentación, del segundo error “fundamental”, visto en la pregunta misma: “Nadie”. Nadie puede establecer nada (moralmente), ni bueno ni malo… ¿Cómo lo harían si son presos de una “paranoia moral”? ¿Sus delirios pueden acaso, ser tomados como verdad? No. Nadie puede reclamar el uso, debido o indebido de recursos públicos. ¡¿Cómo se atreven?! Si los servidores públicos quieren hacerlo ¿Quién se opondrá; quién les pedirá cuentas, quién? ¡Nadie! Porque son ellos y somos nosotros. Son ellos: políticos, gobernadores, periodistas, servidores públicos; y somos nosotros: “pueblo delirante y hediondo de envidia”. ¿Complejo de inferioridad? ¿Acaso un reclamo de equidad, de claridad, de justicia, es sinónimo de un complejo patémico depresivo? Y en todo caso, si habremos de lanzar diagnósticos psicológicos -como lo hace el autor de la nota- ¿no es más lógico que los servidores públicos, en sus actos de prepotencia; en sus vidas de lujos inútiles -artículos domésticos y personales sobrevaluados: “de marca”-; en la hegemonía del “yo hago lo que quiero por mi posición” sean diagnosticados de “complejo de inferioridad”?

La tercer hipótesis que el autor maneja en su artículo, implícitamente, ya debe ser clara para este momento de la lectura. Esa hipótesis que argumenta y confirma los dos “errores” de la respuesta mexicana; la hipótesis que señala que el pueblo mexicano no debe reclamar nada, no debe reflexionar nada: El pueblo mexicano es pendejo. Ya llamó al mexicano, a nosotros y a él, entre-ellos, “paranoicos”. Ya nos cuestionó sobre qué autoridad -moral o social- tenemos para reclamar el uso del erario público. Y concluye como inicia: reafirmando que no tenemos nada que ver con lo que los servidores públicos, gobernantes, periodistas y políticos hagan. Obviamente México no tiene otros problemas que solucionar, dado que sus máximos líderes se ven libres de utilizar recursos públicos para resolver grandes problemas como: “la orografía y el cuestionamiento moral... o el llegar a tiempo a una reunión”.

Publicado en Crítica
Martes, 02 Diciembre 2014 00:00

Feminismo carismático

Lo que le haces a una mujer, se lo haces a todas
pero lo que hace una mujer no define a todas...
...No pues, qué conveniente.

Desde hace unos días en la red social Facebook anda circulando un video que trata sobre cómo el sexismo hiere a los hombres. Este video lo he visto en repetidas ocasiones colgado o compartido en los “muros” de varios contactos de Facebook. La autora de este video informativo, es una “Youtuber” (nominativo otorgado a los “Video Bloggers” de Youtube, el sitio web más famoso y utilizado de alojamiento y compartimiento de videos en internet) cuyo nombre es “Laci Green” (ignoro si es su verdadero nombre o sólo un pseudónimo para su canal de videos en dicha página).

Lo que me llamó la atención de este video, además de ver una presentadora guapa (introdúzcase aquí el apelativo sexista que me quieran adjudicar), fue ver cómo se presentaba carismáticamente un tema tan retrógrada y mediocre como lo es el “feminismo”. Sí, en efecto, creo y tomo mi postura en la manifestación de que el feminismo, ese movimiento social que (supuestamente) lucha por la equidad de género, es el primer ofensor y estorbo u obstáculo para lograr verdaderamente una sociedad equitativa y respetuosa hacia “el género”.

Es ontológicamente una contradicción presentar un movimiento social cuyo estandarte es la segregación de géneros y cuyo objetivo dice ser la equidad de éstos (géneros). Un ejemplo de esta contradicción, sería la analogía de crear un movimiento social contra el racismo y llamarlo: “Poder Negro” o “Poder Blanco” o “Negrismo”… No puedes exigir equidad cuando llamas a la partición de la sociedad, a que esta se fragmente en simpatizantes y opositores. Por ello, el feminismo, es retrógrada, tanto o más que lo es aquello que el feminismo intenta “erradicar”, es decir, el machismo o el sexismo. 

