Jueves, 13 Noviembre 2014 00:00

Ciudadanía obediente y banalidad del mal en el México de los desaparecidos

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El caso Ayotzinapa nos cuestiona sobre el valor del lazo político que pueda hacerle frente a la corrupción e indiferencia El caso Ayotzinapa nos cuestiona sobre el valor del lazo político que pueda hacerle frente a la corrupción e indiferencia ©Chema Martínez

¿Es la obediencia civil en el México violento opuesta al poder de la comunidad política?

El presente escrito aborda esta cuestión a partir de una de las tesis sobre la violencia de Hannah Arendt para contrastarla con los acontecimientos que en nuestro contexto nos alertan sobre las formas y efectos de la violencia desde los aparatos del narco gobierno contra la sociedad civil. En esta comparación se sostiene que los ciudadanos que justifican el estado de cosas desde una indiferencia coincide en uno de los rasgos de la banalidad del mal: la obediencia ante un deber y la ausencia de empatía ante el dolor de quienes conformarían la comunidad política. Esta postura ciudadana sería opuesta a la práctica política y por ende, a las condiciones de vida de los mismos que sostienen esa indiferencia.

Violencia y mal radical

Una de las tesis más importantes en el estudio de la violencia que hizo Hannah Arendt (2006, 2009, 2010) es que la violencia tiene formas y mecanismos racionales que anulan la acción política. La falta de consenso sobre el origen o motivo de la violencia extrema ha llevado a algunos planteamientos que suponen un "más allá" de la violencia en cuanto a su desproporción (en Balibar y su concepto de “violencia fetichista”, Derrida y su concepto de “crueldad” por ejemplo); según esto, habría algo “más allá” de la razón en la violencia que nos impediría entenderla para modificarla. En su propuesta sobre la “banalidad del mal”, Arendt (2009) concibe la violencia como racional y por ello, ubicada en el interior de la vida activa del totalitarismo. A diferencia de Kant que ubicaba la fuente del mal radical en el egoísmo, para Arendt éste se encontraba en volver superfluos a los seres humanos eliminando la espontaneidad impidiendo a su vez la pluralidad de la vida con otros por el “delirio de omnipotencia” de lo individual (Bernstein, 2004). El egoísmo en Kant no necesita la eliminación de la espontaneidad ni la pluralidad ni el reconocimiento de los demás. Según lo expresado en su estudio sobre el totalitarismo (Arendt, 2006) esta forma de gobierno mostró que el mal radical podría generalizarse a amplios sectores de la sociedad externa, los enemigos, pero también implementarse al interior de la comunidad entre iguales. Al ser los ciudadanos gobernados por el terror y la vigilancia se eliminaba la pluralidad y espontaneidad entre ellos. Esta forma de deshumanización tenía efectos no sólo en los enemigos sino en los propios integrantes de la masa (algo similar a lo que plantea Foucault y los mecanismos de poder que no necesitan de un centro o instancia oficial para que se ejerza en lo cotidiano).

Esta dominación total tiene tres componentes:

a) El asesinato legal o jurídico de las personas, cuando mucho antes de los campos de concentración, se establecieron restricciones legales contra los judíos de manera que para ellos no había ley aplicable, la destrucción de sus derechos civiles.

b) El asesinato de la persona moral. Cuando en los campos los SS corrompían toda forma de solidaridad entre los judíos haciendo que se traicionaran entre ellos o cuando daban a “elegir” a quién se debía matar.

c) El más grave, núcleo del mal radical, la destrucción de la individualidad o singularidad. La espontaneidad está asociada a la libertad, la creación, la natalidad. Cosificar al humano, hacerlo superfluo, sin diferencia respecto a las cosas.

Es evidente que la práctica masiva y evidente de exterminio no tiene la misma dimensión ni condiciones cuando comparamos el caso de los nazis con el de nuestro país. Pero también es cierto que en los casos de miles de asesinados y desaparecidos en los últimos dos sexenios han superado nuestra idílica creencia de que la cosa “no estaba tan mal” para llegar a la creencia de que cualquier ciudadano y por ende, las comunidades a que pertenecen son heridas constantemente sin consecuencias; cualquiera podría desaparecer impunemente. Lo que han hecho las justificaciones gubernamentales, replicadas por los medios oficialistas y que han terminado circulando en lo cotidiano por los ciudadanos obedientes es, paradójicamente, atacar el fundamento del lazo comunitario. Sin embargo, no son creencias que funcionen per se, se ubican en un contexto en el que la sociedad se ha reducido a una masa que se preocupa fundamentalmente por sobrevivir; en condiciones donde la vida se hace superflua, según Arendt (2009). Si las preocupaciones cotidianas remiten a las condiciones materiales inmediatas las cuestiones o preocupaciones de índole más general en lo político y en lo espiritual simplemente no tendrán el mismo peso (“primero lo material, luego lo espiritual”, se diría desde el marxismo). El resultado de esta forma de obediencia es una indiferencia, una apatía ante el dolor de lo que destruye la vida individual y política.

