El día 7 de mayo de 2011, la Mary Boon Gallery, ubicada en la exclusiva Quinta Avenida de Nueva York, abrió sus puertas al público para exhibir la colección “New Paintings” del bad boy de los ochentas, David Salle

Considerado uno de los máximos representantes del posmodernismo pictórico americano, partícipe y difusor de algunas de las breves y cambiantes corrientes que en este periodo se fueron sucediendo: New image, Bad painting, Neo- expressionism… David Salle imprimiría el sello personal de sus primeros trabajos en la exhibición, compuesta fundamentalmente de dípticos: figuras femeninas semidesnudas, sin rostro o con pequeños atisbos de éste, en posiciones de un erotismo incómodo, que pone al espectador de frente ante un sexo descubierto, de mujeres anónimas. Críticos de arte, admiradores y detractores de Salle son testigos de una exhibición inaudita que generó en su momento tres lecturas diferentes.

 

El misógino

A finales de los años setenta, David Salle, incluido en la corriente expresionista-figurativa del momento, comenzó a trabajar lo que se convertiría en uno de sus ejercicios pictóricos recurrentes: “cunts” (coños). Un sector amplio de la población, jóvenes al igual que él, se mostraron preocupados y renuentes a quedarse mudos frente a lo que el pintor exhibía: mujeres sometidas a una violencia visual injustificada y excesiva, que los hacía intuir una especie de agresión sexual o amenaza de muerte en cada figura femenina que representaba en los paneles inferiores de sus dípticos.

La pintora y escritora neoyorquina Mira Schor, por ejemplo, recrimina que sean pocos los que se den cuenta de la gravedad con la que el cuerpo femenino es tratado por Salle en sus obras y de que, al parecer, el “mercado” para el cual él produce sea cómplice, afirmando que la misoginia explícita de las imágenes de Salle es igualada por la misoginia implícita de muchos críticos al aceptar y alabar el polémico trabajo.

Pintor, críticos y público admirador, se convierten en blanco de los reproches de un sector joven y comprometido que el país norteamericano comienza a mostrar durante la segunda mitad de la década de los ochenta; debido a que son ellos los herederos de la segunda oleada del movimiento feminista, iniciada en los años setenta.

Tanto el gobierno como las altas esferas del sector artístico, intelectual y religioso, se vieron involucrados en una especie de tejido de resistencia que minimizaba o subestimaba las solicitudes y posturas de los defensores de las mujeres durante los años ochenta. Precisamente, de acuerdo con representantes de esta segunda ola del feminismo, David Salle se erigía como ejecutor de esa sinergia opresora, tal y como lo afirma en dos escritos diferentes una de sus más férreas detractora: Mira Schor.

En su libro WET. On painting, feminism, and Art, afirma que las actitudes sexuales mostradas por David Salle eran consistentes con la negación y rechazo contra el feminismo durante los ochentas; y que sus obras, ejecutadas con una estética de nostalgia y cinismo, realmente llegaron a representar con éxito algunos aspectos de la realidad contemporánea en detrimento de las mujeres. Más tarde reafirmaría su crítica y agregaría en su libro M/E/A/N/I/N/G. An anthology of Artist´s writings, theory and criticism que el abuso de Salle a las mujeres desnudas formaba parte de una estrategia política que se alimentaba de las reacciones negativas contra el feminismo, cada vez más evidente en la esfera de gobierno de los Estados Unidos. Con ello, David Salle se convertiría en agente y ejecutor del estatuto que dominaba la época, haciendo de la profanación del cuerpo femenino su código artístico y de mercado (2000). Así, la obra dejaba de ser mero ejercicio creativo y se convertía en reflejo de lo que la sociedad sexista y patriarcal de la época llevaba a cabo contra la existencia de las mujeres.

El ingenuo

Sin embargo, de manera totalmente opuesta, otros autores atribuyeron a la ingenuidad o falta de atención de David Salle, la aparición de las mujeres violentadas, cosificadas y convertidas en meros objetos de uso dentro de sus cuadros. Es decir, lejos de tildarlo de misógino y legitimador del sistema opresor femenino, lo describieron, no sin cierta cautela y extrañeza, como un mal lector del espíritu de la época en la que su obra se desenvolvía. Tal es el caso de Dan Cameron, quien en un artículo titulado “’80s something” para la Artforum International Magazine, concluye que “la misoginia sugerida en muchos de los lienzos y la ambición flagrante que Salle siempre ha mostrado, parecen conspicuamente fuera de sincronía con el estado de ánimo del momento; que, de hecho, parecía imposible pensar en que un artista con sus cualidades hubiera fallado al leer el espíritu de la época”. Quizá, efectivamente, preocupado en mantener el estatus de gran visionario e innovador con el que parte del público lo describía, David Salle no supo distinguir las preocupaciones de sus contemporáneos y siguió enarbolando imágenes aberrantes para esa otra parte del público que lo repudió en su momento. En este punto, donde la crítica se debatía entre tomar a Salle como un misógino descarado o como un ser ajeno a la época en que vivía, surgió una nueva idea respecto a su posición y a lo que realmente representaban sus trabajos.

 

El provocador

Dicha idea, viene a rescatar un poco la figura tanto de la persona (hombre) como de la persona (pintor) que es Salle y se concreta en afirmar que éste no es más que un “busca problemas”, un “provocador”, alguien que conscientemente involucra en su trabajo pictórico elementos que sabe que llamarán la atención y causarán molestia entre quienes sepan leerlos o identificarlos. Kay Larson, crítico de arte y periodista cultural quien, cuando David Salle estaba encumbrado en la escena neoyorquina, escribió un artículo al respecto para la New York Magazine, pone en la mesa de discusión dicho pensamiento: “no es accidente que su trabajo artístico esté lleno de pornografía –piernas abiertas, genitales al descubierto, y mujeres retorciéndose en desnudas y gatunas posturas-. Esta posición social desfasada, retrógrada, tan ofensiva para feministas como para pensadores avanzados, es sólo otro aspecto de sus tácticas de burla y afrenta”.

Pensar que la provocación es un elemento constructor de las obras de Salle, es pensar que toda una imaginería pornográfica y violenta se redime en el recurso cínico y burlón de un trabajo totalmente consiente por parte del artista. Ya no es importante el hecho, entonces, de que él en su condición hombre-pintor sea un misógino, quizá no lo es… lo que importa ahora es ese sistema iconográfico con el que logra molestar e involucrar en su juego, a todos aquellos que abanderaban la lucha feminista de la época.

Todo el planteamiento anterior, permite responder de tres maneras a un cuestionamiento importante: ¿Por qué David Salle pintó de tal manera a la figura femenina durante la década de 1980? a) Porque era un misógino, b) Porque no supo reconocer el espíritu de la época y, c) porque era un provocador y quería conocer los alcances de su juego. Ahora bien, existen preguntas aún más importantes por responder, ¿qué hacen de nuevo en pleno siglo XXI las "mujeres" de David Salle? ¿Qué lectura podría generar en esta época con una fórmula ya probada, acrisolada en la admiración y el rechazo durante la década de los años ochenta? Esas figuras femeninas traídas del pasado, están nuevamente sin ropa tendidas en posiciones inquietantes y aún molestas o perturbadoras para algunos. Es decir que, Salle no propone nada nuevo con las “cunts” plasmadas en “New paintings”, por el contrario, parecen ser una versión pulida de aquello que lo enfrentó a sus contemporáneos en la década de los ochenta. Lo lamentable es que en esta ocasión, David Salle no es ni el misógino, ni el distraído, ni el provocador de aquella época. Pareciera más bien, que en la exhibición de mayo 2011 en Nueva York, David Salle recurrió a sus antiguas musas quizá con el afán de seguir siendo “relevante”.

 

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Referencias

Bauman, Z. (2001) “El arte posmoderno o la imposibilidad de la vanguardia” en La Posmodernidad y sus descontentos. España: AKAL.

Bonito Oliva, A. (20009 “Transvanguardia: Italia/América” en Los manifiestos del Arte Posmoderno. Textos de exposiciones 1980-1995. España: AKAL.

Calabrese, O. (1987) El lenguaje del Arte. España: Paidós.

Cameron, D. (1999) “‘80s somenthing?” en Artforum Internatinal Magazine. Vol.37, No.9, May 1999. From https://www.questia.com/magazine/1G1-54772286/80s-something

Foster, H. (2000) “El futuro de una ilusión o el artista contemporáneo como cultor de carga” en Los manifiestos del Arte Posmoderno. Textos de exposiciones 1980-1995. España: AKAL.

Hernández Guerrero, J.A. (1990) “Teoría del Arte y Teoría de la Literatura” en Seminario de Teoría de la Literatura Universidad de Cádiz. Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/teoria-del-arte-y-teoria-de-la-literatura/html/c3664cba-1dd2-11e2-b1fb-00163ebf5e63_2.html

Kandinsky, W. (1994) Punto y línea sobre el plano. Contribución a un análisis de los elementos pictóricos. México: Ediciones Coyoacán.

Larson, K. (1987) “The big tease” en New York Magazine. Vol.20, No.6. February 1987. From https://books.google.com.mx/books?id=J-UCAAAAMBAJ&pg=PA58&lpg=PA58&dq=the+big+tease+david+salle&source=bl&ots=04yVIFcBHU&sig=oiaE5Xa49mNbcjSspvZDjvGb_pI&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwjvsse3h6jMAhVHg4MKHTasAkwQ6AEIGjAA#v=onepage&q=the%20big%20tease%20david%20salle&f=false 9

Schor, M. (1997) WET. En Painting, feminism, and Art culture. Londres, Inglaterra: Duke University Press

________ (2000)”Appropriated sexuality” en M / E / A / N / I / N / G an anthology of artist´s writings, theory and criticism. Londres, Inglaterra: Duke University Press

Publicado en Arte

El otro no existe. No, a menos que podamos modificarlo a nuestro antojo y hacer que se parezca a nosotros, educarlo por una causa; sólo en ese momento el otro, el desconocido, adquiere existencia, adquiere un nombre.

