Domingo, 26 Noviembre 2017 18:42

Sin zona de confort: Ernesto Guevara

Para Alberto Cota

Como sucede con todos los individuos cuya fama les sobrevive; es difícil decir algo que no se haya dicho ya sobre ellos. Las biografías sobre Ernesto “Che” Guevara son abundantes y de todas calidades e intenciones. Por otro lado, suele pasar que la fama de ciertos personajes, ideas o símbolos, es tomada por advenedizos para adornarse y usarlo como estandarte de las más variadas pendejadas. Las tergiversaciones sobre las ideas de los grandes siempre son un asunto con el que hay que batallar y desgraciadamente, sino se distingue la cizaña del trigo, se abarata la honra de los susodichos. Un desmerecido abaratamiento, por ejemplo, es la fotografía de “El guerrillero heroico”. Cuando el cubano Alberto Korda Quispe la tomó, nunca pensó que sería considerada una de las diez mejores fotografías de todos los tiempos. Aunque Korda se dedicó en realidad a la fotografía oceánica, también seguía de cerca el movimiento revolucionario cubano con simpatía ante las ideas de Guevara y Castro. El destino unió a los tres, y sin embargo, no sé si Korda hubiera asentido en que su fotografía fuera usada como símbolo de chiquillos que piensan que ser revolucionario consiste en no obedecer a sus papás, revelarse contra los profesores, vivir despeinados y renegar de todo, claro, todo esto sin trabajar; en la posmodernidad se puede ser mantenido y revolucionario.

Así la situación ¿por qué habría yo de ser lo suficientemente especial para decir algo que pueda aportar al entendimiento de la vida de Ernesto Guevara? No lo soy, y no obstante me atrevo a decir que es necesario evitar que quede en el olvido el valor de modelo que tiene el trayecto vital del argentino. No voy a entrar en los espinosos y ya bien tratados asuntos de la compresión de su papel en la revolución de varios países latinoamericanos y africanos, ni en el desencanto que al final caracterizó la relación entre Fidel Castro y Guevara, o en las acciones de la CIA que influyeron en la muerte de Ernesto sin respetar el derecho que tenía al juicio político.

Quiero destacar simplemente, dos elecciones de vida que destacan al Che como el único ser humano de la modernidad que despreció la zona de confort. La primera decisión que me lleva a pensar que Guevara desechó toda comodidad viene de su misma Argentina, pues nacido en una familia aristócrata cuyos recientes antecesores habían sido la familia más rica de Sudamérica, y cuyos ancestros se remontan a conquistadores del Virreinato del Río de la Plata, prefirió otra cosa que ser un niño rico. El padre y la madre de Ernesto recibieron cuantiosas herencias que intentaron acrecentar con plantaciones, rentas, inversiones en bienes raíces y que les permitía una vida más que holgada. El Che padeció asma desde la infancia por lo que se trasladaron de Rosario a Córdoba para gozar de un mejor clima. En pocas palabras no había alguna razón para que a partir de los años 50 ya por terminar su carrera de medicina empezara viajes sin recursos monetarios y en una bicicleta con motor a lo largo de Argentina primero, y de toda Sudamérica y Centroamérica después. En estos viajes conoció la pobreza en que se vivía la realidad latinoamericana y junto con sus lecturas filosóficas y políticas fue cuñándose de la ideología marxista. Es a través de estos distintos periodos de viaje que conoció a los hermanos Castro. ¿Por qué un joven culto, asmático y aristócrata abandonaría su presente y futuro descomplicado por una vida de guerrillero siempre con la muerte pisándole los talones?

La siguiente decisión de Guevara que lo hace un hombre inusitado es que cuando en 1959 triunfó la Revolución cubana bajo el mando de Raúl Castro, Fidel Castro y Ernesto Guevara, este último fue ministro de industria. Ya en el gobierno, Fidel Castro se apoyó en el Che para representar su causa ante el mundo y Guevara pronunció discursos memorables en la ONU, visitó Rusia y otros países internacionalizando la Revolución. Pero los viajes diplomáticos y la vida de oficina no le bastaban al argentino, y si había abandonado el lujo que su familia le prodigaba, por qué no iba a abandonar la política. Se habla también de un distanciamiento ideológico con los Castro, que desde mi interpretación sólo fue un elemento más para que nuestro personaje dejara los aviones y los escritorios, así fue como se embarcó en la Revolución congoleña y en la boliviana, no si antes dejar la simiente de la Revolución en Nicaragua, Paraguay, Perú, Brasil, Argentina, Chile y otros países. Finalmente, el 9 de octubre de 1967 después de ser capturado en La Higuera, Bolivia el Che fue muerto. Los pormenores oscuros y variopintos de las circunstancias de su muerte son muchos y no quiero profundizar en ellos, termino con la segunda pregunta ¿Por qué un dirigente de un país que no se doblegó ni ante la potencia mundial estadounidense, por qué un líder ideológico y político, dotado de una inteligencia y un carácter superior, no se quedó a disfrutar de sus logros ganados a fuego y sangre?

Ante las dos preguntas planteadas en razón de estas dos elecciones de vida, no puedo responder, sino que Ernesto “el Che” Guevara sentía un vomitivo desprecio ante la zona de confort, su compromiso con una causa, era incluso más importante para él, que su propia vida.

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El envejecimiento de una generación podría entenderse fácilmente como la necesidad de ésta a dejar huella en la juventud del momento, imponiendo ciertos gustos y lineamientos morales que considera adecuados, en tanto un consumo cultural permitido, dirigiendo a aquellos que no tienen conciencia, a los ojos de los veteranos del mundo, de qué es lo que quieren.

Qué, cómo y cuándo deben consumir determinados productos parece lo apremiante. La modificación de los mismos y la censura son necesarias en este punto con el fin de preservar la integridad de aquellos nuevos integrantes de la especie.

El olvido es la antesala. Para una generación que creció con el Rastamandita (“baila rica nena, sabrosito, baila rica nena, más pegadito”), el Puto (“el que no brinque, el que no salte”) y la Ingrata (“por eso ahora, tendré que obsequiarte un par de balazos, pa´ que te duela”), que repentinamente se dio cuenta, a sus 30 años de edad, que todo lo que consumía en su juventud era maligno para el mundo y violentaba al otro de forma indescriptible, resulta verdaderamente ridículo que empuñe el sagrado cetro de la corrección política y la moralidad suprema.

La imposición y el olvido parecen aquí lo único que cuenta. No importa qué fue aquello que consumimos en nuestra juventud, los CDs pintados con plumón, los libros prestados que jamás regresaron, no es necesario reconocernos en el otro y en sus necesidades sexuales, sociales o económicas, no; nos colocamos en el pedestal del santurrón con mirada altiva y bajamos benignos los ojos al mundo a nuestros pies: ellos necesitan un mesías.

En una más de sus malogradas columnas de chochez, Enrique Krauze asegura: “La Generación de los Millennials no podrá permanecer on hold. La adolescencia no puede prolongarse indefinidamente. Los más jóvenes tienen 20 años, los mayores 35” (http://www.enriquekrauze.com.mx/joomla/index.php/opinion/97-art-critica-social/976-el-misterio-de-los-millennials.html). Señalamiento que si bien no se ejerce sobre sí mismo, una generación por demás anquilosada en sus letras, sirve de recordatorio para darnos cuenta que el tiempo avanza y nosotros, los ya no tan jóvenes, con él.

¿Nuestro afán en pos de lo políticamente correcto y el lenguaje incluyente es síntoma de envejecimiento generacional? Después de tener “mi funny pinga for your little chichachicha” indignarnos por la discriminación que ejercen los otros con su lenguaje parece una falta de coherencia.

"Éramos bien jóvenes cuando se compuso y no estábamos sensibilizados con esa problemática como ahora todos sí lo estamos. Creo que es un momento de repensar si la vamos a seguir tocando o si le cambiamos la letra" (http://www.milenio.com/hey/musica/cafe_tacvba-ingrata-homenaje-soda_stereo-argentina-milenio-noticias_0_907709426.html), dijo Rubén Albarrán, integrante de Café Tacuva, a manera de disculpa por haber creado una de las canciones que modificaron la conducta, de por sí violenta, del mexicano, dando pie al mayor número, si se me permite el sarcasmo, de feminicidios en el país: La Ingrata.

La autocensura es el siguiente paso. Olvidando la libertad ganada en la juventud para decir todo aquello que cruzara por nuestra cabeza (“te persiguen si sos puto, / te persiguen si sos pobre (…) / Y váyanse a toda la concha de su madre”), una libertad por demás atesorada con la cual, a punta de palabras, se pretendía cambiar el mundo y los discursos impuestos por generaciones pasadas, traspasando el inquebrantable y frío muro de silencio, procedemos a construir uno nuevo, uno que cuide la castidad de los recién nacidos jóvenes. El desprecio viene inscrito con fuego en la misma acción, como si creyéramos que, por su edad, los nuevos ciudadanos no tuviesen voluntad, como si sus mentes fueran la tabula rasa de Locke esperando las inscripciones con cincel de los productos culturales generados por la generación dominante. ¡Cuánta vanidad!

Pensar que si se consume determinado producto cultural, violento, hará que una persona tome las armas y salga a matar a los otros, es algo que ya fue ridiculizado por Marilyn Manson en la entrevista que le hace Michael Moore para el documental Bowling for columbine, al ironizar que él tenía la culpa de todas las masacres juveniles en Estados Unidos.  

Ahora nuestra generación se alza, con su carga de olvido, buscando un mundo mejor para los que vienen, un mundo que censure el idioma por ser violento, un mundo que reprima las expresiones coloquiales, un mundo que le diga a los creadores de arte qué es adecuado y qué no, un mundo incluyente, que muestre todas las variantes sexuales habidas y por haber en una narrativa, aunque esta trate sobre marsopas, que muestre al hombre-macho-patriarcal con su carga de violencia en situaciones no imaginadas, sino, consensuadas por la audiencia. En resumen, la construcción de una nueva moralidad esgrimida con denuedo religioso.

Y de repente, olvidando y autocensurando el “cada vez que te miro se me para” aprendido en la juventud, dejando atrás “su culo brilla más y más me atrae con su dulzura”, con Jennifer López retumbando en la memoria negada mientras pone “su culo junto las cerezas”, martillando un “puto, puto, puto” constante que no para como “cada vez que te miro se me para, mi corazón” va “dejando otro perrito que le mete a este sistema el dedito en el culito”, dejando que siga sangrando y retorciéndose el ”gran culo de este mundo”: un gran culo que repite como letanía aquellas palabras, modificadas y pimpeadas, de sus padres, un culo que se arruga, que palidece.

