Martes, 05 Marzo 2019 18:14

Entre Yalitza Aparicio y Ben Shapiro. Sobre los síntomas de lo políticamente correcto

Escrito por
Valora este artículo
(2 votos)

Entre Yalitza Aparicio y Ben Shapiro. Sobre los síntomas de lo políticamente correcto

Por: Paris González Aguirre

Ahora que ya ha pasado el furor de los Oscar, que ya se han apaciguado los ánimos, es pertinente hablar del revuelo que causó Yalitza y su nominación por su actuación en la película Roma. Si bien es un acto de discriminación positiva (si es que esa cosa existe), el asunto va más allá. Su raigambre es mucho más profunda y perversa. Nos habla de dos cosas: la primera es que se tiene la perenne necesidad de ser políticamente correctos, que ello se ha vuelto la directriz en nuestras relaciones sociales. La posibilidad de ofender al otro es una constante, lo cual constriñe y vuelve falsas nuestras interacciones, si es que estas están basadas en ser políticamente correctos, aclaro. La segunda y más terrible, es que uno debe tener especial cuidado con lo que dice, dónde lo dice y a quién se lo dice porque ahora, en este momento particular de la historia y debido a las formas de comunicación que tenemos y su inmediatez, podemos ser expuestos en cuestión de segundos, ante un público extenso. La opinión que solía conservarse como íntima, ahora se convierte en un lastre, algo que puede regresar a mordernos el trasero. Basta con ver a Sergio Goyri, un actor de telenovelas y cine mexicano, quien en una cena con amigos se quejaba de Yalitza, refiriéndose a ella de manera peyorativa como india e hizo hincapié en que, según él, ella no sabía actuar, puesto que lo único que hizo fue decir: “sí señora. No señora.” E infirió que eso debió salirle natural, lo que indica que, por los orígenes de Yalitza, lo único a lo que debería aspirar es a ser una trabajadora doméstica, no una actriz. Para su desgracia, su novia estaba grabando en ese momento y tuvimos la fortuna de que lo subiera Instagram. Esto muestra varias cosas importantes: el clasismo mexicano, el doble discurso, la sistemática descalificación y violencia hacia las mujeres, el menosprecio hacia lo indígena, entre otras cosas que se deben señalar. Aunado a eso, emerge una arista que generalmente se da por hecho: el límite entre lo público y lo privado y las consecuencias de externar lo que se tiene en el interior. Eso que uno piensa, la más radical subjetividad, ahora se pone en tela de juicio, en virtud de la buena conciencia, de lo políticamente correcto, de lo que muchos y muchas intuyen que es encomiable o lo que [creen que] piensan que es deseable. Aquí debo declarar que Yalitza no me parece una mujer guapa. Y, como más vale curarse en salud, esto no significa que mi ideal de belleza sea el de una mujer blanca clasemediera anglosajona. Más bien me inclino por la estética que presenta @mexicanomx[1]se acerca más a lo que yo, Paris González Aguirre podría considerar como una mexicana o un mexicano hermosos. Sé que hay a las que Yalitza les parece bonita o guapa. A mí no. Como tampoco me parecen guapas Shakira, Cardi B o las Kardashian. Y punto. Sin embargo, si vemos en las revistas o los noticieros, la forma en cómo se refiere a ella y nos los han hecho saber, ad nauseam: “¡La hermosísima, la guapísima, la bellísima!” uno puede intuir que su postura es artificial, que responde más bien a la tendencia de aceptar lo que en otro momento y contexto, se dejaría de lado. Sobre su actuación no tengo nada que decir, porque no tengo las herramientas, ni mucho menos el conocimiento para emitir una opinión informada u objetiva. Pudo haber sido buena o mala, pero a mí no me pareció terrible, como he escuchado y leído. Roma, me pareció buena (lo digo como un aficionado común). Es muy lenta, mucho, mucho muy lenta, pero hasta ahí puedo emitir un juicio. Sin embargo, esa es mi opinión, desde la ignorancia, por supuesto. Y es aquí donde se encuentra lo preocupante del asunto, que yo tuve que decir todo lo anterior para sustentar mi subjetividad, ante otro que posiblemente pueda leer esto y se sienta ligeramente ofendido y tome cartas en el asunto. Porque linchar a una persona, en la Internet, es muy, muy sencillo. Basta con subir una imagen o video, colgarse de un tema trendy en la Internet (derechos de los animales, "feminazis", secuestros de menores, tráfico de órganos) y alguien, sin duda, lo va a compartir sin pedir más explicaciones. No es gratuito