El otro es una suerte de animal salvaje que vaga por las llanuras de las avenidas pavimentadas y las accidentadas callejuelas adoquinadas, se esconde bajo la sombra de los árboles raquíticos de los camellones, como si ocultara el pecado entre sus ropas pasadas de moda; anda sobre sus pies, lanzando piropos por entre los dientes a cuantas personas ve pasar: un violento que busca pasar desapercibido a ojos de “la buena sociedad”.

-          ¡Debemos educarlo! – gritan en la esquina del listado eterno de comentarios en Facebook- No, debemos aniquilarlo, desaparecerlo- responden los extremistas, acompañando el mensaje con algunas reacciones representativas del enojo, del desprecio, del odio.

El otro, el innombrable, el macho, el asesino, el violento, el salvaje, el maltratador, fumador, contaminante, antiorgánico, no lee los mensajes bajo el video que lo muestra a él siguiendo lascivamente con la mirada el contoneo de las nalgas de una mujer en el Centro de la ciudad, un chiflido, unas palabras: su violencia es evidente, sus mecanismos de seducción no concuerdan con los ritos sociales aceptados por aquella que camina tranquilamente, “hacia la justicia, hacia la libertad”, ni por aquellos que miran con arrogancia detrás del monitor.

Despojado de su nombre pero a la vez nombrado de mil maneras, el otro desaparece en un mar de odio y desconocimiento. Se vuelve un personaje, un avatar de sí mismo; el otro, a ojos de la mayoría apabullante en redes sociales, se vuelve aquel que dedica su vida sólo a mirar: no tiene trabajo, no tiene familia, no tiene relaciones sociales, es más, no come, no respira… es pedestre, ese es su pecado.

Pero no el único. Quizá su mayor pecado sea haber nacido pobre. La falta de capital económico lo orilla a no sentir como propios los ritos establecidos por aquellos que se han ganado la vida trabajando “honradamente”, que tienen consciencia de clase, un sistema de valores internalizados de los cuales no participa.

Los mercadólogos, en un afán de nombrar grupalmente a sujetos de acuerdo a sus hábitos de consumo, definieron a la Generación X como “la generación perdida”. Su falta de conciencia de clase hacía que la generación no participara del boom de consumo de la década de 1980 -que, por cierto, más tarde se les olvidaría-, arrobados por la música, la ropa barata-rota y el alcohol callejero, compartían espacios públicos sin importar el poder adquisitivo del otro, sin establecer ritualidades distintas para cada una de las clases sociales.

Se entiende la preocupación del sector productivo y su posterior aprendizaje. Si algo les dejó ese fracaso generacional fue la necesidad de establecer una segmentación, un punto que hiciera que unos se sintieran mejor que otros a partir de los objetos que pudieran consumir. Pese a la ausencia de conciencia de clase podían dividir a la Generación X en tres sectores: aquellos que tenían capital económico, aquellos que tenían poco capital económico y aquellos que no lo tenían.

Sabemos bien que la Generación X, los Millenial y Zillenial, no son otra cosa que afanes reduccionistas para encasillar a un grupo de consumidores potenciales. ¿El problema? Funciona bastante bien a la hora de hablar de ellos en lo general -sobre todo si nos referimos a la clase media- aunque no podemos saber si fueron los mercadólogos quienes estudiaron los comportamientos generacionales o, antes bien, son ellos quienes crearon dichas generaciones y sus respectivos nichos de consumo.

Para un mercadólogo un cholo seguirá siendo cholo pese al paso del tiempo. Su bajo poder adquisitivo lo define, la ritualidad de sus acciones será aprendida a través de una mercadotecnia dirigida para su clase. Sus hábitos de consumo serán delimitados por aquello que la necesidad determine, pero no sólo eso: su comportamiento social, sus relaciones personales, su manera de amar, de seducir, también serán parte de una ritualidad aprendida de forma generacional.

El pobre, el despojo social, no entrará en las definiciones de los mercadólogos. Atado por la necesidad escapará de las condiciones de consumo establecidas para formar parte de una nomenclatura generacional. Su consumo cultural se restringirá a aquello que llegue a aprender en las calles o, muchas veces, entre las clases bajas, en la cual puede moverse sin ninguna dificultad, pero no participando de ella.

El consumo mayoritario estará enfocado en otro lado. La separación será evidente. La brecha entre las clases sociales ya no sólo será económica, sino que, ahora, será cultural; la imposibilidad de entender al otro, al cholo, al pobre, al que no tiene poder adquisitivo, sólo será posible a partir de la conciencia de clase. La clase media se alzará como poseedora de una verdad ideológica y mirará con desdén a todos aquellos que no participen de la misma.

Será la clase media educada, “la buena sociedad”, la que establezca las normativas morales de las cuales todos -sin contar con la participación de los dueños de los grandes capitales- tendrán que participar, so pena de ser excluido, de ser señalado como “el otro”.

La clase media, los Millenials -un sector ya definido enteramente por sus hábitos de consumo-, establecerá las nuevas ritualidades de las cuales sólo ellos podrán participar. Las formas de seducción que se seguirán ejerciendo en los estratos bajos de la sociedad pasarán a ser una violentación ante su presencia; el salvajismo con el que el otro-pobre coquetea con la otra-pobre no cabe en los paradigmas morales de las nuevas prerrogativas protegidas con ahínco religioso por los nuevos privilegiados sociales.

El espacio público se convertirá, entonces, en espacio de disputa – o en disputa-. El otro, el pobre, el sin nombre, el de ritualidades violentas para la seducción, mirará a una Mariana, una Sofía, una Sandra, a las cuales jamás podrá acceder debido a su condición, a la forma “violenta” en la que se han sedimentado ciertos aspectos de su cultura, de su comportamiento. En cambio, los poseedores de la verdad, “las buenas conciencias”, clamarán detrás de sus monitores, mientras observan a ese “pervertido” seguir con la mirada a la guapa joven de tez clara y lentes oscuros, por la reeducación de los sin nombre, el adoctrinamiento para que -no participando del espacio público- aprendan a negar su “animalidad”, su salvajismo de callejón oscuro, y participen, de una vez por todas, del consumo responsable, aunque para ello el dinero nunca será suficiente.

El otro vuelve a la sombra. Se acurruca en el camellón mientras, a sabiendas de su pecado, mira a la gente pasar a su alrededor.

Publicado en Análisis social

En los últimos años, el tema de género ha cobrado una presencia muy importante no sólo en el discurso gubernamental, sino también en otros ámbitos como el educativo. Sin embargo, en pocas ocasiones se entiende adecuadamente el concepto que, por lo demás, no resulta tan oscuro cuando se logra comprender la distinción primaria entre sexo y género.

De manera errónea se asocia el sexo con el género, puesto que se cree que son sinónimos o equivalentes, cuando esto no es así. El sexo (entendido aquí como el sexo anatómico con el que nacen los sujetos y no con la noción de sexualidad y prácticas sexuales que involucran proceso sexo-afectivos) se determina al nacer o antes de nacer; y a partir de indicar si es niña, niño o un bebé que presenta un desorden del desarrollo sexual (conocido como intersexualidad), se le asignan a los sujetos roles, acciones y hasta colores: si es niña, se le suele vestir de rosa, mientras que si es niño se le viste de azul.

Esa asignación que se realiza a partir del sexo, es lo que denominamos “género” y constituye así un elemento fundamental porque determina, a lo largo de la vida de los individuos, roles y hasta gustos, preferencias o comportamientos. El género, entonces, se convierte en lo que algunas académicas denominan como “principio simbólico ordenador”, es decir, un principio sobre el cual se redactan leyes y se siguen costumbres y tradiciones. En otras palabras, el género forma parte de la cultura y, como tal, varía en tiempo y en espacio: no es lo mismo ser una mujer mexicana en el sur del país, que serlo en el occidente, como tampoco es lo mismo haberlo sido hace doscientos años que ahora, por ejemplo.

En ese sentido, como podemos observar, es que se dice que el género se construye a partir del discurso, o sea, a partir de todos esos elementos dados por la sociedad, la cultura, la historia y hasta la filosofía. Por lo que es una imprecisión decir que los estudios de género quieren cambiar el sexo de las niñas y de los niños, o de la gente. No se trata de eso, sino de hacerle comprender a todas las personas que su sexo no las limita, si ellas así lo desean, a realizar actividades que tradicionalmente no están asociadas a su sexo: si se es hombre, se puede ser un buen cocinero; o si es mujer, se puede ser una buena líder.

Los estudios de género (que no “teoría” o “ideología”, pues están conformados por muchos puntos de vista y formas de acercarse a este concepto) no son homogéneos en su conjunto. Esto es, si bien todas las posturas parten de este principio, también es verdad que dentro de ellos hay quienes, incluso, señalan que en América Latina deberíamos desligarnos de dicha categoría pues ha sido un concepto acuñado desde Europa y Estados Unidos, postura que tampoco se equivoca en su señalamiento fundamental. Sin embargo, y pese a esta disparidad de posturas que llegan a convertirse en puntos de encuentro y desencuentro, sí podemos señalar que la intención profunda que motiva a quienes nos dedicamos a ellos es la búsqueda de justicia a través de igualdad de oportunidades para las personas, independientemente de su sexo, su sexualidad y sus prácticas sexoafectivas. No porque se es mujer se debe impedir el acceso de ellas a la esfera pública; y no por ser hombre se debe impedir que desarrolle sus habilidades y potencialidades en terrenos considerados femeninos, ya sea en la esfera pública o privada. Así como tampoco por no ajustarse a determinadas prácticas heterosexuales se le debe impedir a la persona de acceder a la justicia.