Nuestra generación, Millennial por llamarle de alguna manera, está envejeciendo, y con ella sus gustos y pecados del pasado son lavados en las aguas presurosas del olvido, para dar paso a un anquilosamiento temprano que busca imponer preceptos morales en boga, lo cual nos parece correcto, pero quizá sean estos mismos preceptos los que nos garanticen la disrupción con la generación venidera, el conflicto necesario.

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No puedo negar la conmoción que tengo cada vez que vuelvo a ver el video que “La Mars” grabó al más puro estilo de una estrella de cine que, además, parece ser experta en la ciencia de la vida.

Conmoción que supongo, debe relacionarse, de alguna manera retorcida, con aquello de “lo bello y lo sublime en Kant”. Un espasmo comparable a la contemplación de un huracán a mar abierto o de aquella pintura de Saturno devorando a sus hijos de Goya, donde el horror y la fascinación encuentran su equilibrio para no dejar de mirar.

Y es que, al iniciar el video con la bomba argumental “tengo dieciséis años y tomé conscientemente la decisión de dejar el bachillerato”, no puede más que recordarnos, con una bofetada a aquellos que ya pasamos por aquel encantador torbellino de hormonas e ideologías, solamente superable por la satisfacción de que no volverá a repetirse, como era el mundo a esa edad.

Y es que en sentido general, uno no logra desentenderse del todo con la molestia que al parecer parapeta la renuncia a las instituciones, el sistema y a lo convencional en que se mira la vida desde ese enfoque. Al parecer, algo hay de verdad en ello. Pero bueno, habría que desmenuzar lo que pasa, cómo pasa, cómo no pasa y qué podemos hacer al respecto.

En primer lugar, el énfasis que hace desplegar todas aquellas críticas al sistema educativo: que son guarderías para entretener a los estudiantes, que te saturan de información inútil para la vida práctica, que te convierten en borregos, etc. En todas ellas, debo confesar, estoy tan de acuerdo  que me tatué su cara en el chamorro como símbolo de simpatía y buen gusto. Pero al notar que se parecía más a Aristegui, terminé por borrarlo. Lo sé, ha sido una semana muy intensa para un servidor.

Pero regresando al tema central, creo destacable acentuar algunas omisiones que detecto como profesor de bachillerato que he sido, y que desde la trinchera académica que he vivido puedo observar.

1. - El sistema educativo apesta

Es cierto, si lo comparamos con países de primer mundo, la distancia es larga y triste a la vez. Pero la comparación con 7-8 países de primer mundo durante los últimos 50 años, no creo que sea justo para la historia de la educación, es decir, excluir todos aquellos escenarios políticos-sociales-culturales que han generado educación en la humanidad, es no entender qué se busca entonces con la educación.  Y es que podemos hablar de las excelentes habilidades que logran las personas en modelos como en Japón, donde la disciplina y la excelencia son la carta fuerte de presentación. Excluyendo como he mencionado anteriormente el contexto al que pertenece.

Sería como pretender que si tomas a un montón de indígenas de la sierra tarahumara, meterlos a un colegio ingles durante tres años, para posteriormente regresarlos a su comunidad, con sus familias, su  economía y sus problemas tan específicos y que todo aquello se solucione por medio de la magia educativa. O al revés, esperar que un mirrey termine la escuela pública, regresa al seno materno como un sujeto nuevo, con consciencia social que le permite exigir la igualdad de condiciones desde su Iphone. Y pasa. Pero el sentido de la educación dista de esto.

Personalmente debo de confesar que uno de los momentos más difíciles de la actividad docente es entender que lo que se enseña, no es lo que se aprende, que lo que se aprende no va a tener el uso que uno espera por parte del estudiante, que a final de cuentas, el estudiante deberá descubrirse como un agente  libre y activo dentro de su vida.

Que debe encontrar dicha libertad en medio de un proceso conductista, estandarizador y en ocasiones muy poco alentador para dichos fines. Pero, entonces ¿para qué estamos educando? Sería la pregunta obligada.

Es verdad, el sistema educativo fue diseñado para generar modelos de conducta estandarizados. Que tragedia para la existencia humana. Eso, hasta que en el viaje que llamamos vida, comenzamos a conocer gente que en su escasa comprensión de los fenómenos del mundo, comienza a tomar esa libertad para ejercer acciones a diestra y siniestra para su beneficio inmediato. Corrupción, violencia, apatía, perjuicio involuntario, por mencionar las que se me vienen a la mente en este momento. Aquellas personas que en ocasiones hacen gala de su inconsciencia y que entonces sí, nos molesta muchísimo que incluso una persona no acate las normas de modales básicas, SON UNOS ANIMALES, nos grita la doble moral.

Es complicado entender esta extraña dialéctica entre la tradición y la vanguardia de las ideas, pues es verdad que la tradición estropea la creatividad de nuevas propuestas, pero también hay que decirlo, la vanguardia sin tradición termina siendo algo similar. Propuestas innovadoras que ya se plantearon mucho antes, errores que pudieron evitarse con conocimiento y experiencias pasadas.

2.- Sigue tus sueños y no seas una oveja del sistema

Es un llamado al amor propio por donde uno lo quiera ver, es, en esta ocasión, la dialéctica entre el individuo y la sociedad lo que está en juego. Ojalá todo fuera seguir tus sueños, en serio, OJALÁ. Pero resulta que hasta los sueños más pequeños requieren de esfuerzo y sacrifico para ser logrados. Sobre todo cuando tienes 16 años y tu vida es lo suficientemente estable, como para dejar la escuela de manera consciente. Es decir, todo el trabajo, planeación, sacrificio que por parte no solo de los padres, si no de los abuelos, familia y amigos que dan la estructura para tal solvencia moral.

Seguir los sueños individuales abandonando los compromisos con el entorno es una respuesta rápida de consecuencias lentas. Es en el reconocimiento del otro donde vemos los mejores frutos para los proyectos individuales. Y no sólo del otro como mi compa con el que voy a poner un bar en la playa para poder emborracharme mientras trabajo. En el reconocimiento de instituciones, clases sociales, empresas, procesos y complejidades del mundo actual que dan las herramientas necesarias para la concreción de dicho proyecto.

Pero, ¿dónde habrá un lugar para poder desarrollar dichas habilidades? Digo, un lugar donde los recién llegados pudieran experimentar en un ambiente controlado, las circunstancias más comunes de la vida. Un lugar donde pueda el sujeto experimentar la frustración, el desanimo, las fallas de un contexto mucho más complejo. Un lugar donde tenga un escenario para experimentar las propias potencialidades. Donde se pueda encontrar con personas que le den la desaprobación de sus iguales ante la iniciativa y donde al mismo tiempo pueda encontrar en quienes apoyarse. Un lugar a final de cuentas, donde pueda ir, poco a poco, discerniendo que hay gente que te apoya en ciertas circunstancias, que te entorpece en otras y que para todo ello hay una estrategia para salir adelante dentro de su propio contexto. Sería como un sueño hecho realidad. 

3- Las cartas sobre la mesa

Lo complejo es entender que todo está en el mismo paquete, que la vida en las escuelas no es color de rosa, pero afuera de ellas la cosa se pone un poco más verde caca. Que el estudiante toma las herramientas si quiere, si no, puede pasar de largo, pagando las colegiaturas como si se tratara de la mensualidad del gimnasio en enero, ¿si pagas, eso quiere decir que ya estas mamado no? Pos no.

Ante este escabroso tema sobre la educación hay que entender que cada contexto va a determinar la necesidad. Que “la necesidad” siempre surge en la práctica, no en la teoría, que “la teoría” siempre va a estar atrasada por ello mismo y que es responsabilidad única del individuo estar al pendiente de todo ello en su vida adulta.

Aplaudo la sinceridad y el entusiasmo con que se hizo el video. Me ha puesto de nueva cuenta frente a lo que amo de las redes sociales, el rostro de lo que está pasando allá afuera, lejos de los muros de mi personal imaginario donde todo tiene sentido.

Si bien el futuro de la educación es cada vez más incierto: nuevas tecnologías, recortes presupuestales, los millenians (…) todo ello es la constante de los tiempos actuales y al respecto solo me queda recordar las palabras del Mark Twain: El hombre es un experimento; el tiempo demostrará si valía la pena.

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Miércoles, 08 Febrero 2017 18:37

¿Ya murió la filología?

Muchos de nosotros sonreímos al enterarnos de que, por allá del siglo XVI, había gente que creía que todo cuanto se encontraba en los libros de caballerías —algo así como los bestsellers de la época— era forzosamente verdad por el hecho de que estaba escrito e impreso. Con cierto aire de superioridad, nos imaginamos a aquellos seres inocentes para quienes el libro es necesariamente conocimiento, y que por lo tanto creen que hay islas fantásticas —como la ínsula barataria a la que tanto se aferraba Sancho Panza— o que se puede ir a la luna si uno va montado en un hipogrifo. Y nos decimos con autocomplacencia: “ah, la gente de aquellas épocas…”.

Pero una rápida ojeada basta para notar que tal credulidad sigue existiendo en nuestra época, y la prueba de eso es el modo en que circulan a veces noticias de “periódicos” como el Deforma. ¿Quién a estas alturas no ha visto a personas profundamente indignadas compartiendo en redes sociales noticias que son un flagrante disparate? “México se queda sin himno: SEGOB olvida renovar contrato con los dueños de los derechos”, rezaba un titular que algunos compartieron con insistencia. Y me pregunto: ¿qué les hizo creer que debía ser cierto? Parece ser una razón muy cercana a la que existía hace 500 años. Ahora, incluso, basta con un “estudios actuales confirman que…” para que mucha gente caiga tan fácilmente como se caía en el siglo XVI al leer que un autor afirmaba ser sólo “traductor” de un antiguo manuscrito árabe donde se revelaban profundos y misteriosos arcanos.

¿Y por qué cuento todo esto? Porque quiero compartir la historia de una credulidad de este tipo que duró por lo menos 6 siglos: desde el siglo VIII más o menos hasta mediados del XV.

