Martes, 30 Junio 2020 19:04

El relajo de la pandemia

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En 1966 Jorge Portilla publicó su primera edición de “Fenomenología del relajo” en donde analiza el bien conocido hecho de que los mexicanos hacemos broma de todo. Se propone con ese texto explicar la naturaleza de este comportamiento arraigado, tanto como desmenuzar sus diferentes manifestaciones. Luego explica su origen y sus características como un fenómeno moral. A Portilla no le interesa crear un relato jocoso y costumbrista de este ethos mexicano, como sí lo hizo Armando Jiménez con su texto “Picardía mexicana”. A Portilla le interesa comprender el hecho en sí. Pero sucede algo que choca al mexicano, cuando se quiere comprender un relajo, una broma, un doble sentido uno no pasa por serio, perspicaz, curioso o interesado, sino por aguafiestas.

Una manera en que el mexicano enfrenta aquello que le es ajeno, difícil y le exige subir de nivel es “quitarle valor”, bromear con eso aunque sea momentáneamente. Este “quitar valor”, según el autor, tiene que ver con la proposición de otra postura, que por lo regular convoca a los demás a desembarazarse también de aquella dificultad, esto provoca que sea apoyado fácilmente en pensamiento, palabra o gesto. Es necesario que haya estos otros, pues este “quitar valor” no es posible sin un tercero; gastar una broma sí, quitar valor a un acto o intención con una broma no. Estamos ante un contexto que hubiera encantado a Portilla, ahora estos otros pueden ser convocados por internet, a diferencia del contexto en que el autor lo planteó.

Si bien el peso de las cargas que nos impone la pandemia es mucho más llevadero si lo tomamos “con filosofía” (que en realidad es una falta de filosofía y una sobra de sentido común), nos encontramos ante algo ya vivido. Esto ya vivido no es la pandemia en sí, ni sus circunstancias particulares, esto algo ya vivido es el mexicano ante la oportunidad de transformarse, reflexionar, cambiar algo en su forma de interpretar el mundo y que sin embargo decide hacer un gesto de ironía ante sus propias contradicciones, bromear jocosamente ante la imagen desnuda e incongruente de su propio yo y distraerse rápidamente con aquello que le llega de fuera y que le muestra algo con lo que se siente muy bien: los otros están haciendo lo mismo.

No tiene nada de malo entretenerse un poco. Sin embargo, en este tiempo que parece de espera pero que más bien es de transformación, muchos han sentido suspendida la vida como entretiempo o intermedio cual película clásica: un respiro y a continuar. Esto no es así, no es el tiempo sumergidos en el fondo de la alberca, porque de algún modo sin verlo llegar, vivimos ya en el fondo de la alberca, hay que desarrollar branquias nuevamente. La vida se desagregó en asuntos que estaban amasados en un molote. El ingreso monetario, las relaciones amorosas, la alimentación, las horas de sueño, los horarios de trabajo- horarios de descanso, los hábitos del sueño, la vestimenta, el ejercicio- la salud, la alimentación del ego presumiendo los paseos, compras y comidas, la relación con los hijos, hermanos, padres, esposos y modificadas al estar más en casa, la educación institucional, la convivencia con los amigos, el mantenimiento de los vicios como el alcohol, las drogas, la soda, el tabaco, el advenimiento de trastornos mentales o afectivos inesperados, la vida sexual trasfigurada que vaticina un baby boom post- pandémico.

Cambios de sopetón que desarticularon el auto-concepto de muchos, sobre todo de los que lo habían dibujado extrínsecamente de acuerdo a modas, costumbres sociales, blofeando, snobeando. Salieron a la luz también las teorías conspiratorias, desde algunas plausibles argumentativamente, hasta aquellas dignas de un relato de Isaac Asimov, relumbraron las preferencias políticas y las ideologías de clase, destellos en que pudimos ver que no hay algo unitario, homogéneo llamado “el México”, sino el México de los que tienen y el de los que no. Diferencias cada día más irreconciliables; si la pandemia sigue no seremos siquiera caras de una moneda, sino enemigos francos. También brotaron todas las evidencias de las fallas de nuestro sistema de instituciones, fallas que ya sabíamos pero que necesitaban ser puestas al sol para que nadie pudiera negarlas con verborrea. Miles o millones de asuntos legales detenidos y empolvados en viejas carpetas, procesos educativos truncados o regalados, servicios de salud limitados por obvias razones pero evidentemente limitados desde antes, redes comerciales informales que demostraron ser fundamento de la sobrevivencia de muchas personas. Una interminable lista de vicisitudes que requerirían una por una, un análisis detallado; sin embargo hay una constante: el relajo.

¿Qué hace culturalmente posible que pese a cualquier circunstancia el mexicano le conceda más importancia y tiempo vital al relajo?, ¿qué posibilita que se prefiera la dispersión, la risotada, la distracción desmedida ante las actividades de desarrollo?, ¿qué significa en términos del intelecto del mexicano usar frenéticamente tik tok?, ¿dónde quedaron, en los itinerarios existenciales, todos los libros pendientes, el tiempo para hacer ejercicio, las tesis, los arreglos de casa, las duchas sin prisa, las lenguas extranjeras que son compromiso propio, las acuarelas que necesitaban solo un fin de semana libre? No se trata de la auto-explotación, ni de automatismo, el goce, la distracción y la risa es sana por sí misma. Mis preguntas en primer término las hago para mí mismo en tanto carente de una mayor congruencia, pregunto porque detrás de esta tendencia al relajo enraizada en nuestro tuétano, hay profundas causas que impiden formas individuales y culturales mejores, el relajo desmedido es un tope, qué digo tope, barda. Necesitamos reflexionar sobre esto y retomar a Portilla, Samuel Ramos, José María Mora, José Vasconcelos, Leopoldo Zea, Octavio Paz para abrevar pistas de una mexicanidad que no sea graciosa y triste a la vez porque no hay nada más desalentador que darnos cuenta que viendo un poco más cerca lo que nos daba tanta risa nos deje la cara seria y pensativa. Y necesitamos reflexionar en serio, porque querer dar revés al desordenado habitus del mexicano con coaching y empredimiento es como querer tapar la fuga del fregadero con plastilina: ya todos sabemos cuál es el resultado.

Modificado por última vez en Martes, 30 Junio 2020 19:09
Edson Javier Aguilera Zertuche

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara, Maestro en Estudios Filosóficos y Licenciado en Filosofía por la Universidad de Guadalajara. Profesor de la Maestría en Derecho, la Maestría en Administración de la Universidad Enrique Díaz de León y de la Licenciatura en Intervención Educativa de la Universidad Pedagógica Nacional. Autor de diversos libros y columnista.