Es ahí, en la discusión en torno a la garantía de los derechos humanos, donde los estudios de género han contribuido a abrir espacios para todos. Por ello, resulta preocupante que se generalicen ciertas posturas, lo cual vuelve reduccionista a dicho punto de vista, y se les tache con términos morales como la “maldad” o la “perversión”, pues, como queda dicho, hay varias formas de acercarse a este tema con las cuales no todos tenemos tampoco que coincidir (de hecho, así sucede al interior de la discusión académica).

Por ello, seguir insistiendo desde determinadas esferas de poder político o no, que los estudios de género son una amenaza al orden social conocido y establecido que desestabiliza a la familia o que daña irremediablemente a la sociedad, es un señalamiento con consecuencias igualmente graves, pues provoca una resistencia a la incorporación de la perspectiva de género en ciertos sectores. Es cierto que también aquí hay que hacer una autocrítica y comentar que, en ocasiones, quienes se encargan de poner en práctica esta perspectiva carecen del bagaje teórico-conceptual para entender a profundidad el propósito y fundamento de determinada acción. Pero crear y reforzar posturas encontradas, sin que medie el diálogo entre ambas, suscita no sólo controversias, sino auténticas confrontaciones entre los miembros de la sociedad.

Es así como, lejos de generar un clima de entendimiento, se atiza el enfrentamiento que en nada contribuye a la armonía social. La escucha atenta del otro, el entendimiento de su punto de vista y el diálogo a partir de las coincidencias, que sí las hay, facilitaría en mucho el camino para allanar las desigualdades sociales y, por ende, disminuir la injusticia. Y si bien es verdad que los estudios de género no necesitan una defensoría especial, también es cierto que cuando hay una imprecisión de esta envergadura, es nuestro deber señalarla sin temor alguno, pues quien calla ante el error, se vuelve cómplice de las consecuencias de éste.

Publicado en Divulgación
Jueves, 07 Abril 2016 16:02

Imposición feminista (Parte II)

El siguiente texto es un comentario de corte académico. Esto significa que todo lo dicho en éste puede ser justificado y sustentado por una hipótesis académica, mas no implica que los argumentos expresados en este texto sean construidos en una estructura ensayística; es decir: todo lo que a continuación se expondrá puede ser validado (y por “puede” se implica que el autor es demasiado perezoso para en realidad hacerlo). Un comentario, por otra parte, no requiere de todo el trabajo de investigación y sustentación argumentativa que caracteriza el ensayo o la tesina académica.

Durante nuestras vidas cotidianas, hemos sido testigos o partícipes de un fenómeno social que, improbablemente, estamos exentos de experimentar: el fanatismo. Entrevistas, mesas de discusión, cátedras, talleres, presentaciones sociales y de entretenimiento en general son actividades en las que el foco de atención está centrado en la “figura” del autor.

Quizá usted o alguien más siente una alusión a la ofensa cuando se menciona el término “fanatismo” por existir en esta palabra una carga significativa de valor negativo, como una palabra despectiva, esquiva, ociosa, mediocre y extremista. Pero esta errada concepción del término se debe al uso amarillista que algunos medios le han otorgado. El fanatismo se encuentra en todos lados y en cualquier “grado”: desde el fanático de la serie cinematográfica Star Wars o Harry Potter hasta el fanático del ponente catedrático de ésta o aquella Universidad. En ambos casos, irrelevante de su grado, el fanatismo está presente.

El “grado” de fanatismo consiste en una estipulación de convencionalismo social sobre lo “correctamente” saludable y moral. Es decir que no existe, bajo ningún estudio o experimentación, y mucho menos bajo ninguna postulación hipotética, forma alguna de medir y catalogar los niveles de “fanatismo”; mucho menos de estipular límites “saludables” o “insalubres” a las acciones que conllevan una connotación significativa de “fanatismo”. Esto, sin embargo, no nos hace dimitir de nuestra “aptitud” para establecer dichos límites según las tendencias modales establecidas en la construcción social-cultural.

Ser fanático de un sujeto ficticio o no, o de una figura o de un símbolo religiosos o no, proviene (sugiero) de esa natural inclinación a la idolatría, a la veneración y anhelación de un estatus, de un privilegio del que nuestra figura venerada goza. Nos fascina la elocuencia del escritor y su agudeza de percepción así como su destreza con la palabra para reconfigurar lo que él, en su instancia de experiencia (de vida), ha observado, asimilado y codificado.  Esto se aplica a cualquier otro “artista” en general: el pintor nos apabulla con la distorsión de la percepción visual-significativa; y el músico nos encanta (del sustantivo encantamiento) y nos aprisiona en un intangible mundo de voces que construyen imágenes pasionales en sus notas y en sus armonías.

Saber por qué nos inclinamos hacia el fanatismo no es un misterio. Aunque bien sería significativo realizar un profundo estudio de ello, no encuentro, en mi opinión, un problema en el fanatismo, excepto cuando dicho fanatismo llega a desplazarse de su foco: cuando ya no se es fanático de la obra del autor por sus cualidades estéticas o significativas, cuando el foco de nuestro fanatismo es la persona detrás del autor: el “otro” autor.

Si usted piensa en alguna persona que sea un “fanático extremista”, seguro le vendrá a la mente la imagen de un fanático religioso (por su obvia implicación de estereotipo) o, quizá, imaginará a un sujeto tímido, recluido en una oscura habitación habitada por cientos de productos y artilugios de su “obsesión”.  Estas imágenes, aunque no puedo descártalas de pertenecer a un fanatismo extremista, contaminan conceptualmente lo que usted y muchos otros consideran como un “fanático”; es una exposición contaminante que no proviene de su propia persona, sino de su cultura y, si ya antes y en otros artículos de éste portal se ha mencionado que la cultura no es personal sino que influye en la ideología personal, cabe volver a mencionar que dichas concepciones culturales son un legado que se perpetua en la sociedad a través de tradiciones culturales/ideológicas.

Pero este fenómeno de “estereotipo” no es exclusivo de sectores sociales “poco doctos” en el tema. No. Este fenómeno incluso se perpetúa en las aulas de las mayores casas de estudios en doctrinas académicas de especialización- Y las llamo doctrinas porque rara o pocas veces exhortan a sus adoctrinados, a sus alumnos, a buscar la visión objetiva (académica) de sus áreas de conocimiento; en su lugar, sin embargo, vemos, una y otra vez, repetir la doctrina del “autor”. Esta doctrina ensalza y, figurativamente (casi pragmáticamente), otorga cualidades “extra-humanas” a los autores, sean artísticos, literarios o teóricos.

Una y otra vez, he sido testigo de este fenómeno. Testigo de cómo el alumno, fascinado por la propuesta educativa o por el estilo educativo del profesor, se convierte en un fanático de esta figura; testigo de cómo cientos de trabajos de investigación y ensayísticos presentaban un enfoque teórico que propicia o genera una importancia innecesaria en la figura del autor. Incluso he sido testigo de cómo, a nivel argumentativo, mediante la falacia de autoridad, se perpetua esta ideología de que el “autor” de la obra es un ser superdotado, de cualidades superiores no accesibles ni cuestionables por nosotros, los menos agraciados.

Y es aquí que, durante mis años mozos universitarios, descubrí un autor que me fascinó y de quen me convertí en adoctrinado de su… eh… “filosofía”. Fue tan grande mi fascinación (fascinante es la palabra del mes… debería buscar un sinónimo, ya sabe, para eso de la efectiva elocuencia) que, incluso hoy, sigo siendo fiel estudioso e investigador de su propuesta teórica. Bueno, de su propuesta “filosófica”, ya que el mismo autor así lo refiere cuando confiesa que no es de su interés generar una teoría literaria, sino un modelo de reflexión filosófica cuyo enfoque es la creación estética. Mijail Mijalovich Bajtín es el nombre de este autor, tan poco valorado y del que poco se sabe.

Su obra es tan vanguardista que, en ella, se puede encontrar referencia de modelos teóricos que hoy en día son novedosos, como la fenomenología y la semiótica del cuerpo (Ponty y Greimas). A simples términos, Bajtín, en su obra Estética de la creación verbal, propone un modelo de análisis literario que trasciende su época, tanto como enfoque analítico como metodología teórica (siendo el formalismo ruso y el formalismo francés de los principales enfoques de la época).

Lo que el teórico-filósofo ruso M.M. Bajtín propone es la existencia de un “otro autor", distinto al autor de la obra (persona) y que dicho “otro autor” es una creación estética per se que determina la obra y su valor estético. En palabras simples, Bajtín propone la existencia de que yo, Mario, como autor de columnas de opinión, he creado (consciente o inconscientemente) a “otro” escritor, a ese Mario columnista que, en su papel de creador del mundo literario, funge como catalizador estético de mi percepción de vida, de mi eje hermenéutico (según Gadamer, otro filósofo al cual se adelantó Bajtín).

Esta propuesta teórica es bastante compleja, mayormente, por su falta de enfoque metodológico, por su concepción como acercamiento filosófico y no así como una teoría literaria; sin embargo, es rescatable que el autor ruso Bajtín, haya dado un paso firme hacia el futuro del análisis de la figura del autor y, con este paso, cimienta el camino hacia una metodología de la apreciación de la obra estética.

Digamos que usted es un autor, un artista, un compositor, un pintor, o un escritor, etc. Bajtín propone que todo lo que “usted” ha creado no se lo debe a su propia autoría, sino a la autoría de un personaje ficticio (relativo) que, inconsciente o conscientemente, ha creado. Su “otro” yo artista. Esto es, si usted contempla su obra estética una vez completa, usted lo hará exactamente como lo haría una tercera persona: No hay nada en ella que le sea completamente revelado, usted la desconoce y la descubre tal como una tercera persona lo haría, digamos, una tal “Pei Pei” en el otro extremo del mundo. Y la contemplación estética que Pei Pei tiene de su obra obviamente será distinta a la que usted, como “autor”, tenga de su propia obra, pero esto no es porque Pei Pei, ha malinterpretado su “intención” o “mensaje” estético, sino porque Pei Pei es otra persona y su perspectiva es distinta.

