Martes, 30 Octubre 2018 05:47

El vestido de novia y la cultura blanda

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https://historia-arte.com/obras/eco-y-narciso-de-waterhouse https://historia-arte.com/obras/eco-y-narciso-de-waterhouse John William Waterhouse Reino Unido, 1903

El vestido de novia y la cultura blanda

Por: Edson Javier Aguilera Zertuche

“El vestido es muy importante porque voy a elegir la locación de la boda de acuerdo al estilo del vestido.” Dijo una mujer norteamericana de unos 40 años a su madre y a la modista. El contexto de este diálogo es explicado por un programa televisivo sobre moda, lo que aparentemente podría justificar el contenido de lo expresado. Sin embargo, lo que culturalmente refleja este comentario no es un hecho aislado, sino uno cuyas representaciones pueden encontrarse por doquier.

Que el vestido sea más importante que el lugar donde se celebrará la segunda boda de una cuarenteañera de clase alta norteamericana, aparentemente tiene que ver con la clase económica, pero no nos engañemos; este tipo de elecciones suelen repetirse en las diferentes clases sociales con diferentes objetos y niveles de gasto. En esta frase se expresa que la comodidad de los invitados e incluso la ciudad donde se efectuaría el evento serían de segunda importancia, reflejaba también que en el evento había algo más importante aún que la unión, más importante que el novio; la apariencia de la novia. Su madre le expresaba que lo más importante era verse como una princesa, quería ver a su hija entrar al altar y deslumbrar a todos con su encanto. Ella que pone su persona como centro del universo no es una excepción, hay que ser profundos y hacer preguntas, porque si un individuo expresa tal o cual cosa es culturalmente posible que otro individuo pueda expresar cosas similares. El mismo Jhon Dollard indicaba que todo individuo pertenece a una serie cultural. Entonces, ¿cómo es culturalmente posible que se dé una situación así?, ¿de cuántos modos diferentes se expresa este valor donde la persona es el centro de un universo simbólico? La cultura “produce” las condiciones para que esto suceda de una y mil maneras, los imaginarios colectivos posibilitan este tipo de expresiones; así como impiden otras, por ejemplo, un comentario racista dicho públicamente.

Un imaginario como conjunto de significaciones compartidas, subterráneas y flexibles influye en lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Llamaré a este imaginario la cultura blanda. Y confieso que sobre esto no soy original, pues la misma categoría de imaginario social como saben, fue trabajada por Mircea Eliade, Mary Migdley y así mismo el binomio “instituyente e instituido” por Cornelius Castoriadis. También, esta reflexión se nutre de revisiones dispersas y asistemáticas de Zygmund Bauman, Michel Mafessoli, Erving Goffman, Samuel Ramos, Erich Fromm, Pierre Bourdieu y otros.

Bauman habla de cultura líquida, que es por analogía, cambiante, escurridiza, sin algo propio y que toma la forma del recipiente. Esto implica la posibilidad de individuos sin personalidad que son guiados por el mínimo común denominador social, es decir: aquello que esté de moda. Bauman habla acerca de un proceso de “licuefacción” de la cultura de la modernidad, esta licuefacción implica como se sospecha la carencia de estabilidad, es más fácil dar forma, claro, pero más difícil conservar una forma. A su vez esta licuefacción, esta superficialidad invade todos niveles sociales, incluso el microsocial, y se refleja en las interacciones, en el lenguaje y en las expresiones diversas sobre la vida cotidiana.

El sociólogo francés Michel Maffesoli, dirá en “El crisol de las apariencias” que existe entonces un “hedonismo de lo cotidiano” que es irreprimible, potente y que sostiene a la vida cotidiana, ¿y qué significa esto? Significa que lo confortable y lo agradable son el vehículo de las eleccio­nes de la vida cotidiana, que, por ejemplo, las institucio­nes, los centros de trabajo, las academias, las filiaciones políticas, las amistades, etcétera, siguen una lógica de las emociones, que implica un rechazo o un acogimiento que no tiene que ver con elegir lo mejor, lo racional, lo justo o lo más plausible. Se reconoce como derecho incuestionable el ser feliz, pero una felicidad rápida, fácil, volátil, basada en cosas instantáneas, ausente de un sentido crítico, por tanto, una felicidad blanda, ficticia, que se defiende a capa y espada y de la que se buscan pruebas en cada frase, en cada foto, en cada adulación.

Así al conformar un grupo de trabajo, un círculo de amistades no elijo a los mejores sino a aquellos con quie­nes siento un confort, y no siempre esto coincide con el alcance de los fines que se propone un proyecto, ni coinci­de con aquello que me hará crecer, desarrollar cualidades apreciables. Cuando la elección pasa de lo ético a lo esté­tico hay una estetización de la vida, la estética ha conta­minado todo, todo pretende convertirse en obra de crea­ción dice Maffesoli. Pero esta estetización no tiene nada de inocente, pues descarta a quienes poseen habilidades para la cuestión a trabajar e incluye a quienes ofertan un agrado o una manejabilidad, muy socorrido en términos de las instituciones educativas el dicho “Es buen maestro, pero no es buen empleado”.