Regresando al video de esta presentadora, mencionaba que un elemento en éste video me orilló a cerrar el video y no verlo completamente: la desinformación que esta presentadora imparte. Hacia el primer minuto del video, la presentadora, expone una definición de “sexismo” equivocada o quizá, culturalmente arbitraria (dado que esta definición pueda pertenecer exclusivamente a la cultura Norte Americana de los Estados Unidos de América). 

Nuestra máxima autoridad de la lengua española, la Real Academia Española, define al sexismo como: “Atención preponderante al sexo en cualquier aspecto de la vida; discriminación de personas de un sexo por considerarlo inferior” Real Academia Española (2014). Diccionario de la lengua española (23.a ed.). Consultado en http://www.rae.es/ 

Por otro lado, la presentadora de este video hace referencia al significado de sexismo de la siguiente forma: “Sustantivo. Prejuicio. Estereotipar –aunque esto es un verbo— o discriminación, típicamente contra la mujer respecto al sexo –lo sexual—.” 

Creo que es redundante resaltar la comparación en su diferencia, sin embargo lo haré, de todas formas. A veces no es suficiente presentarles las manzanitas y las naranjas al público: hay que hacerles ver la diferencia entre estos.

Mientras que la definición oficial define al sexismo como una discriminación hacia personas pertenecientes a un sexo (referido al género, sin determinar ni limitarse a uno de ambos), la presentadora del polémico video, inmediatamente presenta una versión de esta definición parcialmente certera: presenta a la mujer como género victimizado de esta discriminación. Entender que este tipo de información carece de sustento argumentable (en esta situación, etimológica) al mismo tiempo que se manipula para presentar un panorama completamente enfocado a la mira/enfoque que el sujeto desee, es un acto de desinformación. No se le otorga al público el panorama abierto, objetivo, imparcial, se le ofrece sólo lo que el expositor desea que el público conozca, limitando el enfoque y el criterio con el que se trabajará lo expuesto. 

En ese punto del video que se expone la manipulada información sobre la definición de “sexismo” (alrededor del minuto 1), que decidí simplemente no ver el video… no me interesa, ni me es necesaria la información tergiversada, manipulada. Sin embargo y para no caer en el mismo error pragmático que la presentadora (de exponer información tergiversada en este comentario), contra toda mi voluntad y con un desagrado personal hacia este tipo de “feministas”, decidí continuar viendo los restantes 3 minutos de este video de información y opinión, sobre el feminismo carismático… al finalizar el video, me arrepentí de esta decisión. 

No pasaron siquiera 15 segundos cuando necesité de una pared cercana a mí, para repetida y coléricamente estrellar mi cabeza contra ella (situación que estoy seguro, agradaría a muchos conocidos). La presentadora afirma en esos breves 15 segundos, que todos los “complejos” y “presiones” del hombre surgen no de un sexismo directo (de la mujer contra el hombre) sino del sexismo del hombre contra la mujer: de un sexismo indirecto, un balazo salido por la culata. Esta afirmación, aunque debatible y razonable, nuevamente re-cae en una falacia argumentativa, en un falso silogismo insustentable. La presentadora, sin ningún escrutinio académico, afirma que estos complejos en los hombres surgen en el hombre cuando éstos se definen como “hombres contra mujeres”. Seguida de esta atrevida declaración, utiliza ejemplos falaces de lo que (a su consideración, ya que en ningún momento hace referencia a ningún estudio o investigación) un hombre utiliza para definirse, entre ellas: “Yo soy hombre porque no soy emocional, como las mujeres; No soy físicamente pequeño, como las mujeres”. 