“Todo lo dicho por un autor sobre su propia obra no tiene nada que ver con ésta. Lo dicho está de más”. Es una frase de propia autoría (vale la paradoja), que una y otra vez he repetido desde el nacimiento de mi fanatismo hacia Bajtín. Frase que he promulgado en mi profesión literaria como docente o como simple comentarista. Y dicha cita surgió del desprecio hacia esta cultura de enaltecer la figura del autor: ante incontables talleres y cátedras; presentaciones de libros y mesas de discusión, en los que el tema central es el autor pese a que se empecinen en anunciar que el enfoque es X o Y tema. Siempre recurren a perpetuar esta cultura del “autor. Pero esto es lo que he vivido, lo que he atestiguado en mi vida académica. Lo que atestiguo y participo en mi vida cotidiana es lo que nos importa aquí.

Si para este momento en que lee estas líneas siente confusión sobre por qué he traído a relación toda esta historia y referencia a Bajtín, se lo explico llanamente: Ni siquiera en los grandes académicos se puede encontrar esa objetividad sobre un objeto de estudio (académico o cotidiano) que garantice la distinción entre el autor figurativo y el autor real, entre el “otro autor” y el “autor-persona”. Me resulta mediocre que suceda, incluso en los altos círculos académicos, que no se pueda distanciar o discernir que la obra de una persona no es la persona en sí ni viceversa.

Gerardo Ortíz, efectivamente, es el autor de la canción grupera Fuiste mía pero este autor no es su persona. Y juzgar a su persona por su obra es una actitud pobre, intelectualmente dicho. Gerardo Ortiz también es el “autor” del video musical de dicha canción, pero atribuirle a él los prejuicios morales, como representación de lo que su representación audiovisual trata, es igualmente mediocridad intelectual y pobreza de juicio.

Nuevamente, me siento algo asqueado tan sólo de pensar que mis anteriores líneas puedan tomarse como abogacía hacia el género musical que más detesto y repugno. Sin embargo, veo como una necesidad tener que profesar que todo aquello de lo que se le ha culpado es un error, cometido desde un patémico discurso impuesto y fascista y discriminante: por clase social y por género, como ya se mencionó en la primera parte de este comentario. Aún a semanas de la fuerte polémica suscitada por la denuncia hacia su persona-producto-(pseudo)-estético, se siguen encontrando comentarios y “memes” en redes sociales al respecto, que hablan de este grave problema (no la violencia de género) cultural.

Gerardo Ortiz fue víctima de un feminismo fascista y clasista, pero también lo está siendo de una ideología limitada a relacionar al autor de una obra como representación figurativa o simbólica de lo que se expone en su obra. Estamos constantemente intencionados a vincular al autor de una obra con su obra: lo vemos en entrevistas a celebridades, lo vemos en celebraciones de premiaciones. Como ejemplo está Iñárritu, la celebridad en boga que ha adquirido un estatus social-cultural por su obra.

Celebrar al autor por su obra, ser fanático del autor por su obra, “está bien”. Siempre y cuando dicha obra sea considerada meritoria de celebración y de estimación por un convencionalismo sujeto a las normatividades o paradigmas morales de la sociedad. Veamos el caso de la película/documental Spotlight que ha recibido excelentes críticas por su tema denunciante de una problemática; veamos el caso de Malala, “La premio Nobel más joven”, ensalzada por su activismo pro-educación y anti-islamismo-extremista; sólo algunos de los cientos de ejemplos que pueden utilizarse para entender que continuamos perpetuando la ideología de que el “autor” es su propia “obra” y en que el “autor” es el merecedor de la celebración o estimación de su obra porque es el autor. Sí, ya sé que esto suena completamente lógico pero, ¿y si le dijera que este fanatismo a la figura del autor, es en realidad una obsesión?,¿que es, en realidad, un “fanatismo extremista”?

Si seguimos la lógica popular, es fácil refutarme y acepto que en verdad dicha negación es correcta. Pero, si reflexionamos desde el enfoque “Bajtineano”, no será nada difícil aceptar que vivimos en una ideología de perpetuación y aceptación socialmente “correcta” del fanatismo extremista: dicho parámetro de aceptación de lo correcto es un clasismo, inequivocablemente.

Anteriormente, expuse que nuestro compañero y periodista Omar Sánchez se pronunció en contra de esta imposición clasista hacia la censura injustificable del video de Ortiz bajo el insostenible alegato de “violencia de género”. Sin embargo, Omar también se pronunció en contra de la actitud y expresión “artística” de otro sujeto, en contra del “poeta pederasta” (véase el artículo publicado en esta misma revista). Claramente, existe una contradicción entre lo expuesto por Omar ante el caso de la censura clasista contra Ortiz y entre la censura y reprobación del “poeta pederasta”: en el primer caso, la imposición de paradigmas es un hecho deleznable (Ortiz) pero en otro, es correcta moral y legalmente, dado que existe un tema tabú: la pedofilia. ¿No fue Omar, nuestro compañero y editor, clasista al denunciar la obra ficticia del poeta?

A Ortiz se le ha deseado una investigación para encontrar nexos con el crimen organizado y al “poeta pederasta” se le ha, por igual, deseado una investigación para encontrarle nexos con el delito de la posesión y distribución de pornografía infantil. En ambos casos, sucede así porque sus obras han sido apreciadas como una extensión de su persona: Lo que el “autor” expone es lo que la persona es o posee.

Si aplicamos el enfoque “Bajtineano” y su “metodología” (vuelvo a aclarar que el propio autor nunca construye una en realidad), podemos observar que efectivamente lo expuesto por el “otro autor” es una recodificación de la experiencia de vida del “autor-persona” y que, en efecto, su calidad estética se encuentra en menor o mayor grado, según su capacidad/habilidad para reconstruir “codificadamente” dicha experiencia.

Bajtín señala que, en el “otro autor”, se encuentra todo el contenido patémico (semiótica) y sensorial que la “persona-autor” ha recopilado en su experiencia de vida. Con esta primicia, se podría señalar que tanto Ortiz como el “poeta pederasta” han obtenido de su “inspiración” (experiencia de vida) los materiales con los cuales construyeron al “otro autor” quien, en primera instancia de la creación estética, es el responsable del contenido y la calidad estética.

Pongámoslo en palabras llanas: Usted es un artista, como ya habíamos mencionado y en su obra se encuentra toda la pasionalidad que desea expresar: sentimientos, sensaciones, emociones, conocimientos, etc. Entonces usted, al crear al “otro autor” lo hará conscientemente si se entrega a la disciplina de su arte: su “otro autor” será una construcción “consciente” mientras exista una mayor distancia entre éste y usted; puesto que usted está limitado en cuanto a percepción y conocimiento, creará un “otro autor” extra-limitado: con mayor percepción y mayor conocimiento (el arte de la creación en la investigación y la disciplina). Sin embargo, si usted crea a su “otro autor” inconscientemente, usted no se está distanciando de éste y la experiencia de vida, su conocimiento, su pasión, su emoción, su sentimiento, etc., no serán propiamente “filtrados” por este autor: usted será su propio personaje, con sus limitaciones y sus carencias.

Con este anterior ejemplo de análisis bajtineano, podemos deducir que la calidad estética de una obra, implicada en su complejidad estructural, define (arriesgadamente) si el autor de su obra puede o no estar “íntimamente” relacionado con ella; es decir, si el contenido de la obra está ligado a una experiencia de vida de la “persona autor”. Dicho lo anterior, si la calidad estética es el determinante, el parámetro para observar esta relación “intima” y, así, saber si la obra habla en realidad de un suceso que experimentó la “persona autor”, entonces podemos concluir que Ortiz y el poeta pederasta, en efecto, hablan de experiencias de vida con su obra y son “culpables” de relacionarse con lo expuesto. ¿O no?

Porque pensemos en el autor Nabokov, de la obra literaria Lolita, que presenta la historia de un hombre obsesionado sentimental-sexualmente con una niña de 16 años (¿O creo de 14…?). Su calidad estética no es de las más célebres en el área literaria. Sin embargo, existe la complejidad estructural para excluirla de una obra mediocremente estética. O utilicemos otro ejemplo literario, el más famoso… o infame, del tema: Lewis Caroll, autor de la serie literaria Alicia en el país de las maravillas, así como de la obra fotográfica, polémica por su naturaliza “pedófila”.

¿Por qué estos autores no son censurados ni reciben la reprobación cultural por su obra si, pese a lo expuesto anteriormente, son “autores” de dicho contenido polémico y tabú? ¿Acaso su calidad/complejidad estética son justificación suficiente para determinar los parámetros paradigmáticos sociales que los exoneran de reprobación? ¿Qué tan clasistas somos para determinar el correcto “fanatismo” y el réprobo “extremismo fanático?

Publicado en Análisis social
Lunes, 04 Abril 2016 06:21

¿Es justificable la censura?

En este sitio han aparecido ya algunas reflexiones acerca del tema de la censura, derivada de la corrección política que parece imperar en Internet y en las redes sociales. Coincido en líneas generales con lo que han señalado los otros colaboradores y es posible que la reflexión que comparto poco añada a lo ya dicho. En general, concuerdo que en tiempos recientes se ha generado un preocupante clima de linchamiento moral hacia aquello que es considerado ofensivo para ciertos sectores de la sociedad, lo que prácticamente torna a estos sectores invulnerables a la crítica.

