Miércoles, 13 Enero 2021 19:31

De la identidad o de la imposibilidad del "Yo soy así"

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¿Quién soy? ¿Quién soy? https://lamiradadelislott.wordpress.com/2013/07/31/quien-soy-yo/

Tommaso Buscetta fue un capo de la mafia italiana de Palermo con actividad delictiva en Argentina, Brasil, México, Estados Unidos y su natal Italia. A Buscetta le torturaron, mataron y disolvieron a dos hijos tras negarse a participar en la guerra contra Toto Rina y Bernardo Provenzano jefes de la mafia Corleonesi que emprendieron una estrategia para eliminar a todas las otras mafias italianas. Justamente quienes le causaron tanto daño a su familia fueron los jefes de la misma mafia Palermitana. Tommaso se negó en primer lugar porque intentaba hacer una nueva vida después de estar preso en Italia y Brasil, había conocido a quien fuera su última esposa y tenía también hijos con ella, no estaba de acuerdo con el tráfico de drogas en que la mafia había empezado a participar, además, sabía perfectamente que la Palermitana había caído de nivel y no era oposición para Rina y Provenzano. Totó Rina era apodado “la bestia” y había matado personalmente a 40 personas además de ordenar la ejecución de más de cien, y su jefe, Bernardo Provenzano eludió una orden de aprensión durante 40 años, lo que no le impidió manejar primero la mafia Corleonesa, Palermitana y la Cosa Nostra completa después. Así que Buscetta no estaba desatinado al sugerir a los palermitanos que lo mejor era negociar con Rina y Provenzano; pero sus excompañeros hacían preguntas falsas del tipo “¿quieres participar o quieres participar?”.

En 1986 tras ser capturado y expatriado a Italia nuevamente, decidió romper la omertá y testificar para el fiscal Falcone (después moriría porque la mafia puso una bomba en un camino donde sabían que él iba a pasar), quien logró con las 3000, sí 3000 páginas de confesión de Tommaso, encerrar cerca de 400 mafiosos muchos de los cuales fueron condenados a cadena perpetua. Así las cosas y como es sabido que la mafia italiana nunca perdona, vivió el resto de su vida como testigo protegido, cambiando de identidad, sometiéndose a cirugías faciales y cambio de voz, impedido de trabajar, de salir a reunirse con vecinos o amigos, imposibilitado totalmente para hablar con cualquier persona italiana. Sus hijos y esposa tenían prohibido decir la palabra Buscetta bajo cualquier circunstancia y tenían que cambiar de domicilio cada tres años. Todavía hoy sus hijos viven con identidades falsas y no se reúnen nunca.

Buscetta se volvió un tipo serio, enojón, que golpeaba a sus hijos cuando antes era cariñoso, sobre los mayores no tenía autoridad puesto que no había estado para participar en su crianza y no era en realidad un animal doméstico, “no se hallaba” dentro de casa, le preocupaba que sus hijos se “americanizaran”, jamás se adaptó plenamente a Estados Unidos y después de haber sido capo y tener bajo su comando a cientos de soldados, estar sentado en el sillón cambiándole a la televisión no era vida, aunque para muchos es el sueño perfecto del retiro. Luego el verse en el espejo y no reconocerse completamente, hablar a su esposa con una voz distinta implicó una fuerte disociación.

¿Quién era Tomasso Buscetta, cuál era su verdadera identidad? La identidad como eso que permanece de uno mismo a pesar de los cambios de la vida, porque estamos de acuerdo en que puede cambiar el nombre, el rostro envejecer, el cuerpo operarse, pero hay algo que permanece, las relaciones pueden terminar, ponerse en pausa, inaugurarse y uno sigue siendo uno mismo ¿qué no? He defendido en otros artículos una visión funcional de la identidad, esto es, uno es, no porque tenga una esencia, esa esencia es un supuesto no comprobado, sino que uno es por las funciones que realiza y cómo las realiza. El maxiprocesso que Buscetta desencadenó al romper la omertá, implicó el trastocamiento de las funciones, y puestos de la mafia así como el rompimiento abrupto de sus propias funciones como capo, las cosas que había aprendido como mafioso no tenían uso en su nueva vida. No sabía cómo es estar encerrado en casita, no piensen en covid- 19 por favor.

