Viernes, 02 Noviembre 2018 04:33

El “pueblo bueno” y la democracia de referéndum

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El “pueblo bueno” y la democracia de referéndum

Por: Luis Enrique Ortiz Gutiérrez

En política, un asunto que ha sido ampliamente debatido es el de los límites de la democracia. Básicamente, las cuestiones han sido: ¿la democracia debe limitarse a la elección de candidatos? ¿O debería ampliarse para que el ciudadano pueda participar en la toma de decisiones? Algunos intelectuales se han inclinado por una respuesta afirmativa a la segunda pregunta, proponiendo que ciertas iniciativas deberían someterse a votación directa de los ciudadanos (en su variante más extrema, esta postura sostiene incluso que debería prescindirse de la democracia representativa y sustituirla con algún tipo de democracia directa). En el presente escrito, no pretenderé dar respuesta a estas preguntas, si no analizar ciertos supuestos sobre los cuales descansan algunas de las posturas involucradas. Intentaré mostrar que uno de los supuestos principales es la creencia de que el pueblo, en tanto conjunto de individuos, posee cualidades morales y cognitivas propias de los individuos, que lo hacen plenamente capaz de tomar decisiones de trascendencia política. A su vez, problematizaré esta idea, a fin de que estos asuntos, que bien puede ser considerados como “políticamente incorrectos”, de hecho, deberían estar sujetos a debate.

El problema puede ser ilustrado a partir de la propia política nacional. El gobierno recién electo en México ha sostenido que basará ciertas decisiones de gran importancia para el país a partir de lo que dicte el llamado “pueblo bueno”. Esta plataforma de gobierno, por llamarla de alguna manera, había sido anunciada por el ahora presidente electo desde hace algún tiempo. Aquí algunas citas:

“De veras que nuestro pueblo es bueno y ha soportado con resignación a sus opresores. Es increíble que le paguen a los productores de frijol 6 pesos por kilo y no reciban ningún subsidio del gobierno como se aplica en Estados Unidos y pongo el ejemplo de este país para que no me acusen de "populista", porque en realidad en casi todo el mundo, con excepción de México, se protege y apoya a quienes invierten, trabajan la tierra y cuidan el medio ambiente”.

Andrés Manuel López Obrador, publicación de Facebook, 05/09/2015

Más recientemente, durante un acto de campaña en Rosarito, Baja California (16/05/2018), López Obrador sostuvo que las impresiones que Donald Trump tiene de nuestro país se derivan de los políticos corruptos (básicamente, según AMLO, Trump razona así: “El gobierno mexicano es corrupto, por lo tanto, México es corrupto”), y añadió que mediante el combate a la corrupción y la impunidad, el presidente norteamericano cambiará de opinión. "Nuestro pueblo tiene mucha cultura, es bueno, es trabajador y es honesto", añadió el entonces candidato de Morena.

¿En qué se basa la creencia en el “pueblo bueno”? Estas citas nos permiten delinear la concepción de López Obrador acerca del “pueblo bueno”, que resumiré en las siguientes tesis:

1.         El pueblo posee un ethos claramente definido: es bueno, trabajador, honesto, resignado.

2.         En contraste, los grupos políticos son malos y corruptos.

3.         Los problemas del país se derivan de los grupos políticos.

4.         Si se acaba la corrupción en el país, los problemas desaparecen.

5.         Para acabar con la corrupción, se requiere un gobierno con un ethos afín al pueblo.

No entraré a discutir cada una de las tesis, y me centraré sólo en la primera, pues las demás exigen un estudio más amplio y detallado. En adelante, me referiré a la primera tesis como la Tesis del Pueblo Bueno (TPB).

La TPB entraña el supuesto de que se puede establecer una caracterización moral generalizable a un conjunto, en este caso, el pueblo. Ahora bien, la lógica nos advierte que la predicación de propiedades del conjunto a sus integrantes, y viceversa, suele resultar en equívocos. En este sentido, el “error de atribución grupal” establece que: A) las características de un individuo son un reflejo de las características del grupo al que pertenece; o bien, B) que las decisiones grupales reflejan las preferencias de los individuos que lo integran.

Un par de ejemplos ilustran con mayor claridad este error. Un caso de A sería juzgar que una persona es un posible criminal a partir de su apariencia física y su forma de vestir (es moreno, lleva tatuajes, escucha X música, usa ropa típica de “cholo”, lleva playera de cierto equipo de fútbol, etc.), partiendo de que algunos grupos criminales presentan esas características. Por otra parte, un caso de B sería, dada una huelga de obreros, suponer que cada uno de los obreros ha optado por esta decisión –puede ser el caso que algunos obreros se oponían al huelga-.

A partir de lo anterior, no es difícil ver que la TPB tiene un fundamento muy poco sólido. O bien es erróneo atribuir al conjunto entero –el pueblo- las características de los individuos, o bien, es erróneo atribuir a los individuos las decisiones colectivas (supuestamente) tomadas por el pueblo.

En principio, la propia expresión “pueblo” es problemática. Es común en los diccionarios hallar definiciones como ésta:

     ‘Pueblo’ es el conjunto de personas que vive en una población, región o país determinados.

Como se puede apreciar, el rasgo distintivo más relevante que define la palabra es la pertenencia a una región geográfica. Desde luego, también existen otros usos, más propios de la lengua coloquial: comúnmente se utiliza ‘pueblo’ para designar a las poblaciones rurales en particular. Otro uso común del término es para designar los estratos sociales de bajos recursos –en este caso, se emplea tanto el sustantivo como el adjetivo ‘popular’, como en “clases populares”-. Sin embargo, trátese de cualquiera de los usos antes mencionados, la pretensión de atribuir rasgos morales o de otro tipo a un conjunto de individuos llamado ‘pueblo’ resulta en incurrir en el error de atribución grupal.