También es recurrente construir nuestra vida y nuestra personalidad como algo para que los demás aprecien, solemos encantarnos ante las narraciones y nos fascina narrar nuestra propia vida como una amalgama de momentos, elecciones, progresos paulatinos y lógicos, pero sobre todo como una autobiografía, bella, atrayente, digna de admiración. Como una sucesión de imágenes y videos -bien escogidas claro está- cuya creación está a la mano de cualquiera y cuya sobreexposición y exhibicionismo indica que no se tiene algo más para compartir. Se pueden encontrar fácilmente centenas de aplicaciones que inciden en la adoración de la imagen individual, cuyas herramientas implican la invención de imágenes propias, editores de fotografías, endulzantes de momentos que por sí solos no tendrían interés. Millones de usuarios en todo el mundo han hecho de su imagen un trabajo de tiempo completo, y hay quienes no comparten nada más que esto, su imagen enmarcada y remasterizada ¿tendrían algo que compartir, una idea que poner a prueba, un mensaje que dar, un contenido relevante que nos indique que conocen y valoran algo más allá del microcosmos donde son el centro del mismo? No es que el compartir esté destinado para los eruditos, para los ostentantes de grados académicos, porque hasta ahora eso es criticable. “Tener un título no te hace buena persona” versa una frase encontrada en redes sociales, que indica lo que sostenía Ortega y Gasset, el hombre masa, el hombre mayoría siempre jalará hacia abajo, hacia el mínimo de exigencia. Cuando pregunto si tendrían que compartir algo o no, los enamorados de sí mismos, los narcisos, hablo de que el herrero puede compartir un humilde trabajo, preguntar por alguna técnica de soldadura, el electricista puede compartir cómo poner un apagador de escalera porque son su arte, su oficio y ahí muestra un interés más allá de su yo.

En efecto, como indica Isela Rodríguez (dixit), que los medios digitales suelen ser espacios de esa liquidez donde las fórmulas verbales que expresan un “superarse” “cambiar”, “estar pleno”, “amar la vida”, “ser madre”, “ser envidiado por los demás”, “estar destinado a…” , “todo llega a su tiempo”, “ser espontaneo”, “dejárselo al tiempo”, “alejarse de…”, “soltar tal….”, “justo cuando lo necesitaba”, “dios decide por mí”, funcionan como un constante buscar referencia de que se va bien, de que se es feliz, o están los que guían a los otros a serlo, el coaching ha sacado jugo de esta desorientación.

En este sentido hacerse cargo de la propia personalidad, implica ya un falso hacerse cargo que redunda en una búsqueda del destino a través de test de matrimonios futuros, significados fantasiosos del nombre propio, nuevas modalidades de horóscopos y otros tantos instrumentos para ficcionar una personalidad más que para conocerla, más para inventarla que para construirla. Repito, esta cultura blanda necesita de la idea destino más de lo que la vida griega necesitaba de los oráculos. En estos espacios, hablando de la licuefacción, se puede pasar rápidamente de ser un estudiante empeñoso y aferrado, a un fiestero sin remedio, por ejemplo. También estos espacios son propicios para adulaciones y complicidades que luego en persona se esfuman, no se sostienen. Quien tenga una postura crítica, será la piedrita en el arroz, el amargado, el mala vibra, apelativos que implican que la crítica y el cuestionamiento no son bien recibidos, sin importar la objetividad de la crítica. Recordar que la verdad o falsedad de una afirmación no depende de quien la diga o con qué intención se diga, de ahí que el recurso argumentativo llamado “hombre de paja” se ha considerado una falacia argumentativa. La crítica siempre ha sido una función social desagradable, pero sin la cual el cambio cultural no fuera posible, en el mundo del toreo le llaman a estos críticos reventadores, pero ellos precisamente son quienes ayudan a distinguir la cizaña del trigo porque un torero que va a consolidarse pasa sin preocuparse de los reventadores.

Pierre Bourdieu hará mención en “La ilusión biográfica” de que el sólo hecho de pensar que la vida de un indivi­duo es continua y sigue un orden lógico, tiene que ver más con una aspiración de identidad que con una reali­dad, que el paso del tiempo va de peor a mejor es una tontería y sobre esto el mismo Jiddu Krishnamurti afirma que un hombre que le deja al tiempo resolver algo, es un hombre muerto. El sujeto se ficciona en la cultura blanda seleccionando de su repertorio de vivencias, imágenes y demás recursos gráficos o discursivos aquello que encaje en una visión idealista de su vida, aquella que da un sentido confortable, el sujeto de la cultura blanda tiene que vivir y tiene que creer su propia ilusión biográfica. De ahí que el tiempo, dios y el destino sean indispensables, puesto que son responsables en cierto modo de las etapas sufridas o premiadores de las etapas buenas.

Erving Goffman afirma en “La presentación de la persona en la vida cotidiana” que nuestra primera impresión con las personas es posible a través de una tipología de los individuos que hemos construido a través de nuestra experiencia, pero más que nada a través de lo que la cultura “dice” sobre estos tipos de individuos. En este sentido, es triste ver que los tipos diferentes de individuos son cada vez más escasos, dado que el común denominador es el sujeto expuesto a licuefacción, el sujeto de la cultura blanda, que idolatra su imagen y que es crecientemente el sujeto más común. En la presentación de la persona en la vida cotidiana hay explícitos e implícitos que demarcan una serie de expectativas sobre qué esperar y que ofrecer, sin embargo, un sujeto expuesto a licuefacción, propio de la cultura blanda, ¿tiene algo que ofrecer, está interesado en recibir y saber apreciar algo? Creo que su ensimismamiento se lo impide. Recuerden, un buen vestido de novia determina todo lo demás.

Modificado por última vez en Viernes, 02 Noviembre 2018 04:45
Edson Javier Aguilera Zertuche

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara, Maestro en Estudios Filosóficos y Licenciado en Filosofía por la Universidad de Guadalajara. Profesor de la Maestría en Derecho, la Maestría en Administración de la Universidad Enrique Díaz de León y de la Licenciatura en Intervención Educativa de la Universidad Pedagógica Nacional. Autor de diversos libros y columnista.