Para no redundar en lo que ya se ha dicho en este espacio, lo que pretendo realizar, siguiendo la postura del filósofo Isaiah Berlin –quien señala que una de las principales tareas de la actividad filosófica es cuestionar los supuestos en los que descansan las creencias extendidas en la sociedad, es una problematización teórica de estas tendencias moralistas que pretenden corregir los pensamientos y las conductas de los seres humanos. En particular, quiero partir de la pregunta de si existe una justificación válida de la censura, lo que lleva, en primera instancia, a tratar de explicar en qué consiste ésta (aclaro que mi análisis se dirige a estos casos particulares de censura, y no entro en la cuestión de la censura ejercida por los gobiernos para acallar a la disidencia, misma que merece un tratamiento aparte).

Una forma de definir un concepto es a partir de su relación de oposición con otros conceptos. Para el caso de la censura, el concepto antagónico es el de libertad de expresión. Dado que ésta se trata de un caso particular del concepto más amplio de libertad, voy a partir de éste último. Aclaro que no entraré a detalle en los agudos problemas teóricos del concepto de libertad –v. gr. el dilema entre libertad y determinismo, dado que exceden los propósitos de este escrito y me limitaré sólo a la cuestión de los límites permisibles de la libertad.

Cualquiera que sea la definición de libertad, en principio se plantea la no coerción como uno de sus rasgos distintivos: un acto es libre si y sólo si el agente no ha sido obligado por otro agente a actuar de cierto modo. A partir de lo anterior, en la medida en que se eliminen los factores coercitivos que condicionen los actos, los individuos gozarán de mayor libertad. Pero esto genera una consecuencia problemática: la posibilidad de que los actos libres, no coaccionados, de los individuos puedan afectar a otros. Esto sugiere un límite necesario a las acciones libres: que éstas no afecten a los otros ni en su persona, propiedad o bienes (resumido en la célebre máxima juarista: “El respeto al derecho ajeno es la paz”). El liberalismo, en sus diferentes vertientes, enarbola este principio.

Habiendo reconocido que la libertad requiere un límite necesario el respeto a los otros, podemos aterrizar el problema que aquí nos ocupa: el de la libertad de expresión. ¿Cuál es el límite de la libertad de expresión? O, en otras palabras, ¿de qué forma se violentan a otras personas por medio de la lengua? Podríamos plantear la respuesta como sigue: un individuo A excede el límite de su libertad cuando profiere en su discurso ciertas expresiones que afectan a otro individuo B (tales como los insultos, ofensas, difamaciones o tergiversaciones de las afirmaciones de B). En una situación así, B podría exigir a A o a algún intermediario entre ambos –el Estado u otras instituciones, que A sea reprendido por lo dicho. Llamaremos ‘censura’ en un sentido genérico a las acciones tendientes a restringir o impedir que un individuo profiera libremente ciertas expresiones, so pretexto de que éstas afectan a otros individuos. La justificación de la censura, en este sentido, tendrá que ver con que las expresiones proferidas realmente resultan perjudiciales, algo que el afectado tendría que probar.

No obstante, el problema comienza al momento de precisar qué clase de expresiones perjudican a terceros. Para abordar el problema, recurriré a la teoría de los actos de habla (tratando de evitar, hasta donde me sea posible, los aspectos técnicos de la teoría para facilitar la lectura). Desde este planteamiento, se señala que los actos de habla se pueden realizar de dos formas: como actos de habla directos, en los que se encuentra presente un verbo que hace patente el tipo de acto de habla (“Te prometo que haré X” es una evidente promesa, dada la presencia del verbo ‘prometer’); y los indirectos, donde el tipo de acto de habla no es patente dada la ausencia de ciertas expresiones (“Mañana haré X” es una promesa, aunque no lleve el verbo ‘prometer’ que lo haga explícito).

Ahora bien, algo curioso ocurre con los actos de habla agresivos y es el hecho de que siempre son ejecutados mediante actos de habla indirectos: insultar, amenazar, difamar o amedrentar no se ejecutan mediante el uso de estos verbos (nadie dice: “te amenazo con X”, “te insulto con Y”, “los difamo con Z”, etc.). Estos verbos caracterizan ciertas clases de actos de habla, mas no se emplean directamente en esos actos de habla. Por otro lado, tenemos una cantidad innumerable de actos locutivos que expresan actos de habla agresivos tales como las amenazas, ofensas, etc.: “eres un imbécil”, “pendejo”, “te voy a partir la madre”, “jódete”, “no te la vas a acabar”, y así sucesivamente. A pesar de que estos actos de habla no son directos en el sentido que tiene ‘directo’ en la teoría, los hablantes de español pueden identificar su fuerza ilocucionaria sin problemas. Así, aunque una ofensa no incluya el verbo ‘ofender’ en el acto de habla, puede ser  identificable por parte del oyente.

De este modo, una manera como se podría establecer una restricción justificada a la libertad de expresión es que el individuo B pueda demostrar que A ha emitido un acto de habla agresivo que alude a su persona. En términos generales, parece ser la solución al problema. Pero el diablo está en los detalles, y así nos topamos con dos problemas: 1) que el tipo de acto de habla pueda ser, en principio, identificable como agresivo; y 2) que el acto de habla afecte no a un individuo, sino a una colectividad (es decir, a ciertos grupos de individuos). Se trata, evidentemente, de dos problemas distintos: el primero es de orden lingüístico, y el segundo de orden ético.

Comencemos con el primero. Como hemos dicho, un hablante normalmente no tendrá problemas para identificar las expresiones verbales de su lengua que manifiestan insultos, difamaciones o provocaciones. Mas no siempre resulta fácil saber si se trata de este tipo de actos de habla o no. En muchas ocasiones, una expresión puede parecer un insulto cuando en realidad se trata de un sarcasmo, una ironía o un chiste. Tal fue el caso de Sean Penn en la ceremonia de los Oscares del 2015: cuando el actor estadounidense anunció que la estatuilla era para al director mexicano Alejandro González Iñárritu, dijo: “¿Quién le dio la Green Card a este hijo de perra?” Lo anterior calificaría como un insulto; sin embargo, resultó que entre Penn y González Iñárritu existe cierta amistad y, según parece, así es la forma en como se tratan ambos. En realidad, la expresión de Penn fue una manera sarcástica, pero también amistosa, de reconocer el trabajo del cineasta mexicano.

Esto nos lleva a tomar en consideración ciertos factores de orden pragmático que no habíamos tomado en cuenta hasta ahora. El acto de habla no está determinado sólo por los aspectos fonológicos o gramaticales, sino que intervienen aspectos pragmáticos como la intencionalidad del hablante, la receptividad del oyente, el contexto comunicativo, etc. En el caso de la afirmación de Sean Penn, es la intención la que determinó que la expresión tuviese un sentido diferente. De igual forma, la información contextual, por su parte, nos permite decidir si el acto de habla es directo o indirecto, si debe tomarse de forma literal o no literal. Por ende, para determinar si un acto de habla es o no agresivo se debe tomar en consideración los aspectos pragmáticos que los rodean.

El caso antes descrito es una muestra de un acto de habla que en apariencia era agresivo pero en realidad no lo fue. No es difícil pensar una situación a la inversa: un insulto, presentado de forma elegante, sutil y disimulado, puede no parecer como tal. De cualquier modo, si se cuenta con información relativa a la intencionalidad del hablante, el contexto en el que se emite y otros datos, se puede elucidar el tipo de acto de habla cuando éste no es transparente. Las dificultades surgen cuando no se cuenta con esa información o el que interpreta el acto de habla la pasa por alto pese a que ésta pueda estar disponible.

Creo que esto es lo que ocurre con la censura políticamente correcta. Los internautas que fungen como vigilantes de las buenas costumbres posmodernas hacen sonar las alarmas ante la mínima sospecha de ofensa, insulto o cualquier agresión verbal hacia la pluralidad racial, sexual, etc. Pero lo que parece ser una ofensa no necesariamente lo es, tal como lo vimos en el caso de Sean Penn. El problema con los censores de la corrección política es que no reconocen que los actos de habla pueden o no ser literales y, desde luego, no consideran los factores pragmáticos como la intencionalidad o el contexto comunicativo. En consecuencia, si no se toman en cuenta estos factores y se emite un veredicto censor sin análisis de fondo, el clamor de censura estará totalmente injustificado.

Pero ya que hemos entrado al tema de la censura políticamente correcta, paso al segundo problema. La caracterización de la libertad de expresión y la posible justificación de la censura la he formulado en términos individuales. Esto se debe a que, en principio, quien estima que lo dicho es una ofensa o un insulto es justamente el individuo que ha sido afectado. Esto es, sin duda, una trivialidad, pero no resulta tan trivial cuando lo vemos en relación con el siguiente problema: ¿qué ocurre cuando los actos de habla agresivos aluden a una colectividad?

Como se ha visto previamente, cuando un hablante emite expresiones denigrantes o insultantes hacia ciertos grupos humanos (“¡Malditos negros!” “¡Pinches indios!”, etc.), no deja lugar a dudas de que se trata de actos de habla agresivos –y, aun en estos casos, hay que considerar contextos donde estas expresiones no sean actos directos, como pueden ser las ironías. Habrá expresiones opacas que sólo la información acerca del contexto comunicativo y la intención del hablante puedan esclarecer.

Pero está también el problema de cómo saber si un colectivo de individuos considera que el acto de habla les resulta ofensivo o insultante. Aquí hay un riesgo de incurrir en la falacia de generalización, al asumir que todos los individuos reaccionarán del mismo modo a los mismos estímulos. Esto atañe a otro factor pragmático a considerar: la receptividad del oyente. Ante un insulto generalizado, algunos podrán reaccionar furiosamente exigiendo la censura, mientras que otros podrán considerar que es dar demasiado importancia y preferirán ignorarlo. Sólo si contáramos con datos estadísticos que mostrasen una tendencia general al interior de un grupo, que revelara que un alto porcentaje considera que tal o cual expresión les resulta ofensiva, tal vez podría justificarse la censura.

