Viernes, 02 Abril 2021 05:10

El pensamiento crítico como proyecto de inconformidad

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El hombre pensante El hombre pensante http://www.musee-rodin.fr/es/colecciones/esculturas/el-pensador-0

La duda inauguró el pensamiento occidental en tanto oposición a las explicaciones mágicas, el preguntarse sobre el origen de las cosas implicó reconocer que los planteamientos teístas no alcanzaban más, no eran suficientes. Desde entonces el problematizar ha sido una tarea imprescindible en el avance de cualquier ciencia o disciplina y es que el avance depende del grado de inconformidad que presentemos ante los conocimientos que se van generando. Esta inconformidad no es afectiva, sino intelectual, en ese sentido el pensamiento crítico es siempre un proyecto de inconformidad y problematización frente a lo ya dado. Solo quien tiene intención de ver qué hay afuera de la caverna, comprende que las proyecciones dentro de esta son imagines falsas. Aludo por supuesto al mito de la caverna de Platón. Es muy interesante observar que el pensamiento crítico es aclamado socialmente y concebido como implícitamente bueno, pero al mismo tiempo este pensamiento es cancelado, ignorado, postergado y sometido por todos los medios posibles. ¿Cuáles son los medios, accidentes, acciones, hechos o causalidades que implican la sumisión del pensamiento crítico?

Habremos de empezar por la misma confusión de lo qué es el pensamiento crítico, ya que parece un lugar común concebir a este como una habilidad meramente escolar. Presento una lectura, pregunto a los alumnos algunas cosas más o menos específicas, pregunto otras donde tengan que usar cierto nivel de inferencia, otras donde imaginan determinadas conclusiones y listo, hemos desarrollado el pensamiento crítico. Este encasillamiento del pensamiento crítico en ciertas habilidades de interpretación y emisión de juicios es parte de, pero por no representa el en sí del pensamiento crítico porque no ve arriba de lo ofrecido en tanto ejercicio escolar, no se convierte en una actitud de vida, no se lleva más allá de asuntos que superen una prueba.

Postergar el pensamiento parece simplemente un imperativo. No es nuevo que individuos siempre atareados tengan poca oportunidad de abrir los ojos ante lo que se hace con ellos, para hacerlos rendir al mil por mil sin chistar, es necesario, según Byung Chul Han, que siempre estén gastando su tiempo en la auto-explotación creyendo que son más comprometidos por trabajar más, más exitosos por “lograr” más, y claro, que estén siempre temerosos de perder su empleo. Esto sencillamente entretiene y hace “dejar para después” el pensar sobre ciertas cosas que parecen no ser muy importantes porque no urgen, pero lo son. Un triste ejemplo es que la gran cantidad de gente dedicada a la enseñanza en todos los niveles dice no tener tiempo para leer, para pensar determinados asuntos. No lee más allá de los manuales que son obligados del deber institucional, estos manuales tienen más de instructivo, adiestramiento o mandamientos laborales, que de textos científicos. Es entendible que estos sean elaborados para objetivos específicos y que su labor no puede ir más allá de la capacitación y homologación, pero los académicos como agentes sociales de cambio no pueden contentarse con este nivel; bueno sí pueden. El estar ocupado todo el tiempo, el no tener tiempo para…, el postergar ser pensante para cuando haya tiempo, renueva el atraso hasta que el poco tiempo libre es tan comprimido y estamos tan exhaustos que “merecemos ese paseo”, “merecemos ese descanso”, “merecemos esa serie o película”. Postergar el pensar conlleva a nunca abrir la puerta del pensamiento crítico.

