Martes, 08 Noviembre 2016 03:31

Lengua y sexo; la dualidad imposible

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Una paradoja interesante en las relaciones humanas y civilizadas, que tienen algún tipo de matiz sexual, es que se habla fuera pero no durante el sexo.Se habla porque hay que convenir; no se habla porque no hay que desconectarse de «El acto». Si el sexo civilizado es civilizado ¿por qué sigue siendo más corporal que verbal? ¿por qué entre más avanza la civilización el sexo parece ser menos cívico?

Daré respuesta a la primera pregunta dejando abierta la segunda para futuros espacios.

Los sexólogos —que son todos ellos más psicólogos que biólogos— infatigablemente recomiendan a «las parejas» para enardecer la llama de la pasión decirse durante el “acto amoroso” palabras y/o frases con determinada prosodia y semántica (El País, 06/nov/16). Asimismo, he leído en las redes de internautas una especie de proverbio que reza así «La mujer tiene el punto G en el oído». Por otro lado, la historia de la literatura erótica se muestra altamente prolífica (Wikipedia, 06/nov/16), de tal modo que las personas de todos los tiempos y lugares; de todas las edades y condiciones sociales, han encontrado un nutrido material con el cual sentirse excitadas.

Todo esto nos hace pensar en la importancia que puede tener el lenguaje verbal en la interacción sexual. Sin embargo, aquí cuestiono tal creencia y hago la hipótesis de que el lenguaje verbal en el sexo no sólo tiene sus límites, sino que es completamente secundario, por no decir innecesario.

Un concepto central de esta cavilación es el de estimulación sexual. Hace referencia a todo aquello que es capaz de provocar una respuesta fisiológica en las gónadas, es decir, de secretar hormonas sexuales, que a su vez tienen efectos perceptibles en el cuerpo y en la conducta (Wikipedia, 06/nov/16).

Asimismo, debido a que es una actividad aprendida por la cultura y por el instinto (Expansión, 06/nov/16), la estimulación sexual es más o menos consciente. Según el rol que desempeñe cada participante tiene la posibilidad de tener mayor o menor conciencia de sí. Así en una felación es comprensible que el que la recibe tenga menos conciencia de sí que quien la está realizando. En cambio, durante el tribadismo o el coito la pérdida de la conciencia de los amantes corre más pareja y por tal son más propicios a la comunicación corporal o sencillamente a estar en «sintonía».

Por otro lado, la estimulación sexual siempre es intencionada; por más inconscientes e irracionales que estén los «sexuantes» siempre se busca un mismo fin: el deleite sexual de por lo menos uno de los participantes. Así, durante el acto en cuestión se puede ser inconsciente pero nunca indiferente; podemos no saber lo que estamos haciendo, pero no podemos dejar detener una dirección, un objetivo que, si tiene éxito, termina con un orgasmo.

Ahora bien, hay que reconocer que si la palabra en el sexo resulta efectiva es porque evoca experiencias esencialmente táctiles. La literatura erótica funciona porque crea «imágenes carnales»; es una promesa, un guiño, una sugerencia al placer táctil. Sin ese referente físico el erotismo es inútil. Habrá casos en que se consigan orgasmos con la pura verborrea pero en realidad para lo que mejor ha servido es para «calentar motores». Podemos pensar que el punto G de la mujer está en el oído, pero sólo de forma «metonímica»; en realidad lo que se quiere decir es que a la mujer —también a los hombres— les gusta que primero les “hablen bonito”.

Así, porque el camino que va desde la excitación al clímax está gobernado por una progresiva disolución de la conciencia,en la vivencia sexual el lenguaje verbal no puede dejar de ser secundario; un accesorio que a veces más estorba que ayuda. Tal condición se hace más evidente a medida que se acerca el orgasmo, pues es entonces que el pensamiento ha entrado en un estado completamente diferente al de la vigilia y la sobriedad; ha entrado en lo que el misticismo ha descrito como éxtasis. —Una definición de este concepto estaría en su mismo nombre «fuera de sí» (Etimologías, 06/nov/16)—. Ese eventual abandono de la cordura característica del acto sexual es totalmente antagónico al lenguaje hablado que es primordialmente estructurado, lógico, medido, calculado, etc.; completamente opuesto a ese éxtasis del que acabamos de hablar.

Concluyendo, el lenguaje verbal resulta un recurso útil para la estimulación sexual pero en escasas ocasiones puede llegar a ser suficiente. Se presenta casi siempre en los «preliminares» de la pasión pero a medida que avanza la excitación se vuelve más escaso hasta llegar a un punto que es completamente nulo o ininteligible. Esto se debe a que el sexo es en gran medida una suspensión temporal de los modales, las estipulaciones, las restricciones, los formalismos, los valores cívicos y todos los productos de la racionalidad humana. En él el instinto proclama su soberanía anulando, entre otras cosas, el aglutinante esencial de toda civilización: la palabra.

No podemos dejar de reconocer que las recomendaciones de los sexólogos puedan ayudar a aliviar a muchos matrimonios que han caído en ese hoyo frío llamado rutina, pero las fogatas no se hacen de paja y el sexo más que una comunicación verbal lo que necesita es una efectiva comunicación corporal, en su sentido más literal; en el sexo, resulta una necedad decir con palabras lo que se puede decir con el cuerpo.

Modificado por última vez en Martes, 08 Noviembre 2016 03:44
Moy Michel

Licenciado en Filosofía por la Universidad de Guadalajara. Ensayista, músico y bailador.