Jueves, 17 Marzo 2016 00:00

Rendirle cuentas a Facebook: Mujeres desaparecidas en México

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Desaparecida Desaparecida

Al ser un ente gregario, el ser humano busca, generalmente, la aprobación de los demás en cada uno de sus actos. La satisfacción que le brinda el visto bueno de la sociedad actúa a un nivel inconsciente, al grado que pareciera que nuestros actos altruistas son sólo eso, una ayuda aportada a la sociedad sin ánimos de retribución.

No confío en las buenas voluntades ni en el altruismo social, siempre me ha parecido que ayudar al otro es un acto en extremo vertical –muy alejado de la supuesta horizontalidad que presuponemos- donde las relaciones de poder se dejan ver casi de inmediato: yo ayudo al otro al estar en una situación favorecida para ayudar.

Los juicios del “pobrecito”, “que mala onda”, en apariencia inocentes suelen pedir cuentas tras ejercerse, es decir, cuando terminamos con nuestra ayuda queremos que ésta tenga buen fin, que ésta se refleje en aquel que ayudamos de la manera en que nosotros quisiéramos –deseamos que en el otro se cumpla nuestra voluntad otorgada por el poder de nuestro dinero o nuestra ayuda prestada-.

Cuando compartimos una imagen de una persona desaparecida en redes sociales, tan de moda actualmente en México por la alza de secuestros de hombres y mujeres, además de bebés y niños, pareciera que esperamos que esa persona sea reencontrada sin el menor rasguño, que de buena voluntad deseamos que eso no le pase a nadie y así sentirnos seguros en sociedad. Nuestra solidaridad aflora por los breves instantes de un click, sin recordar, a veces, si la foto que compartimos de la persona desaparecida ya la habíamos compartido un día antes, o unas horas antes, debido a que difícilmente nos tomamos la molestia de analizar los rasgos y nombre de la víctima.

En un país donde los secuestros están a la orden del día tenemos una sobresaturación de información que lentamente nos va volviendo insensibles a tales. La normalización de la inseguridad suele ir acompañada de argumentos, difundidos en ocasiones por los propios gobiernos, del tipo: “de seguro andaba en malos pasos”, “algo debió hacer para merecer eso”, “no están desaparecidos, han de andar de borrachos” o, en el caso de las mujeres, “de seguro se fueron con el novio”. Este tipo de argumentos nos brinda cierta satisfacción y lejanía del problema, como si se tratara de un mecanismo de autodefensa, para así poder sobrellevar nuestra vida diaria y ya no preocuparnos por esas personas cuyas fotos compartimos en una imagen mancillada en rojo por un “DESAPARECIDO”.

El problema viene cuando nuestro altruismo del “compartir” y del “like”, cuando nuestro “trendyactivismo” se topa de frente con la realidad: Encontraron a una de las mujeres desaparecidas en el Estado. Lejos de brindarnos la satisfacción merecida por el suceso, en nosotros comienza la duda y comenzamos a sentirnos engañados, ya que si estaba desaparecida presuponíamos que no deberían haberla encontrado.

Es el momento en que nos transformamos de usuarios preocupados por su sociedad en entes morbosos que piden el escarnio público y la obligatoriedad de rendir cuentas a Facebook –y todos sus usuarios- a la persona que fue encontrada. Nuestro deseo morboso de saber que no nos equivocamos al compartir la imagen de un presunto secuestro nos lleva a proferir comentarios que difícilmente pueden evidenciar la supuesta empatía que sentíamos por la víctima, que ya no lo es desde el momento en el que fue encontrada: "dónde andaban, de seguro con el novio", "pinches viejas, se fueron solas", "y qué le pasó? Ahora que diga", "andaba de fiesta...", entre otros.

No porque una persona fuera localizada quiere decir que ésta se encontró en ese lapso pasándola de lo lindo por ahí. Al exigirle cuentas a la víctima lo único que hacemos es revictimizarla, hacerle sentir toda la culpa social por haberse “perdido”, o más bien, por haber regresado.

La verticalidad con la cual ejercemos nuestras trendy acciones para ayudar a los demás, con tal de vernos bien ante los ojos de los otros, deriva en un deseo de rendición morboso de cuentas, un sentimiento de superioridad ante las víctimas para que se muestren en el escenario público, en Facebook, y nos aclaren el por qué de su desaparición, el por qué nos molestaron tres segundos en los que le dimos click a una imagen y le pusimos “compartir”.

Quizá sea momento de aprender a callar, de guardarnos mucha de nuestra palabrería y comenzara construir una verdadera cohesión social, desde la horizontalidad, sin el mórbido deseo de que el otro me reconozca como su superior cuando le doy “like” o le aviento unas monedas desde la ventanilla del auto.

Modificado por última vez en Miércoles, 23 Marzo 2016 16:38
Omar Sánchez (Roberto Visantz)

Tepic, Nayarit (1985). Es licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG. Es maestro en Estudios Filosóficos por la misma casa de estudios. Tiene publicados dos libros, Las humedades, (Editorial Limbo) y Las mil muertes absurdas o como escribir una novela (CECAN). Ha sido periodista para medios universitarios y editor de información.

Web: https://robertovisantz.eldiacritico.com/