Domingo, 11 Septiembre 2016 16:21

Crónica de una marcha anunciada: La defensa de la familia tradicional

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En medio de una rutina inesperada, me encontré atravesando, el sábado pasado, la tan esperada “Marcha por la Familia”.

Quise quedarme a observar, quería saber quiénes conformaban aquel gran llamado a los valores tradicionales de esta gran ciudad (Guadalajara). Sin sorpresa, pronto me percaté que la marcha se encabezó mayormente por madres y abuelas que, acompañadas de sus nietos adolescentes e infantes, portaban aquellas prendas blancas, símbolo de la más pura y bien intencionada homofobia.

Bajo el sol observé como poco a poco el tumulto se congregaba alrededor de la glorieta coronada con el monumento a la diosa Palas, aquella Minerva virgen, concebida desde la propia mente de su padre Zeus, quien decidiera devorar a su madre Metis y darla a luz él mismo, al ritmo del cincel del benevolente Hermes.

Diosa de la sabiduría quien, educada sin madre, forjó su carácter y conocimiento en medio de aquella gran familia olímpica; de quienes aprendiera los dotes propios de una diosa. Como de Apolo, seductor de hermosos jóvenes quienes caían rendidos ante sus encantos, o la sempiterna Afrodita, quien compartiera el lecho tanto con dioses y mortales, además de educar al propio Eros, dios del amor, al más puro estilo de una madre “luchona” contemporánea.

Al final, todo aquello parecía no tener la menor importancia ante aquellos que, cobijándose a la sombra de aquel helénico estandarte jalisciense, se disponían a defender la integridad y buenos valores acorde a los principios con los que fueron educados para aseverar, de forma tajante, cuáles eran las características exactas que debería tener una familia.

Pese a que las buenas intenciones y un sentimiento de unidad social prevalecían -decía mi abuelo: de buenas intenciones están llenos los cementerios-, es necesario hacer notar que en el progreso del contingente nacieron, de mi mirada expectante, algunas curiosidades.

Y no es sólo el hecho de ser un fanático de las paradojas sociales o el sarcasmo intelectual, aquello era una oportunidad invaluable de extraer aquellos ideales desde la consciencia colectiva de un grupo representativo de Guadalajara, de los llamados “mochos”.

Portaban pancartas que ociosamente intenté entender desde sus propios fundamentos ideológicos. Desde las más sobrias, que simplemente afirmaban que querían familias con valores y unidad -lo cual me parece respetable, pero al mismo tiempo inocente, ya que asumen que los valores sólo se pueden generar desde la familia nuclear-; hasta las más elaboradas que realmente cautivaron mi atención.

Recuerdo particularmente una cuyo sentido intenté descifrar por un par de minutos. En la parte superior decía “Pedimos educación religiosa y eliminar la educación de género de las escuelas”. Más abajo, esa misma lona proclamaba “protejamos la familia natural” y remataba con la cereza haciendo más sabroso el pastel de las ideas: “NO ES RELIGION, pero no oculto mi fe cristiana”.

Es decir, que todos los postulados en los que se basan están parapetados en la doctrina religiosa. Esto a partir de la noción de la familia natural. Entiéndase algo así como: “Dios nos creo así. Adán y Eva fueron creados para ser la primera familia”. Pero ¿Caín y Abel con quien tuvieron su estirpe? Siguiendo el bellísimo relato bíblico nos deja dos opciones: 1) o encontraron otras mujeres, lo cual no está descrito en el génesis, 2) o tuvieron que hacer lo propio con su madre. (¡PUNTO PARA FREUD!)

Lejos del mito bíblico, las repercusiones actuales son las que me agobian, ya que la idea doctrinal del momento histórico enajena a los individuos en su transitar histórico. Me propuse hacer el ejercicio mental de llegar a las mismas conclusiones para rastrear las premisas. Para lo cual, me vi en la necesidad de eliminar un montón de conocimiento de diferentes disciplinas. La familia natural en contra del desarrollo evolutivo de la especie a lo largo de los milenios. El dilema moral de la posmodernidad y de paso el de la modernidad. La condición existencial de cada individuo y su compromiso para con su propio transitar en el mundo. El propio sistema jurídico (por aquello de tener que legislar todos los días para re-acomodar la legalidad al devenir social, por una necesidad inherente de la historia). Básicamente, terminé de nuevo en la secundaria, donde escuchaba un montón de ideas complejas, sabiendo que existían, pero sin entender ninguna de fondo, entregándome plenamente al camino marcado por la melodía de la flauta que esgrimía alguna autoridad.

En conclusión, pude observar que era un contingente nutrido de gente en su mayoría bien intencionada. Madres que querían defender su principal función social ante la amenaza de la sustitución y merma de oportunidades existenciales, para cumplir dicho privilegio. Luismirreyes que gozaron las ventajas de dicho modelo y que acompañan a su familia para pregonar la superioridad moral de la misma. Todos, dirigidos bajo la guía de la comunidad eclesiástica, aquella que, como parte de sus votos sacerdotales, renuncia a la vida familiar por su incómodo compromiso con el ejercicio de la sexualidad.

Aquello fue un desfile que, a impresión personal, hacía gala de una increíble capacidad para la generalización conceptual:

Homosexuales=malos

Familia nuclear=buena

Educación laica=mala

Evangelización cristiana=buena,

Generalizaciones y pereza intelectual=buena

Análisis histórico, social, cultural, psicológico=malo

En fin, podría desgastar la pluma hasta el final intentando explicar mis impresiones personales de tan increíble desplaye de dogmatismo medieval que se vivió el sábado pasado en Guadalajara.

Estamos gritando a los cuatro vientos que queríamos tolerancia, pues ahora nos la aguantamos hasta con los mochos y su derecho a manifestar sus ideas. Lo cual no implica, el no poder analizar sus propuestas.

Modificado por última vez en Lunes, 12 Septiembre 2016 03:23
Edgar Beraud

Psicólogo y filósofo de formación, humorista e ilustrador por devoción. Los temas centrales de reflexión versan principalmente sobre la dicotomía entre el individuo y la sociedad, así como la ciencia, epistemología, la política y cualquier asunto concerniente a generar las premisas que justifican la conducta humana en la vida cotidiana.