Situémonos mentalmente en la Europa de la Edad Media. Había conflictos políticos y religiosos, como siempre ha habido. Desde el siglo IX, con el papa Nicolás I, habían comenzado a surgir fricciones entre, por una parte, el poder papal y el poder secular del imperio carolingio (el que había fundado Carlomagno), y por otra parte, entre la Iglesia Romana y la Iglesia Oriental situada en Constantinopla. Básicamente, Nicolás I reclamaba para la Iglesia Romana una superioridad por encima del poder imperial y por encima también de todas las otras Iglesias.

La tensión se fue incrementando hasta que, en el año 1054, el papa de entonces, León IX, escribió poco antes de morir una carta a dirigida a Miguel I Cerulario, patriarca de Constantinopla. Esa carta es la que se suele considerar como el detonante del Gran Cisma de Oriente y Occidente. El resultado es bien conocido: “yo, papa de Roma, te excomulgo, impío griego bizantino”; “yo, patriarca de Constantinopla, te excomulgo, inculto y pretencioso romano”. Como se sabe, el cisma tuvo profundas consecuencias hasta la actualidad, algunas de las cuales quizá no se podrían ahora sospechar: por ejemplo, el polaco y el ruso son lenguas muy cercanas pero usan una escritura muy distinta: el polaco utiliza el alfabeto romano; el ruso, uno basado en última instancia en el griego. La razón se puede retrotraer hasta esta profunda escisión cultural.

Pues bien, en esa carta, para invocar León IX el hecho de que la “santa sede” romana tenía un imperium o preeminencia tanto terrenal como espiritual, cita un documento legal en su respaldo que se conocía como el Constitutum Constantini, el Decreto de Constantino o más comúnmente llamado la Donación de Constantino. El decreto en cuestión aparecía en un corpus jurídico muy respetable en la época; o más bien, el corpus jurídico de la Edad Media, los Decretos de Graciano, que le confería un aura de validez. La Donación decía cosas muy curiosas. Aparecía firmado por el propio Constantino I, emperador romano, allá por el siglo IV. Básicamente, Constantino confirmaba el poder de Silvestre, obispo de Roma de 314 a 336, como cabeza del clero por encima de los otros cuatro patriarcados (Alejandría, Antioquía, Jerusalén y Constantinopla) y sobre cualquier iglesia del mundo, y le daba al pontificado romano una legitimidad incluso terrenal al transferirle todos los símbolos imperiales (corona, manto púrpura, cetro, etc.). Y no sólo eso, sino que también se daba una justificación de por qué Constantino había decidido trasladar la capital del imperio a Bizancio: “por lo cual, me he dado cuenta de que es consecuente que mi imperio y poder sobre el reino se traslade a las regiones orientales, y edificar con nuestro nombre una ciudad en el lugar inmejorable de la provincia de Bizancio, y fundar ahí mi imperio, pues no es justo que, donde el principado de los sacerdotes y la cabeza de la religión cristiana se han fundado, ahí el emperador terrenal tenga potestad”.

¿Y de dónde venían tantos beneficios por parte de Constantino? Esto no lo explicaba el documento. Cualquiera que tuviera oídos en aquella época conocía bien la historia. Decía la leyenda que, después de que Constantino desencadenó una de las más brutales persecuciones del imperio contra los cristianos —acordémonos que se les veía casi como disidentes políticos—, el emperador contrajo lepra en justo castigo por sus acciones. Como los médicos no podían curarlo, según se dice en la Leyenda dorada, los “sacerdotes de los ídolos” le recomendaron a Constantino que se bañara en sangre pura que fuera vertida por 3 mil niños degollados. Justo antes de llevar a cabo semejante matanza, Constantino se dio cuenta de la innecesaria brutalidad del acto. Se arrepintió y optó por morir si su único modo de vivir era propiciando tantas muertes. A la noche siguiente, Constantino tuvo una visión en que los apóstoles Pedro y Pablo le anunciaban su salvación en recompensa por su decisión tan moderada: tendría que ir a buscar a Silvestre, que había huido de Roma por las persecuciones y se había refugiado con otros religiosos en el monte Soracte, y él lo salvaría. Silvestre, que después sería canonizado, se encargó de la conversión al cristianismo de Constantino y fue así como éste se salvó. Es una leyenda que tendrá múltiples variantes —en la Nueva España del siglo XVI se representarán obras de teatro evangelizadoras donde el emperador leproso será más bien Vespasiano y se curará con el “manto de Verónica”—, pero la idea central es clara: lo que salva a un emperador de enfermedad tan dura es la fe cristiana.

Como se verá, entonces, la Donación de Constantino tenía mucho sentido durante la Edad Media: era la muestra de agradecimiento del mandatario supremo que, no obstante, se inclinaba en actitud de reverencia ante el poder eclesiástico. No sólo se tenía, pues, la leyenda de su conversión sino incluso un documento legal que ratificaba esa cesión de poder a la Iglesia romana.

Pero llega el siglo XV y he aquí que Lorenzo Valla entra a esta historia. Nacido en Roma a inicios del siglo, Valla era heredero de una tradición cultural que ya se venía gestando por lo menos desde Petrarca y que —entre otras cosas— se distinguía por un interés muy marcado por conocer a profundidad la lengua latina y emplear eso como herramienta para comprender las grandes obras de la Antigüedad que se iban encontrando aquí y allá en monasterios remotos. En 1440, Valla tenía ya un puesto relativamente cómodo como secretario de Alfonso, rey de Aragón, Sicilia y Nápoles. En ese año, dio un discurso que tituló Discurso sobre la Donación de Constantino, acreditada erróneamente e inventada (Declamatio de falso credita et ementita donatione Constantini). Básicamente, lo que hizo Valla fue emplear sus conocimientos históricos y lingüísticos para demostrar sin lugar a dudas que la Donación de Constantino no podría haber sido escrita en el siglo IV, en época del emperador, y que por lo tanto era una falsificación posterior.

Nada modesto, Valla comienza su discurso mencionando el valor que se requiere para defender la verdad por encima de la autoridad papal. Sabe que se expone a la excomunión. Después de argumentar la improbabilidad de una donación de esa naturaleza e imaginar lo que los ciudadanos romanos le habrían reprochado a Constantino y la forma en que Silvestre —siendo hombre humilde— habría rechazado tal regalo, Valla ahonda en la imposibilidad histórica de la transferencia de poder. Si sabemos que el poder de facto lo siguieron teniendo los emperadores posteriores a Constantino, entonces ¿en qué sentido se puede hablar de una donación que no donó realmente lo que promete? Y lanza la pregunta al papa de entonces y a sus predecesores inmediatos: “¿Por qué proclaman ustedes con gran voz la Donación de Constantino y amanazan a menudo —como vengadores de un poder robado—a los reyes y los príncipes, y les exigen confesar la propia servidumbre al emperador y a no pocos otros dirigentes cuando son coronados, como al rey de Nápoles y de Sicilia? Eso nunca lo hizo ninguno de los antiguos pontífices romanos”.

Luego, dice Valla que la Donación es una interpolación en los Decretos de Graciano, pues no aparece en los manuscritos más antiguos de los Decretos y además éstos tienen innumerables pasajes que contradicen precisamente lo que dice la Donación. ¿Cómo podía ser que que el corpus jurídico más reconocido cayera en flagrantes contradicciones?

Y además, ahí estaba la lengua en que estaba escrita la Donación, en la que Constantino dice: “Consideramos útil junto con todos nuestros sátrapas y el senado en su totalidad”. Valla, con un tono irónico con el que parece carcajearse de la sandez que se cometió al hacer decir “sátrapas” al emperador, menciona el sencillo hecho de que tal palabra es imposible en un emperador, pues designa algo semejante a “vasallo” en español pero en el contexto de los persas de la época de Jerjes (siglos V a. C.). ¡Como si los emperadores romanos tuvieran “sátrapas” e incluso hubiera que mencionarlos antes que el propio senado!

Después, Valla se detiene en la mención que hace la Donación sobre el “pueblo sometido a la Iglesia Romana”. La donación, señala Valla, ocurrió a los tres días del bautismo de Constantino si hemos de creer a lo que nos dice el mismo documento, pero hasta esa época los cristianos se reunían de manera clandestina y huidiza. ¿En tres días lograron someter a todo el pueblo romano? Y pone un pasaje que captura perfectamente el tono de Valla hablándole al falsificador del texto: “El pueblo que gobierna a los demás pueblos es él mismo llamado ‘sometido’, lo cual es inaudito. (…) ¿Cómo podía ocurrir en tres días que todos los pueblos estuviesen presentes en la donación como sometidos al poder de la Iglesia Romana? ¿Y aún así, acaso toda la clase baja del pueblo juzgaba? ¿Qué es esto? ¿Antes de someter Constantino al pueblo al pontífice romano lo llamaba como ya ‘sometido’? (…) ¿Qué otra cosa haces, infeliz, sino poner en evidencia que tienes la intención de engañar, pero no la capacidad?”.

Después de ensañarse en las redundancias, las imprecisiones léxicas, luego de burlarse de la indumentaria que le atribuye al emperador —con “cetros” y “diademas de oro” que jamás usaron los romanos, sino mandatarios muy posteriores—, Valla retoma el asunto estrictamente lingüístico: el sencillo hecho sintáctico de que en la Donación se diga “decernimos… quod uti debeant” (“decretamos que se deben usar…”) en lugar de “decernimus... ut utantur” (“decretamos que se usen”) es muestra de que el latín en que está redactada la Donación es más tardío que el de la época de Constantino. Y así increpa al falsificador: “¡Que dios te destruya a ti, el más malvado de los hombres, que le atribuyes un lenguaje bárbaro a un siglo cultivado!”.

En fin, ¿para qué me puse a describir lo que hizo Valla? Para hacer ver que la filología es una disciplina muy vieja que parte de algo muy preciso: la desconfianza crítica ante la tradición escrita. La desconfianza por sí sola, por supuesto, no lleva a nada. Valla no había logrado nada si solamente hubiera desconfiado. Es sólo el punto de partida, luego de lo cual hay que analizar los textos echando mano de conocimientos muy especializados sobre historia de la lengua y sobre dialectología, pero también apoyándose en conocimientos históricos. En el Renacimiento, claro, la filología fue una de las mejores herramientas críticas para afrontarse a la tradición escrita, que era una enorme maraña de atribuciones verdaderas y falsas a autores y donde a veces era imposible saber en qué época o por quién había sido escrito un texto.