Si bien, es parte del “Vox populi” y algunas investigaciones soportan que efectivamente los modelos de masculinidad, le privan al hombre de expresar sus sentimientos (dado que esto es estereotipadamente una contradicción hacia lo masculino), aludir a este tipo de conocimiento popular, para aseverar que los hombre se definen como hombre porque están “contra” la mujer, es aberrante y repudiable. Aberrante y repudiable ya que la formación del hombre “contra” la mujer, es una situación que responde a una semiótica sencilla de la oposición por contradicción: “Yo soy niño, tengo pene; yo soy niña, no tengo pene”. Es en la contradicción que se cimenta la precepción de lo que diferencia a los géneros y sobre este cimento, establecer uno de los parámetros (más no el único) que vendrán a definir la identidad del sujeto: tanto sexual, como social, como emocional, entre otras. Dicho de otra forma, la identidad de un sujeto (hombre o mujer) no se completa ni se determina únicamente por la formación de una única identidad (la sexual), por lo cual es un error creer que el hombre se define (a sí mismo) como “Hombre” basándose únicamente en su identidad sexual (puesto que pertenece al género masculino).

Sin embargo esta situación parece no importarle, o quizá no reparó en ella, a la presentadora, quien continúa ejemplificando y argumentando sobre esta falacia silogística que los prejuicios del hombre sobre el hombre son culpa del hombre por establecer un sexismo contra la mujer. Literalmente, en el minuto 1:34, la presentadora concluye (después de su pseudo-argumentación-ejemplificación) que “estas presiones específicas de género –complejos masculinos— son un efecto secundario del sexismo”. 

Porque obviamente, es un sacrilegio, un pecado, una forma de “pensamiento retrógrada” creer o siquiera pensar que las mujeres no tienen prejuicios sobre los hombres… y si los tienen son culpa de un mítico patriarcado-hetero-fálico-normativo… porque para las feministas, sea cual fuere la situación, los hombres tienen la culpa y ellas, las mujeres, son víctimas.

Observen, lectores, cómo la presentadora minimiza y solventa el impacto agresivo del sexismo masculino al llamarlo “presiones específicas de género” y cómo, en especial, adjudica la culpabilidad de estas “presiones” al propio hombre (puesto que el sexismo, como ella lo presenta, es discriminación hacia la mujer y sólo hacia la mujer).

El video termina con la presentadora manifestando su repudio hacia el sexismo, afirmando que “afecta” a ambos géneros. Durante todo el video, el carisma de esta joven es innegable y ciertamente logra simpatía con su público, sin embargo a pesar de lo carismática que sea esta presentadora expone un tema sin referencia, sin soporte o apoyo académico, por lo cual y una vez finalizado el video (pese a que me arrepentí de verlo), no me sentí tan, mal… “es un texto de opinión” me dije auto-convenciéndome de escribirle una réplica para hacerle presente sus errores. Sin embargo, preferí utilizar su video como pre-texto para escribir mi propio artículo de opinión en la que podría puntualizar el error de este video: El feminismo es un pensamiento retrógrado, que no ayuda a la causa que pretende, ni tampoco ayuda a la sociedad. 

Este comentario no pretende ni sostiene que la discriminación sexual no exista así como los lamentables y múltiples casos de violencia de género. Sin embargo y como fue manifestado anteriormente, el feminismo es un movimiento retrógrada que falsamente lucha por la equidad de género y únicamente logra la segregación y exclusión de género.

Pueden ver el video referido en el siguiente enlace: http://youtu.be/iwQBlNVqL-E

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Nadie sabe, salvo los suicidas, cuándo va a morir. Y cuando  alguna personalidad destacada fallece naturalmente, en medio de una crítica situación política y social, es mera coincidencia. Tal es el caso de Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”, cuya muerte ha generado múltiples reacciones, tanto en Internet como en espacios públicos y privados, en las que se han reflejado las actitudes y las posiciones que son resultado de nuestro contexto actual. Resulta interesante ver cómo estas reacciones difieren cuando se trata de conciudadanos o extranjeros. En las redes sociales, se evidencia una polarización entre los usuarios mexicanos: unos lamentan la muerte del cómico, otros lanzan toda clase de críticas e insultos. Pero en usuarios de otros países hispanoparlantes, prevalecen por lo general las alabanzas y expresiones de duelo. Esto podría deberse, amén de la particular crisis sociopolítica que se vive en México, a la recepción de Chespirito en las distintas regiones: aquí es un referente, para bien o para mal, de la historia de la televisión; en Centro y Sudamérica, casi una deidad del humorismo.

