Martes, 01 Junio 2021 23:28

Sobre la “verdadera izquierda”

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Sobre la “verdadera izquierda”

Por Luis Enrique Ortiz Gutiérrez

En julio de 2018, con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador, se generó un ambiente de esperanza y júbilo entre millones de mexicanos. Las enormes expectativas resultaban de un hartazgo ante la corrupción de los gobiernos pasados, el estancamiento económico y la crisis de la violencia generalizada, debida al crimen organizado.

A dos años y medio, el gobierno de la llamada “Cuarta Transformación” no solo no ha dado los resultados esperados, sino que muchos indicadores señalan que la situación del país ha empeorado. Tal situación se agrava aun más con el hecho de que las instituciones que sirven de contrapeso al Poder Ejecutivo se hallan bajo amenaza de ser eliminadas, lo cual representa un grave peligro para a la democracia. Esto ha encendido las alarmas entre opositores, antiguos simpatizantes de López Obrador que han caído en el desencanto y algunos representantes de la izquierda que han guardado cierta distancia ante el régimen de la 4T.

Algunas de las críticas de ciertos intelectuales y políticos ha consistido en señalar que este régimen “no es de izquierda realmente”; entre otros, por el etnólogo Roger Batra y el excandidato presidencial Cuauhtémoc Cárdenas. Ciertamente, este argumento puede tener un cierto impacto retórico, debido a que apunta hacia una de las características que López Obrador y sus huestes han atribuido a su gobierno: si este gobierno se distingue de sus predecesores “derechistas”, según esta perspectiva, es en que se trata de un gobierno de los pobres y para los pobres, por lo cual, cuestionar su pertenencia a la izquierda es ponerlo al mismo nivel que aquellos gobiernos del pasado, a los que el presidente no se ha cansado en culpar de los desatinos de su propio gobierno.

Más allá de esto, la pregunta pertinente parecería ser si AMLO y su partido son “realmente” de izquierda. Pero el adverbio “realmente” está estableciendo un supuesto que es preciso explicitar en primera instancia; dicho supuesto es que se está asumiendo el significado de la frase “ser de izquierda”. El problema, entonces, consiste en determinar el significado de esa frase.

Por otro lado, la apelación a que X gobierno “no es de izquierda” o “no es verdaderamente de izquierda”, recuerda mucho un recurso argumentativo similar empleado por marxistas heterodoxos ante el reiterado fracaso de los regímenes socialistas en la historia reciente. Veremos a continuación que tanto el problema de definir qué significa “ser de izquierda” como el recurso antes mencionado están estrechamente vinculados. Para ilustrarlo, expondremos algunas estrategias argumentativas ampliamente recurridas por los izquierdistas que poseen ciertas funciones retóricas para deslindarse de ciertas acusaciones.

El argumento de “Esto no fue un verdadero socialismo” y sus fallos

La caída del Muro de Berlín en 1989 y el subsecuente derrumbamiento del bloque socialista puso a los marxistas en una disyuntiva: aceptar que la teoría debía abandonarse o bien aferrarse a ella, lo cual requería marcar una distancia frente a estos experimentos fallidos. Esta segunda vía fue adoptada por algunos de los viejos marxistas, como el filósofo hispano-mexicano Adolfo Sánchez Vásquez, quien dedicó varias publicaciones a demostrar que el derrumbe del “socialismo real” no significaba la pérdida de validez de la teoría marxista. De igual manera, el filósofo polaco Adam Schaff acuñó el término “comunofascismo” para denominar a los sistemas que siguieron el modelo soviético, nuevamente, en un afán por rescatar los planteamientos teóricos de Marx y Engels.

Aunque los términos, las definiciones y las descripciones varían, hay una constante en todos estos intentos de salvar a la teoría marxista, que consiste en la siguiente afirmación: "el caso X no fue un verdadero socialismo" (donde la variable X puede ser la URSS, Cuba, Polonia, Checoslovaquia, Corea del Norte, Venezuela, etc.). La pregunta es si tal afirmación puede representar una razón de peso para defender la teoría ante el fiasco en la práctica. El argumento consistiría en lo siguiente:

  1. En X se pone en práctica un experimento socialista.
  2. El experimento socialista en X fracasa.
  3. El caso X no fue un auténtico socialismo.
  4. Por tanto, la teoría queda salvaguardada.

No es difícil apreciar los fallos de este argumento:

1) Los marxistas señalan constantemente que es preferible un sistema socialista a uno capitalista, por los supuestos buenos resultados que se obtendrán en la práctica. Cuando se muestra el fracaso de cualquier caso X, los marxistas apelan al argumento anterior, con la finalidad de conservar la idea de que la teoría sigue siendo válida. Esto se puede aderezar señalando que el socialismo siempre será preferible al capitalismo. Como señala el filósofo y economista Hugo Newman[1], la trampa que se presenta en este recurso argumentativo es que comparan los pretendidos defectos del capitalismo "real" con las supuestas virtudes del socialismo "ideal" ya que, siguiendo lo anterior, ante el fracaso de cualquier puesta en práctica del socialismo, invariablemente resultará que "no era el verdadero socialismo". Entonces, los marxistas están utilizando un doble estándar, bastante tendencioso, para la evaluación de los sistemas económicos: señalan los defectos del capitalismo a partir de sus casos reales, en tanto que destacan las virtudes del socialismo a partir del mero ideal.