Pero éste es justo mi punto: nuestra realidad digital actual no está muy alejada de eso. El exceso de información y la proliferación de textos de muy diverso tipo en internet nos han puesto en una situación semejante. Ya no sabemos cuál es el origen de muchos escritos y el problema de la autoría parece haberse avivado en los últimos años. Estamos continuamente bombardeados por textos que sirven para justificar prácticas diversas, y esa desconfianza inicial —con la parte analítica posterior— parece ser la actitud más prudente ante muchas noticias o mucha información que se dice “probada”. Por eso creo que la filología no ha muerto, sino que precisamente en nuestra época puede tener un nuevo impulso. Valla puso en evidencia una falsificación que con la que el papado justificaba su autoridad, y efectivamente el Vaticano dejó de invocar, a medida que pasaron los años, la Donación de Constantino como prueba de su autoridad. ¿Para qué sirve entonces la filología? Para mucho.

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Jueves, 08 Diciembre 2016 17:34

Alí Chumacero, más allá de la palabra

La vida de Alí Chumacero transcurrió sin excepcionales sobresaltos dignos del ámbito artístico, sin la extravagancia propia de aquellos que quieren ser recordados más por su esencia como persona que por su trabajo, sin las largas borracheras de horas y palabras sobre cuerpos desnudos en algún sitio ubicado en los bajos barrios de la gran urbe; no, Chumacero sobresale con una pequeña obra, escrita mayormente en su juventud, donde podemos encontrar títulos como: Imágenes desterradas, palabras en reposo y páramo de sueños. Es en esta pequeña obra donde Alí daría a sus lectores todo aquello que tendría que decir y donde establecería su poética, así como un estilo cercano al canto litúrgico.

En Alí podemos observar tres etapas de creación, en la primera encontramos poemas en los que se describe los amores de juventud del poeta. Podemos observar una segunda etapa -de la cual nos ocuparemos en este texto- donde el poeta establece la manera en que su arte debe ser concebido; es la etapa del misterio. En la tercera etapa creadora de este autor podemos encontrar una estética refinada, que va más allá de la construcción metodológica de un poema, dándonos grandes catedrales góticas de la palabra. Se podría decir que siendo pequeña la obra de Alí es, en realidad, muy extensa. Son tantos sus cambios en la forma de concebir la poesía que es bueno detenernos en cada uno de ellos para así poder encontrar las diferencias existentes, pero en este caso sería más apropiado detenernos en el segundo apartado, que vendría a ser su arte poética de juventud, donde Alí elabora una forma distinta de concebir a la palabra escrita.

En su poesía podemos observar grandes silencios, silencios en los que espera que el lector no intervenga, sino que respete. Estos silencios son dados por Alí de manera que su poesía adquiere el carácter de aquel que asiste a un velorio, por decirlo de alguna manera. Podemos leer a este poeta como aquel que observa a la procesión de deudos entrando por la puerta principal, en silencio, con la cabeza gacha, elaborando en una pequeña libreta misteriosas palabras que niegan la entrada al hombre común; en sus textos el poeta establece una imposibilidad. Sólo él puede entrar y apropiarse de todo, pero la única manera de apropiación del misterio, que se nos propone, no es a través de la palabra, sino sólo mediante el respeto de este silencio que Alí nos dicta.

Podemos observar, aparte de sus referencias comunes a la tradición bíblica, que existe una ruptura dada entre la divinidad y la mujer, donde la última surge más en un aspecto de profanación, ya que es ésta la que se adentra al espacio divino y lo quebranta. Para Alí el cuerpo es una estancia de eterna muerte, que podemos observar en responso del peregrino, que se libera un poco, solamente, mediante el goce erótico, un goce sin mácula, sin profanación del otro, donde Alí se establece como espectador, mas no como actante, del erotismo del cuerpo de la mujer. Esto lo podemos afirmar ya que Alí es el gran maestro de la ausencia, comúnmente se encuentra ausente de sí mismo en sus textos, por eso nos dice “para siempre hoy perdido Ulises de mi cuerpo”, y es así como Alí obtiene este goce estético, pareciendo compartir más de la divinidad que de la profanación, pero viendo en esta última la única posibilidad de vida.

Carballo nos dice que sus poemas son “imperturbables viajes hacia la nada, emprendidos a partir del amor y del deseo”, lo cual podemos observar a lo largo de su poesía, de su forma de narrar, de sus estructuras, de esta manera de darnos un verdadero canto que parece digno de una catedral. Asistimos, pues, a la misa donde Alí es el sacerdote que dirige las voces del coro, un coro que va dirigido a la muerte y al cuerpo amado.

Alí Chumacero ha dicho que la labor del poeta es “distinguir entre las imágenes que los sentidos captan y el misterioso resplandor que de ellas se desprende”. Es en esta frase donde el propio autor interna su poesía, en un misticismo de la palabra en el que sólo se nos muestra, no la imagen, sino la esencia misma de las letras. Pero de decir no se hace la poesía, y esto Alí lo sabe muy bien, ya que es conciente que sólo en el hacer poético es en donde encontrará, ampliada, su verdadera esencia del arte.

Remitirnos directamente a la poesía de Alí Chumacero es la única posibilidad fiable que tenemos, en ella encontraremos ese carácter de misterio del que Alí habla, y podremos observar como su poesía se sitúa en un plano distinto a la de sus contemporáneos.

Emmanuel Carballo nos dice, en un breve ensayo sobre Chumacero, que el arte poético de Alí se encuentra dentro de su poema A una flor inmersa, diciéndolo de paso como aquel que sabe algo y prefiere no compartirlo. Es, aquí, efectivamente, donde encontramos este quehacer poético de Alí. Tenemos un poema sobre la rosa, símbolo primero de eternidad tan usado por los poetas antiguos. Lo curioso en este poema es que se nos da una rosa en constante vértigo, una rosa que no es eterna. En el primer verso “cae la rosa, cae” y el segundo “atravesando el agua” se nos presenta la primera ruptura. Alí no se refiere a una rosa que, en tierra, se encuentra posada estáticamente para que aquel que observa pudiese apreciarla; en cambio nos da una rosa en la cual podemos observar volatilidad, movimiento, es una rosa en el proceso de la caída, que bien podría representar la vida misma del hombre, pero es en esta ruptura donde Alí establece el primer cambio, transmutación del ser, a través del agua. La rosa, que cae, cae y cae, atraviesa un agua de pureza, cristalina que “la vuelven a su aroma” donde al fin “revienta en flor”. El poeta establece, aquí, la belleza de la cosa a través de una transmutación en la vida misma; es decir, Alí elabora su estética a través de la caída, en la cual el hombre, la cosa, el ser (llámesele como quiera) desarrolla su propia vida, en un ingrávido vaivén donde luce todo el esplendor de la cosa. Pero no es esta la imagen que Alí busca, imagen meramente arquetípica que podemos encontrar en la poética de Borges; Alí no busca el nombre de la cosa, no desea poseer únicamente las palabras, que en este caso quedan dadas por el agua cuando la rosa deja ir su primer aliento aromático, sino ir un poco más allá, hasta donde esta cosa revele su misterio mismo.

En el segundo apartado -es mejor llamarlo apartado ya que en la segunda estrofa se establece a la par el segundo y tercer apartado- de este poema podemos encontrar a un poeta inconforme, que no obstante haya presenciado el momento en que la rosa se abre en todo su esplendor, en el momento en el que se le concibe como tal, busca algo más dentro de ese objeto de eternidad y nos dice “cae más aún, cae / más allá de su savia / sobre la losa del sepulcro”. Alí observa a la rosa internarse en un mundo de sombras, un mundo de muerte, donde el concepto de belleza y eternidad queda roto, donde el arquetipo sigue vigente pero desesperanzado. En este sentido Alí se opone a lo que nos dice Eco en sus Apostillas al Nombre de la Rosa, cuando escribe, su ya famosa frase, “de la rosa sólo nos queda el nombre”, ya que para Alí, en este momento en que se suspende la cosa misma ante la muerte, este objeto no genera nada más que sombras.

¿Entonces, en qué se enfoca este poeta propiamente? Como ya habíamos mencionado, Alí busca el resplandor místico de las cosas, dado en la palabra, digamos que tiene que pasar por el arquetipo, dado en el primer apartado, pasar por la muerte, donde la rosa pierde su símbolo de eternidad y adquiere el recuerdo de su nombre y llegar hasta el punto del misterio. En el tercer apartado, de la caída, nos dice que la rosa cae, pero sobre un lugar específico, un lugar que es el punto de contacto de todos los seres humanos, la rosa de Alí “cae sobre mi mano”, pero ya no es una cosa, físicamente, sino que se nos habla de una rosa que es “como un pálido recuerdo”, una rosa que posee una suavidad de “sábana mortuoria”. Es aquí, en este punto donde ocurre el misterio de la muerte en la vida, donde Alí puede encontrar la auténtica belleza en la cosa, pero no dada por sí misma, sino otorgada a través del otro, en el recuerdo, otorgada a través de un tacto metafísico, donde la rosa muestra su verdadera belleza, como en un último deshojarse en la mano del poeta. Sólo a través de esta huella, de este “pie que no se posa” Alí puede dar alcance, en la muerte del objeto y en el sentir onírico del mismo, no a través del nombrar a aquello que es lo inasible, las alas del ángel que se escapan al voltear la cabeza, Alí puede obtener el verdadero sentir místico de la cosa, el misterioso resplandor, del cual nos habla, en este breve instante donde la verticalidad de la caída, de la eternidad de la cosa, se detiene y “se apaga en el silencio”.

Esta última palabra con la que Alí cierra el poema es interesante, ya que en ella se observa este fin último del misterio, donde después de haber obtenido, como espectador paciente, este momento de eternidad, logrado en la perdida de eternidad del objeto, no queda nada, ni siquiera la palabra, es aquí donde la tesis resulta contraria a lo que proponía Platón en el Cratílo y a lo que decía Eco de la rosa, ya que después de este breve lapso para Alí no queda ni siquiera la palabra de la cosa sino sólo el silencio, el callar sepultado de una eternidad.

 

Bibliografía

-       CHUMACERO, Alí. Poeta de amorosa raíz. Ediciones del ermitaño. MINIMALIA. México, 1999.

-       ESCALANTE, Evodio y Campos, Marco Antonio (Compiladores). Antología. Alí Chumacero Retrato crítico. Universidad Nacional Autónoma de México. Colección de poemas y ensayos. México, 1995.