Quiero dedicar particularmente la atención a ciertos comentarios críticos de usuarios e intelectuales, que van desde acusarlo de tarar o enajenar al pueblo mexicano hasta menospreciar sus aportaciones humorísticas. En algunos casos, estas cuestiones se entremezclan, estableciendo injustificados vínculos entre su creatividad artística, los contenidos ideológicos de sus programas, su rol en Televisa en tanto figura importante de la empresa y hasta su vida personal. De esta manera, se producen, en algunos comentarios, toda una lluvia de non sequitur y pendientes resbaladizas.

La intención de este breve escrito es analizar si algunas de estas críticas se sostienen. Aclaro que algunos puntos de lo que plantearé son opiniones personales y sugiero que sean tomadas como tales. Desde luego, planteo también una serie de interrogantes que, aunque se suscitan a partir de un acontecimiento particular, atañen a problemas teóricos más generales.

En primera instancia, creo que es importante establecer las respectivas distinciones entre su obra y su vida personal, aclarando que no es de mi interés dedicarme a esta última. Y también es preciso distinguir, en lo que respecta a su obra, tres aspectos: 1) la forma de sus programas, películas y demás producciones que realizó; 2) el contenido de estas producciones; y 3) su efecto en el auditorio.

En cuanto a la forma de sus producciones, sus detractores afirman que su humorismo es simplista, mediocre y repetitivo. En esto último concedo razón, pues el guionista, director y actor se dedicó a reciclar ad nauseam frases, sketches y rutinas de sus antiguos programas –aunque, de vez en cuando, introducía alguna novedad dentro de lo rutinario, lo que le daba cierto factor de sorpresa a algunos de sus episodios-. Pero lo segundo depende de la perspectiva de cada televidente. En Chespirito se criticará la simplicidad, pero ésta se valoriza de  modo diferente tratándose de Charles Chaplin, el Gordo y el Flaco, Harold Lloyd o Jerry Lewis –comediantes del slapstick, que fueron parte de sus influencias-. Incluso cómicos internacionales actuales como Roberto Benigni o “Mr. Bean” utilizan los mismos recursos y no son objeto de críticas similares. Así, para el caso de algunos cómicos, la simplicidad es “minimalismo”, pero para el caso de Chespirito, es mediocridad. No hay congruencia en estas valoraciones. Pero no es del todo cierta la acusación de simplicidad, pues Chespirito integró diversos recursos humorísticos: el  propio slapstick, los juegos de lenguaje y la comedia situacional. Uno agradecería que en las producciones cómicas actuales se supiesen complementar estos recursos.

El problema de fondo es una cierta disonancia cognitiva que consiste en presentar juicios de valor como afirmaciones de hecho. “Mozart es mejor que Beethoven” o “Me gusta el hard rock” son ejemplos de enunciados valorativos que expresan gustos personales, y como tales, no poseen valores de verdad y son meramente expresivos –aun cuando sean compartidos por dos o más sujetos, cada juicio es una expresión de la sensibilidad de cada sujeto-. En cambio, “El agua hierve a 100 grados Celsius a nivel de mar” o “La fuerza ejercida entre dos cuerpos de masas M1y M2 separados una distancia r es proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia” son enunciados fácticos o proposiciones, poseedoras de valores de verdad que pueden ser corroboradas objetivamente. El problema consiste, entonces, en tomar un enunciado valorativo como si fuese una proposición, que dicho en otros términos, es pretender dar un valor objetivo a un mero gusto personal. De este modo, si las producciones de Chespirito son buenas o malas, esto depende de las preferencias subjetivas de cada espectador.

Respecto al contenido de su humorismo, se han enfatizado sus aspectos negativos, calificándolo de discriminatorio y violento. Esto está abierto a la controversia, pues nos lleva a ciertos problemas éticos relativos al humorismo, por ejemplo, si la burla de las características de las personas es necesariamente discriminatoria o qué grado de violencia es admisible en los programas televisivos, pensando sobretodo en el público infantil. Aunque podría decirse en su descargo que, aunque el escarnio entre los personajes era muy común y extendido en sus programas –podría decirse que Chespirito prácticamente llevó la “carrilla” mexicana a la pantalla chica-, también se hacía burla de las actitudes discriminatorias –muestra de ello, la caricaturización de la prepotencia y los aires de falsa haute société de Doña Florinda-. Sin embargo, la parte menos defendible es el bullying. En lo que toca a la violencia, no pasa de los límites del slapstick y no es ni remotamente equiparable a la que se ve en las emisiones televisivas actuales.