Francois Dubet explicó en sus estudios el cambio de perspectiva desde la sociología: primero se veía a un sujeto como parte de un sistema, determinado por las estructuras sociales dentro de las cuales tiene sentido su existencia, y luego, se dio crédito al sujeto como individuo, como agente creativo de su propia existencia. Ahora finalmente en el contexto contemporáneo se entroniza al individuo como lo más importante sobre cualquier forma de socialización sea la familia, la iglesia, la escuela, el trabajo o la clase social. Exceso que ignora que una ficha aunque sea el comodín cobra sentido sólo con las demás fichas del juego, el comodín solo no es nada. Dubet, reconoce pese a este exceso contemporáneo que la identidad está anclada a la eficacia de las socializaciones en las que participa el individuo y no niega el hecho de que a la par de una identidad individual, hay una identidad social. Incluso, es interesante que aunque una persona se considere única compartimos adscripciones sin darnos cuenta, estas adscripciones empiezan por la especie, es decir, usted no puede hacer nada sobre- humano porque es humano, no puede exceder los límites biológicos de su especie aunque quiera hacerse millones de tatuajes en su cuerpo su cantidad de piel es limitada no importa que engorde todo lo que pueda. Luego tenemos todo aquello que Durkheim llamó hechos sociales, se nace en un lugar donde se aprende una lengua, donde ya hay un sistema monetario, donde hay cierto clima, condiciones materiales y todo eso no depende de nosotros. Yo hablo español como lengua materna y esa lengua carga ya dependiendo de la región geográfica donde nací ciertas cosmovisiones que me gusten o no, yo comparto, son parte de mi yo. Mi vocabulario por ejemplo estará apegado a mi estrato social y al vocabulario que tiene mi familia de origen, aunque pueda ampliar este vocabulario después.

Erving Goffman profundizó en la presentación de la persona en la vida cotidiana y muestra como la identidad es algo que “se negocia” en lo social, como es que ciertos estereotipos nos ayudan a saber qué esperar y qué no esperar de ciertos tipos de personalidades, nos auxilian a saber comportarnos de una manera ad hoc dependiendo de con quién estemos. Se dice falsamente “a donde fueres has lo que vieres” pero no es precisamente a dónde, sino con quién. Usted está en lujoso palacio con escalinatas de mármol rosa y candelabros de oro bruñido, pero el palacio está solo, usted puede comportase como se le dé su chingada gana, eructar, rascarse el trasero, pero si hay alguien es diferente. El lugar no tiene nada que ver sino la compañía, si de pronto aparece el jardinero puede relajarse y platicar de ciertas cosas, bajarse de nivel, pero si llega el Duque del palacio la cosa cambia. Y entonces en este adaptarnos ante quienes estamos ¿dónde queda esa identidad presumida y defendida a capa y espada?, ¿dónde queda ese “yo soy así, así seré…”? queda en palabrería. Goffman afirma que las expectativas sobre las personas, se vuelven también auto- expectativas, para bien o para mal se espera que el hijo de un empresario no sea un vagabundo, se espera que el hijo de un obrero no sea menos que obrero en la escala de estimación social. Se espera que una señora católica de 50 años, casada y con hijos tenga cierto comportamiento en sociedad y ese comportamiento no implica solo lo que esperan los demás, sino que son autoexigencias de la señora católica, ella sabe qué roll evitará un cúmulo de crítica social, verdaderamente le importa y por tanto con ello mismo va auto formando una identidad social e individual si se quiere ver desde la perspectiva de Dubet. Por eso componer una identidad seleccionando entre las modas (no hablo sólo de ropa) siempre estará limitado por lo que hay en ese momento “culturalmente disponible”.

También las identidades tienen modas, no es lo mismo defender una postura feminista en los años 60 que en 2021, porque las discusiones sobre el tema, las prerrogativas políticas, las leyes, y lo socialmente correcto va transformándose al paso del tiempo y dependiendo del nivel cultural de los diferentes países, incluso no es solo un simple de peor a mejor, es un error suponer que siempre tendemos a la mejora. Ahora, por ejemplo, hay una cantidad de productos televisivos, películas y programas streaming que aprovechan este momento de valoración social hacia las mujeres para, poniendo a una mujer como heroína, ganar audiencia y gran consideración social, es más interesante que el protagonista de “Gambito de dama” sea una mujer, aunque se replica la vida de un ajedrecista que en realidad fue varón. La audiencia no sería la misma. Es cuando Goffman repara que estas identidades antes deterioradas, estigmatizadas, obtienen un plus de su propio estigma, hay una ganancia secundaria para grupos desfavorecidos con alguna característica, con esta característica pueden hacer un proyecto de vida y económico, agruparse, exigir ciertas concesiones políticas, económicas, hacerse ver como personas de avanzada, constituirse en líderes sociales, pero todo con base en ese estigma.