-       ECO, Umberto. Apostillas al nombre de la rosa. Editorial Lumen. Madrid, 1992.

-       BORGES, Jorge Luís. En el otro, el mismo. Alianza editorial. Madrid, 1995.

-       PLATÓN. Diálogos. Editorial Porrua, S. A. México, 1991.

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Lunes, 26 Septiembre 2016 06:29

Entre el rito y la compulsión

Hace un par de años, comprometido con la cordura, decidí abandonar cualquier tipo de acto compulsivo. Así, dejé de huir de la inevitable suciedad: alérgenos y microbios, pero, sobre todo, de consultar el internet cada que encontraba un extraño síntoma en mi cuerpo. Renuncié a estrictos regímenes alimenticios y ejercicio fitness que rayaban en lo súper humano. Dejé de someterme a pruebas de inteligencia y de acumular mares de información impresa o digital. Dejé de justificarme, a mí mismo, todos mis actos. En suma, decidí dejar todo aquello que reforzara las creencias acerca de todo aquello que supuestamente era una amenaza: la enfermedad, la vejez, la fealdad, la estupidez, la abyección, etc.

La purga no terminó allí, arrasé con cualquier conducta mínimamente supersticiosa, que es toda ella compulsiva; como el recibir el salero directo de la mano del otro. Más aun, tomé la costumbre de “provocar a la mala suerte” haciendo lo contrario a la recomendación supersticiosa. Esto, claro está, con la finalidad de demostrarme la falsedad de algunas creencias populares.

Sin embargo, mi guerra contra las conductas que reproducen creencias tan dudosas como inútiles no ha acabó allí. También he estado profanando terrenos que, por alguna razón que no espero llegar a conocer, son convecinos de aquéllas: los rituales. Con la mayor honestidad que me es posible, constantemente me pregunto si de verdad existe una diferencia entre un acto ritual y un acto compulsivo; entendiendo uno y otro como conductas que refuerzan creencias particulares, y muchas veces me es imposible separarlos.

La disertación que de forma exprés hago de este asunto versa más sobre la distancia ontológica que separa al rito de la compulsión que de las implicaciones morales, culturales y estéticas que pueda llegar a suponer la identificación, aunque sea remota de los dos conceptos.

Si partimos, pues, del supuesto de que ambas conductas llevan en su sino el arraigo de una creencia habremos de diseccionar ésta, aún con manos profanas, para buscar algo insustituible que la haga única de todo fenómeno cognitivo. En su médula encontramos esto: la voluntad activa hacia lo ilusorio, hacia lo irracional. ¿Hay diferencia entre una creencia que deviene en actos ritualistas que en la que lo hace en actos compulsivos si ambas se originan de la irracionalidad?; ¿Es distinto persignarme, usar un anillo de bodas o portar el escudo de un equipo deportivo a tomar antibióticos preventivos o a no aceptar el salero de otra mano? Y si lo es ¿en qué los es?

Si bien, no soy el más adecuado para responder la pregunta me aventuraré a hacerlo (mas cuando este texto al formular con claridad la cuestión, si lo hizo, queda por logrado). Lo digo así: el acto ritual es distinto al acto compulsivo, no en la naturaleza de su creencia, ni en las respuestas conductuales emanadas de ésta, si no en un aspecto que destaca en él y que puede designarse con muchos nombres; trascendencia, existencia, muerte… Así, el cariz metafísico por el que está contenido el rito haría que el devoto pusiera sus rodillas y frente en el suelo y no que el paciente psiquiátrico lavara sus manos hasta rasgar su piel.

Quizá por eso, y a modo de epílogo, no me ha sido posible desprenderme de actos rituales ni conocer a nadie que lo haya hecho. El rito como actitud metafísica nos conecta, aún más si fuera de forma ilusoria, con eso tan inescrutable como inevitable que muchos hemos dado por llamar El Misterio.

Publicado en Divulgación

 

-¿Y era bello el canto de las sirenas?

-El más bello que te puedas imaginar.

-¿Y por qué siendo tan bello, era tan peligroso?

-No lo sé Telémaco, quizás los dioses querían deshacerse

primero de aquellos que, sintiéndose libres de criterio,

representaban una amenaza.

 

Atendiendo a la ineludible ironía que representa hacer una crítica a los medios electrónicos de comunicación, mediante un medio electrónico de comunicación, me gustaría, en un primer momento, plantear algunas cuestiones iniciales para dar claridad a tan jocoso asunto, que lo queramos o no, nos atañe a todos.

Cabe reconocer, en primer lugar, que nos encontramos frente a uno de los fenómenos tecnológicos a nivel global, solamente comparable con las revoluciones industriales, por su impacto e influencia al grado que ni siquiera hemos terminado de comprender, pese a su uso cotidiano hasta en las aplicaciones mas resientes que se descargan para los usos más descabellados.

Los horizontes virtuales se han convertido en el salvoconducto que ha desplomado muchas de las limitaciones impuestas por las fronteras políticas, económicas e ideológicas en menos de una generación. Provée un recurso, prácticamente ilimitado, que está sujeto a la creatividad y potencialidad de los usuarios a partir de un tiempo de respuesta instantáneo con la creación de aplicaciones cada vez más ajustadas a las necesidades del individuo.

Y esto, a un solo click de la pc o incluso del mismo teléfono móvil. El problema, lejos de ser la capacidad tecnológica que en la actualidad de desborda como una cascada sobre nuestra obtusa capacidad para entender lo que acontece dentro del mundo virtual, es el uso o intencionalidad que pudiera tener en determinado momento la tecnología misma.

Vivimos el paraíso informático, el cual solamente era alcanzable mediante la más descabellada imaginación durante el siglo pasado, pero hoy en día es una realidad tanto o más concreta, que aquella que creemos palpar con nuestras propias  manos.

"El geniecillo maligno" hace los honores ante las nuevas tecnologías de la información. Nos presenta el dilema cartesiano ante la realidad virtual que pretende acercarnos, pero que en realidad nos aleja, incluso, de nosotros mismos.

Es curioso que, sobre este hito concreto, nos topemos con la concordancia reflexiva de dos grandes pensadores, cuyo vínculo, a simple vista, pareciera un concubinato filosófico.

Tanto Karl Marx como Martín Heidegger coinciden al unísono ante el tratamiento de la tecnología y su relación con el hombre.

El primero, estandarte de diversos movimientos políticos a favor del socialismo durante el siglo XIX; y  el otro, nazi declarado durante la segunda guerra mundial ¿quién lo diría?

Y es que a más de un lector de ambos autores puede llegar a sospechar que el mismo Heidegger negara sus fuertes influencias marxistas. Y es que no sorprende que pudiera hacerlo incluso, de manera voluntaria, considerando el hecho de que la SS constantemente tenía su aliento postrado sobre su nuca. Veamos a que me refiero.

Un nazi con nostalgia del Ser:

A partir del pensamiento de Heidegger, dentro de su tratamiento hermenéutico del Ser, la tecnología (y poe ende, las tecnologías de la comunicación) juegan un papel protagónico. Como todo modo de desvelamiento, la tecnología incluye un peculiar comportamiento hacia el Ser en su conjunto, del que depende la manera como el hombre se comprende a sí mismo y las cosas. La tecnología es provocativa.

Observamos que la manera humana de comportarse ante el mundo ha cambiado de raíz, ya no toma el carácter de representación sino de imposición. Y lo más importante de todo: así como lo describe Marx, en su noción de la fetichización-de-las-mercancías, el estatuto de las cosas en la relación del hombre con la propia objetivización  de su fuerza de trabajo, así como con los otros hombres, ha cambiado. 

Pareciera que actualmente la única razón de ser de las tecnologías de la comunicación es que sean vendidas y usadas. Tienen poca relevancia desde cualquier otro punto de vista que no sea el comercial, con lo que cada vez nos acostumbramos a que dichas mercancias sean cada vez de menos calidad en cuanto a su manufactura, lo que ocasiona que cada vez su tiempo de vida sea por de más, efímero. Los objetos en el mundo del capitalismo tardío son considerados simples mercancías de consumo, y su valor se refleja a partir de ciertas normas de oferta y demanda, por poner un ejemplo.

¿Un materialista inmerso en la metafísica?

Pero no sólo los “objetos” son transformados en mercancías dentro del proceso dialéctico del consumo, dentro del proceso de la fetichización-de-las-mercancías, nosotros mismos entramos en el proceso de evaluación mercantil dentro de este vórtice comercial. Es curioso que en las empresas se popularizara con gran orgullo el término “recursos humanos” en vez de personal o personas, ya ni siquiera de un “nosotros”, mucho más digno. El discurso empresarial sobrepasa poco a poco sus fronteras, para postrarse como el relator oficial en la consciencia de la sociedad, mediando los términos conceptuales y representacionales entre los individuos.

Así las cosas, consumimos para darnos valor como personas. Así como un Smartphone resulta más valioso si cuenta con más memoria o un procesador más rápido, las personas nos consideramos más valiosas entre mas accesorios materiales tengamos. Y tanto el comercio y como la mercadotecnia lo saben de maravilla.

No es de sorprender que existan marcas internacionales cuyo único fin sea el de ofrecer “prestigio” o “elegancia” a quienes adquieran sus productos. Quienes, lejos de vender una solución práctica mediante un producto o un servicio para la supervivencia básica, se dedican al establecimiento de normas tecnológicas para la interacción y jerarquización social.

Pero en fin, antes de que sufra un espasmo en la “glándula chairoide” por escribir estas cosas, retomemos el tema central.

Del "olvido-enajenante", al "desacimiento-autodeterminante" en las tecnologías de la comunicación:

Reiteradamente, Heidegger plantea que la historia es un constante y paulatino olvido del ser. En este mundo de fetichización-de-las-mercancías y el respectivo olvido del Ser, la tecnologia ocupa un lugar bien definido: representa el último drama de la metafísica en general.

Aparentemente Marx es un materialista que no se interesa en la metafísica en el sentido que lo plantea Heidegger (el de un católico de closet). Pero, en definitiva, atendió este asunto desde su propia ontología, y a pesar de no llegar a las mismas conclusiones metafísicas, podemos observar que el dilema del hombre ante la tecnología, debe tomar un rumbo hacia la liberación.