Algunos de sus defensores han declarado, por el contrario, que El Chavo incorpora elementos de crítica social e incluso de destacar la lucha de clases. Esta opinión también me parece exagerada, pues aunque se muestre la crudeza de la pobreza, realmente no hay crítica de fondo a las condiciones sociales imperantes. Tal vez el mérito haya sido mostrar los efectos de la pobreza en la infancia de un modo humorístico; si esto es una justificación ideológica de la situación social del Tercer Mundo o si es una reivindicación de la lucha social, lo dejo para la discusión. Muchos dirán que la carencia de crítica social profunda en los programas de Chespirito lo convierte en intelectual orgánico. Pero estas inferencias son falaces, pues la falta de crítica social contundente no implica a fortiori considerarlo como ideólogo del régimen. Si Chespirito lo fue en su vida personal es otro asunto –es demás sabido que apoyó causas conservadoras e incluso hizo proselitismo a favor del PAN-; en todo caso, habría que demostrar que de sus producciones se pueden inferir esos contenidos ideológicos. Mas, como ya hemos visto, se pueden hacer lecturas en un sentido u otro (conservadores y marxistas pueden “hacer suyo” a el Chavo, según la interpretación que realicen).

En lo que respecta a los efectos en el auditorio, la opinión generalizada de los detractores es que Chespirito es responsable de “lavar el cerebro” a miles de generaciones. Es usual en el discurso de izquierda hablar reiteradamente de que los medios masivos manipulan a las masas. La gran pregunta es, de ser cierto esto, ¿cómo funciona? ¿Cuáles son los mecanismos o procesos mediante los cuales se reprograma el cerebro de las personas? Lamentablemente, la tesis de la manipulación, tal como se maneja en los discursos políticos, se da por sentada, sin estar sustentada con datos o bases teóricas de disciplinas como la psicología social y las neurociencias.

Y lo que estas disciplinas nos muestran es que los sujetos no son receptores pasivos de información externa –supuesto usual de la tesis de la manipulación mediática-. Los sujetos no reciben pasivamente datos externos: los procesan, juzgan y valorizan según sus marcos o esquemas cognitivos. Hay que considerar, además, la heterogeneidad del auditorio (género, edades, clases sociales, etnias, etc.) lo que sugiere una multiplicidad de esquemas. Por lo tanto, la receptividad es diversa porque en principio los sujetos son heterogéneos, y esto hace improbable que una fuente de información –en este caso, un programa de televisión- produzca los mismos efectos en todas las personas.

Ahora bien, dos hipótesis tentativas respecto de la manipulación podrían ser las siguientes: o bien  la información se acomoda a esos esquemas o la información los  modifica. Lo primero indicaría la presencia de esquemas en los sujetos previos al bombardeo informativo, lo cual sugiere que la causa de la enajenación no es la información mediática misma, sino otros factores. Lo segundo apuntaría a una reprogramación de los esquemas de los sujetos, siendo la causa de la enajenación el output. El problema es explicar cómo se dan estos procesos. Otro punto importante sería identificar qué aspectos o características de la información –en este caso, de las series televisivas, películas, etc.- funcionan como elementos manipuladores. Mientras no se explique lo anterior, sólo se puede especular.

Cabe aclarar que no cuestiono el rol de los medios en la defensa o mantenimiento de ciertos regímenes políticos. El control de la información o la presentación de verdades a medias son prácticas recurrentes, que responden a la complicidad entre empresarios de esta industria y los gobiernos. La cuestión que planteo es más bien respecto de los mecanismos de la información mediática, sea mediante contenidos explícitos o implícitos, que dan como resultado el control efectivo de la audiencia. Esclarecer estas cuestiones es de vital importancia para la crítica social y el análisis de medios.