Asemejar la crítica a la queja o a estados psíquicos o energéticos no saludables resulta conveniente para sojuzgar el pensamiento crítico. Nietzsche concebía por medio de una analogía planteada en “Así habló Zaratustra” que la vida humana tiene al menos tres fases, la primera es representada por el camello, fase en que se carga con las ideas, prejuicios y deberes impuestos extrínsecamente, esta fase es vivida con una loza encima, como si fuésemos el Pípila todo el tiempo; luego viene la fase del león, fase en que destruimos esa carga con nuestro pensamiento, -ojo, esta fase no es de berrinche-, sino que Nietzsche se refiere a la transformación del pensamiento y la negación sistemática de las imposiciones; y luego viene la fase del niño, en la que el individuo ha de tomar la vida tan enserio como el niño toma en serio el juego, pero aun así, reconoce que esa lógica de acción vale para ese momento, no es universal. Así mismo el pensamiento crítico representa la fase del león, y no implica falta de salud. En lenguaje de Nietzsche, la crítica requiere incluso más vitalidad o voluntad que el sonriente auto sometimiento, implícitamente es más sano un hombre crítico que soporta una agria verdad a quien la niega con el afán de seguir sonriendo. Es muy común que se interprete la crítica como una queja, como un signo de insatisfacción o como un alejamiento de cierta salud mental, incluso ya muy posmodernamente, la crítica es negativa en el sentido de energía y se piensa que la energía atrae o aleja cosas. Estas interpretaciones exprés son negación rotunda ante la objetividad. Schopenhauer diría que a voluntades llanamente débiles urgen negar verdades. Nietzsche y Schopenhauer en tanto vitalistas plantean que el pensamiento crítico es expresión máxima de salud, porque la crítica nos ayuda a transformar eso que vemos afuera, reconocemos en nosotros mismos y que no es visible para otros que renuncian al pensamiento crítico. De modo que asemejar la crítica a la queja implica negar la complejidad del mundo y la aniquilación de la verdadera vitalidad.

Hay una obsesión por la broma sin pasar del nivel de la broma. Maestros de la ironía como el mismo Nietzsche, Juan José Arreola, Jorge Ibargüengoitia y algunos otros sabían que la broma inteligente es la entrada a la crítica. Efectivamente el reírse de sí mismo y de las situaciones que se reconocen como disparatadas, contradictorias o simplemente absurdas; es muestra de una percepción desarrollada y ayuda a cortar el agrio de ciertos sinsabores cotidianos. Sin embargo, estos pensadores no se contentaban con la risotada simplona, entendían que habíamos de ir más allá de la risa, porque la obsesión por la broma puede también cancelar el pensamiento crítico, hacernos procastinar y tirar tiempo vital al resumidero. Es como si quisiéramos resolver una parálisis facial burlándonos de nosotros mismos por el aspecto de nuestras facciones al torcerse, cierto que alguien puede reírse al verse en el espejo, pero luego sigue otro paso, atender esa parálisis, alcanzar el medicamento como se pueda y tomarlo, llamar para pedir ayuda, si usted se queda en el nivel de la risa… la parálisis se puede extender, hay un momento para reír y un momento para tomar las cosas en serio. Mary Migdley en “Delfines, sexo y utopías” concibe que nuestros pensamientos implican posturas, y las posturas implican decisiones, las decisiones se convierten en acciones y las acciones desembocan en consecuencias. Cuando no atendemos nuestros pensamientos no somos conscientes de nuestras acciones y por tanto no entrevemos las consecuencias. Es interesante estudiar la concepción de Jorge Portilla sobre la broma en “Fenomenología del relajo”, obra en que se plantea una negación de los hechos del mundo a través del relajo, de la broma. Ya he revisado las consecuencias de la obsesión por la broma en otros textos. Por ahora planteo que cuando no se pasa del momento de la broma al momento de la reflexión se instaura otra forma de postergación del pensamiento crítico.