La destrucción de los derechos civiles, la corrupción de la solidaridad y la destrucción de la subjetividad en un contexto de masificación, supervivencia y terror es, en conjunto, una realidad que, desde el caso de los estudiantes de Ayotzinapa, nos cuestiona sobre el valor del lazo político que pueda hacerle frente a la corrupción e indiferencia.

 

Banalidad del mal y violencia

Otra clave para entender el mal radical desde el totalitarismo en la propuesta de Arendt se encuentra en el texto "Eichmann en Jerusalén" (2009) con la idea de la banalidad del mal. ¿Qué implica esta banalidad? No es, contrario a lo que pareciera, el límite o el extremo de una anormalidad moral o psíquica de quienes participan de la destrucción de otros, sino el núcleo de la normalidad misma:

Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de delincuente –tal como los acusados y sus defensores dijeron hasta la saciedad en Nuremberg-. Que en realidad merece la calificación de hostis humanis generis, comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad (Arendt, 2009: 402-403).

El mal radical que introduce el totalitarismo se localiza en la supresión y exclusión de la condición humana y su dimensión política desde una normalidad acorde a los deberes de la ley. La banalidad del mal es entonces, cometer actos monstruosos pero sin motivos monstruosos basados en una superficialidad del pensamiento, inhabilidad para pensar desde el lugar de otra persona, es decir una dificultad no cognitiva –Eichmann sabía lo que hacía- sino una dificultad del juicio en su dimensión política y ética apelando al deber de manera irreflexiva: “yo sólo obedecía órdenes”.

Lo que pasa en México a partir del caso de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa: movilizaciones sociales, protestas de connacionales y ciudadanos en otros países, cuestionamiento desde la academia y los medios y sobre todo, las muestras de una tensión social y su latente explosividad remitiría a la tesis de Arendt: hay violencia social que evidencia la frustración política.

La simulación de la política desde las instituciones corruptas y coludidas con el narco poder dificulta el diálogo, el reconocimiento de los ciudadanos y sus derechos en el pacto social, lo que provoca una reacción “racionalmente” violenta, aunque escandalosa para los obedientes ciudadanos. Si bien es cierto que Arendt sostiene que es irracional pretender un uso y control de la violencia como instrumento para la política a largo plazo, hay cierta violencia que, en esas condiciones de no escucha y desacuerdo, sirve racionalmente para dar salida a la frustración de la acción política (otro debate será necesario para analizar el atributo de racionalidad de la violencia a la luz de la analogía de ciertos actos violentos irracionales con el “pasaje al acto” en psicoanálisis como lo propone Zizek). Si bien la política es una práctica de reconocimiento, de escucha, diferencia y acuerdo que como tal sería opuesta la violencia, esto no niega que hay eventos sociales que, aunque violentos por parte de los ciudadanos, sean racionales. Esto implica un entendimiento de la violencia sin que necesariamente se justifique dado su carácter de acción humana impredecible. Por supuesto, esto no aplica igual para las instituciones del estado que estarían en un lugar jerárquicamente superior dado el pacto social por lo que si las fuerzas del estado usan la fuerza contra civiles, como ocurrió en Iguala sería el caso del uso monopólico y legítimo, algo falso como sabemos; o sería el caso del terrorismo de estado en tanto que se usó para mantener la simulación del status quo contrario a los intereses y derechos básicos de los ciudadanos.

El énfasis no se puede ubicar del lado de los asesinos materiales como monstruos que destruyeron literalmente la existencia de los estudiantes normalistas. Su responsabilidad es evidente, así como la actualización radical de la banalidad del mal en sus actos al obedecer órdenes. Por supuesto está la responsabilidad de los poderes que conforman al estado en la cadena de corrupción entre el gobierno de Guerrero y las mafias. Aquí se enfatiza la cuestión sobre la responsabilidad de quienes pudiendo exigir cuentas y cambios de esa corrupción e impunidad terminan replicando, como ciudadanos obedientes, la justificación oficial vacía que excluye al Estado de su responsabilidad: gobierno, instituciones y los mismos ciudadanos. La ciudadanía obediente participa de esa simulación aunque sea opuesta a sus derechos y necesidades cívicas en la comunidad política.

Para fines de la lucha que restablezca el poder político en los ciudadanos esa postura sería inaceptable. Pero por lo menos es necesario dejar la cuestión para debatirla: para los fines de una práctica política más auténtica ¿es más valiosa una expresión de frustración política violenta que cuestiona la simulación de la política oficial que una obediencia basada en la indiferencia de los males de la comunidad política en aras de una supuesta paz social?

Referencias:

Arendt, Hannah (2006) Los Orígenes del Totalitarismo. México: Taurus.

____________ (2009) Eichmann en Jerusalén. Barcelona: Debolsillo.

____________ (2010) Sobre la violencia. Madrid: Alianza.

Bernstein, Richard (2004) El mal radical. Buenos Aires: Lilmod.

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Modificado por última vez en Sábado, 25 Junio 2016 21:53