que haya personas compartiendo en Facebookla foto de Mia Khalifa o Jordi ENP bajo el argumento de que son estudiantes de cierta escuela que recibieron un premio, pero nadie se los reconoce. Esto tiene que ver con la confianza que se deposita en la información que se distribuye en la red. Se asume que lo que se dice ahí debe ser verdad. Esto se pone en evidencia cuando volteamos a ver las pasadas elecciones en las que ejércitos de bots, de todos los partidos, se encargaron de descalificar a los candidatos con noticias falsas, memes, datos duros o meros chismes. Sembrar la duda sobre alguien daña la imagen que se tiene, ya sea que se desmienta o no. Esa mancha permanece. Invito a la lectora o al lector que googlee a Sergio Goyri para que den cuenta que no miento.  Esto pone en evidencia la necesidad de reservarse lo que uno piensa, pues se corre el riesgo de que se vuelva en contra nuestra. Y más si esto es publicado en alguna plataforma de la Internet. Es así que la emergencia de personajes como Benjamin Shapiro llaman tanto la atención, pues sus posturas radicales y ultra conservadoras no son sino un síntoma de lo constreñida que está la opinión pública. Con esto no insinúo ni de lejos que estoy de acuerdo con lo que propone, ni mucho menos con su empecinada forma de descalificar a los que piensan diferente a él. Sin embargo, las maneras en que se le enaltece y que haya quien le considere un individuo agudo y acertado, implica que hay cosas que quieren decirse, asuntos que deben ponerse en duda y que pocas personas lo hacen, por miedo al escarnio social, al vituperio. Es bastante difícil hablar con los y las fanáticas, de cualquier rubro, ya sean conservadores, grafiteros, mamás pro lactancia, o, mi caso, aficionados de Star Wars. Cuando alguien cree tener la verdad última, difícilmente habrá un diálogo. Por ejemplo, a mí nadie me va a convencer del orden en que uno debe ver Star Wars. O se ven Rogue One, episodios IV, V y VI, The Clone Wars, Rebels, episodios I, II, y III, VII y VIII o mejor ni para qué acercarse a la saga (ojo. Esto debe leerse con sarcasmo). Lo que intento señalar con esto es que lo liminal de lo público y lo privado se desdibuja, mientras que lo particular se vuelve presa del escrutinio del otro. Nos sentimos con todo el derecho [a veces, hasta con el deber] de señalar las faltas en el otro, como si de entrada careciéramos de defectos y cuestiones que pudieran ser señaladas. Con esto no pretendo colocarme en un lugar moralmente privilegiado. Por el contrario, mis taras son suficientes para hacer un libro, con muchos volúmenes. Mi intención es poner sobre la mesa el asunto de lo políticamente correcto y como ello, llevado a un extremo, puede derivar en que lo dicho por gente como Trump, Bolsonaro o Shapiro tengan eco en tantas personas. Por supuesto que es importante enaltecer el hecho de que una compatriota haya sido nominada para el Oscar, pero, parafraseando a Walter Benjamin, también es menester observar las partes perversas de nuestra realidad, pues eso podría permitir una mayor visión de la realidad en que vivimos. Lo indicado sería que todos los temas estuvieran sujetos a debate, con argumentos sólidos y datos objetivos, en la medida de lo posible. Creo que una de las cosas más interesantes que ha dicho Shapiro es quea los datos no le importan tus sentimientos, aunque claramente no funciona así para él, pues asume que con el simple hecho de decir “no. El género no está desconectado del sexo” ya tiene la razón, cuando es un asunto mucho más complicado que sus sentimientos y posturas personales. El problema es que muchas veces no se aceptan datos que contradigan el propio sentir y se piensa que con desearlo lo suficiente se puede sustentar una postura provocadora. En última instancia, los cuestionamientos no deberían girar en torno a si Bolsonaro, Shapiro o Trump están bien o mal, sino que más bien habría que preguntar ¿Qué tanto de su discurso es alimentado por la cautela que deriva de las “buenas costumbres”? ¿Cuánto de eso que dicen nos causa eco? ¿Qué tanto estamos dispuestos a arriesgar, con objeto de defender nuestra libertad de expresión? Quién sabe, quizá las respuestas puedan sorprendernos.



[1]https://www.instagram.com/mexicanomx/?hl=es-la

Modificado por última vez en Lunes, 11 Marzo 2019 16:24
Paris González Aguirre

Aficionado a la Filosofía, diseñador gráfico, Star Wars fan y gestor del Desarrollo alternativo.