Hay una fragmentación del pensamiento en tanto somos libres de concepciones acabadas de la vida, y esta libertad tiene como contracara constituyente un vacío. En épocas pasadas el cristiano ortodoxo o el musulmán tenían una cosmovisión que explicaba una gran cantidad de sucesos de su vida, estos sistemas de dogmas eran más o menos congruentes y organizaban sus creencias en un todo. En tanto la modernidad hiper tecnológica e hiper conectada ofrece interpretaciones de la vida como productos del supermercado (porque son accesibles para todos, pero no se tiene idea de cómo fueron producidos), podemos bien profesar la fe católica, pero a la vez decidir creer (sí, decidir creer por extraño que parezca) en los horóscopos. Digo que esto es fragmentación del pensamiento: por ejemplo, la iglesia católica afirma que los horóscopos son creencias paganas y falsas. Bien, el individuo tiene libertad de elección y decide comodinamente elementos de “distintas fes” según le convenga y no ve, que estas “ideas- productos” que elige, (ser católico y creer en los horóscopos), se auto eliminan, son incompatibles, para que uno sea verdadero el otro tiene que ser falso. Es posible esto y más porque damos a las ideas tratamiento de mercancía, sin concebirlas como parte de completa teoría, cosmovisión, modelo, es tan fragmentario como tomar un jabón cualquiera del estante del supermercado, no reparamos en esta contradicción, y más allá, nos molesta la observación, “es mi dinero, yo compro el jabón que quiera”. Esta fragmentación del pensamiento representa otra de las formas de sumisión del pensamiento crítico porque desconecta ideas, al aceptar “el todo vale” le da al pensamiento un carácter utilitario, nihilista y mercantil negando todo su valor epistemológico e imposibilitando cualquier cosmovisión seria.

El terror ante el aburrimiento es abrumador y se teme más al aburrimiento que a la misma muerte, si no es así por qué tanta urgencia por ir de vacaciones en plena contingencia cuando hemos visto que todo se puede ir al caño en un abrir y cerrar de ojos. El deber de ser feliz, representar relajamiento, disfrute, goce, y también ¡claro que sí¡, de presumir status y poder adquisitivo presionan fuertemente no solo para divertirnos en lugares concurridos, sino para publicitar esos divertimentos, porque es más importante mostrarlo que vivirlo, o quizá al mostrarlo valoramos e intensificamos lo que vivimos ¿somos una sociedad que podría vivir sin fotografías? Es cierto que la vida sigue, que debemos continuar y que el goce es sano, pero no parece muy inteligente salir a donde todos salen, al mismo tiempo que todos salen. La magnitud del terror que tenemos ante aburrimiento es grandiosa, el mismo Bertrand Russell afirma en “La Conquista de la Felicidad” que por paradójico que parezca una de las causas de la infelicidad es el temor a no ser feliz, y en ese sentido el individuo se siente presionado a divertirse todo el tiempo, lo que termina siendo bastante cansado y puede resultar en una indiferencia crónica que por supuesto, ha de verse como ausencia de diversión y excitación ¿entonces que hace uno? Busca más diversión. Él mismo, reflexiona sobre la gran cantidad de aburrimiento que tragaba el individuo promedio de la Antigüedad o de la Edad Media (al menos los hombres libres) y cómo este aburrimiento hacía grande la inclinación al trabajo intelectual o ingenieril que facilitaría a su vez otras etapas del año como la siembra o que se anticiparía a peligros posibles como las invasiones. Si en estas épocas pasadas de la humanidad todo hubiera sido diversión quizá no habríamos superado el neolítico, pero la necesidad y la penuria eran grandes, el hambre que pegaba el abdomen al espinazo hacía que nuestros antepasados fueran inventivos, no podían vivir de fiesta y la necesidad les hacía usar el aburrimiento a su favor. Afirmo que el temor al aburrimiento ha dejado al calendario sin espacio para días de reflexión, de pensamiento crítico.

