Lunes, 05 Agosto 2019 06:24

Sobre las 256 derrotas o del reproche del éxito

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Peter Buckley Peter Buckley http://archivo.marca.com/edicion/marca/otros_deportes/boxeo/es/desarrollo/1179376.html

 

¿Cuál es el lugar en el mundo de “los miles alguien” como Peter Buckley? Alguien que no está en proceso de, ni está viviendo una mala racha. Estamos hablando de alguien para quien la derrota es el pan de cada día, un trámite diario ¿un perdedor en términos capitalistas?, ¿cuál es, por ejemplo, el valor que los otros le dan, si alguno le da algún valor? Pero más importante, ¿cuál es el significado que Buckley da a sus resultados, a la práctica de su arte, su oficio, su profesión? Parece que enfoca su pensamiento y su acción en el oficio en sí, no se enfoca en el resultado, o siquiera en cómo se siente él, respecto a estos resultados. Saca su pensamiento de sí, piensa en su actividad. No repite el lastimero cuento, tan usado hoy en día de “te van a criticar por todo”, no desprecia el decir de los demás, sencillamente porque no le ocupa. Parece lógico que los buenos resultados llegarían tarde que temprano, pero nunca pasó, a pesar de la disciplina y la constancia.

Buckley pasaba todo el tiempo en el gimnasio atendiendo su oficio, de pronto se volvió común tomar peleas de emergente, las que por obvias razones no terminaban en triunfo. Llegó a tomar peleas con 7 horas de anticipación. No se trata acá de decir que había en estas derrotas una victoria interior o una relativa, quiero decir que asumir la derrota sin maquillarla permitió al inglés comprar una casa y auto, pagar educación y vacaciones. El oficio, su oficio, su trabajo le dieron para esto, ¿no se trata acaso de eso el trabajo? El éxito se le negó, tiene todo lo demás que muchos trabajos de muchas personas en el mundo no prodigan.

El placer en el desempeño del oficio es mejor que el éxito –aunque en un mundo vertiginoso y competitivo es menester algo de éxito para sobrevivir-, pero este no consiste en celebrar cada trozo de cebolla cortado por el chef, ni consiste en agradecer a dios y al destino cada postre que salió rico, esas son fantasías que permiten a la gente no sentirse irrelevantes. Quiero decir que el oficio, no el individuo sacando jugo del oficio, sino el individuo entregado al oficio, es más importante que el éxito, es un modo de salir de sí mismo, de sustraerse de la personalidad, de la constante autodefinición del sí mismo.

No se puede negar que el éxito relativo tenga una fuerte función inspiradora que siempre será imprescindible en la existencia humana, somos una cultura cuyos sentidos más profundos (pero menos revisados) emanan de los metarelatos. Verbigracia, nadie recuerda el final de la primera pelea entre “The italian Stallion” y Apolo Creed en “Rocky I” (1976) porque el éxito relativo del personaje principal respecto a su evidente desventaja fue tan reverberante que volvió insignificante el éxito objetivo del oponente. Lo que se dice muchas veces en el deporte es que hay derrotas que saben a victorias y victorias que saben a derrota. Hasta ahí estoy de acuerdo.

Tampoco se puede negar la fuerte carga afectiva y regenerativa que tiene el éxito interior. El haber terminado el maratón de 10 kilómetros después de 5 años sin hacer actividad física no se puede considerar un fracaso por supuesto, aun haberlo terminado en el lugar 25 o 40. Recuerdo cierta alumna que defendió su tesis de grado ante un jurado bravío, al no irle tan bien, argüía sobre la satisfacción de cursar y aprobar 8 semestres, terminar un producto de titulación y etc., llegar simplemente a esa instancia aun a pesar de tener que defender su trabajo en repechaje, ella sabía el trabajo que le costó tal tarea y se valía por supuesto decir “esto tiene un valor”. Lamentablemente para titularse no bastaba tal satisfacción, había que corregir y aumentar el trabajo. Porque aceptando el valor del éxito relativo y del éxito interior no es el caso caer en la trampa, de ensalzar cada clavito si somos carpinteros, esto es tramposo y egocéntrico, nos volvería a todos triunfadores, exitosos por default. La cosa no va por ahí, el perro mordiéndose la cola por más horas que lleve en tal, no corre la gran carrera.

La imagen del self made man sedujo a muchos europeos a dejar sus países, que por demás atravesaban circunstancias difíciles. Era innegable el deseo ferviente de embarcarse a Estados Unidos con la idea de que en este país se podía, si un hombre era inteligente y tenaz, lograr todo lo deseado. “El país de las oportunidades”, “sólo en América”, “el sueño americano”, son apocopes muy conocidos que expresan la esperanza de estar mejor. No es el caso por ahora hablar de los migrantes, de si estos obtienen una mejor calidad de vida, sabemos que algunos si, y que algunos no. El asunto ahí es complejo. La idea del hombre que se hace así mismo tiene tres posibles interpretaciones que es interesante revisar. Por un lado, es el individuo que toma responsabilidad sobre todos los aspectos de su vida sin culpar a dios, al destino o a los otros, aunque el resultado sea incierto. Por otro lado es el individuo que llega a su realización, al éxito, a pesar de todos los obstáculos y es más, de ellos necesita para que su triunfo sea más estruendoso, es el hombre que necesita ser envidiado, que necesita tener enemigos, que surge de los estratos más desfavorables. Y por último, el hombre que transita las dificultades, pero, contra ellas y con ellas logra por fin el bien anhelado.