¿Tons qué? ¿Nos hacemos hippies y no usamos la tecnología?

Difícilmente podremos decir que negarnos a la tecnología es propiamente una liberación. Ya que es negar parte del patrimonio intelectual y cultural de la humanidad. Negarlo, equivale a limitar nuestras potencialidades en un contexto que es propicio para hacerlo. Y eso está muy lejos de ser nombrado "libertad".

No. El tema relevante se encuentra en la consciencia del ser humano. Su forma de categorizar y de interactuar con los otros entes en la realidad.

Marx, en los escritos económicos-filosóficos de 1844, plantea la cuestión de la enajenación como un problema fundamental al igual que Heidegger. En dichos escritos, propone un alejamiento, un estar si estar ante la realidad; un en-ajenamiento.

En su texto, Marx propone que el sujeto se desvincula de su propia fuerza de trabajo para perderse dentro de los cada vez más complejos sistemas de producción. En los cuales, el sujeto pierde de vista como su trabajo se materializa y construye el mundo que lo rodea. Pierde, por lo tanto, la capacidad de identificar su participación no sólo en la producción material, sino que, a su vez, se desconecta de las diferentes esferas que se interconectan con la objetivación de su trabajo. Es por ello que Marx menciona diferentes tipos de enajenación: de las relaciones sociales, de la política o de la religión como mediadores de aquella misma estructura que a su vez resulta mediadora para reforzar el muro que salvaguarde dicho auto-alejamiento.

Las herramientas son eso: recursos a la mano del hombre. Y darles una carga moral resulta tan eficiente como culpar a un martillo que romper un dedo y no de construir una casa.

Así pues, las tecnologías de la comunicación son por sí mismas, la acumulación del conocimiento racional con que contamos. La cuestión es, ¿para qué las vamos a usar? ¿En qué sentido podemos vernos beneficiados de su uso?

Pero, el desvelamiento del ser es siempre ambivalente. En él reside para el hombre, a la vez, la máxima posibilidad y el máximo peligro. La técnica participa de esta ambivalencia: como todo modo de desvelamiento oculta en su seno el peligro y la salvación.

"Pues donde está el peligro crece también la salvación". Hölderling.

Por ejemplo: Esto ocurre en cuando “La república galáctica” postra su confianza y seguridad en el ejército de Clones, abandonándose a su capacidad y desbordante crecimiento. Así pues, la tecnología nos atrapa ahora a nosotros.

En la disposición dialéctica entre el hombre y sus herramientas, las personas terminan siendo simples dispositivos; es salvación desde el momento en que el hombre escucha a través de ella la llamada del ser: en este caso, además, la misma técnica puede convertirse en preludio del acontecimiento ¿Y, por qué? Porque la auténtica actitud del hombre hacia la técnica se encuentra en Das-Gelassenheit: el desasimiento.

En la disposición dialéctica entre el hombre y sus tecnologías de la comunicación en tanto que "tecnica", las personas terminan siendo simples dispositivos; pero al mismo tiempo, representan una forma de salvación desde el momento en que el hombre escucha a través de ellas la llamada del Ser: en este caso, las tecnologías de la comunicación pueden convertirse en preludio del acontecimiento. ¿Y por qué? Porque la auténtica actitud del hombre hacia ellas se encuentra en Das-Gelassenheit: una invitación constante al alejamiento reflexivo y filosófico.

Sólo el hombre verdaderamente libre ante las cosas, precisamente porque está abierto a la llamada del ser” Heidegger.

En el mismo sentido en que podemos entender la auto-determinación para afrontar la enajenación marxista. Es decir: para evitar los peligros que actualmente representan las tecnologías de la comunicación de aquel malvado geniecillo cartesiano y abrirnos a sus beneficios debemos no sólo  utilizarlas, sino que debemos responsabilizarnos de nuestras propias creaciones, antes de que ellas lo hagan con nosotros. En un acto hermenéutico-dialéctico entre creador-creación: el reconocer que en ellas mismas nos topamos de frente ante  el misterio del desvelamiento existencial.

Si bien reconozco con suma frustración que tratar el tema a exhaustividad, sobrepasa los limites del presente ensayo,  dejo las presentes reflexiones para su deleite y pertinente tratamiento crítico.

Publicado en Análisis social
Martes, 05 Julio 2016 04:11

La esperanza, el último de los vicios

El mañana, el porvenir, la fe, el futuro; somos fanáticos de la esperanza y vivimos ligados a ella de una manera casi “romántica” (como todos sabemos, las relaciones “románticas” siempre son complicadas), vivimos sentados en el umbral de nuestra realidad con los ojos cerrados esperando que algún día todo cambie en un sentido positivo para nosotros y que todo aquello que nos ha generado un problema en nuestra vida sea resuelto… esta visión me intriga. O, mejor dicho, me preocupa, ¿por qué seguimos esperando cómodamente sentados en ese umbral con la vista bloqueada? Creo, ya es momento de dejar de culpar a los helenos y su mítica Pandora y darnos cuenta de que la culpa es una pesada loza en nuestra propia espalda.

Realmente somos los culpables de mantener con vida esa falsedad llamada esperanza. A lo largo de nuestra historia hemos logrado consolidar una cultura basada en este precepto, solemos tomar mano ciertos conceptos como fe, porvenir o futuro cuando las circunstancias no son tan favorables y con ellos generamos un marco de referencia para pretender conducir nuestras vidas de manera virtuosa; pensamos en el mañana como aquella segunda oportunidad de mejorar lo que hoy no salió bien o realizar aquellas hazañas que no se pudieron realizar en este día... lindo sentimiento sin lugar a dudas, pero no olvidemos que todos los días transcurren de la misma manera en su sucesión de segundos-minutos-horas, día y noche pasan sin que nada los detenga, ¿qué tendría mañana diferente a hoy?

Caso curioso son los “filósofos de la acción”, su vida está llena de la esperanza que un día los bosques y las calles se pintarán de los colores de la libertad y la igualdad, que ese porvenir ya predicho llegará trayéndonos el tan anhelado progreso que nos brindará el bienestar que por derecho nos corresponde. Entonces, ¿por qué estos “filósofos de la acción” siguen esperando anquilosados la caída de este sistema opresor desde sus trincheras teóricas?

No os preocupéis, hermanos míos, tengamos fe, fe en aquellas fuerzas que están por encima de nosotros, que nos proveerán de todo lo necesario para soportar una vida destinada al sufrimiento. Seamos buenos ciervos y aguardemos las buenas nuevas que algún día nos liberarán de las cadenas de lo mundano y nos permitirán llegar al reino prometido, tengamos fe en las malas interpretaciones de las enseñanzas que han dejado grandes maestros de la humanidad y esperemos ser partícipes de las grandes promesas que se nos darán al final de nuestros días, ¿por qué no seremos dignos de alcanzar las divinas promesas en vida?

Y, sin lugar a dudas, nuestra mayor esperanza es el futuro. Esa hermosa etapa espaciotemporal de la cual, en un sentido tácito, desconocemos absolutamente todo pero que hemos sido capaces de ir moldeando a nuestras necesidades y gustos; somos nuestros propios artífices, gracias a ello dominamos la realidad y somos capaces de estar un paso delante de las normas de la naturaleza, ¿de verdad olvidamos que el futuro no depende de nosotros, sino del devenir?

Como se dijo líneas arriba, basta ya de culpar a otros, somos nosotros los culpables de sostenernos en falsos pilares de esperanza y de cerrar nuestros ojos ante la realidad, ante nuestra endeble condición como seres humanos, somos ínfimos e insignificantes ante un universo con una bastedad incuantificable, no arropemos falsas esperanzas en una trascendencia que carece de significado, ya que las acciones que realicemos (o dejemos de hacer) no afectan para nada el funcionamiento de este sistema en el cuál habitamos. Basta ya de albergar esperanza en falsas teorías y constructos sociales que sólo tienen por finalidad la represión de nuestros instintos y darnos la falsa sensación de ser los seres dominantes en nuestra realidad, caigamos en cuenta de la deplorable condición biológica de la cual somos parte y de la que queremos escapar con nuestro grandilocuente invento llamado cultura.

Somos como “El extraño” de Lovecraft, tenemos esperanza en que algún día saldremos de nuestro confinamiento a observar la majestuosidad del mundo y disfrutar de él, pero cuando nos damos cuenta que el mundo es peor de lo que siempre hemos creído tenemos la esperanza de regresar a ese confinamiento que nos ha dado confort, pero ya no podemos regresar.

Dejo una última pregunta abierta para que los valientes se atrevan a responder: ¿la esperanza es virtud o desgracia del hombre?

Publicado en Análisis social
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En estas tardes cálidas en las que no llama nadie a la puerta y la habitación se convierte en un gran sauna del que preferimos escapar, opté por convertirme en uno más de los que deambulan por la ciudad buscando las corrientes de aire, dejándome llevar por el discurrir de los pasos hasta que pronto estuve a las puertas del MUSA (Museo de las Artes), donde se presentaba la exposición “Los Modernos".

Hace unos meses formé parte del Jurado Mezcal en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, edición 31. Allí pude observar el filme de Gabriel Retes, cineasta mexicano, participante en la categoría a Mejor película mexicana. Con La cinta Enamor(d)ados, nos lleva a una época donde reviven los grandes intelectuales y artistas mexicanos. Sin embargo, justo como mencionaron algunos medios de comunicación, de arte e intelectualidad tuvo poco, ocasionando que ni a la crítica ni al público les gustase el producto. Independientemente de las actuaciones forzadas para lograr una exageración irreverente, la supuesta posición crítica de Retes es descarada y mal lograda por la utilización de chistes y humor ácido de muy bajo nivel. Ante el mal intento, ni siquiera me quedaban ganas de volver a escuchar de aquellos intelectuales mexicanos de los años veinte.

De vuelta al MUSA, me encontré frente a Autorretrato de Gerardo Murillo "Dr. Atl". A pesar de haber tenido una experiencia tan indeseable con el filme de Retes, me topé con dicho objeto y cambió mi percepción creada por una mala experiencia cinematográfica. Sin duda alguna hay que separar entre obra y artista, pero creo que el prejuicio de algo negativo ayudó, incluso más, a que la experiencia estética fuera impresionante.