Este temor al aburrimiento está relacionado con el sometimiento del sentimiento sobre la razón, en un mundo donde “sentir” es un derecho sacro santo, donde “nadie puede negarme mi derecho a sentir lo que yo quiera”, queda poco para la razón. Se suele concebir a la razón como opuesta al sentimiento, como si la razón fuera una especie de función de calculadora, de computadora y esta dicotomía vox populi tiene consecuencias nefastas sobre el pensamiento crítico porque se concibe el sentir como algo para lo que no hay reglas, y como algo a lo que intrínsecamente no se le puede exigir congruencia, compromiso o constancia. Regresamos al punto en que “todo vale” hay que negar el pensamiento crítico, pues este último, incluye el reconocimiento de la duda y la pregunta sobre la convicción fácil, la pausa reflexiva sobre la acción voluntariosa, el señalamiento de inconsistencias, contradicciones y sinsentidos. Aún en los ambientes más académicos es imperante el sentimiento, porque las investigaciones que desnudan partes desagradables de los objetos de investigación son vistas como reaccionarias, malintencionadas o resentidas más allá de preguntarnos si exponen hipótesis plausibles, por otro lado, también es común que el investigador deba presentarse como una persona segura, llena de certezas, con razón sobre lo que dice, y en este sentido no es válido tener dudas, cuestionar, cavilar, porque se interpreta como incapaz, tembloroso, indeciso, así que debe transmitir una sensación más allá de compartir sus procesos racionales. Se olvida entonces el valor que tiene la duda en la investigación, la aporía por sobre la afirmación, la primacía de la problematización sobre la hipótesis. Estas lógicas donde razón y sentimiento se oponen implican el descrédito del pensamiento crítico, porque el sentimiento no amerita ser pensado, sino sentido, al pensarlo se puede desanudar o revelarse como contradictorio, injustificable.

El rechazo a la herencia del pensamiento social es también negación del pensamiento crítico, el trabajo emprendido por nuestros antepasados es un logro tirado a la basura si no le damos un justo sitio. Es muy cierto que la existencia de dispositivos electrónicos como un teléfono inteligente son posibles gracias a la acumulación de conocimientos de muchas generaciones, pero eso no significa que yo sea heredero de ese saber, porque yo no sé cómo funciona un teléfono inteligente y aun con todos los materiales y herramientas no podría fabricar un teléfono inteligente. En este sentido creer que somo herederos del conocimiento sobre cómo funcionan o se fabrican las cosas que compramos es un engaño muy grande e implica una soberbia sin sentido. Por un lado, con esto queda asentado que un sabio de la edad antigua pudo saber más que un ciudadano común del siglo XXI, el conocimiento generado por la humanidad no se hereda genéticamente pues. Es también interesante que el pensamiento social producido no es nuestro en tanto especie, ha sido de unos cuantos, porque no es objeto de nuestro interés. Comte, Durkheim, Aristóteles, Spinoza, Freud o el que usted quiera de una lista infinita, nos dan muchas pistas sobre cómo se explica y comprende el comportamiento social e individual en todas las áreas, contextos y tiempos posibles de la existencia, y ellos se opusieron a ideas como las destino, la casualidad (que no causalidad) y; con todo el valemadrismo y pereza intelectual del mundo, se afirma que no se encuentra trabajo porque se es piscis, cuando no queremos estudiar ni entender las condiciones estructurales, económicas, políticas e internacionales que hacen que el desempleo sea una condición extendida en casi todas las sociedades. Claro que es más fácil (de facilismo) interpretar los acontecimientos de la vida cotidiana por el destino, la suerte, o el horóscopo, que tomar un libro de Max Weber. El decantamiento por lo fácil se explica, se comprende, pero no se justifica, menos en razón de ser un desprecio sobre el pensamiento social producido por la humanidad y otra ruin forma de ignorar el pensamiento crítico.

