Martes, 02 Enero 2018 20:15

México bate récords

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México bate récords

No sé ustedes,pero la verdad es que yo estoy consternado con este año que acaba de terminar. Fue, en pocas palabras, el año más mortífero en la historia reciente de México, por lo menos desde la década de los 60. La cifra anual total parece que está rebasando los 30,000 asesinatos, aunque el SNSP aún no libera las cifras de diciembre de 2017. El que tenía el récord era el 2011, con una tasa alrededor de 23-24 homicidios por cada 100,000 habitantes (un poco más de 27,000 homicidios). En 2016, la tasa fue de 20 por cada 100 mil (casi 24,000 durante todo el año).

Este 2017 parece que ya dio el salto a la tasa de 25 homicidios por cada 100,000 habitantes. Para dimensionar el número, es como si en un solo año hubiera desaparecido la población completa de Arteaga en Coahuila, de Tapalpa en Jalisco, de Tlalpujahua o Cuitzeo en Michoacán; o en dos años se hubiera desvanecido Valle de Bravo en Estado de México, Jerez en Zacatecas o Pátzcuaro en Michoacán. Y esto es sólo hablando de “homicidios dolosos” y confiando en que, en todo momento y en todas las entidades federativas del país, ninguno de los homicidios culposos (por accidente o negligencia) haya sido doloso en realidad.

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Fuente: INEGI

¿Y si agregamos lo que sabemos sobre personas desaparecidas? Este año la organización Data Cívica dio a conocer los nombres que había logrado recopilar de 31,968 personas desaparecidas de las 32,277 de las que se tiene registro desde 2007 hasta julio de 2017. O sea que al día han desaparecido 8.35 personas en México. Pongamos dos puntos de referencia para que se entiendan las dimensiones de ese número: la dictadura argentina y la España franquista, periodos bien conocidos por la desaparición de personas. Pues bien, durante la dictadura argentina la cifra más alta que se suele dar de desaparecidos entre 1975 y 1984 está en 30,000, que nos da una proporción de 8.21 desaparecidos al día. En España, de 1936 a 1975, la cifra suele ser de 143,000, que da 9.78 personas desaparecidas al día.

¿Ya logré hacerles ver el porqué de mi consternación? Pero los hechos no son sólo lo preocupante (y sólo hablé de homicidios y desaparecidos, pero prácticamente toda la incidencia delictiva rompió récords este año), sino también la manera en que estamos reaccionando a ellos, si es que a eso se le puede llamar “reacción”. Lo que yo veo es un silencio y una indiferencia apabullantes. Es como si estuviéramos ya sedados con algún analgésico —emocional, ideológico o del tipo que sea— que nos hace sumirnos más en la pasividad. Es el miedo, por supuesto, y cualquiera que sobrepase los 30 años de edad en México —es mi impresión— tendrá como punto de comparación con qué tanto miedo salía a la calle hace 15 años y cómo es ahora: salimos cada vez con mayor desconfianza.

Y el miedo sólo es el inicio del ciclo vicioso: más miedo, mayor desesperanza, mayor pasividad, mayor individualismo y despreocupación por el prójimo, más desconfianza, más miedo… ¿Cómo cortar el círculo? Supongo que, de entre todas las cosas que sería preciso hacer para lograrlo, una de ellas es tener convicciones.

Uno de los más famosos creadores de convicciones justificadas, Sócrates, discute en un pasaje platónico con un personaje llamado Polo que defiende la idea de que los poderosos tienen el mayor bien posible. Para Polo, no puede haber algo mejor que hacer todo lo que uno quiera y cuando uno quiera. Su justificación es sencilla: hay un placer indudable que surge cuando uno está en esa posición. Sócrates le dice:

“Si en un día de mercado atiborrado tuviera bajo la axila un cuchillo y te dijera: ‘Polo, acabo de conseguir una fuerza y poder maravilloso. Pues cuando me dé la gana que alguna de las personas que ahora ves deba morir de inmediato, morirá quien me parezca. Y cuando me dé la gana que deba romperle la cabeza a alguno de ellos, de inmediato estará rota; o cuando se trate de rasgarle la vestimenta, estará rasgada. Tan gran poder tengo en esta ciudad’, y si entonces no me creyeras y te mostrara el cuchillo, tal vez me dirías al verlo: ‘Así, Sócrates, todos tendrían gran poder, pues de este modo se incendiaría la casa que te diera la gana, y los astilleros de los atenienses, las trirremes y todos los navíos (los públicos y los privados)’. Pero esto no es tener un gran poder, el hacer lo que a uno le parezca, ¿no crees?” (Platón, Gorgias, 469d-e)