Hay también otro intento de justificar la censura que consiste en señalar que ciertas expresiones verbales o manifestaciones culturales –como el cine, los videos musicales, los videojuegos, los cómics, etc. inducen a conductas peligrosas, como la violencia de género o crímenes de odio. Desde luego, la idea de que tales expresiones producen estos efectos supone dos cosas: 1) que los sujetos son enteramente pasivos y sus cerebros pueden ser programados enteramente por estímulos externos, lo que los lleva a actuar como autómatas, y 2) que la receptividad de los sujetos es totalmente homogénea, por lo que todos reaccionarán del mismo modo ante los mismos estímulos. Mas es difícil sostener ambos supuestos. Los censores políticamente correctos tendrán que demostrar científicamente que existe semejante determinismo, aunque el hecho de que los sujetos reaccionan de diferentes modos ante los mismos estímulos ya es suficiente para cuestionarlos.

En términos generales, los censores de la corrección política condenan los perjuicios en contra de ciertos sectores, sin tomar en cuenta si los individuos que forman parte de dichos sectores son realmente afectados. Los censores se ponen en la posición de las víctimas, y a su vez, en la posición de jueces. Sin embargo, para poder justificar la censura, tendrán que aportar razones poderosas, lo que exige, en primera instancia, que demuestren que al menos una mayoría al interior de estos grupos considera que ciertas expresiones o discursos les afectan de alguna manera. Y aun en este escenario, ¿acaso no vale la opinión del 1% que pudiera estar en contra de la censura?

He comenzado este escrito planteando la pregunta de si es justificable la censura. Hasta ahora, la querella individual parece ser el caso donde pueda darse la justificación más fuerte, siempre y cuando el individuo pueda probar que hay un acto de habla agresivo en su contra y que lo perjudica de alguna u otra forma. Cuando se lleva al plano colectivo, las cosas se complican, pues se asume que todos los individuos se sienten perjudicados por igual y, en consecuencia, se justificaría la censura. No sostengo que la censura en este plano sea totalmente improcedente, simplemente quiero señalar las dificultades que surgen cuando ciertos individuos se colocan a sí mismos como portavoces o representantes de colectivos o de la sociedad entera.

Lo anterior muestra una de las estrategias retóricas más usuales en el discurso político, que es pretender justificar ciertas acciones en el nombre de la nación o la sociedad, o en los casos de la corrección política, en nombre de una minoría amenazada. Así, los censores pueden exigir, en nombre de un grupo vulnerable, que ciertos discursos o manifestaciones culturales sean prohibidas. Se puede, en primera instancia, cuestionar la legitimidad de los censores para actuar como representantes o incluso como defensores de ciertos grupos. Pero me interesa más mostrar un supuesto detrás de esta estrategia: asumir que los individuos de la sociedad, sean miembros o no de los grupos vulnerables, carecen de la capacidad de juzgar por sí mismos, por lo cual la censura se torna necesaria.  Dicho en otros términos, los censores presuponen que los integrantes de la sociedad son como niños a quienes hay que señalar qué deben ver, escuchar y leer, aunque los procedimientos y las formas de actuar son diferentes. Estas posturas no son, en el fondo, muy distantes de las pretendidas justificaciones de las dictaduras fascistas o socialistas, que, en nombre de la raza, la nación o la lucha proletaria internacional, operaban la más férrea censura. Semejantes supuestos difícilmente resultan compatibles con una sociedad democrática, que aspira a crear más espacios de libertad y participación ciudadana.

En el fondo, se trata del mismo supuesto determinista que se adopta cuando se cree que la violencia es inducida por videojuegos o shows televisivos: los sujetos son meros receptores pasivos cuyas conductas y pensamientos pueden ser completamente moldeados por los medios u otros sistemas sociales. Muestra de ello es este pasaje del artículo de Mónica Montaño “Alertas de género y de música violenta” (Proyecto Diez, 01/04/2016), en el que la autora define la ‘violencia simbólica’ como “aquella carga cultural que nos hace ver ciertas cosas como normales, que nos van adoctrinando para aceptar ciertas conductas sin que tengamos la capacidad de hacer una discriminación racional de la información recibida”. Como señalé anteriormente, estas aseveraciones exigen pruebas contundentes que permitan mostrar cómo se dan los mecanismos de manipulación o adoctrinamiento. Lamentablemente, los teóricos de humanidades se limitan a suponer esta clase de determinismo social estricto sin explicarlo.

Por otro lado, considero peligroso que ciertos individuos se asuman como vigías morales de los discursos y expresiones culturales. Hasta hace unos años, la vieja guardia conservadora encendía las antorchas ante cualquier cosa que atentara contra la moral cristiana, la familia y las buenas costumbres. Hoy, la censura se hace en nombre de la diversidad de formas de vida. Pero el principio es el mismo: la existencia de una élite que juzga lo que puede ser mostrado en el ámbito público. La pregunta es: ¿necesitamos que existan tales élites? ¿No podemos decidir por nosotros mismos?

Concluyo mi escrito aclarando ciertas cosas. Estoy en contra de la discriminación racial, sexual y social, y considero que se deben tomar medidas para evitar estos prejuicios. Pero no creo que la solución sea la censura. El verdadero reto para una democracia en el siglo presente es vislumbrar las estrategias para eliminar los prejuicios sin atentar contras las libertades individuales. ¿Es posible esto? No tengo una respuesta. Mas, en definitiva, me opongo categóricamente que ciertos grupos minoritarios se proclamen como vigías morales de la sociedad.

Publicado en Análisis social
Domingo, 03 Abril 2016 00:04

Imposición feminista (Parte I)

Realicemos un pequeño ejercicio. Estando en el lugar en que se encuentre, señale usted con su índice o simplemente voltee su mirada hacia “arriba”.  Si usted realizó este pequeño ejercicio correctamente (no pretendo insultar su intelecto), usted miró hacia el cielo o apuntó hacia el techo de su habitación. Pero, ¿por qué usted no señaló o volteó su mirada hacia el suelo de su habitación?

Este ejercicio no es para insultar la inteligencia de nadie, ni para descubrir quién es más inteligente o quién es más bruto. No es un test. Es un ejercicio para presentarle a usted, de la manera más pragmática, el concepto de “perspectiva”. Cuando usted señaló o miró hacia el cielo o el techo de su habitación, usted, en relación al sujeto ficticio que llamaremos “Pei Pei”, situado en el extremo opuesto del mundo, miró hacia “abajo”.

Es el punto de referencia lo que determina la “perspectiva”.  Para nosotros, aquí en México, el punto de referencia es el mismo y está claro: arriba es lo que está por encima de nuestra cabeza y en oposición del suelo, que sentimos bajo nuestros pies. No hay confusión. Pero cuando relacionamos nuestra perspectiva, cuando comparamos nuestra referencia con aquella de “Pei Pei”, entonces nuestro mundo se viene abajo… o arriba… da igual: nace un conflicto.

La forma lógica y segura para resolver este conflicto de “perspectivas” es constituir un nuevo punto de referencia que nos permita entender sobre qué… o bajo qué… cómo sea, da igual… se está desarrollando nuestro intercambio de perspectivas.

Ahora, con este pequeño ejercicio fresco, cambiemos los conceptos. Cambiemos “arriba – abajo” por “violencia de género – afabilidad de género” (en tanto que es antítesis de lo violento). A primera apariencia, parece un conflicto fácil de resolver, un ejercicio sin complicaciones, tal como lo fue el ejercicio de “arriba-abajo”. Pero nada es tan sencillo y mucho menos en una sociedad en que la perspectiva se ha estado construyendo en referencias (al respecto) incorrectas, impuestas, excluyentes y llenas de intereses políticos.

Con todo el sentir y pésame de mi obeso y pobre ser, declaro que el video de Gerardo Ortiz no es una apología a la violencia de género. Lo siento y llego casi a repugnarme porque mis palabras puedan ser interpretadas como abogacía hacia el género musical que más odio… más, incluso, que el calor del sol (y quienes me conocen, saben mi eterno odio hacia el sol y su estúpido calor abrasante).

En algún momento, durante el inicio de la denuncia contra el video musical del cantante de narco-corridos (o lo que fuere, para el caso a mí toda esa cultura me resulta deleznable e igualmente asquerosa), un grupo o una persona, con una mediocre perspectiva sobre la “lucha de género”, divulgó la declaración acerca de que lo ocurrido en el video musical era una “apología” a la violencia de género. No podría estar más equivocada dicha persona o comunidad. Y si usted piensa argumentarme en la sección de comentarios que, precisamente, se trata de una apología de la violencia de género, con anticipación le informo que lo que usted pueda decir es parte de un discurso preconstruido, es decir, está “borregueando” ecos de lo que escuchó en algún lado y sin pensarlo imitó, así como un infante imita al adulto, sin pensarlo, sin dudarlo, sin reflexionarlo.

Una apología es, específicamente, un discurso (sea oral o escrito) en el cual se manifiesta explícitamente la simpatía y apoyo hacia una ideología, persona o acción. No busque una definición en Santa Wikipedia o en Santo Google y, si lo hace, hágalo para corroborar lo que le he comunicado, no para buscar una forma de contradecirme y alegar la existencia de una “apología implícita” o “apología subconsciente” o “apología subliminal”… No lo haga, por favor. Dichos conceptos requieren del desarrollo de una hipótesis cuyas variables teóricas me dan un ligero dolor de cabeza, y que difícilmente podrá sustentar con citas obtenidas del santo de su devoción (Google, Wikipedia).