La pulverización del lenguaje, el desprecio a la lectura y el imperio de la imagen por sobre todas las cosas son formas comunes también de ultraje sobre el pensamiento crítico. Mientras la imagen gana terreno sobre la palabra escrita perdemos control sobre el pensamiento, no pensamos. Giovanni Sartori plantea en “El homo videns” que es mediante el lenguaje escrito que accedemos a niveles de pensamiento complejo, porque la lengua escrita nos hace andar entre los significados de las palabras y nos remiten a sus implicaciones epistemológicas, científicas, sociales, filosóficas, psicológicas, etimológicas y demás, mientras que la imagen nos conduce a la sensación sin que luego siga la reflexión sobre la imagen, al menos esto es lo que sucede cotidianamente, ya sabemos que la imagen se puede abordar también desde muchas disciplinas de estudio, pero en el día a día no es el caso. Sartori llama a los individuos en quienes impera el gusto por la imagen “video niños”, y no se refiere a infantes, sino a la infantilización del pensamiento de un adulto porque los colores, formas e incluso sonidos o efectos le consumen y a su vez es embutido con información mediante las sensaciones que prodigan estos canales. Piénsese en la infantilización de las campañas políticas, su tramposidad y su vacuidad, cancioncitas pegajosas, colores, dibujos ¿son campañas dirigidas a gente pensante? En este sentido es que hay una pulverización del lenguaje y un desprecio por la lectura ¿para qué leer a Sigmund Freud si puedo ver la serie de Sigmund Freud?, sé que los lectores saben qué significa esta pregunta. Acompaña a esta pereza una confusión entre aceptación social y éxito o relevancia social, el encumbramiento de personajes del entretenimiento sobre personajes de la ciencia, ¿sería más importante conocer el trabajo de Jenny Rivera que el de Marie Curie?, ¿cuál se conoce más? Noam Chomsky afirma que una de las formas de manipulación es establecer personajes tontos y vacuos como personas populares, en tanto modelos de personas relajadas, felices y adineradas para que veamos que estas formas son apreciadas, nadie quiere que un nerd sea popular, eso subiría la exigencia intelectual en lo social. Otra reproducción presente es el monotematismo, se exhiben como asuntos de vital importancia temas tontos, de índole individual o privada como si fueran noticias reales, se satura del tema haciendo sentir con su insistencia que es importante, ¿cómo fue que el futbol se volvió un asunto más importante que la ciencia o la tecnología? De este modo según nuestras preferencias también nos desarrollamos como personas monotemáticas que, si no se nos habla de nuestro específico interés por el futbol, boxeo, banda, escultura u otra cosa no nos interesa nada más. Esto implica la negación de un pensamiento crítico en tanto carecemos de información y de comprensión sobre asuntos de diversa índole que nos llevaría a criterios más amplios y es otra forma de fragmentación terrible.

Luego hay una pérdida del vocabulario patente no sólo en las faltas ortográficas y las carencias gramaticales, esta pérdida significa menos herramienta para pensar, porque pensamos en posibilidad de nuestro vocabulario. No es el caso satanizar los errores de escritura, como usuarios de una lengua es imposible dominarla cien por ciento o nunca equivocarse, sino que planteo que leer, escribir y pensar son un trinomio inseparable. De modo que una persona fotogénica que elige una frase motivadora encontrada en internet y la plasma junto a uno de sus mejores ángulos con el fondo de fotografía arriba de una montaña, parecerá el culmen de la perfección humana, pero, saque usted sus conclusiones. No es el caso lastimar en tanto que sabemos lo socorrido de estas prácticas comunicativas, sino entrever cómo la imagen va imperando, pero la imagen producida para crear sensación, no la imagen producida para pensar y eso es que lo somete al pensamiento crítico.

La creencia en fórmulas mágicas como refranes, frases de decreto, conlleva al oportunismo de las interpretaciones y niega entonces un pensamiento coherente, complejo, holístico sobre la vida y sus acontecimientos. Por ejemplo, cuando otro que “no cae bien” nuestra sufre las consecuencias de sus propios actos, vemos gustosos detrás de la cortina y pensamos “ándele cabrón; el karma” (sí, también los mexicanos podemos creer en el karma sin revisar, ni conocer el sistema del que forma parte); pero, por otro lado, cuando sufrimos las consecuencias de nuestros propios actos, entonces decimos “es una prueba que dios me ha puesto”. Este ejemplo reconduce a la idea de fragmentación planteada atrás, pero también nos hace pensar en la posibilidad inaudita épocas atrás de encontrar refranes, “decretos” y frases para todo, absolutamente para todo, de modo que es fácil justificar cualquier visión de la vida y brincar de una postura a otra con la mayor facilidad sin reparo de las contradicciones, es entonces común encontrar “posturas sin postura”, porque finalmente somos libres de pensar, sentir y expresar lo que queramos. Estas frases son descontextualizadas y de pobre interpretación ignorando todo sentido originario y todo principio hermenéutico porque de otro modo, la labor de revisarlas nos implica tiempo (no tenemos), nos implica leer (no queremos). Las frases de decreto son también comunes, el decreto ha pasado de ser una formulación de un anhelo, a tener un valor de “verdad para mí”, de otro modo a tener un status de “es mi verdad y soy libre de sostenerla y escribirla en mi muro”. Pero una verdad rayada en un muro es también comunicación porque hay un emisor, un mensaje y un receptor (aunque este no sea señalado explícitamente), en ese sentido esta frase o decreto entró ya en el canal de la comunicación, ha sido puesta en común y entonces hay respuesta de receptores que se vuelven emisores. Si se desprecia la interpretación del receptor ¿para qué rayar un muro mientras podíamos tenerla incuestionable en nuestro pensamiento? Lo que en verdad se desprecia son las manifestaciones del pensar diferente, se desprecia el disentir, se desprecia finalmente el pensamiento crítico que es sentido como un inoportunismo, un granito en el arroz, la otredad, la alteridad según Levinas siempre ha producido resquemor, es mi muro, yo no quiero lo diferente o contrario a mí, quiero lo idéntico a mí, la celebración de los otros ante mí. Otra pulverización del pensamiento crítico.