No solo aprecié la técnica y el detalle tan preciso, sino que estaba superando mis expectativas como artista y, eso, era todavía más significativo. Autorretrato me exigió detenerme más tiempo del que regularmente dedico a las obras. Insisto, la experiencia estética en este caso no tuvo que ver precisamente con el aura del cuadro, sino que fue una totalidad y de un conjunto de experiencias previas que fueron re-interpretadas al momento de la relación entre observador-objeto.

En general, algunas obras me parecieron más interesantes que otras. El Picasso tenía un lugar privilegiado en la distribución de espacios, pero me fue indiferente. Uno puede reconocer la singularidad en la línea de Pablo, pero no me brindó un placer estético al observarle. Reconocí la técnica, pero nada más. Llegué hasta la sala que contenía las obras surrealistas y llamaron mi atención tres distintos cuadros que, posteriormente, me di cuenta que eran del mismo artista: Wolfgang Paalen.

El toisón de oro de Wolfgang se encontraba a uno o dos cuadros de distancia de Remedios Varo. Fue, al menos, curiosa la manera en que me detuve a contemplar El toisón de oro, ya que apenas había digerido la obra anterior. Pero fue incluso mayor. El azul celeste de fondo me provocó una sensación de equilibrio y de tranquilidad. Me permitió quedarme un momento más a observar los tonos que terminaban en algo más oscuro. En el centro, orientada más hacia la parte superior, está una mariposa con un detalle tan fino que se puede observar la textura. En las alas, donde regularmente tienen figuras particulares, hay dos ojos que posan ante el observador.

Es una mirada casi enfermiza que no permite ignorar la obra, pero sí refugiarse en los otros elementos. Hacia abajo se encuentra la parte inferior de un rostro; de los labios y medias mejillas hasta el cuello, que dan alusión a un jarrón. De esa forma, la mariposa y ese trozo de cuerpo forman un rostro que se sigue poniendo a la altura del observador. Podría decirse que es incluso irreverente, ya que no tiene intenciones de agradar por bello, sino por sus elementos tan bien trabajados y que forman un todo. Una columna de colores oscuros con un costado que simula el interior del cuerpo es el torso de la figura.

Hay una situación delicada con el surrealismo, pues el objetivo principal del artista puede ser malinterpretado por la forma. Sin embargo, el nombre mismo de la obra ayuda a comprender a qué refiere. La orden de El toisón de oro es representada de manera oscura, enigmática y sombría.

La segunda pintura que contemplé fue Gran Fumage, que estaba justo en frente de la primera. El fondo simple permite resaltar de forma excelsa a los elementos principales. Los colores forman parte intencionada de la estructura, ya que los blancos me parecen como la “médula” del objeto. Como sucede con el surrealismo y, más con Paalen, su arte es hermético. En ocasiones toma mucho tiempo para poder asimilar lo que presenta el objeto, pero transmite su complejidad a través de los colores, las texturas y los ojos.

A un costado estaba Madre de Ágata. Los colores marrones, café y amarillos me dieron una sensación de intriga. Pero aún más, se caracteriza por sus líneas y sus puntos que van de unas direcciones a otras. Aunque tampoco se pierde, ya que denota bastante claro su elemento esencial justo en el centro. La posición de la obra era igual que las dos anteriores, pero debido a su tamaño muestra superioridad.

Hay algo que pude observar al visualizar las tres obras: existe un patrón y una intención generalizada de parte del artista. Primero, el cuadro debe estar justo frente a ti para generar una horizontalidad que permite la conexión de apreciación. Segundo, los ojos como elementos explícitos es una forma grotesca de que el observador no solo admire el objeto, sino que se vea a sí mismo en ese proceso.

El proceso, entonces, se configura como si se tratara de un “observador observando la observación de lo observado” o, incluso, sería “lo observado observando la observación que hace el observador de lo observado”. Es un principio de procesamiento de información llevado al terreno del arte y la contemplación.

Por otro lado, las estructuras son otro elemento presente en las obras de Paalen. Siempre forman el torso o cuerpo del objeto, como una forma de sublimar lo medular a un pilar que sustenta el todo. Sin duda alguna puede generarse un sentimiento de purga al apreciar sus obras surrealistas. La tensión primaria donde los elementos están puestos, terminan por estabilizarse mediante la comprensión de cada uno de ellos.

Mi juicio final respecto al arte de Wolfgang Paalen es que se trata de obras herméticas, intensas, irreverentes ante la asunción de lo simple y poéticas. El uso de colores no es fortuito, porque transmiten tanto la atmósfera del fondo como la armonía del elemento principal. Y la mirada incisiva que siempre hace cuestionarse al observador si realmente está complacido con su observación.

Una tarde en el MUSA nos brinda la frescura necesaria del oasis en medio del calor insolente de Guadalajara, además que nos invita a la reflexión de los objetos que en el lugar descansan, esperando la mirada inquisitiva del sudoroso espectador.

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Lunes, 04 Abril 2016 06:21

¿Es justificable la censura?

En este sitio han aparecido ya algunas reflexiones acerca del tema de la censura, derivada de la corrección política que parece imperar en Internet y en las redes sociales. Coincido en líneas generales con lo que han señalado los otros colaboradores y es posible que la reflexión que comparto poco añada a lo ya dicho. En general, concuerdo que en tiempos recientes se ha generado un preocupante clima de linchamiento moral hacia aquello que es considerado ofensivo para ciertos sectores de la sociedad, lo que prácticamente torna a estos sectores invulnerables a la crítica.

Para no redundar en lo que ya se ha dicho en este espacio, lo que pretendo realizar, siguiendo la postura del filósofo Isaiah Berlin –quien señala que una de las principales tareas de la actividad filosófica es cuestionar los supuestos en los que descansan las creencias extendidas en la sociedad, es una problematización teórica de estas tendencias moralistas que pretenden corregir los pensamientos y las conductas de los seres humanos. En particular, quiero partir de la pregunta de si existe una justificación válida de la censura, lo que lleva, en primera instancia, a tratar de explicar en qué consiste ésta (aclaro que mi análisis se dirige a estos casos particulares de censura, y no entro en la cuestión de la censura ejercida por los gobiernos para acallar a la disidencia, misma que merece un tratamiento aparte).

Una forma de definir un concepto es a partir de su relación de oposición con otros conceptos. Para el caso de la censura, el concepto antagónico es el de libertad de expresión. Dado que ésta se trata de un caso particular del concepto más amplio de libertad, voy a partir de éste último. Aclaro que no entraré a detalle en los agudos problemas teóricos del concepto de libertad –v. gr. el dilema entre libertad y determinismo, dado que exceden los propósitos de este escrito y me limitaré sólo a la cuestión de los límites permisibles de la libertad.

Cualquiera que sea la definición de libertad, en principio se plantea la no coerción como uno de sus rasgos distintivos: un acto es libre si y sólo si el agente no ha sido obligado por otro agente a actuar de cierto modo. A partir de lo anterior, en la medida en que se eliminen los factores coercitivos que condicionen los actos, los individuos gozarán de mayor libertad. Pero esto genera una consecuencia problemática: la posibilidad de que los actos libres, no coaccionados, de los individuos puedan afectar a otros. Esto sugiere un límite necesario a las acciones libres: que éstas no afecten a los otros ni en su persona, propiedad o bienes (resumido en la célebre máxima juarista: “El respeto al derecho ajeno es la paz”). El liberalismo, en sus diferentes vertientes, enarbola este principio.

Habiendo reconocido que la libertad requiere un límite necesario el respeto a los otros, podemos aterrizar el problema que aquí nos ocupa: el de la libertad de expresión. ¿Cuál es el límite de la libertad de expresión? O, en otras palabras, ¿de qué forma se violentan a otras personas por medio de la lengua? Podríamos plantear la respuesta como sigue: un individuo A excede el límite de su libertad cuando profiere en su discurso ciertas expresiones que afectan a otro individuo B (tales como los insultos, ofensas, difamaciones o tergiversaciones de las afirmaciones de B). En una situación así, B podría exigir a A o a algún intermediario entre ambos –el Estado u otras instituciones, que A sea reprendido por lo dicho. Llamaremos ‘censura’ en un sentido genérico a las acciones tendientes a restringir o impedir que un individuo profiera libremente ciertas expresiones, so pretexto de que éstas afectan a otros individuos. La justificación de la censura, en este sentido, tendrá que ver con que las expresiones proferidas realmente resultan perjudiciales, algo que el afectado tendría que probar.

No obstante, el problema comienza al momento de precisar qué clase de expresiones perjudican a terceros. Para abordar el problema, recurriré a la teoría de los actos de habla (tratando de evitar, hasta donde me sea posible, los aspectos técnicos de la teoría para facilitar la lectura). Desde este planteamiento, se señala que los actos de habla se pueden realizar de dos formas: como actos de habla directos, en los que se encuentra presente un verbo que hace patente el tipo de acto de habla (“Te prometo que haré X” es una evidente promesa, dada la presencia del verbo ‘prometer’); y los indirectos, donde el tipo de acto de habla no es patente dada la ausencia de ciertas expresiones (“Mañana haré X” es una promesa, aunque no lleve el verbo ‘prometer’ que lo haga explícito).

Ahora bien, algo curioso ocurre con los actos de habla agresivos y es el hecho de que siempre son ejecutados mediante actos de habla indirectos: insultar, amenazar, difamar o amedrentar no se ejecutan mediante el uso de estos verbos (nadie dice: “te amenazo con X”, “te insulto con Y”, “los difamo con Z”, etc.). Estos verbos caracterizan ciertas clases de actos de habla, mas no se emplean directamente en esos actos de habla. Por otro lado, tenemos una cantidad innumerable de actos locutivos que expresan actos de habla agresivos tales como las amenazas, ofensas, etc.: “eres un imbécil”, “pendejo”, “te voy a partir la madre”, “jódete”, “no te la vas a acabar”, y así sucesivamente. A pesar de que estos actos de habla no son directos en el sentido que tiene ‘directo’ en la teoría, los hablantes de español pueden identificar su fuerza ilocucionaria sin problemas. Así, aunque una ofensa no incluya el verbo ‘ofender’ en el acto de habla, puede ser  identificable por parte del oyente.

De este modo, una manera como se podría establecer una restricción justificada a la libertad de expresión es que el individuo B pueda demostrar que A ha emitido un acto de habla agresivo que alude a su persona. En términos generales, parece ser la solución al problema. Pero el diablo está en los detalles, y así nos topamos con dos problemas: 1) que el tipo de acto de habla pueda ser, en principio, identificable como agresivo; y 2) que el acto de habla afecte no a un individuo, sino a una colectividad (es decir, a ciertos grupos de individuos). Se trata, evidentemente, de dos problemas distintos: el primero es de orden lingüístico, y el segundo de orden ético.

