Sábado, 08 Junio 2019 18:43

Dime lo que tienes y te diré lo que no mereces

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Fotografía tomada por Paramount Pictures Fotografía tomada por Paramount Pictures https://groovyhistory.com/the-juicy-story-behind-the-infamous-sophia-loren-jayne-mansfield-photo

En 1957 Paramount Pictures organizó una fiesta en el Hotel Romanoff a honor de la actriz italiana Sofia Villani Scicolone, mejor conocida como Sophia Loren. Un oportuno fotógrafo de la productora logró la foto más conocida de Loren, donde está mirando de reojo; pero inevitablemente indiscreta el escote de Jayne Mansfield. Loren ganó más de 50 premios internacionales entre los que se cuentan dos óscares. Entonces, ¿por qué una mujer que tenía belleza, talento, prestigio y dinero, podría mirar con envidia a alguna otra? Si la Paramount te organiza una fiesta y no puedes ser feliz con eso, no sé con qué pudieras serlo.

Bertrand Russel (2012) afirma que la envidia es una de las causas más comunes de la infelicidad, porque el envidioso siempre tendrá alguien o algo que envidiar, y que la falsa salida a este sentimiento es obtener más que el envidiado, porque ejemplifica él mismo: si Napoleón Bonaparte se reconoce grande, podría reconocer más grande a Cayo Julio César y envidiarlo, y César podría envidiar a su vez a Alejandro Magno, pero Alejandro también podría envidiar a Hércules aunque este ni existiera.

La teología cristiana considera a la envidia un pecado capital, pues este sentimiento puede provocar además otros pecados y por ejemplo ser la fuente de generación de mentiras y rumores. La envidia puede de hecho terminar en asesinato tal como pasó al mencionado Julio César a quien el senado detestaba por ser el único emperador que subió el escalafón completo, desde soldado raso. ¿Cómo alguien de un origen tan humilde iba a ser jefe de la crema y nata de la sociedad romana?

En el canto decimo tercero correspondiente al segundo aro del infierno, Dante trata a los envidiosos, cuyos ojos cocidos representan el castigo de los que gozan por ver el fracaso de los otros: “Y Sapia, me llamaban, mas perdida la razón, no fui sabia, y en los daños de los demás, góceme sin medida (sic) (…)” (Alighieri, 2005: 281).

El veneciano Antonio Salieri quien trabajó toda su vida artística como músico de la corte italiania- austriaca, cuyos ingresos eran los más altos que un artísta podía lograr en ese entonces y cuyas presentaciones se hacían en los lugares más renombrados del momento, envidiaba intensamente a Wolfgang Amadeus Mozart quien siempre pasó dificultad económica y cuyos logros, al menos en vida, no fueron fulgurantes. Mucho se ha especulado sobre si Salieri envenenó a Mozart, versión que ha sido desechada. El origen de la envidia, eso si se puede dar por seguro, era que a pesar de la evidente mejor posición del vienés, el talento nato de Amadeus era mucho más grande; lo sabía todo el mundo, incluso los dos compositores.

Pero la envidia no es desear lo que tienen los demás, cosa bastante natural, sobre todo cuando uno tiene poco. Lo que más y mejor caracteriza a la verdadera envidia es el deseo de que el otro, el envidiado, no tenga lo que tiene, de que no sea verdad que lo tenga, de que no sea cierto su éxito o no sea tanta como parece su riqueza material. La verdadera envidia se centra imaginativamente en el otro, en el envidiado, más que en uno mismo (Morgado, 2018: ¶1).

En sí, la envidia es el sentimiento de que el otro no debe, no merece tener lo que logra, que su buena situación ha sido facturada por la suerte, la casualidad, la ayuda, la adulación o la corrupción, o que sus acciones han sido sobrevaloradas por los demás. Y que en cambio las propias acciones, logros o fracasos han sido influidos por la mala voluntad de los demás, por la preferencia de los demás hacia ese individuo envidiado. Como comenta Morgado (2018) dado que envidiar a otro supone ponernos a menor rango, es uno de los sentimientos más difíciles de descubrir, porque el envidioso oculta su sentimiento. La envidia se vela mediante la adulación, la falsa indiferencia, pero en las sombras maquina acciones negativas u omite acciones positivas para bloquear al envidiado, produce chismes y desacreditaciones prefiriendo que ambos queden con una mano atrás y otra adelante, antes que ver que el envidiado tenga un granito más de arroz.

El envidioso felicita a los otros, e incluso les puede fingir aprecio y reconocimiento para que sea evidente que el envidiado es omitido de los reconocidos, está fuera de. El envidioso es un gusano que se arrastra cada que el envidiado está de espaldas y que cuida cada paso para que cuando este último tropiece quede constancia de su fallo, de su fracaso.