La cultura griega en cambio tenía la figura del antihéroe, que es aquel cuyo destino trágico, cuya imposibilidad de lograrse estaba determinada por los dioses, pero que incólume aceptaba “sin Yolanda Mari Carmen” su destino. Es el individuo al que el infortunio le hacía los mandados y que miraba hacia arriba, jamás cabizbajo. Este antihéroe no comulga con la actual idea de éxito, donde el fracaso es taboo, aunque se quiera recortar de su tela la cuestión del aprendizaje o de las pruebas que diosito nos pone para premiarnos después por nuestra paciencia y fe, por favor. En realidad estas dos formas de sublimar el fracaso, implican negarlo, no aceptar que a veces se fracasa rotundamente.

Tampoco en la cultura griega se hablaba del éxito, ni de la felicidad. La euforia borboteante es una idea moderna que necesita poner al individuo por encima de todo y que ha llegado a ser más que una aspiración; una exigencia cultural. Ellos pensaban en cambio con el concepto del buen vivir, el de areté o virtud, y poco después de la influencia aristotélica, con el de ataraxia o estoicismo que implicaban algo menos chispeante que el éxito o la felicidad, y eso bastaba para sentirse a toda madre, los griegos no eran nada aburridos sabían disfrutar de la vida, pero también aceptaban que el esfuerzo y el dolor no siempre conllevan el resultado esperado; y esto esto parte de.

Para Gurdjieff la realización del hombre consiste en la intención de alcanzar su máximo potencial pero esto implica abandonar el ego, dejar el ensimismamiento que implica una fantasía; la fantasía sobre el propio yo. Armonizar con el interior y el exterior implica vivir en el trabajo, el trabajo es la actividad más importante y más disfrutable para Gurdjieff, quien logre ser uno con su trabajo y al trabajar pensar en el trabajo y no en sí mismo es el hombre completo. No es una cuestión de remuneración, contratos u horarios, es una cuestión de vivir honrando una actividad que impacte positivamente todas las esferas de la vida cotidiana, no es el sometimiento cristiano al trabajo, el vasallaje, el autoesclavismo, tampoco aquí está presente la idea del éxito a la gringa que se ha filtrado en las culturas latinoamericanas.

Curiosamente la palabra éxito en su etimología (de exitus) implica término, salida o fin de algo, de ahí viene también la palabra ejido (exido, exitas, exitus) que era precisamente la salida o el término de la ciudad, los terrenos de siembra. La palabra del inglés exit conserva más genuinamente este sentido, mientras que usan el sustantivo success para aquello que sale inmejorable. En español, la única familiaridad sería la palabra sobresalir, o la expresión salir por encima de los demás, locuciones que si implicarían exitus, pero que aluden a un lamentable habitus mexicano de pasar por encima del otro.

¿Y qué con todo esto? Se preguntará el amable lector. La respuesta es que mi interés es desprestigiar la idea del éxito, y esto implica como ya se dijo dejar de embellecer la idea del fracaso. No afirmo que la tragedia y el dolor son la única opción, digo que ser el mejor, o ser muy bueno y competente para alguna actividad no implican necesariamente una satisfacción. Par de cosas que en la idea del éxito conforman una sola idea, ser el mejor es ya satisfactorio por sí solo, ser el mejor es ser exitoso. La satisfacción que una actividad nos proporciona tiene que ver con el interés que pongamos en ella y con inclinaciones naturales ante ciertas actividades y habilidades.

Peter Buckley considerado uno de los peores boxeadores de la historia con un record de 31 victorias, 256 derrotas (si, 256) y 12 empates, ha pasado su vida en el gimnasio sudando la gota gorda, amando cada minuto de su oficio durante 300 peleas (1989- 2008). El éxito, en sentido social es absoluta y pendejamente irrelevante para un antihéroe a la griega. Cuando sea grande quiero tener los huevos de Peter Buckley para subir al encordado y entregarse así mismo, darlo todo sin la promesa del éxito.

Modificado por última vez en Lunes, 05 Agosto 2019 07:19
Edson Javier Aguilera Zertuche

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara, Maestro en Estudios Filosóficos y Licenciado en Filosofía por la Universidad de Guadalajara. Profesor de la Maestría en Derecho, la Maestría en Administración de la Universidad Enrique Díaz de León y de la Licenciatura en Intervención Educativa de la Universidad Pedagógica Nacional. Autor de diversos libros y columnista.