No obstante, en el caso concreto que estamos abordando, dar por sentada la tesis de la manipulación mediática y acusar a ciertas figuras, como Gómez Bolaños, de ser su copartícipe no está del todo justificado. Los críticos tendrán que explicarnos con precisión cómo sus programas han enajenado a las personas.  Por otro lado, si los individuos en México u otras partes del continente no reaccionan ante las circunstancias políticas y sociales,  la causa no es necesariamente un programa televisivo, ya que podría tratarse de múltiples causas. Así pues, antes  de hablar del “daño” que el cómico ha provocado al pueblo mexicano o latinoamericano en general, conviene primero estudiar minuciosamente estas cuestiones.

De este modo, las críticas lanzadas contra Chespirito como parte de esta moda viral que se ha dado en columnas periodísticas, redes sociales y foros de Internet no se sostienen o requieren argumentos sólidos y precisiones. La confusión entre enunciados valorativos y fácticos provoca que muchos críticos presenten sus preferencias personales como objetivas. Los contenidos ideológicos de sus producciones ameritan un estudio más profundo, que en algunos casos, irremediablemente aparecen dilemas éticos, relativos a la burla y la violencia como recursos humorísticos. Y en lo que respecta a la manipulación o enajenación, también  es necesaria una fundamentación teórica más firme.

Para concluir, ¿qué podría decir acerca de sus aportaciones? A mi juicio, creó un humorismo efectivo, con chispas de originalidad, pero sin ser genial. Supo parodiar muchos aspectos de la vida social (El Chavo) o de la ciencia ficción (El Chapulín Colorado), sin que haya realizado críticas profundas –lo cual no demerita su trabajo-. Pero esto no es más que una opinión personal. Ciertamente, es cuestionable su participación en el emporio televisivo que gracias a él se convirtió en tal, sobretodo porque sus programas abrieron los mercados internacionales. Aquí concuerdo con los señalamientos críticos, pero estoy en desacuerdo juzgar a partir de lo anterior la calidad de sus programas.

En pocas palabras, su legado estará abierto a la controversia. Lo conveniente es sopesar pros y contras, antes de emitir juicios precipitados. Como dice el viejo y conocido refrán: “Ni tanto que queme al santo, que ciento volando”. Perdón, es: “Más vale santo en mano, que se quemen los pájaros…” No, quise decir “si no se alumbran los pájaros, es porque el santo se los llevó…” Bueno, la idea es ésa.

 

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Hubo una palabra que se volvió moda en los años 90: lo "alternativo". El rango de aplicación del adjetivo era bastante amplio y abarcaba desde la música, el arte, hasta disciplinas como la medicina, la ciencia y hasta la filosofía. Empezaron a aparecer, cual hongos en temporada de lluvias, corrientes, estilos, teorías o posturas a las que gustosamente se les añadía el mentado término. La moda aún sigue viva, pues día con día no dejan de aparecer promotores de "lo alternativo". Se trata, claro está, de ámbitos muy diferentes entre sí, por lo que es necesario ser precavido antes de establecer juicios. Pero hay que notar que existe una especie de patrón constante, y es lo que es preciso  desmenuzar con cuidado. Aclaro que no censuro el uso del término como tal, pues más bien me interesa cuestionar acerca de si en algunos casos este está justificado.

Por lo general, la justificación dada por los impulsores de "lo alternativo" es la ruptura con lo previo. Su argumentación, usualmente, presenta dos estrategias: a) se postula la existencia de una tradición anterior, que es presentada como caduca y desgastada (también es común el empleo del tan manoseado término de “paradigma”) y, para mayor persuasión, se caracteriza como “hegemónica”, “totalitaria”, “cerrada”, “monolítica”, etc.; y b) el nuevo “paradigma alternativo” ofrece una opción distinta al del “paradigma tradicional”, en el que las formas viciadas de éste son superadas o dejadas de lado. Planteado de esta forma, los defensores de “lo alternativo” incurren en la falacia ad novitatem –considerar que un concepto o idea es mejor simplemente porque es nueva-. Si realmente lo que se presenta como alternativo resulta ser mejor que el modelo “tradicional”, deberían suministrarse buenas razones para argumentar en su favor. No obstante, la justificación parece centrarse en desacreditar lo anterior e intentar persuadir de las bondades de la novedad “alternativa”, lo que muchas veces sólo significa invertir las características atribuidas al “paradigma tradicional” (por ejemplo, si el último es presentado como “hegemónico” o “monolítico”, el nuevo paradigma es inversamente “contrahegemónico” o “plural”, y así sucesivamente).