Si, por otro lado, pretende iniciar la discusión sobre un discurso visual apológico, entonces le acepto su debate, pero sépase advertido que relatar lo sucedido en el video musical (hechos narrativos-visuales) no es un argumento del discurso visual. Pero no estoy aquí para debatir sobre el discurso visual, aunque reitero mi accesibilidad para discutirlo en la sección de comentarios. No, mi interés radica en hablar sobre la pobre perspectiva de este grupo de ideología feminista-clacisista-elitista, que acusa y asegura la existencia de una apología de la violencia de género y la misoginia.

Repito, el video musical del autor Gerardo Ortiz no es una apología a la violencia de género y mucho menos esta pobre y estúpida declaración debe ser considerada como un factor acreditable para la censura y la penalización. Lo anterior lo digo con un dolor en la boca de mi estómago: mientras escribo estas líneas no puedo no pensar que se presten para interpretarse como defensa de esa narco-banda-cultura que tanto aborrezco, pero debo hacerlo porque la imposición de estos “estándares morales”, pretendida por esta comunidad de personas (feministas y clasistas), no se encuentra en el mayor de los intereses de una ética social benéfica para el desarrollo de su cultura.

El compañero de este portal, periodista y escritor, Omar Sánchez, se ha manifestado en contra de esta imposición de estándares o paradigmas morales, tal como lo han hecho otros miembros de la comunidad “feisbuquera”. ¿Qué es lo censurable, de acuerdo al argumento de “apología de la violencia de género” dentro del amplio y variado mundo artístico? Es la hipótesis que Omar Sánchez, Gerardo Esparza (conocido columnista), Zul de la Cueva (polemista y articulista) y otros más han presentado. Si existe la representación gráfica o literaria de una mujer asesinada o agredida o violentada, ¿es una “apología de violencia de género” y debe ser censurada? Omar se pregunta si Leoncavallo debe ser censurado y su obra prohibida de presentarse en México; Gerardo se pregunta si Schoppenhauer, por igual, debería ser censurado y prohibida su lectura… Ambos cuestionamientos, la misma reflexión, me resultan acertados y la reflexión propia de una autocrítica, a la que como ciudadano debería estar obligado: ¿Quién y cómo se determina lo que debe o no ser censurado de acuerdo a los preceptos de una ética social que tenga como objetivo el desarrollo y progreso del individuo en la comunidad y como sociedad? En este caso, ese “quién” y ese “cómo” es claro, por lo menos para mí lo es: la comunidad pseudo-feminista de clase media/media-alta con educación media-superior/superior.

Ese feminismo aberrante que promueve la ideología de la victimización y la compensación social ante la auto-martirizante figura de la mujer. Ese feminismo que culpa a la sociedad y la cultura de un problema que sólo afecta a las mujeres, Ese mismo que las excluye de dicha sociedad porque son mujeres y, en su incongruente lógica, no sólo son víctimas, sino que también son salvadoras de la sociedad, promoviendo el repudio ante la equidad y exigiendo favoritismo y preferencialidad social-legal con argumentos de “igualdad”. Y gran evidencia de mi acusación se encontrará en el odio que despertará ésta misma: un estado fascista ideológico en que acusar a la mujer, de lo que fuere, es un acto de misoginia y “retrogradismo”… véase el caso de Schwebel quien, señalando el despreciable modus operandi de nuestra ideología de género, fue acusado de presentar un discurso “misógino” y tuvo la consecuencia de reprobación “ética” y hasta le cambiaron el nombre a las “edecanes” en Guadalajara, que ahora son “asistentes de protocolo” pero que, pese al nombre, siguen siendo un “trozo de carne” que ejerce la labor de presentar “buena imagen” y por la cual ganan dinero.

Gerardo Ortiz fue víctima del feminismo… quién lo va a creer. No señores, no, el video del susodicho no es una apología ni al crimen ni a la violencia de género. El video no deber ser censurado por ello, aunque al señor Ortiz sí se le debe investigar, así como a Fiscalía, por el uso indebido de recursos públicos. Pero eso es otra historia.

La perspectiva general ha sido trastocada y fuertemente influenciada por esta ideología feminista que quizá presente alegatos de que, en un país como México, donde existe una severa y lamentable problemática de seguridad pública que afecta al sector femenino, es un acto que fomenta y sugiere la perpetuación de dicho problema, fraguando así un silogismo que aboga al sentimiento del público para obtener simpatizantes, además de servirse como apoyo del no tan extenso pero existente repudio hacia dicha narco-banda-cultura por parte de un limitado pero existente sector clasista, en el cual me siento casi inmiscuido. Ese sector que delega el criterio del análisis social al prejuicio de clase social manifestado en diversos elementos culturales: lectura, cine, música, teatro, etc.

¿Por qué el video musical de Ortiz es una “apología de la violencia de género” y no lo es así el asesinato de la colombina Nedda, quien murió a manos de su esposo al descubrir su infidelidad, exactamente como sucede en el video musical del cantante Ortiz?. Les diré por qué: porque un grupo feminista en México se sintió ofendido. Punto. Finito. Fin. No busque otra explicación, no la hay; y si se la presentan le aseguro que será injustificable y argumentalmente incongruente.

La violencia de género es un problema real en México y el problema inicia al tergiversar la perspectiva de lo que es un problema de seguridad con la creación de una figura victimizada y mártir de una causa “noble”. ¿Cree usted que estoy siendo “machista” y que ataco a los movimientos feministas sin razón y con sugerente “misoginia”? Bueno, contésteme usted entonces una sencilla pregunta: si se presentase la denuncia contra mi persona por “machista y misógino” y se decretase mi censura en cualquier medio de comunicación, ¿la violencia de género disminuirá en México? Si el video de Ortiz, así como de cualquier otro exponente del género musical o de cualquier otro género o de cualquier otra forma de expresión artística, fuese censurado, prohibido su consumo, ¿la violencia de género disminuirá en México, porque ya no hay quien la “promueva” mediante “apologías”?

En mi opinión, es de ingenuos y estúpidos creer que así será. Ingenuos porque ignoran la intrincada raíz problemática de la enfermedad cultural-legal que México padece y de estúpidos porque se empecinan en que el cielo sólo está arriba de ellos. 

Publicado en Análisis social

Al ser un ente gregario, el ser humano busca, generalmente, la aprobación de los demás en cada uno de sus actos. La satisfacción que le brinda el visto bueno de la sociedad actúa a un nivel inconsciente, al grado que pareciera que nuestros actos altruistas son sólo eso, una ayuda aportada a la sociedad sin ánimos de retribución.

No confío en las buenas voluntades ni en el altruismo social, siempre me ha parecido que ayudar al otro es un acto en extremo vertical –muy alejado de la supuesta horizontalidad que presuponemos- donde las relaciones de poder se dejan ver casi de inmediato: yo ayudo al otro al estar en una situación favorecida para ayudar.

Los juicios del “pobrecito”, “que mala onda”, en apariencia inocentes suelen pedir cuentas tras ejercerse, es decir, cuando terminamos con nuestra ayuda queremos que ésta tenga buen fin, que ésta se refleje en aquel que ayudamos de la manera en que nosotros quisiéramos –deseamos que en el otro se cumpla nuestra voluntad otorgada por el poder de nuestro dinero o nuestra ayuda prestada-.

Cuando compartimos una imagen de una persona desaparecida en redes sociales, tan de moda actualmente en México por la alza de secuestros de hombres y mujeres, además de bebés y niños, pareciera que esperamos que esa persona sea reencontrada sin el menor rasguño, que de buena voluntad deseamos que eso no le pase a nadie y así sentirnos seguros en sociedad. Nuestra solidaridad aflora por los breves instantes de un click, sin recordar, a veces, si la foto que compartimos de la persona desaparecida ya la habíamos compartido un día antes, o unas horas antes, debido a que difícilmente nos tomamos la molestia de analizar los rasgos y nombre de la víctima.

En un país donde los secuestros están a la orden del día tenemos una sobresaturación de información que lentamente nos va volviendo insensibles a tales. La normalización de la inseguridad suele ir acompañada de argumentos, difundidos en ocasiones por los propios gobiernos, del tipo: “de seguro andaba en malos pasos”, “algo debió hacer para merecer eso”, “no están desaparecidos, han de andar de borrachos” o, en el caso de las mujeres, “de seguro se fueron con el novio”. Este tipo de argumentos nos brinda cierta satisfacción y lejanía del problema, como si se tratara de un mecanismo de autodefensa, para así poder sobrellevar nuestra vida diaria y ya no preocuparnos por esas personas cuyas fotos compartimos en una imagen mancillada en rojo por un “DESAPARECIDO”.

El problema viene cuando nuestro altruismo del “compartir” y del “like”, cuando nuestro “trendyactivismo” se topa de frente con la realidad: Encontraron a una de las mujeres desaparecidas en el Estado. Lejos de brindarnos la satisfacción merecida por el suceso, en nosotros comienza la duda y comenzamos a sentirnos engañados, ya que si estaba desaparecida presuponíamos que no deberían haberla encontrado.

Es el momento en que nos transformamos de usuarios preocupados por su sociedad en entes morbosos que piden el escarnio público y la obligatoriedad de rendir cuentas a Facebook –y todos sus usuarios- a la persona que fue encontrada. Nuestro deseo morboso de saber que no nos equivocamos al compartir la imagen de un presunto secuestro nos lleva a proferir comentarios que difícilmente pueden evidenciar la supuesta empatía que sentíamos por la víctima, que ya no lo es desde el momento en el que fue encontrada: "dónde andaban, de seguro con el novio", "pinches viejas, se fueron solas", "y qué le pasó? Ahora que diga", "andaba de fiesta...", entre otros.

No porque una persona fuera localizada quiere decir que ésta se encontró en ese lapso pasándola de lo lindo por ahí. Al exigirle cuentas a la víctima lo único que hacemos es revictimizarla, hacerle sentir toda la culpa social por haberse “perdido”, o más bien, por haber regresado.

