Martes, 20 Enero 2015 00:00

Entre la sátira y la libertad de expresión: la doble moral discursiva

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Entre la sátira y la libertad de expresión: la doble moral discursiva Charlie Hebdo. Detalle

Lo dispuesto en nuestra Constitución Política, claramente avala la publicación acceso y difusión de la libertad de expresión de ideas y de información. Y, así como no debe existir ninguna duda de este derecho, tampoco debe existir tergiversación alguna sobre este derecho que, aquí en México, parece ser exigido como derecho divino más no así político, social y moralmente correcto. El caso Charlie Hebdo ha sido un detonante mayormente de hipocresía cultural más que de polémica y reflexión. ¿En qué grado debe de mesurarse la expresión pública de ideas e información? ¿Cómo establecer parámetros éticamente maduros y responsables tanto sobre las ideas expresadas así como las respuestas que éstas pudiesen ocasionar?

Cuando veo en Facebook las publicaciones que hacen referencia al trágico caso del semanario satírico francés, Charle Hebdo, no puedo sino recordar la patética condición del mexicano que muy orgullosamente es conocida como “la idiosincrasia mexicana”. Ese condicionamiento de la doble moral en la que la cultura mexicana (que bien podría existir en otras culturas) ha apadrinado o se ha adoptado como sello de distinción: La burla, el desdén y la ofensa son correctas si se enfocan a quien “se lo merece” o se hace presente en modo de “broma”.

No es una errata decir que en todo el mundo acontece esta situación en que “lo gracioso” se encuentra en la pena y tragedia ajena así como en la otredad (básicamente). Videos graciosos se pueden encontrar en la web abundantemente y, pese a que la mayoría de estos videos relatan un breve acontecimiento de un sujeto lastimándose accidentalmente o siendo agredidos en una "broma", pareciera que nadie se "indigna" por la humillante exhibición (voluntaria o no) del protagonista de este video.

¿Dónde está la doble moral expuesta en estos videos?, se preguntarán. La doble moral se hace presente, la idiosincrasia del mexicano, o quizá de la mayoría de la población mundial, se presenta en la determinada o premeditada intencionalidad de humillar y obtener satisfacción en la burla/humillación de estos videos: Un pueblo que exige respeto, no debería aplaudir ni encontrar divertimiento en tragedias ni accidentes, sin embargo, y por razones que merecen un estudio profundo del comportamiento y paradigmas socio-culturales, ver un video en la web donde un sujeto se golpea contra una pared, donde un sujeto tropieza con un obstáculo, etcétera, ocasiona gracia y risa. Charlie Hebdo no es héroe de la expresión, ni mucho menos un mártir de ésta. Charlie Hebdo es un “Youtube” orientado a la burla premeditada, a la ofensa directa, disfrazada de sátira moderna.

Algunos podrán argumentar que la sátira es una práctica no sólo tan usual como antigua, sino que se puede encontrar en obras de arte. Este argumento implica la noción de que la burla, la ofensa, la humillación como acto intrínseco de la cultura humana es “normal”, usual e improbablemente se le relaciona con la violencia (paradójico, que hoy en día todo lo que se le hace a una mujer, que no sea de su agrado, ya es “violencia”, pero ese tema será para otro artículo).

La libertad de expresión, como derecho y garantía en nuestra constitución, se ha manchado de esta ignorancia selectiva sobre su efectivo uso. En mi anterior artículo, señalé esta aberración que surge de la errada idea de participar este derecho en el caso de los manifestantes de la tragedia de Ayotzinapa, quienes protegiéndose de éste artículo así como del artículo 9no que trata de la libertad de asociación y reunión, creían (ellos, como así los simpatizantes “morales”) que su derecho a la expresión y manifestación de ideas estaba por encima de cualquier otro derecho de terceros. A la fecha, sigo manteniendo algunas discusiones en las que pretenden hacerme “recapacitar” sobre cómo la importancia de lo manifestado tiene el poder divino de arrollar los derechos de terceros, cual si la ley así lo estableciese.

Pero ¿a qué grado una idea o la expresión de ésta se encuentra tanto dentro de lo legal como de lo política y culturalmente correcto? Si la libertad de expresión es tan suprema y hegemónica como lo sostienen los simpatizantes de estas manifestaciones públicas, ¿eso me otorga a mí, como miembro de esta sociedad, el derecho de ir a pararme frente a ellos y muy mexicanamente mentarles la madre? Esta suposición no es un caso hipotético, sucede muy frecuentemente y, pese a que sí tengo “el derecho” de hacerlo, también tengo la responsabilidad social y moral de no hacerlo ya que, legalmente, estoy cometiendo un delito menor al ofender deliberadamente a terceros.