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Veamos algunos casos concretos. La medicina "alternativa" es propuesta como una opción “más” benigna y efectiva que la medicina alópata. La estrategia de “desacreditar lo anterior/hegemónico” es casi invariablemente apelar a mitos urbanos y teorías conspirativas, tales como que la industria farmacéutica efectúa experimentos secretos para probar los medicamentos; que ésta, en complicidad con los gobiernos, inventan enfermedades para vender nuevos fármacos; que organizaciones ocultas secuestran personas para extraerles órganos, etc. En casos extremos, se llega incluso a cuestionar los métodos y procedimientos de la medicina alópata, como la aplicación en grupos de control, la experimentación, el uso de sustancias químicas (y aquí se asoma la falacia naturalista), etc. Así, muchos argumentos en contra de la medicina alópata, en muchos casos, son "hombres de paja". Por otra parte, los argumentos en pro de la medicina alternativa se basan en una selección de datos favorables (por ejemplo, marcar énfasis en los efectos secundarios nocivos de antibióticos, vacunas y cirugías, mas no mostrar las consecuencias perjudiciales de los remedios "alternativos"). Al renunciar a estándares y protocolos de la medicina alópata, la “alternativa” termina empobreciéndose, ya que no se ofrece ninguna garantía de sus beneficios. Si algunos remedios alternativos son eficaces para tratar ciertos padecimientos, deberían someterse a controles y pruebas estrictas e incorporarse a la práctica médica. En este sentido, como afirma Richard Dawkins: "No hay medicina alternativa. Sólo hay medicina que funciona y medicina que no funciona".

A propósito de la ciencia, la situación resulta más compleja. Algunos divulgadores de ciencia e incluso científicos (Prigogine, en cierta manera Margulis, Maturana, Varela, Capra, Lakoff, Lovelock y otros), presentan sus descubrimientos no sólo como nuevas teorías, sino como nuevas formas de hacer ciencia. De este modo, se pretende oponer la "nueva ciencia" -holística, basada en incertidumbres y en algunos casos, hasta mística- frente a la ciencia "tradicional" -positivista, mecanicista, materialista, etc.-. Claro está que estos puntos son importantes para la reflexión epistemológica, para ser someramente tratados aquí. Pero podemos apuntar que si hay no sólo teorías “alternativas” -que dicho sea de paso, la formulación de múltiples teorías ha sido incluso un ingrediente fundamental de actividad científica, a lo largo de la historia- sino nuevos métodos y procedimientos científicos, no constituyen una "alternativa" a la ciencia "tradicional": si son explicativos, se incorporan al cuerpo de la ciencia. Por otro lado, las concepciones del Universo han ido cambiando desde los tiempos de Galileo y Descartes, y esto forma parte de la historia de la ciencia (en este sentido, la concepción mecanicista vino en declive desde el siglo XIX, con Darwin y la termodinámica, y se superó definitivamente con la relatividad einsteiniana y la física cuántica, ninguna de ellas "ciencias alternativas"). Pero de esto a interpretar que el “viejo paradigma” y el “nuevo” se distinguen por valores contrapuestos como “racional vs intuitivo” (como sugiere Capra) o “masculino vs femenino” (Luce Irigaray dixit) es francamente insostenible: la ciencia no ha abandonado la racionalidad e incluso no se contrapone a lo intuitivo –que puede darse en la formulación de hipótesis-; respecto a la dualidad “ciencia masculina/ciencia femenina” sugieren una aplicación de valores de un ámbito ajeno a la ciencia, que tendría que justificarse –las epistemólogas feministas tendrán que explicarnos qué relación guarda, por ejemplo, lo “masculino” con lo racional-.