2) Si todos los casos de X que se han practicado resultan no ser el "verdadero" socialismo, entonces el socialismo no ha dejado de ser un ideal. Cualesquiera que sean sus méritos o sus virtudes, éstos no dejan de ser méritos y virtudes ideales, puesto que, siendo un ideal, nunca se han visto realmente en la práctica. Por lo tanto, el socialismo "ideal" no sirve como modelo de evaluación de los sistemas económicos que han existido realmente, pues sus méritos y virtudes no dejan de ser meramente concebidos.

Este último punto merece desarrollarse un poco más a detalle, con la siguiente analogía.

La medicina definitiva para todo tipo de cáncer

¿Qué diría ud. si le dijera que poseo la idea del tratamiento perfecto, 100% efectivo, contra todos los tipos de cáncer? Usted podrá solicitarme, con justa razón, que le muestre tal medicamento. A esto le respondería que ese medicamento todavía no ha sido fabricado, pero lo tengo presente como una idea en mi mente, o mejor aún, que tengo una teoría especulativa detrás de mi idea del medicamento. Pero usted no se contenta con esta respuesta, y continúa siendo inquisitivo –y de hecho, debería seguir siéndolo-.

Si usted ahora me pregunta en qué consiste exactamente ese tratamiento, le diré que si se pone en práctica, va a funcionar. Si usted me pregunta cómo sé que realmente funciona, le responderé que es mejor que todos los tratamientos que se han ensayado. Si usted duda de lo que estoy diciendo, diré que usted está alienado por la Big Pharma y por eso no es capaz de aceptar la posibilidad de que ese medicamento se pueda implementar.

Si lo anterior le parece absurdo o risible, piense que así es como funciona el argumento de “Esto no fue el verdadero socialismo”.

El problema, como ha señalado el economista alemán Kristian Niemietz, es que los proponentes de ese argumento jamás se han tomado la molestia de definir con precisión qué es el socialismo y cómo se debería implementar en la práctica. En palabras de Niemietz: “En lugar de proporcionar al menos un esbozo de cómo funcionaría en la práctica ‘su’ versión del socialismo, los autores escapan a la abstracción y hablan de aspiraciones elevadas en lugar de características institucionales tangibles[2]

Si el objetivo de todo sistema económico es la asignación de recursos finitos con usos alternativos hacia aquellos individuos que más los valoren, los marxistas tendrían que explicar cómo se lograría esto con su modelo socialista ideal. Esto supondría responder preguntas tales como: ¿Cómo se organizaría la producción? ¿De qué forma se transmitiría la información entre los distintos sectores de la economía, para que se tomen las decisiones correctas y se afronten los riesgos? ¿Cómo se efectuaría la distribución de los recursos? Por supuesto, no tenemos respuesta a tales preguntas porque éstas ni siquiera son planteadas.

De esta manera, tanto la idea de la medicina definitiva contra todo cáncer como el socialismo ideal no dejan de ser meras quimeras. La diferencia es que la segunda es creída y propuesta con gran devoción por los marxistas, esperanzados en que algún día descenderán los cielos sobre la Tierra.

Como se puede apreciar, el argumento de “El caso X no fue el verdadero socialismo” se asemeja demasiado a “El gobierno de X no es de izquierda”. Si el término ‘socialismo’ no se ha definido con precisión, ni se han propuesta qué medidas concretas se realizarían para llevarlo a la práctica, el término ‘ser de izquierda’ resulta aun más vago y confuso. La cuestión es que la obligación de definir esos términos recae en quienes los proponen, por lo que quizás tengamos que esperar sentados a que nos proporcionen las respectivas definiciones.

El relato del Escocés Espurio

Otra forma de entender este problema es con el siguiente recurso argumenativo. El filósofo Antony Flew, en su libro Thinking about Thinking (1975), expone el siguiente relato:

Un escocés nacionalista lee su diario y se topa con la noticia de que un maniático sexual ha cometido un crimen en Brighton. El escocés, alarmado, exclama: “¡Ningún escocés haría algo así!”. Al día siguiente, el escocés toma el nuevo ejemplar de su diario y aparece una noticia similar, acerca de otro maniático sexual que ha cometido crímenes en Glasgow. Ante esto, nuestro amigo escocés exclama: “¡Ningún auténtico escocés haría algo semejante!”