Russel recuerda que en la casa de su padre había varias sirvientas y cuando una estaba embarazada. Su padre, al ver la dificultad, le dijo que no cagara cosas pesadas; la reacción de las otras fue oponerse o manifestar desagrado cuando tenían algo que cargar, ignorando totalmente la gravidez de su “compañera”.

Entre las mujeres respetables normales, la envidia desempeña un papel extraordinariamente importante. Si va usted sentado en el metro y entra en el vagón una mujer elegantemente vestida, fíjese cómo la miran las demás mujeres. Verá que todas ellas, con la posible excepción de las que van mejor vestidas, le dirigen miradas malévolas y se esfuerzan por sacar conclusiones denigrantes. La afición al escándalo es una manifestación de esta malevolencia general: cualquier chisme acerca de cualquier otra mujer es creído al instante, aun con las pruebas más nimias. La moralidad elevada cumple el mismo propósito: los que tienen ocasión de pecar contra ella son envidiados, y se considera virtuoso castigarlos por sus pecados. Esta modalidad particular de virtud resulta, desde luego, gratificante por sí misma (Russel, 2012: 47).

Como comenta el inglés, para el envidioso no es importante la veracidad de cualquier información, su importancia reside en qué tan escandalosa y negativa es. Nietszche llamaba a la moral cristiana, una moral de resentidos, puesto que su principal medio de acción era “encontrar” el pecado en los demás, castigar ese pecado con el descrédito, la pérdida de la honra o del valor social, incluso con el infierno mismo.

Bajo esta perspectiva todo aquello positivo que un individuo pueda decir sobre sí mismo es visto como una ofensa a los demás, como soberbia. Puesto que, o no es cierto que tal tenga esta virtud, o es soberbio el hecho de que se atreva a decirla. En este tipo de moralidad hay que callar lo propio bueno, pero hay que aceptar públicamente cada minúsculo defecto. Quien hable de sus virtudes aún sean evidentemente verdaderas es prontísimamente “castigado”; y todos se sienten alegres y tranquilos de que este castigo se efectúe. En este sentido cuando el envidioso se encuentra en una mejor posición que el envidiado, suele ser muy destructiva, pues con pequeños esfuerzos puede perjudicar grandemente a este que considera más apto, máxime si lo ve como una amenaza por ser un mejor competidor.

El mismo Morgado (2018) comparte el interesante vocablo alemán que define la envidia (Schadenfreude), que significa “alegría maliciosa”, expresión que particularmente considero muy completa para representar el sentimiento de la envidia. Lo complejo de la envidia reside en su carácter siempre oculto y en que a la vez produce gran daño en el envidiado, pero también en el envidioso. Dentro de los pecados capitales considero que la soberbia tiene la ventaja de caminar junto a la valentía, pero la envidia es cobarde por naturaleza.

Pero al final, la envidia no puede satisfacerse totalmente, sino transfigurarse. Por ejemplo, obtener más bienes que el envidiado nunca es suficiente puesto siempre habrá algo real o imaginario que envidiar. Tampoco concebir la destrucción del envidiado funciona, porque la envidia se dirige luego hacia otro, dado que siempre habrá personas que tengan más o que sean mejor en algún rubro. Para la doctrina cristiana la caridad es la virtud que se opone mejor a la envidia, trabajar en el sano interés por los demás. Para Russel una salida sería convertir la envidia en admiración por las acciones, características o logros de los demás, la total comprensión de las propias limitaciones o de las circunstancias que nos han tocado vivir.

Caín envidiaba a Abel ante Dios mismo, pero Caín no había entregado lo mejor de su trabajo, fue tacaño; mientras que Abel obsequió the best of the best. El envidioso cree que lo que da es mucho, y que lo que dan los demás es poco. Pero es antes que nada una persona para quien la verdad es dolorosa y el resentimiento es su estado natural. Vive bajo el precepto: dime lo que tienes y te diré lo que no mereces.

Referencias

Russell, B. (2012). La conquista de la felicidad. Debols! llo.

Dante, A. (2005). La divina comedia. La Editorial, UPR.

Morgado, I. (2018) La envidia y el cerebro del envidioso. En El país https://elpais.com/elpais/2018/04/13/ciencia/1523613742_991399.html

Modificado por última vez en Jueves, 13 Junio 2019 13:22
Edson Javier Aguilera Zertuche

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara, Maestro en Estudios Filosóficos y Licenciado en Filosofía por la Universidad de Guadalajara. Profesor de la Maestría en Derecho, la Maestría en Administración de la Universidad Enrique Díaz de León y de la Licenciatura en Intervención Educativa de la Universidad Pedagógica Nacional. Autor de diversos libros y columnista.