Recuerdo que me impresionó mucho cuando leí esto hace ya tiempo. En aquel momento pensé, claro, en nuestra realidad actual, pero últimamente el pasaje me ha venido a la mente con mayor frecuencia. Las cosas no han cambiado de manera significativa hasta la fecha: al final, todos podemos hacer prácticamente cualquier cosa. Siguiendo el argumento de Sócrates, si todos pueden hacer en realidad casi todo, los que se complacen con la idea de tener poder por encima de los demás están viviendo una ficción. Se podría contraargumentar que “tener gran poder” sería no sólo hacer lo que uno quiera, sino también salirse con la suya. Pues bien, si da la casualidad —funesta casualidad— de que uno viva en un medio donde lo que impera es la impunidad —como la Grecia de aquella época, como el México actual—, lo cierto es que prácticamente cualquiera tiene la posibilidad de salirse con la suya. Así que, incluso frente a este contraargumento, Sócrates podría sólo sonreír y lanzar la pregunta: “si tienes lo que todos pueden tener, ¿en qué sentido es un gran poder?”.

Imaginemos que alguien tratara de convencer con el argumento de Sócrates a un sicario actual de México —de esos que tienen sueldo mensual fijo arriba de 10,000 pesos mensuales, según cuentan— de que cambiara su estilo de vida. Supongo que podría responder: “pero qué bien se siente tener huevos y que los demás me tengan miedo. Eso es poder y tu argumento no me lo quita”. El propio Sócrates intuía esa respuesta, así que se vio obligado a plantear lo que sería una de sus ideas más famosas para la historia del pensamiento: la idea de que sólo el que es justo puede ser feliz. Esto es lo que está de fondo en la famosa tesis socrática: “el mayor de los males es cometer injusticia” (Platón, Gorgias, 469b). Su argumento, como tantos otros, se basaba en una analogía: así como el mayor bien para el cuerpo es la salud, así también el mayor bien para la mente o el alma es la felicidad. Y si la salud es carecer de males (como la enfermedad), el alma es feliz cuando carece de males (injusticia, ignorancia). Por eso “cometer una injusticia” sería el mayor mal posible: porque el individuo se empaparía de aquello mismo que imposibilita su salud psíquica. Por eso es preferible ser castigado por una injusticia que uno cometió, que no ser castigado: porque uno “recibe la justicia” junto con la represalia y por lo tanto se restablece esa salud mental. ¿Lograríamos convencer con esto a alguien hoy en día para que deje de cometer crímenes? Lo cierto es que parece dudoso. Las convicciones son sólo puntos de partida en el mejor de los casos. 

La vigilancia ha aumentado con respecto a la Grecia de hace 24 siglos, es cierto, pero por lo menos en México estamos muy lejos del “panóptico” que algún filósofo francés preveía con temor: ese momento en que la justicia estuviera por completo fundamentada en la posibilidad de vigilar —y por lo tanto castigar— todo cuanto ocurriera dentro de su radar. Es decir, para nosotros el ver se ha convertido ya no en la certeza de que habrá una represalia a algún acto sanguinario, sino más bien en la silenciosa constatación de una realidad social pavorosa y asfixiante. Podemos encontrar en la red videos o noticias con asaltos a autobuses, con asesinatos a civiles, a estudiantes, a periodistas o a activistas que buscan a algún familiar desaparecido, o vemos fotos con gente sacando cuerpos y cuerpos de alguna fosa clandestina, y ahora es imposible observar todo esto con la tranquilidad que acarrearía el saber que la visibilidad que el suceso alcanza ayudará a atrapar a los culpables. Esperamos en vano esa tranquilidad: sólo acude el miedo en su lugar.

Es posible, eso sí, que esta “visibilidad” sea sólo aparente. Entre los dos extremos posibles, es decir, entre el enterarse de un caso concreto de asesinato —supongo que ya casi todos tenemos alguna referencia directa: un tío o conocido balaceado, una prima acuchillada, un familiar que desapareció— y el oír los números brutos y abstractos —30,000 asesinados en un año—, parece que no dimensionamos realmente la magnitud del problema. Aquéllos se ven como casos aislados; y éstos son sólo eso: números. El “ver más” parece entonces traducirse en un “entender menos” y tomar más distancia de todo, aislarse cada vez más. Y entonces ocurre que el ciudadano promedio que pretende ganarse la vida con cierta honradez en México está cada vez más disgregado, más atomizado por así decirlo. No hay que reflexionar mucho para darse cuenta de que una de las claves del éxito de los grupos criminales es el sentido de pertenencia a un grupo, que facilita una acción colectiva y organizada. Pero aquel ciudadano promedio, aunque sin duda constituye el grueso de la población, está como solo ante el mundo y sus inclemencias.

¿Qué perspectivas hay para este año entonces? Les apuesto a que batiremos más récords, eso sí.  

Modificado por última vez en Miércoles, 03 Enero 2018 22:12
Joaquín Rodríguez

Profesor y traductor. Licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG y maestro en Letras Clásicas por la UNAM.