No solo están crispadas las relaciones virtuales de ese rechazo a la alteridad, sino las mismas relaciones domésticas que han comprimido el espacio a la casa y que han estirado el tiempo de convivencia forzosa ha sacado a relucir las diferentes formas de ser, de estar, de hablar, de hacer entre los miembros de los grupos domésticos, entre abuelos, padres e hijos, entre hermanos y entre parejas que han compartido más tiempo del que estaban acostumbrados. También redunda la falta de códigos eficaces de comunicación entre la escuela y el hogar, donde las labores y responsabilidades han sido sacudidas como si estuvieran dentro de una caja. La escuela ya no es más ese lugar donde los chicos tienen su propio mundo simbólico, y tampoco es ese lugar a donde los padres pueden delegar su tutoría a otros adultos. Espacios y tiempos trastocados, resistencia a responsabilizarse de las nuevas dinámicas trae consigo otra negación del pensamiento crítico porque se forcejea para no aceptar estas nuevas tareas familiares, estas dinámicas de convivencia no pedidas y no aceptadas.

La autocensura de personas que laboran en instituciones públicas es vista como la prudencia máxima retratada en frases como “no patear el pesebre”, “no alborotar el gallinero” “no cagar donde se come”. Es cierto que uno debe conservar el sentido positivo y el compromiso ante los acuerdos o ante las obligaciones sin querer saltarlas con cualquier excusa. Eso sí, cuando la situación es tan negativa en un lugar ¿qué sentido tiene estar ahí? Hay que moverse de un lugar insostenible. Pero también es cierto que no implica falta de compromiso el ver que las cosas se pueden hacer mejor de otro modo, que no implica negatividad el reconocer errores y menos aún el señalar corrupciones, incompetencias, injusticias, preferencias, nepotismos. ¿cuántas veces no volteamos para otro lado ante estas evidentes cosas? La prudencia y la cobardía son primas. Cierto es que hay una lealtad necesaria en todos los equipos de trabajo, pero en ocasiones se llega al punto de pedir permiso para expresar un punto de vista cuando se labora en una institución o bien, la opinión se emite comprendiendo que jodidamente uno puede ser “vigilado y castigado” de múltiples formas discretas o burdas, no debemos normalizar esto. Estamos caminando ante una forma de “lealtad” mal entendida en muchas instituciones que desmorona el pensamiento crítico ¿cómo podríamos mejorar las instituciones si nos presionan para hacernos de la vista gorda ante lo que no funciona, ante lo que no es beneficioso?, esto remite a formas de censura y autocensura que son un retroceso a la libertad de expresión. Esta dinámica del silencio, este pacto de no hablar tiene consecuencias desastrosas y los actos no dichos o denunciados van creciendo en gravedad; es algo que la lucha feminista nos ha demostrado. También esta presión al silencio se disfraza por medio de falsas participaciones, cuando nos preguntan nuestra preferencia por dos opciones igual de jodidas, o cuando se nos pregunta, pero el asunto ya decidió en una ronda anterior. Las falsas participaciones, las lealtades aprovechadas, los pactos de silencio también son caras de la anulación del pensamiento crítico.