Claro está, esto parece no tener mucha relevancia en las prácticas políticas, lo cual puede deberse a que, desde la perspectiva de la práctica política, no interesa definir la extensión o el significado de las expresiones, o extraer sus implicaciones lógicas. Lo que importa en política es emplearlas para ciertos efectos. Por ello, hay que entender el uso retórico de ‘pueblo’ y, en consecuencia, de la TPB. En este terreno, la finalidad es persuadir a los ciudadanos de que determinado político representa la “voz del pueblo”. A partir de lo anterior, la TPB puede ser invocada constantemente en el discurso político para diagnosticar los problemas de un país o región y señalar a los culpables del desaguisado (como sugieren las tesis 2 y 3); a su vez, estas tesis pueden servir como argumento a favor de ciertas políticas: “si el pueblo es bueno y los políticos son los malos, entonces debemos tomar medidas contra los últimos”. Del mismo modo, la TPB puede ser apelada para avalar la toma de decisiones: las decisiones del nuevo gobierno serán las decisiones del “pueblo bueno”. Esto nos lleva al siguiente punto a tratar.

A raíz del Brexit, el científico Richard Dawkins contrasta entre lo que denomina la “democracia representativa” frente a la “democracia de referéndum”. Ésta última se define como el someter ciertas propuestas relativas a temas de interés público a votación directa de los propios ciudadanos, en lugar de ser aprobados o rechazados en los parlamentos. Dawkins argumenta en contra de la democracia de referéndum, señalando que ciertos asuntos exigen conocimientos que sólo los expertos en el área pueden emitir opiniones que son relevantes para el debate. En el caso del Brexit, estaban involucrados temas económicos y diplomáticos, cuyo análisis y discusión excede los conocimientos del ciudadano de a pie. El biólogo británico presenta una serie de analogías para defender su punto de vista: si tenemos un problema médico, la solución queda en doctores, no en una persona sin conocimientos de medicina. Dawkins concluye que la democracia debe ser solamente representativa, esto es, que la participación ciudadana debe delimitarse a elegir los parlamentarios.

Ahora bien, la democracia de referéndum parte del supuesto de la TPB, pero con un añadido importante: ya no se trata sólo de suponer que el pueblo es bueno, honesto, trabajador, etc., sino que se añade al “ethos del pueblo” el ser racional y competente en asuntos teóricos o técnicos (“tiene mucha cultura”, en términos de López Obrador). En otras palabras, se parte de que el pueblo puede racionalmente tomar decisiones en asuntos trascendentales para el país, lo cual supone que la opinión de cada integrante del pueblo está a la par de los expertos en la materia. Esto es muy debatible, como lo deja en claro Dawkins. Así pues, la democracia de referéndum resultaría poco viable, si no es que desastrosa, al estar basada en la TPB.

Pero la propuesta del científico británico también presenta varios problemas. El mismo argumento en contra de la democracia de referéndum se puede usar en contra de la democracia representativa: se asume también que los individuos actúan racionalmente y poseen los conocimientos suficientes para elegir a los candidatos idóneos. Los triunfos de Trump o Bolzonaro hacen dudar seriamente de este supuesto. En segundo lugar, no hay garantía alguna de que los parlamentarios poseen las competencias y la racionalidad necesaria para aprobar las mejores políticas. Ahí tenemos los casos de las legislaciones en contra de la ingeniería genética u otras medidas anticientíficas como claros ejemplos. Ciertamente, pueden formarse comités de expertos que asesoren a los parlamentarios, pero esto no impide que, al momento de debatir o votar las iniciativas, las pasiones ideológicas y los intereses políticos pesen más que los argumentos de los expertos. En consecuencia, ambos tipos de democracia presentan problemas análogos.

Visto así, pareciera que la propia democracia como sistema de gobierno es inviable. A decir verdad, carezco de argumentos convincentes para defenderla. Quizás el único aceptable puede ser que la democracia es, como diría Winston Churchill, el menos malo de los sistemas de gobierno. En todo caso, quizás sea hora de pensar en remedios para tratar los problemas endémicos de las democracias modernas. El primer paso, en mi opinión, es desmitificar la creencia en el “pueblo bueno”, y basar la política en los individuos más que en las colectividades, a fin de evitar el error de atribución grupal. En cuanto a la democracia de referéndum, ésta podría funcionar si se dispusiera de ciudadanos con conocimientos mínimos de ciertas disciplinas de relevancia política y social –por ejemplo, derecho, economía, ecología, etc.- y con ciertas habilidades argumentativas que les permita discernir las mejores políticas. ¿Es posible esto? Lo ignoro completamente. Pero si queremos seguir defendiendo la democracia, incluso como la menos mala de las formas de gobierno, tenemos que pensar en soluciones serias.

Luis Enrique Ortiz

(Oaxaca de Juárez, Oax./ 1979) es licenciado en filosofía y maestro en lingüística aplicada. Actualmente es profesor de tiempo completo asistente C del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara, con reconocimiento de Perfil PROMEP, y miembro del Cuerpo Académico de Retórica, Lógica y Teoría de la Argumentación. Sus líneas de investigación son epistemología, filosofía del lenguaje, argumentación y lingüística.