¿En qué consiste la falacia en este ejemplo? Básicamente, establece que el miembro de un grupo se comporta o debería comportarse de cierta forma por el hecho de pertenecer a ese grupo. Del mismo modo, otros modos de comportamiento se atribuyen exclusivamente a otros grupos. Así, si un miembro del grupo se comporta de forma distinta, pierde su derecho a pertenecer al grupo o, por lo menos, su legítima pertenencia. La trampa consiste, entonces, en atribuir características positivas al grupo al que se pertenece y se reservan las negativas a los otros grupos.  

El razonamiento falaz anteriormente expuesto no se presenta exclusivamente en los nacionalistas más entusiastas. Si un deportista incurre en un acto violento, no es un “verdadero deportista”; si un estudiante tiene un mal desempeño, deja de ser un “auténtico estudiante”; si algunas integrantes de las marchas feministas realizan actos vandálicos, “no son realmente feministas”, y así sucesivamente.

La lección que deja el cuento expuesto por Flew es que resulta muy sencillo deslindarse de los casos problemáticos, rechazándolos como miembros “no auténticos” del grupo o, de plano, excluyéndolos del grupo. Visto así, el argumento de que “El gobierno X no es de izquierda” no sería sino un ejemplo más de la falacia del Escocés Espurio. Dado de que no hay una definición clara y precisa de qué sea el socialismo o un gobierno “de izquierda”, este recurso argumentativo puede ser empleado ad infintium (o incluso ad nauseam) en cualquier caso real que haya fracasado o que fracase en el futuro.

Conclusiones

Como hemos visto, hay preguntas que dependen de otras preguntas. Dar respuesta a la pregunta de si el gobierno de AMLO es de izquierda o no, supone definir en qué consiste “ser de izquierda”, tal como los simpatizantes del socialismo están obligados a definir en qué consistiría ese sistema económico en la práctica. Puesto que tales definiciones brillan por su ausencia, el valor de los respectivos argumentos es nulo, ya que no se presentan criterios de evaluación que permitan comparar un caso particular en la práctica con el modelo ideal propuesto.

De hehco, emplear el recurso de “Esto no fue el verdadero socialismo” o “Este gobierno realmente no es de izquierda” no consiste en otra cosa que un recurso para deslindar las propuestas ideales de los sistemas “auténticamente de izquierda” o “verdaderamente” socialistas ante los fallos en la vida real. De esto se sigue que el fracaso de cualquier experimento pasado, presente o futuro no será considerado como un legítimo caso particular. Esto representa un ejemplo de lo que el filósofo Karl Popper denominó como “estrategia inmunizadora”, la cual puede ser entendida como un recurso para escudar los planteamientos teóricos ante las críticas.

Por otro lado, llama la atención la valoración implícita que se establece en los argumentos que hemos analizado. Según parece, otorgar la etiqueta de “izquierda” a cualquier régimen o partido político le confiere de ciertas virtudes y valores morales en automático: “ser de izquierda” tiene una connotación positiva, mientras que “ser de derecha” tiene una negativa. Esto se podría explicar a partir de la cita antes expuesta de Niemitz: la “izquierda” política evoca todo un conjunto de aspiraciones de lo que sería un régimen en los que la igualdad, la justicia y el bienestar finalmente se conseguirían, en mayor o menor grado. De ahí que si esto no se logra en algún caso particular, se le niega su estatuto como auténtico realización del ideal.

Visto así, se puede entender porqué los intelectuales de izquierda desencantados con la 4T la rechacen de esta forma. Ahora que, si nos fijamos ya no en las buenas intenciones o las magníficas aspiraciones que evoca la frase “ser de izquierda”, sino en las consecuencias o los efectos en el mundo real, los resultados de la Cuarta Transformación se asemejan cada vez más a los de los regímenes socialistas “reales”. Bajo este enfoque, ¿se podría considerar al gobierno de AMLO como un genuino gobierno “de izquierda”?


[1] https://fee.org/articles/that-wasnt-real-socialism-a-better-way-to-respond-to-the-claim/?fbclid=IwAR0_VlJ83oVoxDK0pu1Ie5KbePKa0B7DENrajcXuTmwmE7WAIGe7XV710_4 (fecha de consulta: 28/05/2021).

[2] https://fee.org/articles/you-cant-argue-against-socialisms-100-percent-record-of-failure/?fbclid=IwAR3ALJiJWQnSwfOqM_8UQJwEwRJzC0Vdq6iqu89jpSZIwOikdCUkiIxOfwM (Fecha de consulta: 30/05/2021).

Modificado por última vez en Martes, 01 Junio 2021 23:35
Luis Enrique Ortiz

(Oaxaca de Juárez, Oax./ 1979) es licenciado en filosofía y maestro en lingüística aplicada. Actualmente es profesor de tiempo completo asistente C del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara, con reconocimiento de Perfil PROMEP, y miembro del Cuerpo Académico de Retórica, Lógica y Teoría de la Argumentación. Sus líneas de investigación son epistemología, filosofía del lenguaje, argumentación y lingüística.