Pero estos estigmas mal intervenidos socialmente tienen un reverso peligroso. Pongamos por caso la paridad de género cuya noción central es que si hay seis puestos para ocupar cargos populares estos deben ser llenados con tres varones y tres mujeres, sin darse cuenta que esta política en realidad puede resultar discriminante para las mismas mujeres, (grupo al que pretende favorecer), porque qué tal si una cuarta mujer está más calificada que el varón que ocupa el lugar cuatro, igualmente puede resultar en un caso de discriminación inversa al dejar fuera a un varón que no por ser varón, sino persona participante sea el cuarto mejor, él también estaría siendo discriminado por su género. La solución verdadera sería buscar mecanismos que garanticen que una persona no será desfavorecida por su género, raza, estatus social, características físicas, etcétera.

La identidad se constituye también al ser reforzada o ablandada por estas valoraciones sociales o políticas, ¿qué conviene destacar de mí en estos tiempos convulsos y qué conviene esconder, disimular? Schopenhauer creía verdaderamente en algo llamado “lo que uno es en sí mismo”, él decía, omitamos todo aquello que se puede perder, la belleza, las posesiones, los puestos que ocupamos, todo eso puede perderse de la noche a la mañana por descuidos, accidentes o azares del destino si se quiere, pero la suma de las verdaderas capacidades como el carácter, la inteligencia (él pensaba que era innata), la herencia biológica, son cosas que no se pueden sustraer al individuo, para Schopenhauer eso constituye la verdadera identidad. Y tiene algo de razón ¿cuántos no hemos conocido personas cuya única fuente de identidad es el puesto que desempeñan?, cuando ese puesto deja de existir o existe encarnado en otra persona, la identidad se desmorona, y se llega al reconocimiento nunca tardío, de que cuanto más rápido asimilemos que yo no soy mi puesto más rápido trabajaremos en una verdadera identidad. ¿Entonces la identidad se conforma por mis características?, ¿dónde queda esa identidad social?

Los antiguos griegos no tenían este dilema puesto que la identidad es un planteamiento moderno, a ellos les bastaba ser griegos y su identidad casi siempre se constituía en oposición con otras culturas como los persas, aunque se aliaran con ellos según convenía, esto quiere decir que un griego no tenía que preguntarse, ni preocuparse por conformar una identidad propia, ¿para qué? No tenía ningún sentido. La identidad se configura como pregunta porque surge la ultra valoración del individuo, la presión por ser especial y ser único aunado a la obligación de ser feliz; estos problemas los he tratado en otras reflexiones.

La cuestión de la identidad llega a ser tan honda que Pierre Bourdieu indica que la biografía de una persona está atada a su identidad, pero que el hecho de explicar esta biografía como una secuencia ordenada y lógica de acontecimientos es una ficción, para acercarnos a la conformación de una identidad, si es que la hay, deberíamos aceptar primero todo lo ilógico, incongruente y contingente que pueden ser ciertos momentos de nuestro trayecto vital, luego habría que reconocer que comúnmente seleccionamos perniciosamente eventos de nuestras vidas que nos acercan a modelos preestablecidos de vida: la vida como camino, la vida como redención, la vida como escalar una montaña, la vida como descubrimiento, la vida como renacimiento, la vida como transformación, etcétera. Estos modelos aportan una gran fuente de inspiración, pero también es nuestra responsabilidad reconocer que son ficciones y que su beneficio tiene límites.

Bourdie nos presiona a reflexionar sobre nosotros mismos más allá de nuestra historia hecha con recortes de lo bonito. Incluso la reflexión invita a reconocer: hay quienes no tienen la oportunidad de ficcionar su vida, de biografiarse, algunos acontecimientos son tan fuertes incluso para personas que ostentaron un poder grande como Buscetta que se pone en juego la existencia misma, la familia, el modo de vida, pero sobre todo la identidad. La identidad de Tommaso Buscetta fue trastocada por los acontecimientos en los que estuvo implicado, ¿habría algún sí mismo en él que permaneciera al paso del tiempo?

Nos inclinamos comúnmente a creer en una identidad ontológica, en una esencia de la persona que necesitamos para dar soporte a la creencia sobre la existencia después de la muerte. Claro que sería contra sentido común decir que Tommaso Buscetta no sabía quién era, él siguió siendo él (valga la redundancia) aunque no pudiera usar su nombre, su cara y su voz fueran diferentes. También sus funciones, sus acciones y la sensación que estas le prodigaban no serían nunca más parte de su existencia. No quiero que el lector piense que como cierre viene una moraleja, estas son un vicio humano que nos impide entrar a la complejidad de la realidad, me basta con quede constancia de que la identidad es agua entre las manos, existe pero no la podemos asir por mucho tiempo.

Edson Javier Aguilera Zertuche

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara, Maestro en Estudios Filosóficos y Licenciado en Filosofía por la Universidad de Guadalajara. Profesor de la Maestría en Derecho, la Maestría en Administración de la Universidad Enrique Díaz de León y de la Licenciatura en Intervención Educativa de la Universidad Pedagógica Nacional. Autor de diversos libros y columnista.

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