Igualmente, dañinas son la idolatría y el fanatismo bajo nuevas caras, el culto a personas o investiduras es un fenómeno muy antiguo. Pretender que una organización, equipo, asociación o personaje que ocupa un puesto hace todo bien o argumentar que aquello que deja de hacer es culpa de otros es una forma moderna de idolatría, concebir que todas las equivocaciones o malas intenciones corresponden a otros o al pasado, exime de responsabilidad a estas agrupaciones o individuos. Se da el caso que opositores ideológicos ven en el contrario la representación de todos los defectos y se recurre a evidencias que sí existen, porque no hay perfección y porque esos datos son seleccionados perniciosamente sí o sí. Da lo mismo si se trata de partidos políticos, de equipos de futbol, de boxeadores, de instituciones religiosas, clases sociales o de chismes de vecindad, cuando establecemos una polaridad tan tosca (todo lo bueno de un lado, todo lo malo del otro lado) no dejamos espacio para el pensamiento crítico. Se complejizan cosas que son en esencia muy sencillas para defender al ídolo, o se simplifican cosas que son complejas para empantanar el tema. Esta idolatría está relacionada con las reacciones ad hominem, que ya lo he dicho, no reflejan más que la pobreza de nuestro pensamiento como sociedad. Cuando Hugo Sánchez afirmaba que él era el mejor jugador de futbol de México, sus detractores se le dejaron ir a la yugular afirmando que era una persona soberbia, petulante, presumida, quizá sí, ¿pero eso tenía que ver con el contenido y la discusión de su afirmación? No tenía nada que ver, se puede debatir racionalmente quién es el mejor en determinado deporte o actividad humana cualquiera sin reparar en las características personales de los emisores. Igualmente, permítaseme este tonto ejemplo, cuando una persona fea le dice a otra persona que es fea, el segundo responde “mira quién habla”. ¡Acaso una persona fea está desautorizada a ver la fealdad de otros? Pues no está ciego y sí, de hecho, aunque él sea feo no quita verdad al hecho de que otras personas también son feas. Es aquí cuando usamos la falacia ad hominem, el contenido de la afirmación que emite un sujeto no puede ser descalificado por las características o la historia personal de un sujeto. Si hablamos de algo, hay que ceñirnos al tema, al objeto. Las descalificaciones rápidas que aducen a intenciones sospechadas o a características del emisor del mensaje son también descalificaciones al pensamiento crítico. Es como si una persona en silla de ruedas hace una crítica de la falta de infraestructura para personas con sus características, no podemos descalificarlo por sus características y quizá su crítica tenga carencias, quizá no, pero al final no tiene que ver con su condición, ya que tampoco debe aprovecharse de su condición como una cuota de poder.

Estos son algunos de los tonos en que se pinta la negación, la postergación y la pulverización del pensamiento crítico tan celebrado públicamente y tan manoseado por múltiples discursos, pero cuyas implicaciones no son tan agradables para muchos. El pensamiento crítico implica poner en jaque el orden de las cosas y es lógico que no sea bien recibido incluso para quienes no están en la punta, pero gozan de ciertos beneficios y tranquilidad. Eso podemos decir de un orden social y no tememos equivocarnos, baste con revisar la teoría de la circulación de las élites planteada por Vilfredo Pareto o los actuales trabajos de Thomas Piketty. Desde el punto de vista intelectual, que por otra parte nunca es neutral, podemos decir que la inconformidad dinamizada por el pensamiento crítico, es, el mismo corazón del trabajo. No hay avance, ni descubrimiento, ni invento, ni corrección, ni mejora, ni conocimiento que no sea fruto del pensamiento crítico, a lo sumo sin él podría haber un traslado de información de unas personas a otras, pero eso, ya lo sabemos no es conocimiento.

Edson Javier Aguilera Zertuche

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara, Maestro en Estudios Filosóficos y Licenciado en Filosofía por la Universidad de Guadalajara. Profesor de la Maestría en Derecho, la Maestría en Administración de la Universidad Enrique Díaz de León y de la Licenciatura en Intervención Educativa de la Universidad Pedagógica Nacional. Autor de diversos libros y columnista.