Pero ¿los manifestantes de Ayotzinapa, (o de cualquier otra manifestación) no me ofendían con sus mantitas mágico-poderosas, ni con sus cantos de paz y amor o sus representaciones dramáticas; Charle Hebdo tampoco me ofendía con sus peyorativas caricaturas sobre la religión; son manifestaciones pacíficas; por qué los juzgo injustamente? Muchos serán de la opinión que burlarse de un credo es un acto de rebeldía e intelectualismo, una crítica socio-cultural; muchos serán de la opinión de que impedir el paso, cerrar calles y el vandalismo de propiedad pública son igualmente actos de rebeldía social, de heroísmo patriótico. Yo soy de la opinión, de que los simpatizantes de estos actos, así como los actores mismos, son ejemplos de sujetos irresponsables, inmaduros e irreflexivos y creo que esta opinión me volverá a costar una buena cantidad de insultos como otras opiniones me han costado.

“El derecho al respeto ajeno es la paz” ah no..., lo siento, no es así el “dicho” (pues a eso se ha degradado esta máxima), digo, la frase célebre del expresidente de México, Benito Juárez. La frase célebre original es más hueca etiológicamente dicho: “El respeto al derecho ajeno, es la paz”. Porque el respeto no está subscrito en ninguna ley, en ninguna constitución (y si lo está, lo ignoro y mi ignorancia no me priva de coherencia, ya que pragmáticamente permanecería inútil e inefectiva). El respeto, sin embargo, sí se encuentra subscrito en una ley moral, en una ética, en una conducta social y culturalmente correcta.

Y si tú, apreciable lector, estas en estos momentos reflexionando sobre mis palabras y encontrando ofensa en lo que he manifestado, ya sea en tu contra o en contra de los movimientos sociales que anteriormente se mencionan, es entonces, aquí, que debemos partir de la reflexión sobre la doble-moral. ¿Soy doble-moralista porque ofendo deliberadamente en mis señalamientos a los que, muy a mi parecer ético-moral, carecen de la responsabilidad social, cultural y ética-moral en la que yo mismo he caído? ¿Cómo entonces podemos establecer un parámetro ético y moral para evitar la ofensa en la manifestación de ideas? ¿En qué podemos basarnos para continuar haciendo uso efectivo de nuestro derecho de manifestación de ideas, de nuestra libertad de expresión, sin que ésta pueda ocasionar una ofensa a terceros?

Me han catalogado de misógino, de machista, de ignorante, de pobre intelecto, y estas adjetivaciones se derivan de comentarios, de opiniones, de un manifiesto personal que su servidor ha hecho, pública y privadamente. Quizá sea una que otra de estas adjetivaciones; quizá sea cierto que moralmente soy una persona de poco valor; quizá también he encontrado simpatizantes sobre mis ideas, ¿cómo me puedo justificar ante ti, paciente lector, ya sea como persona o como escritor? No puedo.

No puedo justificar mi repudio hacia los manifestantes ciclistas de la ciudad que exigen no sólo su derecho sino que, en su crítica a la sociedad y al modelo de transporte en la sociedad, se otorgan a ellos mismos una cualidad heroica y auto-martirizante, como modelos excepcionales de ciudadanos; no puedo justificar mi repudio hacia los movimientos pseudo-equitativos-de-género como el feminismo que exigen que sean tratadas no equitativamente sino sobre-favorecidamente no sólo por los organismos del gobierno sino por el sector masculino de la sociedad; no puedo, estimado lector, justificar mi repudio hacia Charlie Hebdo y sus simpatizantes quienes encuentran en la deliberada ofensa y burla de credo ajeno la auto-satisfacción onanista de un intelecto y moral superior. No puedo justificar mi repudio y mi pseudo-crítica porque innegablemente quienes no simpaticen con mis manifiestos encontrarán en mi persona (derivada de mis ideas) esa misma contrariedad que señalo: esa maldita doble-moral. Sólo podría justificarme si yo fuese una persona intachable, asquerosamente correcta (política y socio-culturalmente dicho) e inmaculado.

Al final de este artículo de opinión, he llegado a la reflexión sobre lo que es la verdadera “libertad de expresión” y es la misma reflexión que manifesté en el primer trabajo publicado en este medio: “No existe la libertad”. Estamos supeditados a este Deus Ex Homo que hemos llamado “Libertad”, cuando tal concepto, idea, utopía, no existe.

Modificado por última vez en Martes, 20 Enero 2015 03:27
Mario Grana

2 de Mayo de 1986. Guadalajara, Jalisco. México. Egresado de la carrera de Letras Hispanoamericanas del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH). Profesor de Español como segunda lengua y Gramática del Español. Estudiante de literatura, investigador de Semiótica literaria.