Comencemos con el primero. Como hemos dicho, un hablante normalmente no tendrá problemas para identificar las expresiones verbales de su lengua que manifiestan insultos, difamaciones o provocaciones. Mas no siempre resulta fácil saber si se trata de este tipo de actos de habla o no. En muchas ocasiones, una expresión puede parecer un insulto cuando en realidad se trata de un sarcasmo, una ironía o un chiste. Tal fue el caso de Sean Penn en la ceremonia de los Oscares del 2015: cuando el actor estadounidense anunció que la estatuilla era para al director mexicano Alejandro González Iñárritu, dijo: “¿Quién le dio la Green Card a este hijo de perra?” Lo anterior calificaría como un insulto; sin embargo, resultó que entre Penn y González Iñárritu existe cierta amistad y, según parece, así es la forma en como se tratan ambos. En realidad, la expresión de Penn fue una manera sarcástica, pero también amistosa, de reconocer el trabajo del cineasta mexicano.

Esto nos lleva a tomar en consideración ciertos factores de orden pragmático que no habíamos tomado en cuenta hasta ahora. El acto de habla no está determinado sólo por los aspectos fonológicos o gramaticales, sino que intervienen aspectos pragmáticos como la intencionalidad del hablante, la receptividad del oyente, el contexto comunicativo, etc. En el caso de la afirmación de Sean Penn, es la intención la que determinó que la expresión tuviese un sentido diferente. De igual forma, la información contextual, por su parte, nos permite decidir si el acto de habla es directo o indirecto, si debe tomarse de forma literal o no literal. Por ende, para determinar si un acto de habla es o no agresivo se debe tomar en consideración los aspectos pragmáticos que los rodean.

El caso antes descrito es una muestra de un acto de habla que en apariencia era agresivo pero en realidad no lo fue. No es difícil pensar una situación a la inversa: un insulto, presentado de forma elegante, sutil y disimulado, puede no parecer como tal. De cualquier modo, si se cuenta con información relativa a la intencionalidad del hablante, el contexto en el que se emite y otros datos, se puede elucidar el tipo de acto de habla cuando éste no es transparente. Las dificultades surgen cuando no se cuenta con esa información o el que interpreta el acto de habla la pasa por alto pese a que ésta pueda estar disponible.

Creo que esto es lo que ocurre con la censura políticamente correcta. Los internautas que fungen como vigilantes de las buenas costumbres posmodernas hacen sonar las alarmas ante la mínima sospecha de ofensa, insulto o cualquier agresión verbal hacia la pluralidad racial, sexual, etc. Pero lo que parece ser una ofensa no necesariamente lo es, tal como lo vimos en el caso de Sean Penn. El problema con los censores de la corrección política es que no reconocen que los actos de habla pueden o no ser literales y, desde luego, no consideran los factores pragmáticos como la intencionalidad o el contexto comunicativo. En consecuencia, si no se toman en cuenta estos factores y se emite un veredicto censor sin análisis de fondo, el clamor de censura estará totalmente injustificado.

Pero ya que hemos entrado al tema de la censura políticamente correcta, paso al segundo problema. La caracterización de la libertad de expresión y la posible justificación de la censura la he formulado en términos individuales. Esto se debe a que, en principio, quien estima que lo dicho es una ofensa o un insulto es justamente el individuo que ha sido afectado. Esto es, sin duda, una trivialidad, pero no resulta tan trivial cuando lo vemos en relación con el siguiente problema: ¿qué ocurre cuando los actos de habla agresivos aluden a una colectividad?

Como se ha visto previamente, cuando un hablante emite expresiones denigrantes o insultantes hacia ciertos grupos humanos (“¡Malditos negros!” “¡Pinches indios!”, etc.), no deja lugar a dudas de que se trata de actos de habla agresivos –y, aun en estos casos, hay que considerar contextos donde estas expresiones no sean actos directos, como pueden ser las ironías. Habrá expresiones opacas que sólo la información acerca del contexto comunicativo y la intención del hablante puedan esclarecer.

Pero está también el problema de cómo saber si un colectivo de individuos considera que el acto de habla les resulta ofensivo o insultante. Aquí hay un riesgo de incurrir en la falacia de generalización, al asumir que todos los individuos reaccionarán del mismo modo a los mismos estímulos. Esto atañe a otro factor pragmático a considerar: la receptividad del oyente. Ante un insulto generalizado, algunos podrán reaccionar furiosamente exigiendo la censura, mientras que otros podrán considerar que es dar demasiado importancia y preferirán ignorarlo. Sólo si contáramos con datos estadísticos que mostrasen una tendencia general al interior de un grupo, que revelara que un alto porcentaje considera que tal o cual expresión les resulta ofensiva, tal vez podría justificarse la censura.

Hay también otro intento de justificar la censura que consiste en señalar que ciertas expresiones verbales o manifestaciones culturales –como el cine, los videos musicales, los videojuegos, los cómics, etc. inducen a conductas peligrosas, como la violencia de género o crímenes de odio. Desde luego, la idea de que tales expresiones producen estos efectos supone dos cosas: 1) que los sujetos son enteramente pasivos y sus cerebros pueden ser programados enteramente por estímulos externos, lo que los lleva a actuar como autómatas, y 2) que la receptividad de los sujetos es totalmente homogénea, por lo que todos reaccionarán del mismo modo ante los mismos estímulos. Mas es difícil sostener ambos supuestos. Los censores políticamente correctos tendrán que demostrar científicamente que existe semejante determinismo, aunque el hecho de que los sujetos reaccionan de diferentes modos ante los mismos estímulos ya es suficiente para cuestionarlos.

En términos generales, los censores de la corrección política condenan los perjuicios en contra de ciertos sectores, sin tomar en cuenta si los individuos que forman parte de dichos sectores son realmente afectados. Los censores se ponen en la posición de las víctimas, y a su vez, en la posición de jueces. Sin embargo, para poder justificar la censura, tendrán que aportar razones poderosas, lo que exige, en primera instancia, que demuestren que al menos una mayoría al interior de estos grupos considera que ciertas expresiones o discursos les afectan de alguna manera. Y aun en este escenario, ¿acaso no vale la opinión del 1% que pudiera estar en contra de la censura?

He comenzado este escrito planteando la pregunta de si es justificable la censura. Hasta ahora, la querella individual parece ser el caso donde pueda darse la justificación más fuerte, siempre y cuando el individuo pueda probar que hay un acto de habla agresivo en su contra y que lo perjudica de alguna u otra forma. Cuando se lleva al plano colectivo, las cosas se complican, pues se asume que todos los individuos se sienten perjudicados por igual y, en consecuencia, se justificaría la censura. No sostengo que la censura en este plano sea totalmente improcedente, simplemente quiero señalar las dificultades que surgen cuando ciertos individuos se colocan a sí mismos como portavoces o representantes de colectivos o de la sociedad entera.

Lo anterior muestra una de las estrategias retóricas más usuales en el discurso político, que es pretender justificar ciertas acciones en el nombre de la nación o la sociedad, o en los casos de la corrección política, en nombre de una minoría amenazada. Así, los censores pueden exigir, en nombre de un grupo vulnerable, que ciertos discursos o manifestaciones culturales sean prohibidas. Se puede, en primera instancia, cuestionar la legitimidad de los censores para actuar como representantes o incluso como defensores de ciertos grupos. Pero me interesa más mostrar un supuesto detrás de esta estrategia: asumir que los individuos de la sociedad, sean miembros o no de los grupos vulnerables, carecen de la capacidad de juzgar por sí mismos, por lo cual la censura se torna necesaria.  Dicho en otros términos, los censores presuponen que los integrantes de la sociedad son como niños a quienes hay que señalar qué deben ver, escuchar y leer, aunque los procedimientos y las formas de actuar son diferentes. Estas posturas no son, en el fondo, muy distantes de las pretendidas justificaciones de las dictaduras fascistas o socialistas, que, en nombre de la raza, la nación o la lucha proletaria internacional, operaban la más férrea censura. Semejantes supuestos difícilmente resultan compatibles con una sociedad democrática, que aspira a crear más espacios de libertad y participación ciudadana.

En el fondo, se trata del mismo supuesto determinista que se adopta cuando se cree que la violencia es inducida por videojuegos o shows televisivos: los sujetos son meros receptores pasivos cuyas conductas y pensamientos pueden ser completamente moldeados por los medios u otros sistemas sociales. Muestra de ello es este pasaje del artículo de Mónica Montaño “Alertas de género y de música violenta” (Proyecto Diez, 01/04/2016), en el que la autora define la ‘violencia simbólica’ como “aquella carga cultural que nos hace ver ciertas cosas como normales, que nos van adoctrinando para aceptar ciertas conductas sin que tengamos la capacidad de hacer una discriminación racional de la información recibida”. Como señalé anteriormente, estas aseveraciones exigen pruebas contundentes que permitan mostrar cómo se dan los mecanismos de manipulación o adoctrinamiento. Lamentablemente, los teóricos de humanidades se limitan a suponer esta clase de determinismo social estricto sin explicarlo.

Por otro lado, considero peligroso que ciertos individuos se asuman como vigías morales de los discursos y expresiones culturales. Hasta hace unos años, la vieja guardia conservadora encendía las antorchas ante cualquier cosa que atentara contra la moral cristiana, la familia y las buenas costumbres. Hoy, la censura se hace en nombre de la diversidad de formas de vida. Pero el principio es el mismo: la existencia de una élite que juzga lo que puede ser mostrado en el ámbito público. La pregunta es: ¿necesitamos que existan tales élites? ¿No podemos decidir por nosotros mismos?

Concluyo mi escrito aclarando ciertas cosas. Estoy en contra de la discriminación racial, sexual y social, y considero que se deben tomar medidas para evitar estos prejuicios. Pero no creo que la solución sea la censura. El verdadero reto para una democracia en el siglo presente es vislumbrar las estrategias para eliminar los prejuicios sin atentar contras las libertades individuales. ¿Es posible esto? No tengo una respuesta. Mas, en definitiva, me opongo categóricamente que ciertos grupos minoritarios se proclamen como vigías morales de la sociedad.

Publicado en Análisis social
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