Domingo, 10 Junio 2018 20:48

La muerte es ausencia

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 Louis Janmot (1854) El vuelo del alma Louis Janmot (1854) El vuelo del alma https://ispeakindreams.wordpress.com/2013/01/05/soul-crafting-inquire-within/

La muerte es ausencia

Por: Edson Javier Aguilera Zertuche

 

Si de veras queréis contemplar el espíritu de la muerte,

abrid bien vuestro corazón al cuerpo de la vida.

Porque la vida y la muerte son una misma cosa,

así como el río y el mar son una misma cosa. (…)

Confiad en los sueños, pues en ellos está oculta la puerta a la eternidad.

Gibran Jalil Gibran

Epicuro recomendaba a su alumno Meneceo no temer a la muerte y le indicaba que debía pensar que la muerte implica el abandono del cuerpo que es fuente de las sensaciones dolorosas y placenteras, la muerte sencillamente implicaba la ausencia de sensaciones y, por tanto, la ausencia de dolor. Antes de él, el mismo Platón ponía las bases de la creencia cristiana de la muerte, pues fue él precisamente quien formalizó la antigua creencia de que hay un alma y hay un cuerpo, y que el conjunto de estos da vida al ser humano. Cuando el cuerpo perece, el alma sigue viva porque es inmortal y capaz de la transmutación.

La muerte desde el punto de vista médico está todavía en discusión, todavía entrado el siglo XX se creía que el cese del trabajo del corazón suponía la ausencia de vida; hoy desde el punto de vista neurológico la ausencia de actividad bioeléctrica indica que alguien ha fallecido, aunque por razones del proceso termodinámico hay discusión cuándo es el momento preciso de la muerte.

Sin embargo, la experiencia de la muerte es algo que no se puede compartir, y en tanto algo incompartible como experiencia propia, es un misterio. Creo firmemente que la muerte es algo que la ciencia no puede explicar en su estado actual, podrá decir qué procesos acontecen en el cuerpo, pero la existencia de entidades no físicas (en el sentido convencional) y de niveles de realidad no accesibles para la percepción humana y su tecnología es algo que no se ha podido descartar contundentemente. Claro que no es cuestión de creer todo por el mero hecho de aferrarse a alguna creencia que nos sea placentera, hay que tener una ruta crítica sobre esto, y como tal; se debe reparar en que desde la más remota antigüedad todas las culturas reconocen la existencia de un mundo espiritual que en sus distintas versiones guardan similitudes que nos ponen a pensar si serán o no coincidencia.

El sentido que tiene la muerte para los individuos está permeado de su contexto cultural, es cierto, pero la muerte de alguien querido tiene un significado muy particular, vivido o afrontado de modos muy particulares. La confrontación ante la noticia de la muerte o testificación de la muerte, el proceso y forma por la cual alguien pierde la vida, los pormenores de la relación con el fallecido y la dinámica cotidiana en vida despiertan una infinidad de formas de sufrir y sentir la ausencia. El solo hecho de acostumbrarse a la ausencia de esa persona es un proceso largo en que se siguen haciendo cosas como si estuviera presente nuestro ser querido. Decía un amigo, que muerto su padre estaba más presente en la vida de su familia, pues las evocaciones sobre sus dichos, gestos y formas de ser eran el platillo diario, cuando en lo cotidiano el padre gustaba de estar fuera de casa vagabundeando.

De las pérdidas más dolorosas el mismo amigo comentaba que se encontraba en primer lugar la pérdida de un hijo (nótese que los mismos psicoanalistas -no sé si fue Freud- habían reparado en que para el hijo sin padre o madre existía la palabra huérfano, pero no hay palabra que describa un padre o madre que perdieron a su hijo); en segundo lugar, la pérdida de la esposa o esposo, la madre y luego la del padre. También es muy cierto que el proceso o causa de muerte puede volver especialmente desgastante y dolorosa la pérdida. En todo caso, la muerte de los que amamos tiene el significado de pérdida, algo que se va y que no volverá. Este no volver definitivo e indudable, puede, -en ausencia de la resignación, la esperanza y la creencia en un reencuentro-, aniquilar el ser de una persona. Una ausencia no se olvida, la aspiración más plausible es la resignación, que en mi punto de vista está fuertemente posibilitada si había satisfacción y concordia en la relación.

La idealización del difunto es también uno de los elementos que están presentes en el duelo, el reconocimiento final de la valía del ausente contribuye a esto. Este reconocimiento está asociado a una conclusión de la relación que nos obliga a reflexionar ya fuera de lo que pudiera causar conflicto o desacuerdo, sobre la calidad de esa persona querida. Obliga también a pensar en algo que señalaba Ferrater Mora, que la muerte de otros nos orilla a tener conciencia de que también vamos a morir. La evocación de los lugares y tiempos ocupados por el fallecido, sus objetos e intervenciones en nuestra vida dejan la sensación de un rompecabezas que ya no se pudo completar e implican la forzosa aceptación de la ausencia (y como decía atrás; jamás de su olvido porque esto no es posible). Los que se quedan extrañando ven como las relaciones entre ellos son reconfiguradas al fallecer cada miembro del grupo y esto implica rompimientos o fortalecimientos de lazos ya existentes, así como reorganizaciones de la vida cotidiana o de hábitos y actitudes hacia los otros. En el mejor de los casos las actitudes extremas son mesuradas por la conciencia que despierta una muerte cercana sobre nuestra propia fragilidad y además implica un acercamiento y cohesión que se había relajado antes de este suceso. Repito, en el mejor de los casos se comprende que el tiempo es lo más valioso que tenemos y no hay que pasarlo sin brindarnos con calidad a quienes queremos.

El 25 de mayo de este año falleció mi padre, cuya muerte nos ha puesto a pensar precisamente en lo que decía Gibran Jalil, que si algo de la muerte nos es asequible, es por medio de la vida, en su vida, nada fundamental dejó pendiente mi padre, se regocijó y recogió sus pasos (como dijo una vecina) visitando los lugares donde vivió y frecuentando a sus amigos de distintos contextos y a su familia, vivió sus últimos días contento sin ninguna queja de la dura vida que tuvieron él y sus hermanos, tranquilo en su cama junto a su esposa. Murió en concordia y con la intención de no dejar nada pendiente. Una vida humana, por su puesto, donde el error también estuvo presente muchas ocasiones, pero con la idea de ser perfectible en su persona, hacia los demás y respecto a todo lo que hacía cotidianamente, libre de rencor y de la ambición insatisfecha que corroe a tantas personas. ¿Una vida ejemplar? Si y no, como muchas otras vidas, “humano, demasiado humano” como expresa Nietzsche para hacernos ver lo común que somos muchos. Pero al fin una vida que se extinguió muy tranquilamente y que dejará el rompecabezas sin acabar. En paz descanses papá donde quiera que estés. Te amo.    

Modificado por última vez en Domingo, 10 Junio 2018 22:49
Edson Javier Aguilera Zertuche

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara, Maestro en Estudios Filosóficos y Licenciado en Filosofía por la Universidad de Guadalajara. Profesor de la Maestría en Derecho, la Maestría en Administración de la Universidad Enrique Díaz de León y de la Licenciatura en Intervención Educativa de la Universidad Pedagógica Nacional. Autor de diversos libros y columnista.