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En síntesis, y parafraseando la cita de Dawkins: No hay ciencia alternativa. Sólo hay ciencia que explica y seudociencias que no explican. Cabe aclarar que las teorías de Prigogine, Margulis y otros son aceptadas por las comunidades científicas, lo que no ha significado que sus concepciones sobre la ciencia gocen de igual aceptación.

Si la ciencia dista de ser una visión monolítica y rígida, la filosofía lo es menos. Hablar de una "filosofía tradicional" resulta una simplificación excesiva, pues sugiere que ha habido una línea de pensamiento (o varias líneas en la misma sintonía) que ha permanecido constante a lo largo del tiempo. ¿Es sostenible esta caracterización? A menos que se recurra a una historiografía maniquea, basada en “hombres de paja” y selección favorable de datos, difícilmente puede darse una respuesta afirmativa. Basta revisar las propuestas de los relativistas, irracionalistas y escépticos contemporáneos -deconstructivas, posestructuralistas y demás-, para darnos cuenta que no hay nada nuevo bajo el Sol: encontramos posturas relativistas y escépticas en la Antigüedad (Gorgias, Pirrón, Sexto Empírico, etc.) y en el Renacimiento (Montaigne). La "desconfianza" hacia la Razón la hallamos en la misma Ilustración, con Hume y Kant. Vistas las cosas así, uno se pregunta si tiene sentido hablar de filosofías "alternativas" frente a una "tradición" filosófica, ¡cuando la tradición histórica de la filosofía ha estado llena de ellas!

Los defensores de la filosofías "alternativas" podrán objetar que la novedad de las posturas contemporáneas radica en que contemplan temas ignorados por la tradición como los derechos de la mujer, el cuidado del medio ambiente, el reconocimiento de la diversidad cultural, la ruptura con el ascetismo, etc. Como en otros casos, esto se complementa con la estrategia de “desacreditar lo anterior/hegemónico”: se crea alguna historia del “ocultamiento", a la manera de Heidegger o Derrida, en la que se plantea que estos temas no han sido sólo ignorados, sino deliberadamente vetados y encubiertos. A esto se pueden plantear dos objeciones. En primer lugar, las reivindicaciones en materia social, ambiental o de género no implican de ningún modo la “claudicación” de la razón, y ejemplo claro de ello es la filosofía analítica (y podemos citar a gente como Otto Neurath, Rudolph Carnap, Peter Singer, Elizabeth Anderson, John Roemer, Ann Garry, etc.), que ha incluido estos temas como parte de la investigación filosófica desde directrices analíticas. 

En segundo lugar, la teoría del “ocultamiento”  no es otra cosa que una teoría conspirativa. El hecho de que pensadores del pasado no hayan planteado problemas del presente o hayan excluido temas puede deberse a las limitaciones de su tiempo o prejuicios arraigados por generaciones; no suponen necesariamente una intención deliberada de encubrimiento. En todo caso, los defensores de esta teoría deberían proporcionar  razones sustanciales para demostrar que existe tal intención, lo que implica sortear el riesgo de emitir juicios anacrónicos (juzgar autores del pasado por no pensar en términos del presente). Una vez más, hallamos un claro ejemplo de falacia ad novitatem.

En suma, impulsar lo “alternativo” por lo alternativo en sí mismo resulta insuficiente. En los tres casos analizados –medicina, ciencia y filosofía-, hemos visto que las pretendidas propuestas alternativas se sostienen por una denostación de lo previo o lo hegemónico, fundada en simplificaciones y valoraciones sesgadas. Al mismo tiempo, lo “alternativo” es defendido por la simple oposición a la tradición supuestamente caduca. De este modo, el discurso de “lo alternativo” no es sino mera retórica.

Esto no sugiere, en modo alguno, el rechazo de nuevas propuestas; no se trata de una apología romántica de lo viejo frente a lo nuevo. La historia es una renovación constante de ideas, posturas o estilos. Si se formulan propuestas alternativas que se encuentren bien fundamentadas, no hay razones para descartarlas a priori. El problema es vender creencias bajo el rótulo de “alternativas”, basadas en simples recursos persuasivos y malos argumentos.

Publicado en Crítica