La verticalidad con la cual ejercemos nuestras trendy acciones para ayudar a los demás, con tal de vernos bien ante los ojos de los otros, deriva en un deseo de rendición morboso de cuentas, un sentimiento de superioridad ante las víctimas para que se muestren en el escenario público, en Facebook, y nos aclaren el por qué de su desaparición, el por qué nos molestaron tres segundos en los que le dimos click a una imagen y le pusimos “compartir”.

Quizá sea momento de aprender a callar, de guardarnos mucha de nuestra palabrería y comenzara construir una verdadera cohesión social, desde la horizontalidad, sin el mórbido deseo de que el otro me reconozca como su superior cuando le doy “like” o le aviento unas monedas desde la ventanilla del auto.

Publicado en Análisis social
Martes, 02 Diciembre 2014 00:00

Feminismo carismático

Lo que le haces a una mujer, se lo haces a todas
pero lo que hace una mujer no define a todas...
...No pues, qué conveniente.

Desde hace unos días en la red social Facebook anda circulando un video que trata sobre cómo el sexismo hiere a los hombres. Este video lo he visto en repetidas ocasiones colgado o compartido en los “muros” de varios contactos de Facebook. La autora de este video informativo, es una “Youtuber” (nominativo otorgado a los “Video Bloggers” de Youtube, el sitio web más famoso y utilizado de alojamiento y compartimiento de videos en internet) cuyo nombre es “Laci Green” (ignoro si es su verdadero nombre o sólo un pseudónimo para su canal de videos en dicha página).

Lo que me llamó la atención de este video, además de ver una presentadora guapa (introdúzcase aquí el apelativo sexista que me quieran adjudicar), fue ver cómo se presentaba carismáticamente un tema tan retrógrada y mediocre como lo es el “feminismo”. Sí, en efecto, creo y tomo mi postura en la manifestación de que el feminismo, ese movimiento social que (supuestamente) lucha por la equidad de género, es el primer ofensor y estorbo u obstáculo para lograr verdaderamente una sociedad equitativa y respetuosa hacia “el género”.

Es ontológicamente una contradicción presentar un movimiento social cuyo estandarte es la segregación de géneros y cuyo objetivo dice ser la equidad de éstos (géneros). Un ejemplo de esta contradicción, sería la analogía de crear un movimiento social contra el racismo y llamarlo: “Poder Negro” o “Poder Blanco” o “Negrismo”… No puedes exigir equidad cuando llamas a la partición de la sociedad, a que esta se fragmente en simpatizantes y opositores. Por ello, el feminismo, es retrógrada, tanto o más que lo es aquello que el feminismo intenta “erradicar”, es decir, el machismo o el sexismo. 

Regresando al video de esta presentadora, mencionaba que un elemento en éste video me orilló a cerrar el video y no verlo completamente: la desinformación que esta presentadora imparte. Hacia el primer minuto del video, la presentadora, expone una definición de “sexismo” equivocada o quizá, culturalmente arbitraria (dado que esta definición pueda pertenecer exclusivamente a la cultura Norte Americana de los Estados Unidos de América). 

Nuestra máxima autoridad de la lengua española, la Real Academia Española, define al sexismo como: “Atención preponderante al sexo en cualquier aspecto de la vida; discriminación de personas de un sexo por considerarlo inferior” Real Academia Española (2014). Diccionario de la lengua española (23.a ed.). Consultado en http://www.rae.es/ 

Por otro lado, la presentadora de este video hace referencia al significado de sexismo de la siguiente forma: “Sustantivo. Prejuicio. Estereotipar –aunque esto es un verbo— o discriminación, típicamente contra la mujer respecto al sexo –lo sexual—.” 

Creo que es redundante resaltar la comparación en su diferencia, sin embargo lo haré, de todas formas. A veces no es suficiente presentarles las manzanitas y las naranjas al público: hay que hacerles ver la diferencia entre estos.

Mientras que la definición oficial define al sexismo como una discriminación hacia personas pertenecientes a un sexo (referido al género, sin determinar ni limitarse a uno de ambos), la presentadora del polémico video, inmediatamente presenta una versión de esta definición parcialmente certera: presenta a la mujer como género victimizado de esta discriminación. Entender que este tipo de información carece de sustento argumentable (en esta situación, etimológica) al mismo tiempo que se manipula para presentar un panorama completamente enfocado a la mira/enfoque que el sujeto desee, es un acto de desinformación. No se le otorga al público el panorama abierto, objetivo, imparcial, se le ofrece sólo lo que el expositor desea que el público conozca, limitando el enfoque y el criterio con el que se trabajará lo expuesto. 

En ese punto del video que se expone la manipulada información sobre la definición de “sexismo” (alrededor del minuto 1), que decidí simplemente no ver el video… no me interesa, ni me es necesaria la información tergiversada, manipulada. Sin embargo y para no caer en el mismo error pragmático que la presentadora (de exponer información tergiversada en este comentario), contra toda mi voluntad y con un desagrado personal hacia este tipo de “feministas”, decidí continuar viendo los restantes 3 minutos de este video de información y opinión, sobre el feminismo carismático… al finalizar el video, me arrepentí de esta decisión. 

No pasaron siquiera 15 segundos cuando necesité de una pared cercana a mí, para repetida y coléricamente estrellar mi cabeza contra ella (situación que estoy seguro, agradaría a muchos conocidos). La presentadora afirma en esos breves 15 segundos, que todos los “complejos” y “presiones” del hombre surgen no de un sexismo directo (de la mujer contra el hombre) sino del sexismo del hombre contra la mujer: de un sexismo indirecto, un balazo salido por la culata. Esta afirmación, aunque debatible y razonable, nuevamente re-cae en una falacia argumentativa, en un falso silogismo insustentable. La presentadora, sin ningún escrutinio académico, afirma que estos complejos en los hombres surgen en el hombre cuando éstos se definen como “hombres contra mujeres”. Seguida de esta atrevida declaración, utiliza ejemplos falaces de lo que (a su consideración, ya que en ningún momento hace referencia a ningún estudio o investigación) un hombre utiliza para definirse, entre ellas: “Yo soy hombre porque no soy emocional, como las mujeres; No soy físicamente pequeño, como las mujeres”. 

Si bien, es parte del “Vox populi” y algunas investigaciones soportan que efectivamente los modelos de masculinidad, le privan al hombre de expresar sus sentimientos (dado que esto es estereotipadamente una contradicción hacia lo masculino), aludir a este tipo de conocimiento popular, para aseverar que los hombre se definen como hombre porque están “contra” la mujer, es aberrante y repudiable. Aberrante y repudiable ya que la formación del hombre “contra” la mujer, es una situación que responde a una semiótica sencilla de la oposición por contradicción: “Yo soy niño, tengo pene; yo soy niña, no tengo pene”. Es en la contradicción que se cimenta la precepción de lo que diferencia a los géneros y sobre este cimento, establecer uno de los parámetros (más no el único) que vendrán a definir la identidad del sujeto: tanto sexual, como social, como emocional, entre otras. Dicho de otra forma, la identidad de un sujeto (hombre o mujer) no se completa ni se determina únicamente por la formación de una única identidad (la sexual), por lo cual es un error creer que el hombre se define (a sí mismo) como “Hombre” basándose únicamente en su identidad sexual (puesto que pertenece al género masculino).

Sin embargo esta situación parece no importarle, o quizá no reparó en ella, a la presentadora, quien continúa ejemplificando y argumentando sobre esta falacia silogística que los prejuicios del hombre sobre el hombre son culpa del hombre por establecer un sexismo contra la mujer. Literalmente, en el minuto 1:34, la presentadora concluye (después de su pseudo-argumentación-ejemplificación) que “estas presiones específicas de género –complejos masculinos— son un efecto secundario del sexismo”. 

Porque obviamente, es un sacrilegio, un pecado, una forma de “pensamiento retrógrada” creer o siquiera pensar que las mujeres no tienen prejuicios sobre los hombres… y si los tienen son culpa de un mítico patriarcado-hetero-fálico-normativo… porque para las feministas, sea cual fuere la situación, los hombres tienen la culpa y ellas, las mujeres, son víctimas.

Observen, lectores, cómo la presentadora minimiza y solventa el impacto agresivo del sexismo masculino al llamarlo “presiones específicas de género” y cómo, en especial, adjudica la culpabilidad de estas “presiones” al propio hombre (puesto que el sexismo, como ella lo presenta, es discriminación hacia la mujer y sólo hacia la mujer).

El video termina con la presentadora manifestando su repudio hacia el sexismo, afirmando que “afecta” a ambos géneros. Durante todo el video, el carisma de esta joven es innegable y ciertamente logra simpatía con su público, sin embargo a pesar de lo carismática que sea esta presentadora expone un tema sin referencia, sin soporte o apoyo académico, por lo cual y una vez finalizado el video (pese a que me arrepentí de verlo), no me sentí tan, mal… “es un texto de opinión” me dije auto-convenciéndome de escribirle una réplica para hacerle presente sus errores. Sin embargo, preferí utilizar su video como pre-texto para escribir mi propio artículo de opinión en la que podría puntualizar el error de este video: El feminismo es un pensamiento retrógrado, que no ayuda a la causa que pretende, ni tampoco ayuda a la sociedad. 

Este comentario no pretende ni sostiene que la discriminación sexual no exista así como los lamentables y múltiples casos de violencia de género. Sin embargo y como fue manifestado anteriormente, el feminismo es un movimiento retrógrada que falsamente lucha por la equidad de género y únicamente logra la segregación y exclusión de género.

Pueden ver el video referido en el siguiente enlace: http://youtu.be/iwQBlNVqL-E

Publicado en Crítica